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Reino Unido (XVI): Todos los caminos llevan a … York

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La llegada a York no tuvo nada de particular, al menos comparada con la salida de Nottingham. Eso si, cuando en un albergue dicen “Junto a la estación de tren”, hay que desconfiar como cuando te ofrece un contrato maravilloso un tipo de rojo que huele a azufre. Cargada como la mula de Juan Valdes tuve que arrastrar un par de kilómetros al Equipaje, que ahora sin asas hacía aún menos por ayudar. Respecto al resto, de noche a las ciudades suele pasarle como a los gatos pardos: todas son iguales. Así, tendríamos que esperar a la mañana siguiente para hacernos una idea y comprobar que la parada, efectivamente. había merecido la pena.

¡Ya estamos en York y los scones estan buenos!

¡Ya estamos en York y los scones estan buenos!

Originalmente, la zona de York estaba controlada por las tribus de los Brigantes, hasta que el gobernador de Britania envió a la Novena Legión a tomarla en el 71 dC. Los romanos, versados ellos en el arte de la guerra, se montaron un fuerte estratégicamente situado entre los ríos Foss y Ouse, a las orillas de éste último y lo llamaron Eboracum. El fuerte no era precisamente como el de los clicks, ya que alojaba a unos 6000 legionarios e incluía un foro y termas, actualmente ubicadas bajo el pub The Roman Baths[20] . Eboracum prosperó tanto que acabó incluyendo un palacio que visitaría el mismísimo emperador y se convirtió en la capital de la Britania del sur. En el 306, allí se coronaría en la que hoy es York Minster a Constantino el Grande, fundador de Constantinopla -que ahora es Estambul, como dirían las ratas de los teleñecos- y primer emperador cristiano de Roma. Los restos más visibles de la época los constituyen sin embargo las murallas, como no, y la torre Multiangular, actualmente en los Museum Gardens, construida por el Emperador Severus, tatara-tatarabuelo, imagino, del famoso profesor de pociones de Hogwarts.

Cuando los romanos se retiraron de la zona en el 410 dC, el lugar quedó a manos de los anglosajones, originalmente mercenarios del ejército de Roma que decidieron quedarse una vez la bolsa se cerró en el Imperio. Supuestamente, el mismísimo Arturo llegó a reconquistar la ciudad, pero se ve que no le duró mucho, ya que aún aguantó bastantes años bajo el poder sajón [21].

A pesar de todo, dada la costumbre de la época de construir en madera, prácticamente nada ha quedado de entonces. Salvo, claro está, la costumbre de construir en madera, que se perpetuó hasta que se hizo más barato hacerlo en cemento. Y es que el ser humano no escarmienta, señores.


(20)Esto demuestra que tanto romanos como ingleses tenían muy claro qué le pedían a un asentamiento.

(21)Y esta suposición es el único sustento de la película “El rey Arturo”, donde mucho realismo y tal pero los caballeros manejan los mandobles como floretes en Matrix y la puerta de la muralla se abre sola como la del Corte Ingles

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Reino Unido (II): El arte de la preparacion

 

Los preparativos, como la decisión, fueron bastante rápidos. Conseguimos un billete de avión relativamente barato hasta Gatwick, el único aeropuerto británico hacia el que en aquella época se podían conseguir precios razonables. Para desplazarnos por el país, optamos por un bono de ferrocarril llamado Britrail. El Britrail funciona de forma similar al Interrail, pero se limita a Gran Bretaña. Existen varias fórmulas de uso: 7 días en 15, 15 días en un mes, un mes completo … El bono presenta tantas casillas como días se hayan comprado y el usuario simplemente las rellena con el día en que va a usar el tren dentro de las fechas de inicio y fin de éste. Durante ese día, puede coger todos los trenes que quiera en segunda. Como rara vez se viaja todos los días salvo que se quieran ver los sitios como si de diapositivas se tratase, cualquier combinación donde se viaje la mitad de los días suele ser suficiente. Estos bonos siempre son más baratos que los billetes por separado a poco que se coja el tren más de tres veces. Billetes en mano, sólo quedaba reservar por adelantado una noche en el albergue de juventud de Londres para el día de llegada. Ya improvisaríamos después. Ahora, hacer estas reservas es un juego de niños gracias a Internet, pero en aquella época hubo que tirar de fax, IBN, divisas y una buena dosis de suerte.

