Archivo de la etiqueta: Puente de Londres

Reino Unido (VI): De Torres y Reinas

En realidad, la Torre de Londres se hizo famosa por albergar mazmorras, cámaras de torturas y, como no, una zona de ejecución pública donde, literalmente, muchos VIPS de la época perdieron la cabeza. Por ejemplo, fue aquí donde dos reinas de Inglaterra, Ana Bolena y la Vizcondesa de Salisbury, consiguieron el peor acuerdo de divorcio de la historia. Isabel I fue también, de hecho, invitada de lujo en las mazmorras poco antes de su coronación. Una de las entradas a la Torre, originalmente Water Gate, se conoce como Traitors Gate, la puerta de los traidores, ya que por ahí hacían pasar a los enemigos de la corona a su encierro. Al parecer, cuando Isabel llegó en 1554, se negó a atravesar esa puerta afirmando que ella no era una traidora. No obstante, una fuerte lluvia la hizo cambiar de opinión (8) Cuando, años más tarde, volvió ya como reina, exigió volver a entrar por Traitor’s Gate, diciendo que lo que era bueno para la princesa Isabel, también lo era para su majestad Isabel. La mujer debió de ser de las pocas que consiguieron atravesar las puertas en dos direcciones, ya que no sólo los supuestos traidores encontraron su fin entre los muros de la Torre. En una de las construcciones interiores, originalmente la Torre del Jardín, pero acertadamente rebautizada como la Bloody Tower o Torre Sangrienta, entre otros muchos cayeron Enrique V y su hermano Ricardo, duque de Cork, cuando el primero contaba sólo 14 años. Las culpas se han atribuido a los que se convertirían más tarde en Ricardo III y Enrique VII, si bien no se ha conseguido probar nada, como suele pasar cuando el culpable de algo resulta ser el rey. El caso es que a uno lo asfixiaron con la almohada y al otro lo apuñalaron hasta que estuvo lo suficientemente muerto como para no poder dejar de estarlo en un futuro próximo. Ambos fueron enterrados en un lugar anónimo al pie de la Torre Blanca hasta que, en 1674, se descubrieron los esqueletos de dos niños y se trasladaron a la abadía de Westminster. Para hacerse una idea de dónde iban a parar los prisioneros menos famosos, cuando, en 1830, se desecó el foso que Ricardo I había mandado construir utilizando el Támesis se revelaron una gran cantidad de huesos humanos.

beefeater-gin

El beefeater por autonomasia

Actualmente, en la Torre ya no hay ejecuciones (9), pero aún tenemos a los Beefeaters, que aparte de la etiqueta de las botellas de ginebra, también son guardas uniformados al estilo Tudor. Si alguien aún no tiene un buen motivo para acabar con la monarquía inglesa, ver a esta pobre gente paseando de esa guisa debería ser suficiente. Los beefeaters, en realidad llamados yeoman guards, fueron establecidos en 1485 por Enrique VIII como sus guardaespaldas y tuvieron que esperar hasta 1858 para que la reina Victoria se apiadara y les otorgara un uniforme azul diario. Parece ser que el nombre beefeaters se lo asignaron las clases bajas, haciendo referencia a que los guardias mimados del rey se ponían hasta las cejas de ternera, en inglés beef, mientras que a ellos les tocaba verdura y manteca un día si y otro también. Si esto puede hacer parecer al término despectivo, es porque sin duda lo es. En general, van armados con una pica denominada “la partisana” a excepción de su jefe, el Chief Warder, que porta un bastón coronado por una réplica de la Torre Blanca y el segundo al mando, el Yerman Gaoler, que tiene asignada un hacha ceremonial. Esto debería dar una idea bastante aproximada de quien se metería en los fregados en caso de tortas. Lo que si es competencia del Chief Warder es pasear en traje todas las noches a las 10 en punto un puñado de llaves por toda la Torre en lo que se ha venido a llamar “Ceremonia de las llaves”, que básicamente consiste en cerrar con mucha pompa las puertas exteriores de la fortaleza. Junto a los beefeaters, también son famosos en la Torre los cuervos locales. Parece ser que siempre hay el mismo número de cuervos y que además se les inutilizan las alas para que no tengan tentaciones de dejar de ser el mismo número (10). Eso justifica por si solo que los pajarracos sean bastante menos amistosos que sus homónimos en Dumbo y que sea mejor no tratar de tocarlos salvo que se considere interesante el desarrollar una nueva técnica experimental para tocar el piano. Se supone que esta manía con los cuervos data de una profecía de tiempos de Carlos II que establecía que cuando en la Torre ya no hubiese cuervos, sería el fin de la Torre y, ya puestos, de la Commonwealth. A día de hoy y salvo que los ingleses no puedan evitarlo, antes caerá un meteorito gigante en el Atlantico que la Commonwealth en cuestión.

