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Reino Unido (XVII): Vikingos a cascoporro en la tierra del jamon

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Tras renombrar a la ciudad Eoferwic, la hicieron capital del reino de Deirwa, colindante con Benicia con quien se uniría más adelante en el siglo VII para constituir Northumbria. En el 627, el rey Edwin de Northumbria se casó con la princesa Ethelburga of Kent, que lo convirtió al cristianismo bien por las buenas o a alpargatazo limpio. El caso es que, muy convencido, se bautizó junto a su no se sabe si tan convencida corte [22] en una iglesia que a tal propósito construyó sobre el pozo sagrado local, por aquello de que la gente no se liara demasiado cuando viniese a las celebraciones religiosas. Esa iglesia, de la que nada se conserva, fue la primera York Minster, que se reconstruiría más tarde en piedra y dedicaría a San Pedro. El cristinanismo acabó entrando a saco en el país y, dado que en York habían sido casi pioneros en el asunto, se convirtieron en el segundo centro cristiano más importante del país, sólo detrás de Canterbury. Más adelante, el primer archiobispo de York, Egbert, reemplazó la iglesia, oportunamente consumida en un incendio, por otra mucho más grande y bonita con nada menos que 30 altares, casi uno para cada día del mes.

Cuando todo parecía tranquilo, irrumpieron de repente los vikingos en sus naves, comandados ni más ni menos que por un tipo de nombre tan peculiar como Ivar SinHuesos, que constituyó allí su capital mostrando una falta de imaginación geográfica que ya empezaba a ser preocupante. Durante esa época recibieron nombre la mayoría de las calles de la ciudad: el sufijo “gate” que las acompaña obedece no a “puerta” sino al vocablo vikingo “gata” o, lo que es lo mismo “calle”. Sin embargo, los vikingos no aguantaron ni 100 años. En el siglo X Eric Hacha-Sangrienta, no haciendo honor a su nombre estilo enano-dungeons, fue derrotado por el rey de Wessex y, tras una temporadilla de peleas aquí y allá, la batalla de Hasting le dio el dominio local a los normandos. Hasting no deja de ser un ejemplo típico de batalla sin sentido. Liderados por Guillermo el Conquistador, cuyo nombre ya da una idea de por donde se movía el tipo, los normandos arremetieron contra los vikingos, liderados por Harold que acababa de derrotar a su propio hermano por el control de las mismas tierras que quería Guillermo. Al principio, los normandos llevaban todas las de perder, pero una y otra vez fingieron retirarse para, cuando los incautos vikingos comenzaban a perseguirlos, caer sobre la avanzadilla y diezmarlos. Por increible que parezca, la maniobra les sirvió varias veces; las suficientes para que en uno de los encontronazos un normando anónimo le adornara el craneo con una flecha al pobre Harold, que nunca pensó que tanta puntería fuera posible.

Guillermo gobernó con guante de hierro y sofocó las rebeliones con masacres indiscriminadas [23], reconstruyendo la ciudad en piedra y preservándola como el centro económico que había sido hasta entonces. York experimentó una edad de oro del comercio, testigos del cual son el Merchant Adventurer’s Hall y el Guildhall. Por su parte, los archiobispos y la iglesia cayeron de pie, ya que ésta se reconstruyó a la gótica entre el 1220 y el 1482. El gran problema de York se presentó más adelante, durante la guerra de las Rosas. Más que implicarse, York se dejó llevar a uno u otro lado según de donde soplara el viento, exhibiendo las cabezas de uno u otro bando sobre las murallas según la moda del momento. Eduardo IV, el ganador final, no se tomó muy bien tanto chaqueteo y, tras su victoria, les puso las cosas moradas a los ilustres habitantes de la zona, lo que constituyó el preludio de la pérdida de poder económico de la ciudad.

A pesar de su bagage histórico, una de las cosas que más me gustó de York es que es la ciudad de los juguetes. Por todas partes hay tiendas con juguetes de madera pintados de colores brillantes. Como el polo norte, pero sin duendecillos. Estaba claro que no podía irme sin un juguetito, y qué mejor que un yoyo aunque sólo fuese por lo bien que suena tener un yoyo de York. Así que sin pensarlo dos veces, y a pesar de las quejas de Mercedes, allá que me hice con uno precioso. Pintado de rojo y amarillo, por aquello de hacer patria en la pérfida Albión. Anda que no era entretenido trazar elipses con aquella cosa. Y que no se diga que todo el tiempo que perdí en aprender a hacer el tonto con un yoyo fue parte de mi infancia malgastada.

-Pareces una cría.- comentó con tono enfurruñado, haciendo patente que se avergonzaba de mí, situación a la que se ha acabado acostumbrando con los años.

