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Nueva Zelanda (VIII): ¡¡Waitangi!!

Canoa camino al Waitangi

Canoa camino al Waitangi

Cinco minutos más tarde, por supuesto, ya había encontrado otra cosa que despertara mi interés y se me había olvidado que alguna vez conocí la palabra Scrabble: una balsa tradicional maorí cruzaba la bahía de camino hacia una mini-península conectada mediante un puente a la playa en la que me acababan de soltar. La zona en cuestión se llamaba Te Tii Marae y estaba a unos 7 u 8 minutos a pie del lugar del Waitangi. Naturalmente, también había olvidado que alguna vez conocí la palabra Antonio pero, por suerte o por desgracia, me lo encontré de camino sentadito en la playa frente al albergue. Uno de los principios básicos de Antonio es que funciona como un objeto cualquiera: allá donde lo sueltes se queda salvo que venga a moverlo alguien más. La zona ya estaba animadita y a rebosar de maoríes, sólo que más que Nueva Zelanda aquello parecía un mercadillo de pueblo. Los maoríes, de hecho, andaban por allí con latas de birra y camisetas negras modelo jevi-metal-nasio-pa-matar. Hasta yo en mis cortas luces culturales tenia claro que aquello iba a terminar en grupos de tios abrazándose para exaltar la amistad y para vomitar sin caer de boca detrás de un árbol cualquiera. Había también puestos por la zona donde comprar desde un perrito caliente hasta un paquete de pilas, que me vino al pelo para comprar un despertador con una pinta terrible de estar usado que me venía haciendo falta. Lo cierto es que nunca conseguí que funcionara, pero ¿y la ilusión que me hizo encontrarlo?. Una vez cruzado el puente que une el pueblo con la zona de Waitangi, fuimos a parar a un parque, en mitad del cual se encontraba la Casa del Tratado o Treaty House, donde los ingleses le tomaron el pelo a los indígenas en 1840. La casita está decorada al estilo de la época y se puede visitar, pero para el europeo medio es más interesante la Casa de reuniones Maori o Maori Meeting House, completamente tallada en madera. Junto a esta se encontraba una especie de corral sin paredes con techo de paja donde se guardaba la canoa de guerra que un rato antes había visto remando en el mar. Tuvimos la suerte de que acababa de llegar en ese momento y los tripulantes interpretaron una danza de guerra maorí, o waka, para los que pululábamos por la zona. El objetivo de estas danzas es ponerse lo más horroroso posible a efectos de acongojar al enemigo, lo que a fe mía que consiguen. Al que le guste el rugby habrá visto al popularísimo equipo neozelandes los All-Blacks, haciendo algo de este estilo antes de cada partido.

Treaty House desde dentro

Treaty House desde dentro

Acabada la danza y habiendo reprimido más allá de lo creible el impulso de unirme al jolgorio bailarín, nos acercamos al Centro de Visitantes, que ese día tenía entrada libre y presentaba un recorrido a través de la historia de Nueva Zelanda mediante una galería de fotografías, artesanía y textos legales bastante interesante, pero no exenta de cierta familiaridad para cualquiera que haya soportado El Piano. Cerramos el Waitangi con un discurso del primer ministro junto a la bandera del que, entre que era en inglés y no estabamos cerca, no nos enteramos ni de pum, así que en cuanto empezaron los aplausos optamos por irnos a la playa aprovechando que hacía bastante sol y, así, al menos podríamos descongelarnos al salir del agua.

Waitangi

Waitangi

Para tratarse de una zona famosa por sus playas, Bay of Islands no me pareció gran cosa. Evidentemente, la arena era fina y estaba limpia pero, al menos ese día, el agua no. Además, la zona consiste en una serie de calitas donde poco más allá de la orilla el fondo está cubierto de ese tipo de piedras que hacen que el bañista practique algo parecido a la danza del vientre en gravedad cero cuando intenta salir del agua. Por último, hay relativamente poca distancia entre el agua y la carretera que, aunque poco frecuentada, no deja de ser carretera. Orewa, donde paramos un par de horas a la vuelta para comer algo, aunque mucho más aburrido como pueblo tiene unas playas inmensas de arena de esas que parece que no se acaban nunca. Pero, claro, no hay manglares, ni Waitangi, ni kiwis, ni bosques de algas ni mercadillo todo a cien. Y es que no se puede tener todo en la vida (3).


