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Cuadernos de viaje: Edimburgo (I)

Que mejor para arrancar de nuevo que, siguiendo con el tema de Edimburgo, unos cuantos bocetos de mi visita de este verano. ¡Sip! ¡Durante el festival, precisamente!

Pues empezando por los monumentos, el primero de la lista es el conocidísimo castillo de la ciudad. Aunque es de los más grandes de Escocia (si no el más) y está bastante bien conservado, no es en mi opinión el más chulo, pero si merece la pena echar una mañana en verlo. Y también la merece ver la actuación en la sala principal que hacen cada par de horas vestidos de época, muy divertida y bastante instructiva. Recomendable, si se va a ver más de un castillo, comprarse un bono, eso si, porque las entradas son carísimas.

Castillo de Edimburgo

Castillo de Edimburgo

La catedral, un poco más abajo en la Royal Mile, es gratuita, si bien se recomienda una donación de 3 libras para entrar, capilla de los cardos aparte. Con un poco de suerte, se puede pillar al coro ensayando, lo que mejora bastante la visita. En cualquier caso, la capilla de los cardos, con su sagrada orden del cardo y toda la parafernalia, hay que verla sin más remedio, al contrario que castillos, de ésto no hay más -que yo haya visto- en el resto del país. Con tanto detalle, eso si, no hay manera de dibujarla, así que me conformé con el exterior.

Catedral de St Giles

Catedral de St Giles


Cuadernos de Viaje: Praga (II)

Y siguiendo con una de mis ciudades favoritas, subiendo y subiendo y dentro del castillo llegamos a la catedral de San Vito, gótica como ella sola y chulísima tanto de día como de noche, con la típica iluminación tenue de Praga.

La catedral comenzó como una basílica triple en el 106, cuando el príncipe Spythinev II decidió que no le cabían los fieles en la iglesia que había y tiró del terreno para hacer algo más grande. Esa iglesia acabó alojando los restos de San Wenceslao, patrón de los príncipes checos, y se volvió catedral en 1344, bajo el control de Carlos IV de Bohemia.

Una vez dentro, no olvideis buscar la vidriera de Mucha, que es de lo más chulo que tiene el interior. Y si algo no hay que perderse en San Vito, son las gárgolas que adornan la fachada, todas distintas ellas. Las gárgolas, del latín gurgulio, gula tenían el propósito de desaguar los techos inclinados y, cuando no es así, se denominan quimeras. De forma no arquitectónica, servían para ahuyentar a los malos espíritus, protegiendo así el edificio, en plan superhéroe como en la serie de TV. ¡Y, lo mejor, es que son preciosas, como los dibujillos de Mignola!


Reino Unido (XII): Cuando Hitler robó el conejo rosa

Posteriormente, bajo la casa de Hannover, el extremo occidental de Londres experimentó un importante desarrollo; se abrieron grandes plazas como las de Grosvenor, Cavendish, Berkeley y Hannover, y se construyeron más puentes sobre el río. Los servicios públicos como el suministro de agua y el alcantarillado mejoraron, y las calles fueron pavimentadas.

El crecimiento de la población de Londres se aceleró en el siglo XIX, multiplicándose por seis a lo largo de este periodo, debido a los flujos de gente que recibió del resto de las islas Británicas, de las colonias y del resto de Europa. Aunque la Revolución Industrial creó un gran número de puestos de trabajo, nunca fueron suficientes para satisfacer las esperanzas de la marea de gente necesitada que llegaba a la capital. Las novelas de Charles Dickens, con que la Primera nos obsequiaba casi todas las navidades hasta la llegada de ET, son un testimonio de los problemas sociales de esa época.

Chiringuito de cristal tipico de las Expos de la epoca en Hyde Park

Chiringuito de cristal tipico de las Expos de la epoca en Hyde Park

En 1851 la Exposición Universal celebró el éxito de Londres, Gran Bretaña y el Imperio, gracias a los avances y la prosperidad que proporcionó la industrialización. A principios del siglo XX se inaguraron iconos típicos londinenses como los buses, el metro y, como no, Harrods, donde se comenta que el dependiente nunca dice no disponer de algo siempre y cuando el cliente no pregunte precio. Por un precio asequible, eso sí, se puede conseguir una mermelada de frutas del bosque la mar de apañada que siempre procuro traerme para España cuando paso por allí. Aparentemente, Londres continuó en esta dinámica de riqueza e influencia hasta la I Guerra Mundial. En otoño del 1915 los zeppelines comenzaron a bombardear la ciudad, acabando con la vida de 39 personas. La guerra en sí no tuvo grandes efectos sobre la ciudad, pero la depresión que la siguió a finales de la década de 1920, castigó al país en general y a su capital en particular. Al final de la primera de las guerras, un total de 650 londinenses habían caido. No es que sumaran mucho en el total, porque para el 1921 la población ya estaba en torno a 7.5 millones de personas y la ciudad se extendía como una mancha de aceite sobre los campos circundantes. Las tasas de desempleo crecieron hasta tal punto que en 1926 se desató una huelga general al estilo de las de antes, hasta el punto de que el ejército hubo de tomar la ciudad para garantizar la normalidad [17]. Allá por los 30, la población se reforzó aún más con un gran número de judíos que huían de la persecución en Europa, la mayoría de los cuales se establecieron en el West End.

La catedral de St Paul, intacta a pesar de las bombas

La catedral de St Paul, intacta a pesar de las bombas


(17) El hecho de que la normalidad consista en gente armada por las calles da mucho que pensar sobre el caracter británico.