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Albergue de Holland House

Poco antes de salir, sin embargo, ya teníamos sitio en la Holland House, un albergue en la frontera entre las zonas uno y dos de la ciudad. Construido sobre un antiguo hospital en medio de un parque, el sitio no hubiese estado nada mal de no ser porque constituyó nuestro primer contacto con un dormitory room (dorm). El dorm es la fórmula más barata para dormir en albergues. En esa época, en Londres, una cama y el desayuno a la británica (2) venían a salir por unos 18 euros. Claro, que en aquel entonces al comprar libras no había clausulas en el banco del tipo “firma por tu alma inmortal”. Como contraprestación al precio, hay que señalar que se comparte la habitación con entre 6 y 12 personas según el sitio. En muchos dorms no dan sábanas y, o se llevan en el equipaje, o toca alquilarlas pagando como un campeón. Los sacos de dormir están prohibidos, lo que no es mala idea teniendo en cuenta que hay quien, rascándolos, podría clonar a partir de ellos un tiranosaurus rex. Por lo demás, por si alguien aún no domina la técnica de dormir con un ojo abierto, suele asignarse a los huespedes una taquilla para que encierren sus cosas por la noche. Si uno ha sido tan precavido como para echar un candado, es decir. En muchos albergues existe la posibilidad de, si se hace con suficiente tiempo, reservar un family room. Estas habitaciones están pensadas para tres o cuatro personas únicamente y, si bien salen algo más caras, presentan ventajas obvias. Para el día de regreso, nosotras conseguimos una habitación de este tipo. No es que a esas alturas a Mercedes le sirviera de consuelo, claro.

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El Intercity, tu nuevo mejor amigo

Dado que aún no sabíamos qué recorrido ibamos a hacer, decidimos dejar en suspenso el resto de las reservas para hacerlas una o dos noches antes desde donde quiera que estuviesemos-que esperabamos contra toda esperanza que al menos fuese el Reino Unido-. Ya sólo quedaba planificar el recorrido. Al contrario de lo que su apellido sugería, el conocimiento de McLaren del país se limitaba a un pueblecito de Inglaterra donde solía pasar los veranos practicando su inglés. Así, con una planificación digna del mismísimo Willy Fog, un mapa, una regla y una buena dosis de optimismo -eso sí, ni una infinitésima parte de la que demostraron mis compañeras colocándose en mis manos -una servidora se puso manos a la obra. Mi conocimiento de Inglaterra se limitaba a haber cubierto en tren el recorrido Londres-Rugby-Bath para visitar a mi amiga Sarah cuando estaba haciendo Económicas en esta última ciudad. Si en el mapa Rugby y Londres, a aproximadamente hora y media, estaban a dos centímetros, obviamente Edimburgo, a unos 10 centímetros, debía estar a unas 7 u 8 horas. Demasiado tiempo para hacerlo del tirón. Mejor parar en un punto intermedio, pongamos York, a 7 centímetros. Y, de camino, por qué no echar un vistazo al bosque de Sherwood, a cuatro centímetros. Aún no era ingeniero, y ya había redefinido la escala de distancias. Con esta precisión digna de Iberia, bastó introducir unos cuantos sitios interesantes más a la lista: Inverness, por aquello del lago, las Hébridas, por el Rayo Verde de Verne, y Ben Nevis para cerrar el círculo y regresar a Londres. McLaren hizo su aportación particular: Loch Lomond, una popular zona de veraneo. Sin problemas. Sumo tres, me llevo una, multiplico por cuatro y listo: itinerario arreglado milimétricamente. Chúpate esa, Eratóstenes (3).