(3) No se puede tener todo en la vida, así que procura quedarte con lo que te interese de los demás (Proverbio de mi hermana)

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Nueva Zelanda (VII): Buscando a Nemo

De vuelta al pueblo comprobamos bastante rápido que el verano en el Pacífico no es ni de cerca tan caluroso como en el Mediterráneo o, lo que es lo mismo, que no había narices de darse un baño a las siete de la tarde. En tanto que el pueblo era bastante pequeñito y muy lejos del concepto hispano de animado, nos limitamos a sentarnos en una hamburguesería y hacer planes para el día siguiente. Allí tuve la dicha de descubrir que entre las exportaciones de España se encuentra Enrique Iglesias. Vivir para ver.

La playa de Pahia, tropico puro

La playa de Pahia, tropico puro

Básicamente, mis planes se reducían a visitar los bosques de algas de la zona, lo que, obviamente, no incluía a mi compañero que es básicamente de tierra adentro y su contacto con el agua suele limitarse a la bañera y su alberca. Como a él no le pareció mal (2), decidí que haría un par de inmersiones a las 6 de la mañana y, a la vuelta a eso de las 11, Antonio y yo echaríamos el día en el Waitangi, fue relativamente fácil encontrar un lugar donde reservar el tema. Eso sí, recordando sin ningún entusiasmo que Nueva Zelanda es también zona de tiburones blancos, decidí explicarle al tipo del mostrador que apenas tenía veinte inmersiones y que todo eso de tumbarse en el fondo y dejar que los escualos te pasen por arriba apaciblemente está muy bien sobre el papel pero que lo más probable era que para cuando el bicho me diese el primer bocado, ya estuviese tiesa de un infarto.

– No, si aquí no hay tiburones. – me dijo – ¡Además, los que hay son amistosos! – y, tras una pausa, – Y … bueno, tú vas con un instructor …

– Es decir, ¿que los tiburones amistosos que no hay no me van a morder porque voy con un tío que nada mucho más rápido que yo?. Pues perdóneme si le pago a la vuelta …

La carta de peces, que uds la disfruten

La carta de peces, que uds la disfruten

Pero el caso es que un día es un día y, tiburones o no, allí estaba yo en el embarcadero, más dormida que otra cosa, preguntándome si el agua estaría tan fría como parecía. Acostumbrada al Mediterráneo, no parecía que un neopreno de cinco milímetros fuese a resultar demasiado confortable a veinte metros de profundidad. Al parecer, sólo íbamos cinco personas, incluyendo al instructor y al piloto del barco. Los dos restantes eran una pareja maja de australianos, rubitos ellos, con esa pinta típica de haber salido de una fiesta en la playa en lugar de de la cama como todo el mundo. Aparentemente, tenían bastante más experiencia buceando que yo, pero, como luego se demostró, eran bastante menos inconscientes. Yo ya había oído hablar de los bosques de algas gigantes de la zona. De camino al primer lugar de inmersión, un pecio de los noventa, pasamos cerca de una de las atracciones de la zona, los ‘Hole in the Rock’ o agujeros en la roca, que vienen a ser precisamente eso, una ventana enorme en una pared de roca situada en la bahía. El más famoso es en de Cape Brett, al que se puede llegar en lancha.

