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Nueva Zelanda (II): Maui y la isla de piedra

El origen maori de Nueva Zelanda es mucho más entretenido y se atribuye al semidios Maui-Tikitiki, el último nacido, hijo de Makea-Tutara, dios del inframundo y, en general, poco de fiar, como corresponde, no por tener semejante progenitor sino por ser el pequeño de casa.

Un tiki maori

Un tiki maori

El día que Mäui nació, el sol no salió ni el viento soplaba. El cielo y la tierra se lamentaron y las oscuras nubes lloraron por él, ya que había nacido muerto. Su madre Taranga, loca de pena, envolvió el feto en algas y lo lanzó al océano, rogando al guardián del mar, Tangaroa, que velara por él. Tangaroa envió medusas, espuma marina y algas al bebé para que lo llevasen a la tierra de sus ancestros Tamanui-te-rä, donde lo revivieron suspendiéndolo sobre el humo de una hoguera. Después, Tamanui lo crió y le enseño muchos de los secretos del mundo y él aprendió a hablar con los árboles, que lo enseñaron a curar, cantó con las aves y aprendió a volar y nadó con los peces, aprendiendo a respirar en el agua. Las estrellas le enseñaron a orientarse, el viento le dió su voz, la tierra su identidad y el cielo aspiraciones. Finalmente venció a su maestro y éste lo envió a buscar su destino, convirtiéndose en halcón para sobrevolar los cielos de Ranginui. Finalmente alcanzó la casa de sus hermanos y su madre y fue a reunirse con ella.

Una vez allí, descubrió que su abuela Murirangawhenua inspiraba terror y respeto sobre los habitantes de la zona, ya que concentraba un gran poder en el hueso de su mandíbula. Como un caperucito cualquiera, Mäui se ofreció a llevarle la comida a la anciana ciega, pero en realidad la tiraba antes de llegar, dando sentido a aquel refran de familia y trastos viejos, pocos y lejos. Cuando el chico le pidió la mandíbula a cambio de no dejarla morir de hambre, muy en su papel de abuela, más que disgustarse se sintió de lo más orgullosa de que se le hubiese encarado y se la dió sin protestar (2). Ya hueso en mano, Mäui aprovechó para frenar al sol en el cielo, ya que su madre protestaba sobre lo poco que le rendía el día. Para ello, lo enlazó estilo cowboy y le pegó con la mandíbula hasta que el sol prometió tomarse la vida con algo más de calma. Tanta actividad debía cansar al semidios, ya que cuando sus hermanos le pedían que fuese a pescar con ellos para procurar comida a la familia, siempre resultaba estar demasiado hecho polvo o era tan inútil en la tarea, que al final preferían dejarlo atrás (3). En una de éstas, picado con sus hermanos, Mäui se escondió en el fondo de la canoa. Cuando estaban ya muy, muy lejos de la costa, el semidios usó como anzuelo el hueso-multiusos de su abuela y como cebo sangre de su propia nariz. Ni que decir tiene que sacó el pez más grande: la mismisima isla norte de Nueva Zelanda. Su accidentado litoral fue causado por los hermanos de Mäui, mientras usaban sus cuchillos para cobrar partes de la presa. Desde el aire, la cabeza del pez se ve claramente en Wellington, mientras que la cola la forma Bay of Islands. Algunas tradiciones añaden que la canoa de Mäui se convirtió en la isla sur y su ancla en las Chatham. Más adelante descubriría que el símbolo de la isla es el anzuelo de Mäui, que la gente suele llevar tallado en hueso en forma de colgante (4) (hei matau) y que yo, por no ser menos, me traería a España algo más de un mes después. Puesto alrededor del cuello, no enganchado en la garganta, se entiende.