El algo sosete puente de Londres

El algo sosete puente de Londres

Al salir de la Torre, puede verse el que todo el mundo cree que es el puente de Londres pero que, en realidad, es el Puente de la Torre o Tower Bridge. El puente de Londres, algo más al fondo y no tan llamativo, se construyó originalmente en piedra en 1176, a pocos palmos de donde el primer puente romano cruzaba el río. Este puente se derribó en 1739, ya que la construcción era tan estrecha que resultaba más rápido tomar un barco que esperar para cruzarlo. El siguiente también resultó muy pronto insuficiente, dado el rápido crecimiento del East End. Finalmente, en 1876, el mismo año en que Graham Bell inventó el teléfono, se comenzó la construcción de un nuevo puente, que duraría ocho años. El Tower Bridge, que puede visitarse por dentro (11), fue un trabajo de ingeniería muy adelantado para su época, ya que usando únicamente una máquina de vapor y acumuladores, conseguía abrirse completamente para dejar paso a los barcos en aproximadamente un minuto. Como curiosidad, cabe señalar que estuvo pintado de marrón hasta el 77 cuando, para conmemorar el jubileo de la reina, dando muestras del estupendo buen gusto británico se lo pintaron precioso de azul, rojo y blanco. En ese puente se han visto cosas tan raras como un autobús saltando de uno a otro lado cuando el puente empezó a abrirse con dicho autobús aún sobre él.

TowerBridge

El mucho más conocido Puente de la Torre

Desde Monument se puede girar unos cientos de metros a la derecha hasta la famosa catedral de St Paul. St Paul se construyó originalmente en madera en el 604 como hogar del primer obispo sajón, Mellitus. Como si de la arquitectura de los tres cerditos se tratase, ardió bastante y St. Erkenwald, otro obispo, tuvo que reconstruirla 70 años más tarde. Esta vez la destruyeron los vikingos como parte de sus rutinarias invasiones de la zona. Los normandos volvieron a construirla una vez más, pero esta vez se tomaron su tiempo: 150 añitos de nada. Los toques finales se dieron en 1313 y el edificio se convirtió en la tercera iglesia más alta de Europa con aproximadamente 190 metros. Por si no había tenido una historia agitada, llegó el protestantismo. En 1549 animaron a una turba (12) a que arrasaran la catedral, lo que hicieron con gran alegría y entrega. Por si no era suficiente, más adelante le cayó un rayo, no se sabe bien si porque habían dejado a los mercaderes se apoderaran del templo o por ese absurdo apego que muestran los rayos por cosas altas y delgadas. La falta de fondos evitó que se reconstruyera adecuadamente y, cuando durante la guerra civil inglesa las tropas del Parlamento la usaron para alojar a la caballería, la catedral se fue a pique definitivamente. Con la restauración de la monarquía en 1660, Charles II escogió a Christopher Wren, un joven arquitecto, para restaurar lo que quedaba del edificio. Sin embargo, parece que éste estaba condenado definitivamente. En 1666, un incendio iniciado en una panadería en Pudding Lane se extendió tan rápidamente gracias a la estrechez y a las calidades de las calles de la ciudad que ésta permaneció en llamas durante cuatro días. Cuando acabó el incendio, ya no quedaba nada que restaurar. Wren decidió que eso no era un problema. Si acaso, le daba más libertad para hacerse la catedral a su medida. El edificio de Wren es lo que puede verse actualmente. Si alguien quiere visitarlo, debería tener en cuenta, eso sí, que, al menos cuando yo estuve la última vez, en Londres ni siquiera rezar es gratuito y hay que apoquinar en la entrada. Si, por el contrario, avanzamos por la orilla norte del río, dejando atrás el puente de Londres se puede alcanzar la iglesia de Temple, otro de los restos medievales de la ciudad.

