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Nueva Zelanda (VIII): ¡¡Waitangi!!

Canoa camino al Waitangi

Canoa camino al Waitangi

Cinco minutos más tarde, por supuesto, ya había encontrado otra cosa que despertara mi interés y se me había olvidado que alguna vez conocí la palabra Scrabble: una balsa tradicional maorí cruzaba la bahía de camino hacia una mini-península conectada mediante un puente a la playa en la que me acababan de soltar. La zona en cuestión se llamaba Te Tii Marae y estaba a unos 7 u 8 minutos a pie del lugar del Waitangi. Naturalmente, también había olvidado que alguna vez conocí la palabra Antonio pero, por suerte o por desgracia, me lo encontré de camino sentadito en la playa frente al albergue. Uno de los principios básicos de Antonio es que funciona como un objeto cualquiera: allá donde lo sueltes se queda salvo que venga a moverlo alguien más. La zona ya estaba animadita y a rebosar de maoríes, sólo que más que Nueva Zelanda aquello parecía un mercadillo de pueblo. Los maoríes, de hecho, andaban por allí con latas de birra y camisetas negras modelo jevi-metal-nasio-pa-matar. Hasta yo en mis cortas luces culturales tenia claro que aquello iba a terminar en grupos de tios abrazándose para exaltar la amistad y para vomitar sin caer de boca detrás de un árbol cualquiera. Había también puestos por la zona donde comprar desde un perrito caliente hasta un paquete de pilas, que me vino al pelo para comprar un despertador con una pinta terrible de estar usado que me venía haciendo falta. Lo cierto es que nunca conseguí que funcionara, pero ¿y la ilusión que me hizo encontrarlo?. Una vez cruzado el puente que une el pueblo con la zona de Waitangi, fuimos a parar a un parque, en mitad del cual se encontraba la Casa del Tratado o Treaty House, donde los ingleses le tomaron el pelo a los indígenas en 1840. La casita está decorada al estilo de la época y se puede visitar, pero para el europeo medio es más interesante la Casa de reuniones Maori o Maori Meeting House, completamente tallada en madera. Junto a esta se encontraba una especie de corral sin paredes con techo de paja donde se guardaba la canoa de guerra que un rato antes había visto remando en el mar. Tuvimos la suerte de que acababa de llegar en ese momento y los tripulantes interpretaron una danza de guerra maorí, o waka, para los que pululábamos por la zona. El objetivo de estas danzas es ponerse lo más horroroso posible a efectos de acongojar al enemigo, lo que a fe mía que consiguen. Al que le guste el rugby habrá visto al popularísimo equipo neozelandes los All-Blacks, haciendo algo de este estilo antes de cada partido.

Treaty House desde dentro

Treaty House desde dentro

Acabada la danza y habiendo reprimido más allá de lo creible el impulso de unirme al jolgorio bailarín, nos acercamos al Centro de Visitantes, que ese día tenía entrada libre y presentaba un recorrido a través de la historia de Nueva Zelanda mediante una galería de fotografías, artesanía y textos legales bastante interesante, pero no exenta de cierta familiaridad para cualquiera que haya soportado El Piano. Cerramos el Waitangi con un discurso del primer ministro junto a la bandera del que, entre que era en inglés y no estabamos cerca, no nos enteramos ni de pum, así que en cuanto empezaron los aplausos optamos por irnos a la playa aprovechando que hacía bastante sol y, así, al menos podríamos descongelarnos al salir del agua.

Waitangi

Waitangi

Para tratarse de una zona famosa por sus playas, Bay of Islands no me pareció gran cosa. Evidentemente, la arena era fina y estaba limpia pero, al menos ese día, el agua no. Además, la zona consiste en una serie de calitas donde poco más allá de la orilla el fondo está cubierto de ese tipo de piedras que hacen que el bañista practique algo parecido a la danza del vientre en gravedad cero cuando intenta salir del agua. Por último, hay relativamente poca distancia entre el agua y la carretera que, aunque poco frecuentada, no deja de ser carretera. Orewa, donde paramos un par de horas a la vuelta para comer algo, aunque mucho más aburrido como pueblo tiene unas playas inmensas de arena de esas que parece que no se acaban nunca. Pero, claro, no hay manglares, ni Waitangi, ni kiwis, ni bosques de algas ni mercadillo todo a cien. Y es que no se puede tener todo en la vida (3).


(3) No se puede tener todo en la vida, así que procura quedarte con lo que te interese de los demás (Proverbio de mi hermana)

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Nueva Zelanda (V): Tasman, Cook e ingleses a cascoporro

El primer europeo en pisar las islas, el holandés Abel Tasman, llegó en 1642. Tasman se limitó a pasear por la zona y descubrir todo lo descubrible, o sea, todo, ya que el que los maoríes lo llevasen pisando cinco o seis siglos no significaba gran cosa para el europeo medio. Sin embargo, el siguiente en llegar fue el británico James Cook en 1769 que, naturalmente, según las costumbre de la época, declaró la tierra propiedad de Su Majestad (1). Espero que le sirviera de consuelo cuando luego, haciendo honor a su apellido, acabó en el puchero.

Abel Tasman planificando sus vacaciones

Abel Tasman planificando sus vacaciones

En respuesta a la posterior llegada de franceses que, básicamente, trataron de hacer lo mismo que ellos, los ingleses firmaron con los maoríes en 1840 el tratado del Waitangi por el que le cedían la “kawanatanga” (soberanía) de sus tierras a la Reina a cambio de que ellos les reconociesen que lo suyo era suyo. Es de señalar lo bien que se lo montan los ingleses en estos temas, ya que hoy en día el Waitangi Day (6 de febrero) es la fiesta nacional de los maorís, en que celebran, por lo que yo entiendo, que los bretones se lo levantaron todo. Hablando en cifras, la población original maorí de unos 100000 individuos se había decrementado a unos 40000 en el 1900, mientras que los europeos (pakeha) se contaban alrededor de medio millón. El problema fue, al menos de acuerdo a los británicos, la falta de un jurista competente bilingüe, es decir, que hablase maorí e inglés. El contrato final debió ser como para enviarlo certificado al infierno a la atención de Mefistófeles y con un post-it que dijese “¡Aprente, aficionado!”. Parece que en lo único que ambos bandos estaban completamente de acuerdo era en que el tratado constaba de tres artículos. Por lo demás, donde unos dijeron ceder, querían decir compartir y donde dije digo digo Diego. Lo normal. A mediados del XIX llegaron más europeos en busca de tierras y, Waitangi o no, la guerra estalló alrededor del 1860. Los británicos sufrieron bajas considerables pero, armas de fuego por medio, acabaron fácilmente con los guerreros maorís y, como ya se veía venir, se quedaron con las tierras, estableciendo principalmente granjas y pastoreando ovejas. En el 1975 se instituyó el tribunal del Waintangi que arbitra disputas entre las iwi (tribus) maoríes y el gobierno, estableciendo compensaciones, caso de ser necesario, que suelen invertirse en servicios de salud y educación para las iwi.


(1) Es decir, SU majestad de él, que poco o nada tenía que ver con los hasta entonces felices habitantes de la zona.