-Lo dices como si fuera algo malo.

Esto, junto con mi ya patentada mirada Bambi que tantas alegrías me ha dado a la hora de hacer papeleo, ya fue demasiado para McLaren, que llevaba tiempo callándose que, evidentemente, quería un yoyo también. No sería, no obstante, la última vez que pasamos por la juguetería, ya que Mercedes, viéndose la única desyoyada, nos hizo dar la vuelta una vez más como quince calles más adelante. La cosa ya no era tanto quién era más infantil como quién conseguía darle más vueltas al yoyo por encima del hombro, situaciones ambas en que, naturalmente, yo llevaba las de ganar.

El resto del día se nos fue paseando por los Shambles, barrios de casas tudor y calles estrechísimas, dando vueltas por las ruinas góticas que salpican la ciudad aquí y allá y, sobre todo, tomándonos un te con scones en una cafetería fantástica cavada en el suelo y de paredes de piedra. El scone es una especie de magdalena inglesa hecha de harina, huevo y mantequilla que suele acompañar a cualquier bebida caliente y que, personalmente, me resulta de lo más agradable. A estas alturas, el rollo del te era meramente anecdótico. Poco sabíamos que iba a convertirse en nuestro primer grupo nutricional en breve. Al día siguiente, bien temprano para no perder la costumbre, salimos para tierras escocesas.


(22)En epoca de los sajones, el que no estaba convencido de lo mismo que el rey es porque estaba bastante convencido de estar cansado de la vida.
(23)Tecnica ésta que, a pesar de lo que alegan los demócratas, siempre ha traido alegrías sin fin a los tiranos}

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Reino Unido (IV): Quo Vadis o la ciudad romana

Por aquello de empezar por el principio y, ya puestos, de usar el metro lo menos posible, la primera visita obligada incluye el Londinium romano, cambiando de la linea roja a la marrón para bajarse en la City. Londres, como tal, data de la ocupación romana de la plaza fuerte celta de Londinium, allá por el 43 dC. Aulus Plautius conducía a sus tropas de Kent a Colchester, su asentamiento más importante, cuando tropezó con el Támesis, que, aunque vadeable, dificultaba el avance de los romanos. Partidario de la ingeniería civil como buen romano, se cree que optó por construir un puente, que curiosamente está pegadito al actual puente de Londres. Al más puro estilo SimCity, el asentamiento se convirtió entonces en un importante núcleo comercial y administrativo, dada la accesibilidad que le aportaba el rio. No obstante, no duró mucho. En una de sus alegres incursiones por el norte, 18 años más tarde, a los romanos no se les ocurrió nada mejor que ultrajar, por así decirlo, a las hijas de la reina de los Iceni, BoaDicea. Se ve que no sabían como las gastaban las mujeres celtas, porque con el berrinche que cogió, persiguió a hostia limpia a los romanos todo el camino de regreso a Londinium, arrasando, ya que estaba, cualquier asentamiento que encontró por el camino. Lo único que impidió que la caida del Imperio Romano, al menos a nivel local, se acelerase unos siglos fue que la mujer le cogio cariño a Londres y echó unos días en quemar alegremente la ciudad hasta sus cimientos, dando tiempo a los romanos a reorganizarse y derrotarla en una batalla en las colinas, donde los carros de guerra celtas resultaban del todo inútiles (6). Hoy en día, todavía pueden observarse capas de ceniza en el subsuelo de la ciudad en memoria de los varios flambeados que la reina le dió en aquella época. No obstante, una vez derrotada BoaDicea, la ciudad se reconstruyó rápidamente y surgió un núcleo importante de edificios de madera alrededor de las construcciones civiles romanas que alojaba a los comerciantes.

BoaDicea en Londres repartiendo leña

BoaDicea en Londres repartiendo leña

En el siglo II dC se amuralló la ciudad, definiendo su forma durante casi un milenio. Hoy en día, la zona amurallada corresponde al distrito conocido como “The City” o la Ciudad, uno de los centros económicos más importantes del planeta. Gracias al comercio, continuó en auge incluso durante la caida del Imperio Romano, hasta que en el siglo IX los vikingos pasaron a presentarles sus respetos. El único resto romano importante que se conserva actualmente (7) es el templo de Mitra, en Temple Court, Queen Victoria Street. No deja de ser irónico que el único resto romano en Londres esté erigido en realidad al dios persa de la luz y el bien, heredado por los romanos en el 68 dC en respuesta al cristianismo. Los practicantes de este culto, mayormente soldados, se bañaban en la sangre de un toro en memoria a Mitra, que supuestamente mató el toro sagrado de cuya sangre mana toda vida. Para que luego protesten del toreo.

