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La imprescindible toalla de microfibra

¡Ole, ole y ole la toalla microfibra! Para todos los mochileros y amantes de viajar ligeritos de peso, y tambien para los buceadores y domingueros, estas toallas son el invento del siglo. Muchos fabricantes de microfibra anuncian que su microfibra absorberá de siete a ocho veces su peso en agua. Cuando una amiga me presto durante un paseito por el Trois Pitons la toalla que ella habia traido para secarse y yo vi el tamaño y el grosor, pense que me haria el mismo efecto que secarme con un Kleenex, pero mira por donde, no solo nos secamos las dos (durante los 10 minutos que tardo en caernos otra tormenta tropical), ¡sino que la toalla ni siquiera se quedo demasiado humeda!

 

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Evidentemente, nada mas volver a España me hice con una, y me ha venido al pelo. Asi al pronto las venden en distintos tamaños y precios (de 10 a 25 EUR) en Decathlon, Coronel Tapioca y Doña Toalla. La mia es la grande de Coronel Tapioca y es de las mejores inversiones de viaje que he hecho en la vida.

¡Pero aun hay mas, amiguetes mios! Todos conocemos el viejo truquito para lavar la ropa en el cuarto de baño de hostales cuando pasamos varias semanas de viaje (yo he llegado a lavar en la ducha hasta unos pantalones vaqueros). El tema consiste en, una vez limpia la ropa y escurrida en la medida de lo posible, ponerla entre dos toallas secas tan estirada como podamos y, de ahi, debajo del colchon. Un par de dias deberian bastar para que la ropa este pasablemente seca y medio planchada. Y para que las toallas esten para el arrastre, claro. Pues, si combinamos la microfibra con todo esto … ¡Premio! Ya he hecho la prueba del algodon: ropa humeda, sin orearla ni nada, estirada entre la toalla de microfibra y todo junto debajo de la maleta. Al dia siguiente por la mañana su ropa estara como nueva y la toalla se secara en un plis-plas despues de colgarla en el baño. ¡Si no fuera porque el tacto no me acaba de convencer, ya habria cambiado todas las toallas de casa por trapos de estos!

Instrucciones de secado estilo IKEA

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Nueva Zelanda (VII): Buscando a Nemo

De vuelta al pueblo comprobamos bastante rápido que el verano en el Pacífico no es ni de cerca tan caluroso como en el Mediterráneo o, lo que es lo mismo, que no había narices de darse un baño a las siete de la tarde. En tanto que el pueblo era bastante pequeñito y muy lejos del concepto hispano de animado, nos limitamos a sentarnos en una hamburguesería y hacer planes para el día siguiente. Allí tuve la dicha de descubrir que entre las exportaciones de España se encuentra Enrique Iglesias. Vivir para ver.

La playa de Pahia, tropico puro

La playa de Pahia, tropico puro

Básicamente, mis planes se reducían a visitar los bosques de algas de la zona, lo que, obviamente, no incluía a mi compañero que es básicamente de tierra adentro y su contacto con el agua suele limitarse a la bañera y su alberca. Como a él no le pareció mal (2), decidí que haría un par de inmersiones a las 6 de la mañana y, a la vuelta a eso de las 11, Antonio y yo echaríamos el día en el Waitangi, fue relativamente fácil encontrar un lugar donde reservar el tema. Eso sí, recordando sin ningún entusiasmo que Nueva Zelanda es también zona de tiburones blancos, decidí explicarle al tipo del mostrador que apenas tenía veinte inmersiones y que todo eso de tumbarse en el fondo y dejar que los escualos te pasen por arriba apaciblemente está muy bien sobre el papel pero que lo más probable era que para cuando el bicho me diese el primer bocado, ya estuviese tiesa de un infarto.