Faltaba para salir un último detalle: ¿qué dinero echar para pasar quince días en Inglaterra? En aquel entonces, los hijos teníamos derecho a techo, comida y ropa, pero no a VISA platino VIP como exigen ahora nuestros hermanos pequeños. La falta de plástico nos obligaba, entre otras cosas, a cambiar a priori el dinero que estimásemos oportuno y rezar porque nuestra estimación no fuese muy desencaminada. Entre unas cosas y otras, en aquel viaje nos volvimos muy religiosas. Visto que Mercedes, tras haber vivido unos años en Southampton y Londres, parecía la única del grupo con más experiencia que Paco Martinez Soria en estas lides, para bien o, como se demostró algo más adelante, para mal, seguimos sus indicaciones.

-Yo pienso echar sólo 60000 pelas- afirmo con esa rotundidad que la caracteriza cuando está apostillando un hecho que desconoce totalmente – Paso de gastarme ni un duro más.

A McLaren y a mí nos faltó llorar de la emoción de tener a alguien que realmente sabe qué hacer en cada momento. Dicho y hecho. 60000 pelas serían lo único que nos iba a separar de dormir en la calle y comer sopas de sobre: la cosmopolita del grupo había hablado. Lástima que al final resultase ser más bien la Cosmopolitan la que habló, como se comprobaría más tarde ya llegadas a Cambrigde.

Unos días más tarde, allí estabamos las tres en lo alto de un avión rumbo Gatwick. El aeropuerto está a un buen tirón de Londres y, en general, suele resultar más barato sacar el billete de tren hasta Victoria Station en España, carnet joven en mano. En un alarde de iniciativa, Mercedes se había marcado el pegote de sacar su billete y el mío a priori. Lástima, claro, que llevásemos un bono de tren que nos hubiera permitido no gastarnos ni un duro, pero el detalle es lo que importa. Mercedes mantuvo hasta el final y contra toda evidencia que, de no haberlo hecho así, no habríamos tenido bonos suficientes para todo el viaje. Incluso lo mantuvo después de que a la vuelta le regaláramos los tiquets a mi tía para que ella y su marido -en el tren también conocido como “Mercedes”- visitaran Edimburgo unos fines de semana más tarde.

Fue una vez llegadas a Gatwick que tuve mi primer contacto con mi más fiel compañero de viaje: El Equipaje. Cualquiera que haya viajado en un plan de este tipo, sabe perfectamente que la ley de la conservación de la masa es mentira cochina: una bolsa siempre pesa más después de haberla llevado todo el día. Nunca sabré si Mercedes esperaba encontrar al hombre de su vida y echó su ajuar completo o si, realmente, pensó por un momento que iríamos de recepciones y puestas de largo pero lo que seguro que no contempló es que difícilmente podría ella arrastrar los dos maletones que había preparado. O, mejor pensado, si debió contemplarlo. Yo no, claro, si no, habría echado las maletas por el tren de aterrizaje en cuanto se hubiese descuidado un poco. El caso es que allí empezó mi historia de amor con El Equipaje, que ya me acompañaría durante todo el viaje. Mi bolsa esmirriada con lo justo (4), por su parte, pasó a hacerle compañía a Mercedes que, naturalmente, no le hizo ningún asco. Algo más de una hora después, ya estábamos en Londres. Mercedes, McLaren, yo y El Equipaje.

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Victoria Station, bastante antes de tener andenes y cuarto


(2) El desayuno británico incluye leche, cafe, yogur y cereales, pero también huevos, salchichas, bacon, jamón y otras cosas igual de nutritivas y apetecibles a las 8 de la mañana a ojos del español medio. Todo buenísimo para el colesterol: si antes no tenías, ahora eres una persona más completa

(3) Eratóstenes, tras leer que un palo en la presa de Asuán no proyectaba sombra cierto día del año, tirando de senos y cosenos, calculó el diámetro de la tierra con un error diminuto. Evidentemente, de haber contado con métodos tan sofisticados como los de una servidora, probablemente habría ubicado Canada en la estepa rusa y Nueva Zelanda no nos quedaría tan a trasmano de Málaga

(4) A la hora de hacer el equipaje para cosas de este tipo es recomendable seguir una organización tipo cebolla y echar tanto más de una capa cuanto más cerca esté de la piel. Contando lo puesto, un abrigo, dos jerseys, dos pantalones, tres o cuatro camisas y camisetas y suficientes mudas como para sobrevivir una semana suele ser una combinación ganadora.