Eventualmente, en el siglo IX entraron en escena los piratas daneses y los sajones que, dirigidos por Alfredo el Grande, tomaron la ciudad en el año 886 y la agregaron al reino de Wessex. A la muerte de Alfredo, los daneses recuperaron la ciudad, pero encontraron una fuerte oposición. En 1014, fueron atacados por una flota de anglosajones y vikingos noruegos que ascendió por el Támesis. Los daneses se situaron sobre el puente de Londres para acribillarlos a lanzazos pero, en una maniobra de lo más curiosa, los atacantes arrancaron los techos de las casas circundantes y los usaron de escudos sobre sus cabezas. Así consiguieron llegar al puente, lanzar garfios y cuerdas y derribarlo. Se especula que la famosa cancioncilla “London Bridge is falling down” puede tener su origen en este incidente. Los daneses continuaron, no obstante, controlando la ciudad hasta el reinado del anglosajón Eduardo el Confesor, en 1042. Este rey movió la capital de Inglaterra de Winchester a Londres y, religioso como era, refundó la abadía de Westminster, donde ya se coronaría su sucesor, Harold.

El puente de Londres antes de hundirse, quemarse, hundirse, quemarse ...

El puente de Londres antes de hundirse, quemarse, hundirse, quemarse …

El puente de Londres de aquella época cayó pues y fue reemplazado allá por el 1600 por uno nuevo, más grande y más llamativo. A la americana, por así decirlo. Este puente, cubierto de casas en la línea del famoso puente de Florencia, estaba construido sobre 19 muelles, a base de clavar enormes estacas en el lecho del río y, a juzgar por la marcada asimetría del proyecto, moverlo hacia un lado u otro según se hundiese o no conforme lo iban construyendo. La leyenda de que se cimentaba sobre balas de lana sólo obedece a que Enrique II decidió pagarlo a base de impuestos sobre la lana, que debía ser el tabaco o alcohol de la época. A pesar de que no tenía ni dos arcos iguales, el aparentemente destartalado puente duró varios siglos y su reemplazo obedeció más a la necesidad de expansión que a su deterioro. El tema estaba en que los soportes se habían reforzado tanto que bloqueaban buena parte del flujo del río, actuando más bien de presa. Así, los barcos pasaban de un lado a otro en plan carrera de relevos: gente y mercancias se apeaban de un barco a un lado del río y pasaban andando al otro, donde los esperaba una segunda embarcación. Aparte de este curioso trasiego, la animación local la constituían también varias torres defensivas, en una de las cuales el toque real de decoración lo suponían las cabezas clavadas en picas de un surtido de ladrones, traidores y brujos -desde el punto de vista del rey, por supuesto- entre los que probablemente sean los más conocidos William “Braveheart” Wallace y Thomas Moro. Este puente fue también escenario de la que probablemente, y con permiso del Mothman, sea la mayor tragedia en la historia de los puentes, cuando tres o cuatro años después de su construcción comenzó a arder por un extremo. Como es natural en una época sin cine ni televisión, la gente se agolpó al otro lado a contemplar la desgracia ajena, con tan mala suerte que las chispas provocaron que prendiera un segundo foco y los atrapara en medio. La mayoría de la gente murió bien ahogada, bien calcinada, contándose las víctimas por cientos. No obstante, el puente se apañó rápidamente y ahí siguió, casas incluidas, hasta que a finales del 1700 echaron abajo dichas casas para darle anchura. De propina, se optó por reducir arcos y eliminar los pilones centrales para dejar pasar el agua. Y, por supuesto, el agua pasó y comenzó la lenta pero satisfactoria acuática tarea de echar el puente abajo. Visto que aquello tenía menos futuro que un caramelo en la puerta de un colegio, se diseñó un nuevo puente. Y hubo que reemplazar también los demás ahora que el río se había soltado el pelo. Como el nuevo puente resultó mucho más enclenque que el anterior, los ingleses se lo vendieron a Arizona a principios del siglo XX donde emprendieron la muy americana tarea de reconstruirlo piedra a piedra en un vano intento de tener algo con más de cien años de antigüedad. Fue entonces que el puente actual se erigió en el mismo sitio que el resto, algo más al este de la city y fácilmente alcanzable a pie.

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(6) En esta historia se basa el episodio de Xena “The Deliverer”, sólo que allí, por supuesto, gana BoaDicea, que para eso está del lado de la protagonista.

(7) Todos los objetos de la época se encuentran, como no, en el British Museum de Londres. El hecho de que fuesen hallados en Londres inicialmente no deja de ser un anecdótico plus.