– No, si aquí no hay tiburones. – me dijo – ¡Además, los que hay son amistosos! – y, tras una pausa, – Y … bueno, tú vas con un instructor …

– Es decir, ¿que los tiburones amistosos que no hay no me van a morder porque voy con un tío que nada mucho más rápido que yo?. Pues perdóneme si le pago a la vuelta …

La carta de peces, que uds la disfruten

La carta de peces, que uds la disfruten

Pero el caso es que un día es un día y, tiburones o no, allí estaba yo en el embarcadero, más dormida que otra cosa, preguntándome si el agua estaría tan fría como parecía. Acostumbrada al Mediterráneo, no parecía que un neopreno de cinco milímetros fuese a resultar demasiado confortable a veinte metros de profundidad. Al parecer, sólo íbamos cinco personas, incluyendo al instructor y al piloto del barco. Los dos restantes eran una pareja maja de australianos, rubitos ellos, con esa pinta típica de haber salido de una fiesta en la playa en lugar de de la cama como todo el mundo. Aparentemente, tenían bastante más experiencia buceando que yo, pero, como luego se demostró, eran bastante menos inconscientes. Yo ya había oído hablar de los bosques de algas gigantes de la zona. De camino al primer lugar de inmersión, un pecio de los noventa, pasamos cerca de una de las atracciones de la zona, los ‘Hole in the Rock’ o agujeros en la roca, que vienen a ser precisamente eso, una ventana enorme en una pared de roca situada en la bahía. El más famoso es en de Cape Brett, al que se puede llegar en lancha.

Hole in the Rock, literalmente

Hole in the Rock, literalmente

Durante el viaje, el instructor nos puso también al día de la fauna autóctona, que incluía morenas como las del Mediterráneo, pero también mantas raya que yo no alcancé a ver. Entre los peces que más se repetían, estaban los simpáticos mao-mao rosas, el bluefish, el big eye y el algo más pequeño leatherjacket, todos ellos alrededor de unos cincuenta centímetros, es decir, considerablemente más grandecitos que el pez mediterráneo medio. El premio del día se lo llevaría un pez escorpión, grande, gordo y cubierto de pinchos, flotando a medias aguas, que apareció en medio del bosque de algas durante la segunda inmersión pero, claro, a estas alturas, aún no lo sabía. Lo único que sabía es que estaba muerta de sueño, específicamente porque no habíamos conseguido nada más independiente que un quad que habíamos compartido con un par de hindues, uno de los cuales había echado la noche entera roncando alegremente con ese tipo de volumen que habría hecho echarse a temblar las murallas de Jericó. Para colmo de males, cuando yo me tuve que levantar a las seis y media, allí estaba él durmiendo felizmente y sólo el hecho de que apenas tenía fuerzas para ponerme el bañador evitó que lo enviase al sueño eterno.

La primera inmersión, estado de la mar mediante, iba a ser a los restos del Rainbow Warrior. El Warrior había sido un barco de Green Peace de esos que van de un punto a otro protestando contra las barbaridades que le hacemos al planeta y que tan molestos resultan a los que habitualmente controlan el cotarro. Al parecer, protestó una vez de más cuando los franceses estuvieron realizando sus pruebas nucleares por Mururoa, es decir, tan lejos de la France como les fue posible. Una noche, mientras el Warrior estaba atracado en Auckland, un submarino francés les envió recuerdos en forma de torpedo, enviándolos directamente al fondo con billete sólo de ida. La tripulación escapó en su mayor parte a excepción de un fotógrafo que tuvo la genial idea de volver a por su equipo y se quedó atrapado en el interior. Un motivo más para adorar mi pequeñísima Canon IXUS. Si bien Francia negó relación con el incidente, esta vez se les había visto el plumero y tuvieron que pagar los platos rotos. Para lo que le sirvió al fotógrafo en cuestión … Un tiempo después, trasladaron el pecio desde el puerto a su ubicación actual y lo dejaron allí para los buceadores, lo normal en tanto que Nueva Zelanda es un destino preferente para los aficionados a deportes raros.

