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Nueva Zelanda (IV): La costa del … ¿sol?

En Nueva Zelanda hay pocas líneas de autobús y menos aún de tren. Lo habitual es usar coches de alquiler pero, claro, para un trayecto de 200 kilómetros, alquilar un coche durante cuatro días parecía algo excesivo. Después de cinco horas de trayecto en uno de los dos únicos autobuses del día y tras haber parado en todos los pueblos entre Auckland y Pahia, que eran muchos y abundantes, ya tenía bastante claro que a partir de entonces iba a alquilar coche hasta para ir al cuarto de baño.

Camino a Bay of Islands

Camino a Bay of Islands

Bay of Islands se encuentra en la parte más superior de la zona conocida como Northland. El punto más extremo del norte de Nueva Zelanda es Cape Reinga, un cabo donde básicamente hay un faro con una buena panorámica del mar de Tasmania y el árbol de Pohutukawa desde donde, de acuerdo a las leyendas, los espíritus de los maorís parten hacia el Más Allá, por su bien espero que no en autobus. Muy cerca se encuentra la Ninety Mile Beach, una de las playas surferas más conocidas del mundo a pesar de que, en contra de lo que promete, sólo mide unas 60 millas. En la salida, está Te Paki Stream, donde la gente se tira en trineo desde las dunas gigantes que la forman. Parece ser que en la zona viven caballos salvajes en libertad. Además, en el bosque Waipoua, por la misma zona, están los enormes árboles kauri, incluyendo el viejo Tane Mahuta, con más de 2000 años, y el Te Matua, que con un tronco de unos 20 metros es de los más gordos del mundo. Sin embargo, para llegar a esta zona es necesario tirar, una vez más, de autobús, ya que incluso los afortunados que han llegado en coche hasta la zona deben dejarlo para evitar que se bloquee en la arena. Yo, que ya había tenido bastante autobús por una temporada, decidí que prefería echar el día siguiente buceando. Además, para no perder la costumbre, resultaba que ese mismo día, el 6 de febrero, se celebraba en Pahia, justo donde pasábamos esos días, una fiesta nacional maorí: el día de Waitangi.

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Nueva Zelanda (I): En la era de los antiguos dioses …

La culpa, como a veces pasa, fue del alcohol. Y digo del alcohol porque solo un programador borracho o un anarquista terminal -posiblemente también borracho- podría haber ubicado una serie como Xena a las 12 de la mañana en plenas vacaciones de verano. Y es así que en lugar de acompañar el cafe y el croissant con un David Hasselhoff algo fondoncete, me acostumbre a espabilarme con Lucy Lawless repartiendo hostias a los mismos malos secundarios (1) episodio tras episodio, vestidos de esto o de aquello. Y vaya hostias. Mayores de 30 y con supervisión paterna. No es que me queje; vistas las joyas con que nos ha deleitado la primera en esa franja horaria, diria que salimos ganando por mano. Eso si, después del cuarto muerto, una empieza a preguntarse si en televisión ven alguna vez las cosas antes de ponerlas.

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Soy la mejor en lo que hago, y lo que hago es partirte la cara