Los primeros pobladores llegaron en torno al año 1000 dC, en la última oleada de la migración que pobló la Polinesia. Se estima que venían de Hawaiki, que digo yo que será Hawaii, usando waka hourua (canoas de viaje). Estos pobladores, los maorís, bautizaron Nueva Zelanda como Aoteaora o, lo que es lo mismo, la tierra de la Gran Nube (5). Básicamente, se extendieron por la isla norte, más cálida y acogedora, y establecieron una sociedad agrícola donde las distintas tribus mantenían constantes guerras. A pesar de ello, prosperaron lo suficiente como para conseguir una ventaja táctica sobre sus vecinos más cercanos, al sur, que, por el clima de la zona, mantenían una sociedad de cazadores-recolectores. Quitando algún tour gastronómico a las islas de Chatham, los maorís fueron más o menos felices en su isla hasta la llegada de los ingleses, allá por el siglo XIX, que rápidamente les cerraron el chiringuito. Los detalles no los tenía muy claros aún, pero ya tendría tiempo de enterarme. Quitando eso, sabía que el dólar neozelandés valía unos veinte duretes, o sea, 0.6 euros, pero, claro, en enero del 2002 aún no me había molestado en tomarme el euro en serio, y que por allí había una especie de pollos locos cuasi extinguidos llamados kiwis. Y ahora, gracias al documental del avión, que en Auckland había una copia del pirulí de Madrid con luces moradas fashion-fashion que alojaba un casino.

Casino de Auckland

Casino de Auckland


(2) Es de esperar que, además de la comida, a partir de este momento Mäui le trajese una trituradora.

(3) Estrategia, ésta, habitual en los hermanos pequeños y que, sin embargo, a los mayores suele surtirles el mismo efecto que una aspirina a Maria Antonietta.

(4) Muy probablemente estos colgantes con forma de anzuelo se usaban antes para pescar durante los viajes, ya que los peces no se marcaban el detalle de aparecer vuelta y vuelta al limón en los platos como en la actualidad.

(5) Y esto da una idea aproximada del clima habitual en la isla, donde nunca está de más aprender a nadar por lejos que caiga el oceano.


Nueva Zelanda (I): En la era de los antiguos dioses …

La culpa, como a veces pasa, fue del alcohol. Y digo del alcohol porque solo un programador borracho o un anarquista terminal -posiblemente también borracho- podría haber ubicado una serie como Xena a las 12 de la mañana en plenas vacaciones de verano. Y es así que en lugar de acompañar el cafe y el croissant con un David Hasselhoff algo fondoncete, me acostumbre a espabilarme con Lucy Lawless repartiendo hostias a los mismos malos secundarios (1) episodio tras episodio, vestidos de esto o de aquello. Y vaya hostias. Mayores de 30 y con supervisión paterna. No es que me queje; vistas las joyas con que nos ha deleitado la primera en esa franja horaria, diria que salimos ganando por mano. Eso si, después del cuarto muerto, una empieza a preguntarse si en televisión ven alguna vez las cosas antes de ponerlas.

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Soy la mejor en lo que hago, y lo que hago es partirte la cara

Aunque algo irregular de un episodio a otro en función del guionista de turno, hay muchas cosas en Xena que pueden enganchar. A mi, entre otras cosas, me engancharon los parajes de esa Grecia antigua, que, por supuesto, no podía estar más lejos de Grecia. En particular, estaba en Nueva Zelanda, en la Polinesia. Poco más o menos, nuestras antípodas. Un poquito lejos para darse un paseo, pero, oye, cosas más raras se han visto. Como aquel día que no tuve que esperar en urgencias o el viernes que mi hermana no salió de juerga. El caso es que viajar a Nueva Zelanda se convirtió ese verano en mi meta en la vida. Mi meta en la vida de la semana, pero meta a fin de cuentas y, si hay que ir, se va. Apretada como es una, un par de meses más tarde ya había conseguido una invitación para trabajar allí un tiempo. Sin embargo, estaba visto que ese año no iba a ser. Por esa absurda manía que tiene el planeta de girar sobre si mismo, resulta que en febrero allí están en plenas vacaciones estivales. ¿Quien iba a imaginar que no iba a haber plaza en ningún avión para irse al sur en una estación tan intempestiva desde el punto de vista europeo? Vivir para ver y para reservar el billete con tiempo. El año siguiente no piqué en lo mismo. Como extra, ya estaban rodando el Señor de los Anillos y visitar la Tierra Media se había convertido en imperativo moral. Ahora tenía reserva, que no motivo de viaje. Nadie es perfecto. Un año más y conseguí el pleno. Ahora sólo quedaba el permiso local para quitarme de en medio un tiempo y seguir teniendo un trabajo al que volver. En teoría, el visto bueno tendría que haber llegado alrededor de noviembre, pero no fue hasta enero, justo al volver de vacaciones, que, cuando ya suponía que en Nueva Zelanda me iban a esperar otro año, llegó la llamada en cuestión.