Para el que aún no se haya cansado de andar, siguiendo todavía un poco más se alcanza Westminster. La abadía de Westminster, junto a las casas del Parlamento, comenzó como abadía benedictina y todos los reyes desde Guillermo el Conquistador han sido investidos allí. De hecho, también los enterraban en la abadía hasta Jorge II, después del cual pasaron a ser enterrados en Windsor. El templo actual, de estilo gótico francés, se comenzó en 1245 bajo el reinado de Enrique III y fue construido sobre una antigua basílica de 1065, que a su vez se situó sobre un antiguo monasterio. Las torres del oeste de la abadía las añadirían ya en 1745 Nicholas Hawksmoor y John James. Las curiosidades más apetecibles de la abadía son tal vez la capilla de Enrique VII, donde está la tumba de éste, que puso fin a la guerra de las Dos Rosas dando un braguetazo con Isabel de York, y la de Eduardo el Confesor donde se guarda la silla de la coronación, construida para sostener la piedra Scone donde se coronaban los reyes escoceses hasta que Eduardo la chorizó en 1295 para dejarles bien claro quien mandaba en la isla. Esa piedra fue, supuestamente, la almohada del bíblico Jacob y, supuestamente, en la actualidad ha vuelto a Escocia, aunque debe devolverse a Westminster para coronar un nuevo rey. Carlos no parece que vaya a suponer un problema, claro está. Para los que somos de ciencias, en la parte central de la abadía tenemos enterrados a Isaac Newton y Charles Darwin, que tantos dolores de cabeza nos han dado a los estudiantes de secundaria y, en algunos casos, a las preclaras mentes de las menos tolerantes religiones yanquis. Por último, hay varios monumentos a ingleses relevantes como William Shakespeare u Oscar Wilde. Margaret Thatcher sigue viva, pero igual le acaban haciendo hueco, aunque el resto de los enterrados se desplace por voluntad propia.

La abadia de Westminster

La abadia de Westminster


(8) Las fuertes lluvias suelen tener este efecto, en particular cuando una, reina o no, acaba de salir de la peluquería.
(9) Como todo el mundo sabe, hoy en día la gente incómoda en Inglaterra se pone lencería femenina y se suicida oportunamente.
(10) Ya lo dice el refrán. Cría cuervos … y tendrás muchos.
(11) En Inglaterra parece ser que, habiendo pasta de por medio, puede visitarse por dentro hasta el cuarto de baño de la Reina Madre. Da escalofríos pensar que alguien pueda estar interesado en verlo.
(12) Como dijo Pratchett, las turbas son como las armas de fuego. Sólo hay que apuntarlas convenientemente.

Anuncios

Reino Unido (IV): Quo Vadis o la ciudad romana

Por aquello de empezar por el principio y, ya puestos, de usar el metro lo menos posible, la primera visita obligada incluye el Londinium romano, cambiando de la linea roja a la marrón para bajarse en la City. Londres, como tal, data de la ocupación romana de la plaza fuerte celta de Londinium, allá por el 43 dC. Aulus Plautius conducía a sus tropas de Kent a Colchester, su asentamiento más importante, cuando tropezó con el Támesis, que, aunque vadeable, dificultaba el avance de los romanos. Partidario de la ingeniería civil como buen romano, se cree que optó por construir un puente, que curiosamente está pegadito al actual puente de Londres. Al más puro estilo SimCity, el asentamiento se convirtió entonces en un importante núcleo comercial y administrativo, dada la accesibilidad que le aportaba el rio. No obstante, no duró mucho. En una de sus alegres incursiones por el norte, 18 años más tarde, a los romanos no se les ocurrió nada mejor que ultrajar, por así decirlo, a las hijas de la reina de los Iceni, BoaDicea. Se ve que no sabían como las gastaban las mujeres celtas, porque con el berrinche que cogió, persiguió a hostia limpia a los romanos todo el camino de regreso a Londinium, arrasando, ya que estaba, cualquier asentamiento que encontró por el camino. Lo único que impidió que la caida del Imperio Romano, al menos a nivel local, se acelerase unos siglos fue que la mujer le cogio cariño a Londres y echó unos días en quemar alegremente la ciudad hasta sus cimientos, dando tiempo a los romanos a reorganizarse y derrotarla en una batalla en las colinas, donde los carros de guerra celtas resultaban del todo inútiles (6). Hoy en día, todavía pueden observarse capas de ceniza en el subsuelo de la ciudad en memoria de los varios flambeados que la reina le dió en aquella época. No obstante, una vez derrotada BoaDicea, la ciudad se reconstruyó rápidamente y surgió un núcleo importante de edificios de madera alrededor de las construcciones civiles romanas que alojaba a los comerciantes.

BoaDicea en Londres repartiendo leña

BoaDicea en Londres repartiendo leña

En el siglo II dC se amuralló la ciudad, definiendo su forma durante casi un milenio. Hoy en día, la zona amurallada corresponde al distrito conocido como “The City” o la Ciudad, uno de los centros económicos más importantes del planeta. Gracias al comercio, continuó en auge incluso durante la caida del Imperio Romano, hasta que en el siglo IX los vikingos pasaron a presentarles sus respetos. El único resto romano importante que se conserva actualmente (7) es el templo de Mitra, en Temple Court, Queen Victoria Street. No deja de ser irónico que el único resto romano en Londres esté erigido en realidad al dios persa de la luz y el bien, heredado por los romanos en el 68 dC en respuesta al cristianismo. Los practicantes de este culto, mayormente soldados, se bañaban en la sangre de un toro en memoria a Mitra, que supuestamente mató el toro sagrado de cuya sangre mana toda vida. Para que luego protesten del toreo.