Allí, a veintitantos metros de profundidad bajo el casco de nuestro barco se encontraba ahora el Warrior en su tumba acuática. Yo, que a mi pesar estaba en superficie, estaba empezando a marearme con tanto bamboleo, y es que si bien aguanto estoicamente las travesías mientras el barco está en marcha, una vez se echa el ancla no me entiendo con las olas. Por alguna razón, a la australiana le estaba costando ponerse el equipo y el tiempo pasaba y pasaba y yo me mareaba más y más. Si alguien alguna vez se ha visto en un barco con el estómago revuelto, debe saber que buceando es mucho peor, así que decidí echarme al agua y esperarlos allí. Mala idea, claro. Recordando al dichoso tiburón de Spielberg y con no más de dos metros de visibilidad bajo la verdosa agua del mar de Tasmania, no se exactamente cuanto tardarían en equiparse mis amiguitos, pero a mi me pareció una eternidad. Por fin, una vez los cuatro en el agua, el instructor nos recomendó que bajásemos siguiendo la cadena del ancla, que es lo habitual cuando no se hace buceo de pared y, en particular, cuando el agua está tan turbia como un pure de guisantes, lo que quiera que sea eso. Bajar con una botella de aire que en superficie pesa un quintal más un cinturón de plomos entre 6 y 8 kilos sin contar con lo que pese cada uno puede parecer inmediato, pero no es necesariamente así. Hay que recordar que llevamos un traje de neopreno repleto de burbujas de aire que nos empuja hacia arriba continuamente. En principio, cabría pensar en cargarse bien de plomos, pero el empuje que se experimenta hacia arriba varía con la profundidad, ya que a más presión el aire se comprime y disminuye la flotabilidad, haciéndonos caer a saco si nos pasamos de peso. En realidad, cada uno sabe aproximadamente el peso con que tiene que bajar en función del tipo de neopreno que utiliza, pero a determinada gente, en particular los que ocupan demasiado volumen o los que están muy delgados, les cuesta controlar el descenso. Ese último estaba siendo el caso de la chica australiana, que se quedó varada a menos de diez metros y, finalmente, sufrió un globazo hacia arriba. El instructor nos bajó hasta el fondo a mí y a su novio antes de subir a ayudarla y allí que nos vimos, con un frío del carajo, una luz pobre y verdosa y el casco del Warrior que apenas se intuía unos metros hacia la derecha. Ya me había resignado a esperar cuando el chico me hizo la seña de acercarnos al barco. No me pareció mala idea, ya que estabamos justo al lado y el aire a esa profundidad se gasta rápido, así que cuando me alargó la mano, para evitar perdernos de vista, supuse yo, dadas las condiciones, la acepté y en un par de patadas llegamos hasta el pecio. El casco estaba completamente cubierto de vegetación, principalmente en tonos verdes y morados. Como no llevábamos linterna, no se apreciaban bien los colores, pero de cerca si se veía perfectamente la cubierta y la cabina. Llegados a este punto, decidí independizarme de mi compañero y bien que me costó que me soltara la mano: siempre que se bucea con botella, hay que hacerlo en compañía y sin perder de vista a tu pareja, pero aquello ya era mucha familiaridad. Después de dar tres o cuatro vueltas por la zona, aparecieron los desaparecidos y, por fin, disfrutamos de las ventajas de la linterna. El instructor incluso nos enseñó un truquito. Primero nos metió en la cabina superior del barco y, a continuación, apagó la linterna. Tras esperar unos segundos en la oscuridad total, volvió a encenderla y nos encontramos rodeados de un banco de peces de tonos plateados que, desafortunadamente, no hacían figuritas animadas. Realmente impresionante, no obstante. A partir de ahí, todo transcurrió más o menos con normalidad hasta llegar a la superficie.

– Chica, ¡cómo has mejorado buceando! – le comentó el australiano a su novia, que se encogió de hombros interrogativamente – Si, cuando has pasado entre las cubiertas, en cuanto bajamos al principio.

– Al principio, me quedé colgada en superficie. Yo no he llegado prácticamente hasta que entramos en la cabina.

Entonces el australiano se giró hacia mí, que, tratando de mantener cara de póker, me limité a levantar una ceja. Ahora entendía yo tanta tontería con la manita. Colorado como un tomate, intentó explicar que se había equivocado mientras la chica y yo nos mirábamos mutuamente con cierta diversión pensando como se puede confundir a una chavala de uno sesenta y poco y unos cincuenta quilos con mi metro ochenta y tantos enfundado en un neopreno talla L.

– Hey, yo no me he quejado, ¿no?- y es que, para que negarlo, compañeros mucho más feos me han tocado. Siempre.

