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Cuadernos de viaje: Turquía

Para abrir la semana, os dejo uno de mis cuadernos de viaje completos: Turquía. Siempre había tenido ganas de ver la Capadocia, pero al final la sorpresa fue Estambul, que me gustó mucho más de lo que esperaba. ¡Me lo apunto para volver!


Vacaciones en Cazorla

Que viene a ser como Vacaciones en el Mar, pero sin glamur, sin romance y sin barco. Vaya, que lo único que hay es agua a porrillo.
Bueno, pues por aquello de que ya iba tocando, os endoso una crónica de mis primeros días de vacaciones este año. Como mis amiguetes y yo somos masoquistas, tradicionalmente quedamos una vez al año para alguna actividad que nos deje hechos polvo y destrozaos, como bien cantaban los Mojinos. Cuando eramos jóvenes y teníamos fuerzas era peor, porque tocaba subirse todos los picajos de Sierra Nevada, ahora que ya estamos pal arrastre nos conformamos con bañarnos en cualquier cosa que nos cubra por encima de la rodilla en Cazorla y bajar los rápidos del río en kayak, lo que implica la necesidad de ir en julio-agosto, con la frequita, mismamente.

Habitualmente para estos menesteres procedíamos en su tiempo al alquiler de una (o más) casa rural en mitad del parque, donde se montaban barbacoas para reponer esos quilos que no nos dejabamos durante el día, pero con aquello de que cada vez somos menos y que la actividad fuerte del asunto es el Guadalkayak, este año no se nos ocurrió mejor idea que alquilar la casa en un pueblo de al lado (entiéndase al lado por menos de 50km), que venía a caer en mitad de ninguna parte, a mano izquierda. Para colmo de males, resultó estar en lo alto de una colina, que en su tiempo tuvo que estar muy bien para la defensa de la zona, pero cuyo único propósito actual es que tengas que tirar de coche para subir y bajar y que no haya pistas de padel, porque si pierdes una bola tendrás que ir a buscarla a Sevilla.


El pueblo en cuestión, Iznatoraz, resultó tener un puñado de calles, una plaza con reloj y, lo peor de todo, sólo 3 bares, que, para colmo de males, disponían, eso si, de su correspondiente pantalla plana de chorrocientas pulgadas con fútbol-non-stop. A pesar de lo que pueda parecer y teniendo en cuenta que estábamos en la Marca del tapeo, triángulo conformado por Granada-Jaen-Almería, el papeo no resultó demasiado allá y al segundo día ya estaba más repetido que un bocadillo de judías. Fail. Para la próxima, volvemos al campo. Y a la barbacoa.

El tema kayak lo llevamos bien, este año había agua de sobra y los rápidos estuvieron divertidos. Yo, en mi linea, conseguí caerme cuando ya no había ni rápidos ni nada y quedé bajo sospecha de haberme tirado por envidiosa, porque tan torpe no se puede ser. El resto del día se dedicó a la visita obligada a la Charca del Aceite, que, a pesar de cubrir relativamente poco, está helada y, además, es punto de interés de domingueros. La idea hubiera sido comer allí, en el chiringuito que abre aleatoriamente a la hora que quiere y que no tiene cuarto de baño -mejor no pregunteis-, pero entre que sólo tienen bocatas y, una vez te has bañado -y, por supuesto, ya no quieres bañarte más- y te has dado un garbeo por las zarzas de la zona en pantalón corto, no hay mucho más que hacer, optamos por seguir camino hacia el embalse de al lado. En este si hay restaurantes, pero se han puesto de acuerdo para hacer una tarifa plana de 12 EUR por un menú de cafetería de universidad que invita a volver a la Charca a por los bocadillos. Además, hay que aguantar el sonsonete del camarero diciéndote que por 15 EUR, en lugar del pan de ayer te ponen colines. En fin, para no volver. Y, a estas alturas, os habreis dado cuenta de que estábamos en el quinto pino con respecto al Guadalkayak ese, con lo cual nuestra única razón para alojarnos en el pueblo, echada a perder. Otro fail.

Lo mejor del viaje, rápidos aparte, fue la tradicional excursión a las pozas del Borosa, esta vez cargados con bocatas y una sandía tamaño XL. El Borosa tiene un montón de estas pozas dispersas a lo largo del caudal, con lo que uno va subiendo y, quitando un tramo pequeño de coto de pesca, puede bañarse donde quiera. Las primeras veces que vinimos, subíamos hasta la cascada. Más tarde, hacíamos como que ibamos a subir, aunque al final nos apalancábamos a la mitad. Esta vez ni siquiera fingimos y paramos en la primera con suficiente agua para meternos hasta el cuello y refrescar la sandía y las Coca Colas. Y aquí me vino de perlas la toalla de microfibra para hacer la vuelta seca y sin cosas mojadas que tender en sitios pintorescos del coche.