Hole in the Rock, literalmente

Hole in the Rock, literalmente

Durante el viaje, el instructor nos puso también al día de la fauna autóctona, que incluía morenas como las del Mediterráneo, pero también mantas raya que yo no alcancé a ver. Entre los peces que más se repetían, estaban los simpáticos mao-mao rosas, el bluefish, el big eye y el algo más pequeño leatherjacket, todos ellos alrededor de unos cincuenta centímetros, es decir, considerablemente más grandecitos que el pez mediterráneo medio. El premio del día se lo llevaría un pez escorpión, grande, gordo y cubierto de pinchos, flotando a medias aguas, que apareció en medio del bosque de algas durante la segunda inmersión pero, claro, a estas alturas, aún no lo sabía. Lo único que sabía es que estaba muerta de sueño, específicamente porque no habíamos conseguido nada más independiente que un quad que habíamos compartido con un par de hindues, uno de los cuales había echado la noche entera roncando alegremente con ese tipo de volumen que habría hecho echarse a temblar las murallas de Jericó. Para colmo de males, cuando yo me tuve que levantar a las seis y media, allí estaba él durmiendo felizmente y sólo el hecho de que apenas tenía fuerzas para ponerme el bañador evitó que lo enviase al sueño eterno.

La primera inmersión, estado de la mar mediante, iba a ser a los restos del Rainbow Warrior. El Warrior había sido un barco de Green Peace de esos que van de un punto a otro protestando contra las barbaridades que le hacemos al planeta y que tan molestos resultan a los que habitualmente controlan el cotarro. Al parecer, protestó una vez de más cuando los franceses estuvieron realizando sus pruebas nucleares por Mururoa, es decir, tan lejos de la France como les fue posible. Una noche, mientras el Warrior estaba atracado en Auckland, un submarino francés les envió recuerdos en forma de torpedo, enviándolos directamente al fondo con billete sólo de ida. La tripulación escapó en su mayor parte a excepción de un fotógrafo que tuvo la genial idea de volver a por su equipo y se quedó atrapado en el interior. Un motivo más para adorar mi pequeñísima Canon IXUS. Si bien Francia negó relación con el incidente, esta vez se les había visto el plumero y tuvieron que pagar los platos rotos. Para lo que le sirvió al fotógrafo en cuestión … Un tiempo después, trasladaron el pecio desde el puerto a su ubicación actual y lo dejaron allí para los buceadores, lo normal en tanto que Nueva Zelanda es un destino preferente para los aficionados a deportes raros.

Allí, a veintitantos metros de profundidad bajo el casco de nuestro barco se encontraba ahora el Warrior en su tumba acuática. Yo, que a mi pesar estaba en superficie, estaba empezando a marearme con tanto bamboleo, y es que si bien aguanto estoicamente las travesías mientras el barco está en marcha, una vez se echa el ancla no me entiendo con las olas. Por alguna razón, a la australiana le estaba costando ponerse el equipo y el tiempo pasaba y pasaba y yo me mareaba más y más. Si alguien alguna vez se ha visto en un barco con el estómago revuelto, debe saber que buceando es mucho peor, así que decidí echarme al agua y esperarlos allí. Mala idea, claro. Recordando al dichoso tiburón de Spielberg y con no más de dos metros de visibilidad bajo la verdosa agua del mar de Tasmania, no se exactamente cuanto tardarían en equiparse mis amiguitos, pero a mi me pareció una eternidad. Por fin, una vez los cuatro en el agua, el instructor nos recomendó que bajásemos siguiendo la cadena del ancla, que es lo habitual cuando no se hace buceo de pared y, en particular, cuando el agua está tan turbia como un pure de guisantes, lo que quiera que sea eso. Bajar con una botella de aire que en superficie pesa un quintal más un cinturón de plomos entre 6 y 8 kilos sin contar con lo que pese cada uno puede parecer inmediato, pero no es necesariamente así. Hay que recordar que llevamos un traje de neopreno repleto de burbujas de aire que nos empuja hacia arriba continuamente. En principio, cabría pensar en cargarse bien de plomos, pero el empuje que se experimenta hacia arriba varía con la profundidad, ya que a más presión el aire se comprime y disminuye la flotabilidad, haciéndonos caer a saco si nos pasamos de peso. En realidad, cada uno sabe aproximadamente el peso con que tiene que bajar en función del tipo de neopreno que utiliza, pero a determinada gente, en particular los que ocupan demasiado volumen o los que están muy delgados, les cuesta controlar el descenso. Ese último estaba siendo el caso de la chica australiana, que se quedó varada a menos de diez metros y, finalmente, sufrió un globazo hacia arriba. El instructor nos bajó hasta el fondo a mí y a su novio antes de subir a ayudarla y allí que nos vimos, con un frío del carajo, una luz pobre y verdosa y el casco del Warrior que apenas se intuía unos metros hacia la derecha. Ya me había resignado a esperar cuando el chico me hizo la seña de acercarnos al barco. No me pareció mala idea, ya que estabamos justo al lado y el aire a esa profundidad se gasta rápido, así que cuando me alargó la mano, para evitar perdernos de vista, supuse yo, dadas las condiciones, la acepté y en un par de patadas llegamos hasta el pecio. El casco estaba completamente cubierto de vegetación, principalmente en tonos verdes y morados. Como no llevábamos linterna, no se apreciaban bien los colores, pero de cerca si se veía perfectamente la cubierta y la cabina. Llegados a este punto, decidí independizarme de mi compañero y bien que me costó que me soltara la mano: siempre que se bucea con botella, hay que hacerlo en compañía y sin perder de vista a tu pareja, pero aquello ya era mucha familiaridad. Después de dar tres o cuatro vueltas por la zona, aparecieron los desaparecidos y, por fin, disfrutamos de las ventajas de la linterna. El instructor incluso nos enseñó un truquito. Primero nos metió en la cabina superior del barco y, a continuación, apagó la linterna. Tras esperar unos segundos en la oscuridad total, volvió a encenderla y nos encontramos rodeados de un banco de peces de tonos plateados que, desafortunadamente, no hacían figuritas animadas. Realmente impresionante, no obstante. A partir de ahí, todo transcurrió más o menos con normalidad hasta llegar a la superficie.