Aunque algo irregular de un episodio a otro en función del guionista de turno, hay muchas cosas en Xena que pueden enganchar. A mi, entre otras cosas, me engancharon los parajes de esa Grecia antigua, que, por supuesto, no podía estar más lejos de Grecia. En particular, estaba en Nueva Zelanda, en la Polinesia. Poco más o menos, nuestras antípodas. Un poquito lejos para darse un paseo, pero, oye, cosas más raras se han visto. Como aquel día que no tuve que esperar en urgencias o el viernes que mi hermana no salió de juerga. El caso es que viajar a Nueva Zelanda se convirtió ese verano en mi meta en la vida. Mi meta en la vida de la semana, pero meta a fin de cuentas y, si hay que ir, se va. Apretada como es una, un par de meses más tarde ya había conseguido una invitación para trabajar allí un tiempo. Sin embargo, estaba visto que ese año no iba a ser. Por esa absurda manía que tiene el planeta de girar sobre si mismo, resulta que en febrero allí están en plenas vacaciones estivales. ¿Quien iba a imaginar que no iba a haber plaza en ningún avión para irse al sur en una estación tan intempestiva desde el punto de vista europeo? Vivir para ver y para reservar el billete con tiempo. El año siguiente no piqué en lo mismo. Como extra, ya estaban rodando el Señor de los Anillos y visitar la Tierra Media se había convertido en imperativo moral. Ahora tenía reserva, que no motivo de viaje. Nadie es perfecto. Un año más y conseguí el pleno. Ahora sólo quedaba el permiso local para quitarme de en medio un tiempo y seguir teniendo un trabajo al que volver. En teoría, el visto bueno tendría que haber llegado alrededor de noviembre, pero no fue hasta enero, justo al volver de vacaciones, que, cuando ya suponía que en Nueva Zelanda me iban a esperar otro año, llegó la llamada en cuestión.

– Usted había solicitado un permiso para una estancia en Nueva Zelanda, ¿no es cierto?

– … – Y, una vez ubicada y haciendo frente al impulso que provoca cualquier llamada de la burocracia de negarlo todo – Pues va a ser que si, yo misma, para servirlo a Dios y a usted…

– La llamo para comunicarle que le hemos concedido el permiso …

– Ah, pues estupendo.

– Pero hay un problema. Tendría que irse la semana que viene …

– ¿Y el problema es…?

Y es que no hay nada mejor que recibir una noticia de este tipo cuando una aún no ha tenido tiempo de deshacer las maletas. Algo más difícil fue explicarle lo afortunados que habíamos sido a mi compañero de despacho, que a la hora de apuntarse al plan siempre es más rápido de lo que le convendría: ese tipo de gente a la que, más que viajar, le gusta contarlo a la vuelta. En ese caso en particular, la falta de tiempo jugó en mi favor y, antes de que se diera cuenta, ambos estábamos ya en lo alto del avión. Una vez en el aire, eso sí, dio tiempo de sobra a hacerse a la idea. Como veintitantas horas de Málaga a Auckland con escala en Madrid y Buenos Aires: ni mi amigo Juani en su época de adicto al Flight Simulator acumuló tantas horas de vuelo. Poco más o menos, con la tarjeta Iberia Plus junté suficientes puntos como para ir de Madrid a Móstoles en día azul.

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Nueva Zelanda en el quinto pino geografico

En el último tramo nos entretuvieron con un vídeo promocional sobre las bondades del país que me hizo arrepentirme abundantemente de haber escogido ese destino. Alguien debería matar al publicista, porque la impresión que se sacaba es que aquello era una especie de Torremolinos con viñedos de complemento. Lo cierto es que a esas alturas tampoco es que supiera mucho de Nueva Zelanda. Yo soy de la opinión de que si uno se piensa mucho las cosas al final no hace nada, así que habitualmente paso de pensar en absoluto. Poco más o menos, sabía que la zona había emergido de las aguas relativamente tarde en términos geológicos. Aparentemente, hay escritos de la Roma clásica que consignan como el cielo se volvió rojo durante varios días, lo que podría haber respondido a la erupción volcánica que puso las islas en esa parte del mapa que nadie mira nunca. Posteriormente, y dado que viene a estar en lo que geográficamente equivaldría a la quinta puñeta, únicamente las aves llegaron a esas tierras. Dada la tendencia evolutiva natural de cualquier organismo biológico a hacerse lo más flojo posibles, la ausencia de depredadores hizo que dichas aves pronto perdieran la capacidad de volar, detalle que apreciaron en su justa medida los hambrientos animalillos que más tarde llevarían allí los colonizadores. Hoy en día, la práctica totalidad de las especies endémicas del país están en peligro de extinción.


(1) En estos contextos, entiendase como “malo” a todo aquel que, por un motivo u otro, va contra el protagonista, definición que en esta serie en particular alcanza su máxima flexibilidad.