Reino Unido (I): Cuidado con lo que deseas …

Imaginad una tarde de septiembre en la playa. Tumbados en la arena, con los ojos cerrados, escuchando las olas romper en la orilla y aprovechando los últimos rayos de sol. Relajados y en silencio al lado de uno de esos amigos que son como de la familia y con los que no hay necesidad de hablar (1). En total tranquilidad.

Fue entonces cuando hice la pregunta. Porque sólo hay un número de olas que uno puede contar, sólo un número de formas que las nubes pueden adoptar antes de que tanta tranquilidad resulte mortalmente aburrida, y, en mi caso, ese número es sorprendentemente bajo.

-¿Por qué no nos vamos de Interrail?

En honor a la verdad, fue sólo algo que pregunté porque tenía que intentarlo. Este tipo de preguntas son como las negociaciones con rehenes: uno le pide a sus padres que lo dejen volver a las 3 para que, con suerte, pueda llegar a las 12. Lo peor que puede pasar es que te digan que si a la primera y tengas que aguantar en pie por dignidad cuando todos tus amigos se han ido a la cama dos horas antes. Efectivamente, nunca creí que Mercedes aceptaría. Bien es cierto que era el momento adecuado. Estabamos terminando la carrera y pronto las vacaciones dejarían de durar tres meses y nos alcanzaría la despiadada garra de la responsabilidad. O, al menos, esa era la teoría: en estos casos siempre estamos los que corremos más rápido. En resumen, la idea no parecía descabellada del todo, salvo porque, a esas alturas, vivía en el convencimiento de que el concepto de incomodidad de mi amiga no alcanzaba mucho más allá de no poder escoger tapa en un bar. No por primera vez, Mercedes me sorprendió.

-¿Cuándo?

-Pues… ahora.

Podría parecer una respuesta precipitada, pero la conversación me había superado en tan sólo seis letras. Y ella siguió imperturbable, con esa seguridad en la voz que es garantía de que, una vez más, te escuchan como el que oye llover.

-¿A dónde?

Cuando una puerta se entreabre, hay que meter el pie antes de que se cierre de nuevo, a pesar de que lo más normal en estos casos es acabar con una fractura de metacarpo. Acabábamos de entrar en el resbaladizo terreno donde se suponía que ya tenía una respuesta y, lejos de mí decepcionar a mi público, solté lo primero que se me pasó por la cabeza.

– E … ¿Escocia?

¿Por qué no? No hacía tanto que habían estrenado Braveheart y siempre he querido ver al monstruo del lago Ness. Aparte de eso, todo mi conocimiento de la zona estaba vagamente relacionado con gaitas y faldas a cuadros.

– Bueno… me parece bien.

A esa altura seguía pensando que la conversación no sobreviviría al tinto de verano del mediodía siguiente pero, una vez más, me equivocaba de pleno. Fue con el tinto que Mercedes aprovechó para comunicarme que nos acompañaría una amiga suya, Cristina McLaren, a la que acababa de llamar por teléfono. Yo no tenía ni idea de quien era, aunque el nombre prometía, visto el destino escogido. Si bien en principio no me hizo excesiva gracia compartir unas semanas de mi vida con una completa desconocida, su presencia fue lo único que posibilitó que tanto Mercedes como yo volviesemos vivas, relativamente intactas y, lo más milagroso de todo, juntas. Y además, sólo tardamos medio año en volver a dirigirnos la palabra.


(1) De hecho, y como todo el mundo sabe, hablar en circunstancias análogas equivale a tener que ordenar tu habitación, bajar la basura o ir a por pan, así que es mejor callarse, pasar desapercibido y dar gracias por no ser hijo único