Eventualmente, en el siglo IX entraron en escena los piratas daneses y los sajones que, dirigidos por Alfredo el Grande, tomaron la ciudad en el año 886 y la agregaron al reino de Wessex. A la muerte de Alfredo, los daneses recuperaron la ciudad, pero encontraron una fuerte oposición. En 1014, fueron atacados por una flota de anglosajones y vikingos noruegos que ascendió por el Támesis. Los daneses se situaron sobre el puente de Londres para acribillarlos a lanzazos pero, en una maniobra de lo más curiosa, los atacantes arrancaron los techos de las casas circundantes y los usaron de escudos sobre sus cabezas. Así consiguieron llegar al puente, lanzar garfios y cuerdas y derribarlo. Se especula que la famosa cancioncilla “London Bridge is falling down” puede tener su origen en este incidente. Los daneses continuaron, no obstante, controlando la ciudad hasta el reinado del anglosajón Eduardo el Confesor, en 1042. Este rey movió la capital de Inglaterra de Winchester a Londres y, religioso como era, refundó la abadía de Westminster, donde ya se coronaría su sucesor, Harold.

El puente de Londres antes de hundirse, quemarse, hundirse, quemarse ...

El puente de Londres antes de hundirse, quemarse, hundirse, quemarse …

El puente de Londres de aquella época cayó pues y fue reemplazado allá por el 1600 por uno nuevo, más grande y más llamativo. A la americana, por así decirlo. Este puente, cubierto de casas en la línea del famoso puente de Florencia, estaba construido sobre 19 muelles, a base de clavar enormes estacas en el lecho del río y, a juzgar por la marcada asimetría del proyecto, moverlo hacia un lado u otro según se hundiese o no conforme lo iban construyendo. La leyenda de que se cimentaba sobre balas de lana sólo obedece a que Enrique II decidió pagarlo a base de impuestos sobre la lana, que debía ser el tabaco o alcohol de la época. A pesar de que no tenía ni dos arcos iguales, el aparentemente destartalado puente duró varios siglos y su reemplazo obedeció más a la necesidad de expansión que a su deterioro. El tema estaba en que los soportes se habían reforzado tanto que bloqueaban buena parte del flujo del río, actuando más bien de presa. Así, los barcos pasaban de un lado a otro en plan carrera de relevos: gente y mercancias se apeaban de un barco a un lado del río y pasaban andando al otro, donde los esperaba una segunda embarcación. Aparte de este curioso trasiego, la animación local la constituían también varias torres defensivas, en una de las cuales el toque real de decoración lo suponían las cabezas clavadas en picas de un surtido de ladrones, traidores y brujos -desde el punto de vista del rey, por supuesto- entre los que probablemente sean los más conocidos William “Braveheart” Wallace y Thomas Moro. Este puente fue también escenario de la que probablemente, y con permiso del Mothman, sea la mayor tragedia en la historia de los puentes, cuando tres o cuatro años después de su construcción comenzó a arder por un extremo. Como es natural en una época sin cine ni televisión, la gente se agolpó al otro lado a contemplar la desgracia ajena, con tan mala suerte que las chispas provocaron que prendiera un segundo foco y los atrapara en medio. La mayoría de la gente murió bien ahogada, bien calcinada, contándose las víctimas por cientos. No obstante, el puente se apañó rápidamente y ahí siguió, casas incluidas, hasta que a finales del 1700 echaron abajo dichas casas para darle anchura. De propina, se optó por reducir arcos y eliminar los pilones centrales para dejar pasar el agua. Y, por supuesto, el agua pasó y comenzó la lenta pero satisfactoria acuática tarea de echar el puente abajo. Visto que aquello tenía menos futuro que un caramelo en la puerta de un colegio, se diseñó un nuevo puente. Y hubo que reemplazar también los demás ahora que el río se había soltado el pelo. Como el nuevo puente resultó mucho más enclenque que el anterior, los ingleses se lo vendieron a Arizona a principios del siglo XX donde emprendieron la muy americana tarea de reconstruirlo piedra a piedra en un vano intento de tener algo con más de cien años de antigüedad. Fue entonces que el puente actual se erigió en el mismo sitio que el resto, algo más al este de la city y fácilmente alcanzable a pie.

_________________________________________________________________________________________________

(6) En esta historia se basa el episodio de Xena “The Deliverer”, sólo que allí, por supuesto, gana BoaDicea, que para eso está del lado de la protagonista.

(7) Todos los objetos de la época se encuentran, como no, en el British Museum de Londres. El hecho de que fuesen hallados en Londres inicialmente no deja de ser un anecdótico plus.