– Chica, ¡cómo has mejorado buceando! – le comentó el australiano a su novia, que se encogió de hombros interrogativamente – Si, cuando has pasado entre las cubiertas, en cuanto bajamos al principio.

– Al principio, me quedé colgada en superficie. Yo no he llegado prácticamente hasta que entramos en la cabina.

Entonces el australiano se giró hacia mí, que, tratando de mantener cara de póker, me limité a levantar una ceja. Ahora entendía yo tanta tontería con la manita. Colorado como un tomate, intentó explicar que se había equivocado mientras la chica y yo nos mirábamos mutuamente con cierta diversión pensando como se puede confundir a una chavala de uno sesenta y poco y unos cincuenta quilos con mi metro ochenta y tantos enfundado en un neopreno talla L.

– Hey, yo no me he quejado, ¿no?- y es que, para que negarlo, compañeros mucho más feos me han tocado. Siempre.

La segunda inmersión fue otra cosa: mis amiguitos bajaron bien juntos y me dejaron al instructor para mi sola. Básicamente, hicimos buceo de pared, es decir, en lugar de bajar en mitad de ninguna parte, lo hicimos al lado de un acantilado. Ahí si que encontramos los bosques de algas gigantes sobre los que había leído y que no me decepcionaron en absoluto. Incluso a unos 15 metros de profundidad, las hojas se mecían con las corrientes, rodeándonos como dedos gigantes. Aquí había que avanzar apartándolas con las manos y topándonos de frente de cuando en cuando con algún bicho de tamaño considerable. El más llamativo resultó ser un pez escorpión nadando a media agua que estaba fácilmente alrededor del metro de longitud y que flotaba suavemente frente a nosotros, con todo el descaro que el tamaño proporciona, sin intención alguna de moverse lo más mínimo. Entramos también – al menos el instructor y yo, ya que la australiana había dejado bastante claro que a pesar de lo mucho que había mejorado su estilo, pasaba de llevarse un mal rato – en una cueva pequeña abierta por el techo y un lateral donde había una flora bastante curiosa. En sitios así agradece una el ejercicio ese de quitarse y ponerse botella y chaleco bajo el agua que, en su momento, parecía tan absurdo cuando se saca la licencia, pero no llegó la sangre al río ni, afortunadamente, ningún tiburón a ésta servidora y, un rato después, ya estaba en el muelle, muerta de sueño, de frío y preguntándome por qué diablos me meto siempre en berenjenales de este tipo con lo a gusto que está una en casa jugando al Scrabble.