– Usted había solicitado un permiso para una estancia en Nueva Zelanda, ¿no es cierto?

– … – Y, una vez ubicada y haciendo frente al impulso que provoca cualquier llamada de la burocracia de negarlo todo – Pues va a ser que si, yo misma, para servirlo a Dios y a usted…

– La llamo para comunicarle que le hemos concedido el permiso …

– Ah, pues estupendo.

– Pero hay un problema. Tendría que irse la semana que viene …

– ¿Y el problema es…?

Y es que no hay nada mejor que recibir una noticia de este tipo cuando una aún no ha tenido tiempo de deshacer las maletas. Algo más difícil fue explicarle lo afortunados que habíamos sido a mi compañero de despacho, que a la hora de apuntarse al plan siempre es más rápido de lo que le convendría: ese tipo de gente a la que, más que viajar, le gusta contarlo a la vuelta. En ese caso en particular, la falta de tiempo jugó en mi favor y, antes de que se diera cuenta, ambos estábamos ya en lo alto del avión. Una vez en el aire, eso sí, dio tiempo de sobra a hacerse a la idea. Como veintitantas horas de Málaga a Auckland con escala en Madrid y Buenos Aires: ni mi amigo Juani en su época de adicto al Flight Simulator acumuló tantas horas de vuelo. Poco más o menos, con la tarjeta Iberia Plus junté suficientes puntos como para ir de Madrid a Móstoles en día azul.

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Nueva Zelanda en el quinto pino geografico

En el último tramo nos entretuvieron con un vídeo promocional sobre las bondades del país que me hizo arrepentirme abundantemente de haber escogido ese destino. Alguien debería matar al publicista, porque la impresión que se sacaba es que aquello era una especie de Torremolinos con viñedos de complemento. Lo cierto es que a esas alturas tampoco es que supiera mucho de Nueva Zelanda. Yo soy de la opinión de que si uno se piensa mucho las cosas al final no hace nada, así que habitualmente paso de pensar en absoluto. Poco más o menos, sabía que la zona había emergido de las aguas relativamente tarde en términos geológicos. Aparentemente, hay escritos de la Roma clásica que consignan como el cielo se volvió rojo durante varios días, lo que podría haber respondido a la erupción volcánica que puso las islas en esa parte del mapa que nadie mira nunca. Posteriormente, y dado que viene a estar en lo que geográficamente equivaldría a la quinta puñeta, únicamente las aves llegaron a esas tierras. Dada la tendencia evolutiva natural de cualquier organismo biológico a hacerse lo más flojo posibles, la ausencia de depredadores hizo que dichas aves pronto perdieran la capacidad de volar, detalle que apreciaron en su justa medida los hambrientos animalillos que más tarde llevarían allí los colonizadores. Hoy en día, la práctica totalidad de las especies endémicas del país están en peligro de extinción.


(1) En estos contextos, entiendase como “malo” a todo aquel que, por un motivo u otro, va contra el protagonista, definición que en esta serie en particular alcanza su máxima flexibilidad.