En fin, un año más, una excursión más. Y que dure 🙂


Cuadernos de Viaje: Salzburgo

Esta es una tanda de bocetos que hice en Salzburgo en navidad. En navidad y bajo cero, debería añadir. ¡Qué rasca quitarse un guante para abocetar! (salvo en el primero, que estaba de lo más a gusto en un restaurante)

Este es el cementerio de San Sebastián, donde está enterrada la familia Mozart y un montón de músicos y escritores importantes. Si a alguien le gustan los comics de Mignola o las pelis de terror clásicas, éste es su sitio.

Aquí en la Mozart Platz, a la puerta del Tourist Information, buscando la forma de subir al castillo. El castillo, de hecho, no vale gran cosa salvo por las estupendas vistas de la ciudad. Por las tardes hacen conciertos y, para el que no le guste andar por cuestas empinadas, hay funicular hasta arriba.
Estación de tren, parada obligatoria del grupo y tiempo para un bocetillo de los vagones y para ver nevar tranquilamente.

El Bazar Cafe tiene unas buenas vistas a la parte antigua de la ciudad, al otro lado del río, y unas tartas de muerte. Además, se está calentito, que cuando anochece las calles se vacían rápido. La iluminación navideña (que no supe pintar con lo que llevaba encima), increíble.

De nuevo refugiandonos del frío tras una bajada repentina de temperatura, esta vez en la pequeña iglesia junto al castillo, que sale en la peli Sonrisas y Lágrimas. Muy bonita y, sobre todo, muy tranquila.


Las ruinas de Mérida

Visto el planazo del Puente de diciembre, lejos de deprimirnos en casa, optamos por coche y carretera y nos plantamos -entre otros sitios- en Mérida, ciudad famosa por sus ruinas romanas, su museo arqueológico y su jamón de pata negra. Yo ya había estado allí unas pocas docenas de veces, con aquello de que mi tía vive al lado y además he ido alguna vez al festival de teatro que se celebra en las mismísimas ruinas, pero una visita extra nunca está de más y menos si llevas las acuarelas viajeras contigo:


Como para escribir soy más flojeras que para dibujar, aparte de la socorrida wikipedia, esta vez me he traido el folleto y lo he escaneado en PDF para todos vosotros, sufridos lectores. Así si quereis visitar el conjunto monumental, os lo podeis llevar empollado y dedicaros sólo a dar paseillos por las ruinas. Ahora, a desempolvar libretas viejas de viajes para ver la evolución dibujando el mismo sitio 🙂


Cuadernos de viaje: San Petersburgo (II)

Por ir actualizando un poco, voy a subir otros tres dibujetes de San Petersburgo: dos a rotulador y una acuarela

Este primero está hecho desde los canales.Al igual que Venecia o Amsterdam, San Petersburgo está rasgado por canales navegables y un clásico del turisteo es coger el típico barquito para que te den un garbeo. Aunque no está a la altura de Venecia para mi gusto, si que merece la pena, sobre todo a partir de la incorporación al Neva.

 

Y hablando del Neva, aquí tenemos el shore line, con su submarino y todo, que resulta que cuando estuve por allí era el día de la Marina y estaba todo lleno de barcos, acorazados, submarinos y, como no, marineros.

Este último es uno de mis favoritos, aunque está hecho en 10 minutos. Se trata de la Catedral de Kazan, en pleno centro de la ciudad. No es que sea un edificio particularmente chulo, pero tiene unos claro-oscuros muy interesantes a la hora de abocetarlo.


Cuadernos de viaje: San Petersburgo (I)

Si, lo reconozco, estoy hecha una floja y no escribo nada últimamente en el blog, pero así termine con unas cuantas cosas del curro me pondré al día. Mientras tanto, os dejo con una nueva entrega de mis cuadernos de viaje, que ahí hay que escribir poco.

El primero es el Hermitage, probablemente el museo más famoso de Rusia. Está ubicado en lo que era el Palacio de Invierno hasta que invitaron a los Romanov a una ración de plomo del bueno aprovechando que el clima tenía la ciudad aislada del campo, donde estaban la mayoría de sus partidarios. Tiene una colección impresionante, pero no tan rusa como otros museos de Moscú. En general, de hecho, San Petersburgo es bastante europea.

Esta es la calle principal de San Petersburgo, donde están la mayoría de comercios, negocios y, en particular, la carísima cafetería de la librería desde donde hice este dibujo, que no le recomiendo a nadie que no sufra de alguna adicción masoquista a los bandoleros. Bonita si que es, pero casi mejor verla de fuera.