(2) En caso de desavenencias, siempre cabe recurrir, como decia Pratchett, a la democracia: una persona un voto. En estos casos, la persona soy yo y el voto el mío.


Nueva Zelanda (VI): En busca del kiwi

Dado que el Waitangi no era hasta el día siguiente y cuando se está de viaje el tiempo es oro, al soltar el bus a mediodía decidimos ir a estirar las piernas por un bosque cercano, donde una senda nos llevaría en un par de horas a ver un salto de agua. La senda empezaba unas decenas de metros hacia el norte de la zona del tratado y, al igual que el resto de las de Nueva Zelanda, no podría haber estado mejor indicada ni si hubiesen añadido letreros fluorescentes en forma de flecha en plan “Precaución: no volveremos a indicarle el camino hasta dentro de diez pasos”. El punto interesante del asunto lo aportaba un cartel al principio del bosque donde se prohibía entrar con perros, ya que estos podían atacar a … ¡los kiwis de la zona! A partir de ahí, y dada nuestra absoluta ignorancia acerca de las dimensiones aproximadas de un kiwi, cualquier cosa que se moviese entre la hierba fue automáticamente calificada de kiwi potencial y, a pesar de no haber visto nada más que hojas agitándose, volvimos de la caminata sumamente satisfechos con nuestros avistamientos. Al menos hasta que bastante más adelante nos informaron de que el kiwi era un animal nocturno.

Un kiwi con pinta de pollo loco

Un kiwi con pinta de pollo loco

El paseito en cuestión se limitaba a llanear hasta el mencionado salto que, por otra parte, no tenía nada significativo. Sin embargo, a aproximadamente una hora del inicio de la senda, el camino se transformaba en una vía de tablas de madera y atravesaba un bosque de manglares o árboles sumergidos. De los árboles sólo las copas se elevaban sobre el nivel del agua, haciendo que nos desplazásemos entre ramas y hojas. Una vez superados los manglares, el resto de la excursión resultó bastante anodina, pero los manglares hicieron por si solos que mereciese la pena llegar hasta allí.

Bosque sumergido y ... ¿ardillas nadadoras?

Bosque sumergido y ... ¿ardillas nadadoras?


Nueva Zelanda (V): Tasman, Cook e ingleses a cascoporro

El primer europeo en pisar las islas, el holandés Abel Tasman, llegó en 1642. Tasman se limitó a pasear por la zona y descubrir todo lo descubrible, o sea, todo, ya que el que los maoríes lo llevasen pisando cinco o seis siglos no significaba gran cosa para el europeo medio. Sin embargo, el siguiente en llegar fue el británico James Cook en 1769 que, naturalmente, según las costumbre de la época, declaró la tierra propiedad de Su Majestad (1). Espero que le sirviera de consuelo cuando luego, haciendo honor a su apellido, acabó en el puchero.

Abel Tasman planificando sus vacaciones

Abel Tasman planificando sus vacaciones

En respuesta a la posterior llegada de franceses que, básicamente, trataron de hacer lo mismo que ellos, los ingleses firmaron con los maoríes en 1840 el tratado del Waitangi por el que le cedían la “kawanatanga” (soberanía) de sus tierras a la Reina a cambio de que ellos les reconociesen que lo suyo era suyo. Es de señalar lo bien que se lo montan los ingleses en estos temas, ya que hoy en día el Waitangi Day (6 de febrero) es la fiesta nacional de los maorís, en que celebran, por lo que yo entiendo, que los bretones se lo levantaron todo. Hablando en cifras, la población original maorí de unos 100000 individuos se había decrementado a unos 40000 en el 1900, mientras que los europeos (pakeha) se contaban alrededor de medio millón. El problema fue, al menos de acuerdo a los británicos, la falta de un jurista competente bilingüe, es decir, que hablase maorí e inglés. El contrato final debió ser como para enviarlo certificado al infierno a la atención de Mefistófeles y con un post-it que dijese “¡Aprente, aficionado!”. Parece que en lo único que ambos bandos estaban completamente de acuerdo era en que el tratado constaba de tres artículos. Por lo demás, donde unos dijeron ceder, querían decir compartir y donde dije digo digo Diego. Lo normal. A mediados del XIX llegaron más europeos en busca de tierras y, Waitangi o no, la guerra estalló alrededor del 1860. Los británicos sufrieron bajas considerables pero, armas de fuego por medio, acabaron fácilmente con los guerreros maorís y, como ya se veía venir, se quedaron con las tierras, estableciendo principalmente granjas y pastoreando ovejas. En el 1975 se instituyó el tribunal del Waintangi que arbitra disputas entre las iwi (tribus) maoríes y el gobierno, estableciendo compensaciones, caso de ser necesario, que suelen invertirse en servicios de salud y educación para las iwi.