La segunda inmersión fue otra cosa: mis amiguitos bajaron bien juntos y me dejaron al instructor para mi sola. Básicamente, hicimos buceo de pared, es decir, en lugar de bajar en mitad de ninguna parte, lo hicimos al lado de un acantilado. Ahí si que encontramos los bosques de algas gigantes sobre los que había leído y que no me decepcionaron en absoluto. Incluso a unos 15 metros de profundidad, las hojas se mecían con las corrientes, rodeándonos como dedos gigantes. Aquí había que avanzar apartándolas con las manos y topándonos de frente de cuando en cuando con algún bicho de tamaño considerable. El más llamativo resultó ser un pez escorpión nadando a media agua que estaba fácilmente alrededor del metro de longitud y que flotaba suavemente frente a nosotros, con todo el descaro que el tamaño proporciona, sin intención alguna de moverse lo más mínimo. Entramos también – al menos el instructor y yo, ya que la australiana había dejado bastante claro que a pesar de lo mucho que había mejorado su estilo, pasaba de llevarse un mal rato – en una cueva pequeña abierta por el techo y un lateral donde había una flora bastante curiosa. En sitios así agradece una el ejercicio ese de quitarse y ponerse botella y chaleco bajo el agua que, en su momento, parecía tan absurdo cuando se saca la licencia, pero no llegó la sangre al río ni, afortunadamente, ningún tiburón a ésta servidora y, un rato después, ya estaba en el muelle, muerta de sueño, de frío y preguntándome por qué diablos me meto siempre en berenjenales de este tipo con lo a gusto que está una en casa jugando al Scrabble.


(2) En caso de desavenencias, siempre cabe recurrir, como decia Pratchett, a la democracia: una persona un voto. En estos casos, la persona soy yo y el voto el mío.


Tortugas bobas y buceadores … err …

No importa cuantas veces las encuentre, las tortugas siempre son bienvenidas en mi log de buceo. La primera la vi en snorkel en Maui y echó un rato jugando conmigo. Esta fue una de las que vi en Isla Mujeres, junto a Cancún, lugar del que lo único que merece la pena es el buceo porque las multinacionales hoteleras se han cargado todo lo demás. Eso y los turistas ingleses aferrados a la barra libre que no habían soltado el taburete desde las 7.30 a.m. hora de salida hasta las 5:30 p.m. hora de llegada. Entre el alcohol y el sol, deberían conservarse en plan Tutankamon…

Tortuga Isla Mujeres (1)

Tortuga Isla Mujeres (2)

Tortuga Isla Mujeres (3)

Por más que digan que estos bichos pueblan el mediterráneo, será porque están en peligro de extinción, por las indigestiones de bolsas de plástico o, porque visto el turismo por el que se ha apostado en nuestras costas, han decidido picar billete a otras playas -igual no son tan bobas como su nombre indica-, pero yo nunca las he visto en otro sitio que no sea el Caribe, Indico o Pacífico. ¡Y las del Caribe son las más sociables!


Morena party!!

Parece que para celebrar el otoño, las morenas de Cabo de Gata andan de fiesta en los Amarillos, también conocida como los Burros por la abundancia de peces ballesta (bastante parecidos en esencia a los calamares curiosos de Terry Pratchett) en la zona, aunque yo no vi ninguno.

Al principio iban discretas …

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Luego ya empezaron a salir de dos en dos …

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Y finalmente, ¡sin esconderse y sin nada!

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Y hasta en vivo y en directo!


Nudibranquios en San Jose

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Estos son unos bichos que me gustan particularmente y que, con algo de suerte, se pueden ver a bastante buen tamaño a partir de los 20 o 25 metros en el Parque Natural de Cabo de Gata. En particular, estos son godivas, una clase de nudibranquio con cilios a la espalda y un color precioso. Si la luz acompaña, salen bastante bien en las fotos.

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Buscando a Nemo o a lo que se presente

Una de las mejores cosas que puede hacer uno en Bali (Indonesia) es, por supuesto, bucear, con ese agua tan clara y templadita y suficientes peces para llenar un acuario. Y, para muestra, un boton. ¿Os acordais de la escena de los peces que le vacilan al pobre Marlin en Buscando a Nemo? Algo como esto:

Pues aqui casi lo mismo, en vivo y en directo:

Y los peces payaso tampoco tienen correa en la vida real 🙂

El lugar: Togopakah, 19 metros de media, con Surya Dive Center. Si vais con ellos, sin embargo, pedidles la inmersion Blue Corner, con corriente y fondo de 27 metros. Mantas y enormes peces luna 🙂