El monumento más llamativo de la ciudad es, muy probablemente, la catedral de la Sangre Derramada o, como suelen llamarla los turistas, de la cebolla, por motivos obvios. El nombre le viene por un atentado al zar de turno que tuvo lugar en la zona. Aunque está más chula por fuera que por dentro, merece la pena entrar. Y hasta se puede uno comprar recortables del edificio de esos que se hacen sin tijeras ni pegamento (aunque con mucha, muuuucha paciencia)


Reino Unido (XIX): Oban and everything after

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Ya en el tren y de camino a Oban, pudimos ver una mínima parte del paisaje de los páramos antes de que se hiciera noche cerrada. Y bien que se cerró, si señor. A cal y canto. Fue en estas que mientras íbamos dormitando en los asientos de repente el tren se detuvo en lo que debía de ser una estación. Y digo debía porque allí no había ni máquina de CocaColas ni kiosko ni mucho menos ese tipo de gente que siempre parece a punto de irse pero, de hecho, nunca coge un tren. Lo más que había, vías aparte, era un par de bancos y una caseta de esas de herramientas con techo en cuña de madera y un letrero que, aunque no se veía a esas horas, debía poner algo así como “Quinto Pino”. Estábamos considerando la suerte que teníamos de ir a Oban cuando justo en ese momento el revisor nos informó que teníamos que cambiar de tren y nos soltó allí, en mitad de los páramos, como si de Cumbres Borrascosas se tratara.

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Convencida de que a lo más que podíamos aspirar era a un tren fantasma, estaba ya concentrada en el problema más a mano -donde dormiríamos yo y el Equipaje esa noche tan fresquita- cuando, de repente, apareció de ninguna parte el italiado deja-vù con que Mercedes había hecho pandi. No es que no nos hiciera ilusión, a esas alturas ya esperabamos algo en la línea de una manada de hombres-lobo que amenizaran la velada, pero aquello empezaba a resultar sospechoso.

– Andiamoooo! – exclamó Mercedes más contenta que unas Pascuas, resumiendo en una palabra la kafkiana situación en que todos nos encontrabamos.

El caso es que el tipo nos llevó hasta la cabina que, curiosamente, estaba abierta y ocupada, cuan pequeña era, por un grupo de montañeros alemanes que, milagrosamente, no sólo cabían de forma holgada sino que quedaba sitio y todo. Allí nos acomodamos y mantuvimos una amigable charla de lo más peculiar, en tanto que ninguno entendía la lengua de los otros, hasta salir por bulerías o su equivalente teutón cuando se agotó el meneo de cabeza que acompaña a cualquier frase que uno no entiende. Cuando ya nos habíamos hecho a la idea de pasar allí la noche con ese plan tan folkrorico-festivo que nos había salido fue cuando, efectivamente, llegó el tren que esperábamos. Y, por supuesto, una vez más lo cogimos por los pelos.

El tema está en que más bien tarde que pronto acabamos por alcanzar Oban, la capital de las West Highlands. Durante el día, Oban es un puerto recogido y agradable, con un aire impregnado de sal que resulta de lo más marinero y paredes de piedra desgastadas por el agua y las algas. De noche, sin embargo, parecía recién sacado de un cuento de Lovecraft, como si del mismo Innsmouth se tratase y en cualquier momento fuesen a aparecer por las calles híbridos medio pez, medio humano con intenciones de sacrificar a algún dios primigenio a cualquiera que se atreva a hollar la ciudad al ponerse el sol [45].

Una vez llegadas al albergue que, misteriosamente, no había cerrado a cal y canto como hubiese cabido esperar en alguien gafe como una servidora, descubrimos con alegría que existía una lavadora -por su aspecto, eso si, probablemente habitada por algún gremlim especialista en lavar a mano- y, mientras esperábamos a que nuestra ropa recuperase su color original, hubo tiempo de discutir que haríamos al día siguiente. Básicamente, mis planes consistían en llegar hasta Iona, una pequeñísima isla hébrida con restos arquitectónicos de lo más apañados.

El plus no hubiese dejado de ser encontrarme por allí a Capercaillie o, en su defecto, a la cantante, Karen Matheson, que era por aquel entonces mi grupo musical favorito, pero aún pasarían algunos años hasta que tuviese ocasión de hacerlo muchísimo más cerca de casa. Y bien que mereció la pena la espera, porque resultaron ser simpatiquísimos. Así pues, Iona fue lo que hicimos al día siguiente. Oban, a pesar de ser bastante pequeña con sus 8500 habitantes, tiene algunas curiosidades. Por ejemplo, la torre de McCaig’s, que domina la bahía, es una réplica del Coliseo Romano, construida por el banquero John McCaig en 1897 como memorial de su familia y para dar empleo a la población local que, no obstante, no apreció el detalle en si mismo y la rebautizó como McCaig’s Folly (la locura de McCaig). Hay también una catedral en la Esplanade que no acaba de llamar la atención, pero que ahí queda para el que quiera verla. Lo que es yo, tenía intención de coger el primer transporte posible hacia Mull, la Hébrida más cercana, y, de ahí, a Iona.


(45) El tema del sacrificio humano en este caso sería excusable si tenemos en cuenta que, híbrido o no, Mercedes probablemente le habría colgado una maleta al hombro a cualquier entidad que dispusiese de brazos.