(1) Es decir, SU majestad de él, que poco o nada tenía que ver con los hasta entonces felices habitantes de la zona.


Nueva Zelanda (IV): La costa del … ¿sol?

En Nueva Zelanda hay pocas líneas de autobús y menos aún de tren. Lo habitual es usar coches de alquiler pero, claro, para un trayecto de 200 kilómetros, alquilar un coche durante cuatro días parecía algo excesivo. Después de cinco horas de trayecto en uno de los dos únicos autobuses del día y tras haber parado en todos los pueblos entre Auckland y Pahia, que eran muchos y abundantes, ya tenía bastante claro que a partir de entonces iba a alquilar coche hasta para ir al cuarto de baño.

Camino a Bay of Islands

Camino a Bay of Islands

Bay of Islands se encuentra en la parte más superior de la zona conocida como Northland. El punto más extremo del norte de Nueva Zelanda es Cape Reinga, un cabo donde básicamente hay un faro con una buena panorámica del mar de Tasmania y el árbol de Pohutukawa desde donde, de acuerdo a las leyendas, los espíritus de los maorís parten hacia el Más Allá, por su bien espero que no en autobus. Muy cerca se encuentra la Ninety Mile Beach, una de las playas surferas más conocidas del mundo a pesar de que, en contra de lo que promete, sólo mide unas 60 millas. En la salida, está Te Paki Stream, donde la gente se tira en trineo desde las dunas gigantes que la forman. Parece ser que en la zona viven caballos salvajes en libertad. Además, en el bosque Waipoua, por la misma zona, están los enormes árboles kauri, incluyendo el viejo Tane Mahuta, con más de 2000 años, y el Te Matua, que con un tronco de unos 20 metros es de los más gordos del mundo. Sin embargo, para llegar a esta zona es necesario tirar, una vez más, de autobús, ya que incluso los afortunados que han llegado en coche hasta la zona deben dejarlo para evitar que se bloquee en la arena. Yo, que ya había tenido bastante autobús por una temporada, decidí que prefería echar el día siguiente buceando. Además, para no perder la costumbre, resultaba que ese mismo día, el 6 de febrero, se celebraba en Pahia, justo donde pasábamos esos días, una fiesta nacional maorí: el día de Waitangi.


Nueva Zelanda (III): Llegada … o no

La llegada al aeropuerto fue bastante ágil si se ignora el hecho de que eran las 5 de la mañana y llevábamos un día entero en el avión. Fue el preludio de lo que más tarde se haría patente: Nueva Zelanda es el país más civilizado que he pisado. Lo único que me pidieron en la aduana fueron las botas de montaña, pero tras inspeccionar la suela me las devolvieron sin problema alguno. Había estado aquí y allá ese mismo año, pero no con esas botas de montaña, sino con los Panama Jack que llevaba puestos y, a estas alturas, tras un par de meses pisando Málaga “la bella”, cualquier cosa nociva que las suelas llevasen habría sido ya completamente erradicada. El ecosistema del país es delicado y alberga multitud de especies en peligro de extinción, así que cualquier sustancia orgánica adherida a útiles de acampada puede resultar peligrosa. A partir de ahí, fue sólo cuestión de esperar a Albert, la persona que nos había gestionado el viaje, para que nos recogiera en el aeropuerto. Albert también se había encargado de buscarnos alojamiento en Auckland. Cuando, coherente con mi sana paranoia, le pregunté por quincuagésima vez si había solucionado el tema, el contestó con el ya habitual “Tú sólo preocupate de llegar aquí, que el resto está hecho”. Ese día, Albert nos dijo, nos quedaríamos en su casa por comodidad. Los días siguientes, aunque aún no lo sabíamos, la cosa dejaría de ser tan cómoda.

Suponía yo cuando me dejaron en un cuarto de una casa a la inglesa a las seis de la mañana que con un cambio horario de once franjas y el despiporre de día y noche que supone dar media vuelta al mundo no iba a pegar ojo. Cuando me desperté a las 2 de la tarde, el tema había dejado de preocuparme. Esa sería la última vez que conseguiría dormir 8 horas seguidas durante la próxima semana y que presumiría de ser inmune al jet-lag durante toda mi vida. Al día siguiente, Albert nos dio una sorpresa inesperada. No nos había conseguido alojamiento, pero debíamos considerarlo como una suerte porque eso nos daría la oportunidad de viajar por el país alegremente hasta que nos encontrara algo. Y, por cierto, el se iba de vacaciones al día siguiente, muchas gracias. Con el límite de la VISA en mente y pensando que ya encontraríamos la manera de agradecerle a nuestro amiguete el favor, pasamos el resto del día, folletos en mano, planeando qué hacer con nuestras vidas en un país completamente desconocido y a un día vista. Afortunadamente, contamos con la inestimable ayuda de Chee-Kit, el chaval con el que trabajaríamos a la vuelta, una vez tuviésemos donde meternos, y que resultó ser más útil que la guía Campsa, edición para torpes. Por la tarde, ya habíamos conseguido un vuelo de ida y vuelta a la isla sur por algo menos de 30000 pelas en una compañía sin azafatas ni servicio de bar. Mientras no fuera muy caro, por mí como si teníamos que ir sentados en taburetes de cocina. Eso si, el billete era para tres días más tarde. Por aquello de no dormir en la calle entre tanto, decidimos subir al norte durante ese tiempo, rumbo a las playas de Bay of Islands.


Nueva Zelanda (II): Maui y la isla de piedra

El origen maori de Nueva Zelanda es mucho más entretenido y se atribuye al semidios Maui-Tikitiki, el último nacido, hijo de Makea-Tutara, dios del inframundo y, en general, poco de fiar, como corresponde, no por tener semejante progenitor sino por ser el pequeño de casa.

Un tiki maori

Un tiki maori

El día que Mäui nació, el sol no salió ni el viento soplaba. El cielo y la tierra se lamentaron y las oscuras nubes lloraron por él, ya que había nacido muerto. Su madre Taranga, loca de pena, envolvió el feto en algas y lo lanzó al océano, rogando al guardián del mar, Tangaroa, que velara por él. Tangaroa envió medusas, espuma marina y algas al bebé para que lo llevasen a la tierra de sus ancestros Tamanui-te-rä, donde lo revivieron suspendiéndolo sobre el humo de una hoguera. Después, Tamanui lo crió y le enseño muchos de los secretos del mundo y él aprendió a hablar con los árboles, que lo enseñaron a curar, cantó con las aves y aprendió a volar y nadó con los peces, aprendiendo a respirar en el agua. Las estrellas le enseñaron a orientarse, el viento le dió su voz, la tierra su identidad y el cielo aspiraciones. Finalmente venció a su maestro y éste lo envió a buscar su destino, convirtiéndose en halcón para sobrevolar los cielos de Ranginui. Finalmente alcanzó la casa de sus hermanos y su madre y fue a reunirse con ella.

Una vez allí, descubrió que su abuela Murirangawhenua inspiraba terror y respeto sobre los habitantes de la zona, ya que concentraba un gran poder en el hueso de su mandíbula. Como un caperucito cualquiera, Mäui se ofreció a llevarle la comida a la anciana ciega, pero en realidad la tiraba antes de llegar, dando sentido a aquel refran de familia y trastos viejos, pocos y lejos. Cuando el chico le pidió la mandíbula a cambio de no dejarla morir de hambre, muy en su papel de abuela, más que disgustarse se sintió de lo más orgullosa de que se le hubiese encarado y se la dió sin protestar (2). Ya hueso en mano, Mäui aprovechó para frenar al sol en el cielo, ya que su madre protestaba sobre lo poco que le rendía el día. Para ello, lo enlazó estilo cowboy y le pegó con la mandíbula hasta que el sol prometió tomarse la vida con algo más de calma. Tanta actividad debía cansar al semidios, ya que cuando sus hermanos le pedían que fuese a pescar con ellos para procurar comida a la familia, siempre resultaba estar demasiado hecho polvo o era tan inútil en la tarea, que al final preferían dejarlo atrás (3). En una de éstas, picado con sus hermanos, Mäui se escondió en el fondo de la canoa. Cuando estaban ya muy, muy lejos de la costa, el semidios usó como anzuelo el hueso-multiusos de su abuela y como cebo sangre de su propia nariz. Ni que decir tiene que sacó el pez más grande: la mismisima isla norte de Nueva Zelanda. Su accidentado litoral fue causado por los hermanos de Mäui, mientras usaban sus cuchillos para cobrar partes de la presa. Desde el aire, la cabeza del pez se ve claramente en Wellington, mientras que la cola la forma Bay of Islands. Algunas tradiciones añaden que la canoa de Mäui se convirtió en la isla sur y su ancla en las Chatham. Más adelante descubriría que el símbolo de la isla es el anzuelo de Mäui, que la gente suele llevar tallado en hueso en forma de colgante (4) (hei matau) y que yo, por no ser menos, me traería a España algo más de un mes después. Puesto alrededor del cuello, no enganchado en la garganta, se entiende.

Los primeros pobladores llegaron en torno al año 1000 dC, en la última oleada de la migración que pobló la Polinesia. Se estima que venían de Hawaiki, que digo yo que será Hawaii, usando waka hourua (canoas de viaje). Estos pobladores, los maorís, bautizaron Nueva Zelanda como Aoteaora o, lo que es lo mismo, la tierra de la Gran Nube (5). Básicamente, se extendieron por la isla norte, más cálida y acogedora, y establecieron una sociedad agrícola donde las distintas tribus mantenían constantes guerras. A pesar de ello, prosperaron lo suficiente como para conseguir una ventaja táctica sobre sus vecinos más cercanos, al sur, que, por el clima de la zona, mantenían una sociedad de cazadores-recolectores. Quitando algún tour gastronómico a las islas de Chatham, los maorís fueron más o menos felices en su isla hasta la llegada de los ingleses, allá por el siglo XIX, que rápidamente les cerraron el chiringuito. Los detalles no los tenía muy claros aún, pero ya tendría tiempo de enterarme. Quitando eso, sabía que el dólar neozelandés valía unos veinte duretes, o sea, 0.6 euros, pero, claro, en enero del 2002 aún no me había molestado en tomarme el euro en serio, y que por allí había una especie de pollos locos cuasi extinguidos llamados kiwis. Y ahora, gracias al documental del avión, que en Auckland había una copia del pirulí de Madrid con luces moradas fashion-fashion que alojaba un casino.

Casino de Auckland

Casino de Auckland


(2) Es de esperar que, además de la comida, a partir de este momento Mäui le trajese una trituradora.

(3) Estrategia, ésta, habitual en los hermanos pequeños y que, sin embargo, a los mayores suele surtirles el mismo efecto que una aspirina a Maria Antonietta.

(4) Muy probablemente estos colgantes con forma de anzuelo se usaban antes para pescar durante los viajes, ya que los peces no se marcaban el detalle de aparecer vuelta y vuelta al limón en los platos como en la actualidad.

(5) Y esto da una idea aproximada del clima habitual en la isla, donde nunca está de más aprender a nadar por lejos que caiga el oceano.