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Reino Unido (XXIII): Lagos, monstruous y chupas de cuero

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Una vez recorrido Edimburgo en la medida de lo posible, decidimos dirigirnos directamente a Inverness, que, pese a su reducido tamaño, es una de las ciudades más antiguas del Reino Unido, apareciendo ya en el 585 dC como nudo comercial pero existiendo referencias a ella de centurias atrás de esa fecha. En el siglo VI Inverness era la capital del reino picto y, como tal, fue escenario de incontables batallas. Actualmente es la capital de las Tierras Altas y está en clara expansión.

Quitando que, contra toda lógica, el Equipaje parecía pesar cada vez más, el tren de Edimburgo a Inverness no supuso ningún problema y encontramos el albergue prácticamente sin percances. Con los albergues ocurre casi siempre como con los hoteles: independientemente de la categoría, su calidad es inversamente proporcional a lo desesperada que esté la gente por ocuparlos o, lo que es lo mismo, a lo popular que sea el lugar donde se encuentran. El de Inverness estaba limpio, eso si, pero sólo disponía de dormitory rooms para 8 personas distribuidas en cuatro literas que se alineaban a ambas paredes de la habitación, estrecha hasta el punto de que, estirándose un poco, podía tocarse la litera de enfrente. En conjunto, daba la impresión de un pasillo de biblioteca. Debido a una leve claustrofobia, prefiero jugarme el tipo en la litera de arriba que ver un guardaespaldas a un metro de mi cara durante toda la noche. Eso suponía una falta total de conflictos con mis compañeras, que preferían mantener el suelo tan cerca como fuera posible. Mercedes, eso sí, se puso firme en cuanto a compartir mi litera. Según ella, me muevo tanto al dormir que tenía la impresión de estar encerrada en una coctelera. Ya que la privación de sueño la estaba colocando al borde del homicidio y nosotras eramos lo que tenía más a mano, McLaren se ofreció gentilmente a sufrir mis inquietudes nocturnas mientras ella ocupaba la litera de enfrente.

-Como esta noche ronque alguien en la habitación -dijo mientras se apoderaba del espacio circundante – le arranco las tripas a bocados y se las escupo a la cara [28].

Y estos, tan contentos ...

Y, al igual que en las películas de Hollywood, fue en ese momento que ocurrió. De repente, la puerta se abrió de una patada y, al más puro estilo Harry el Sucio, apareció en el marco … no se si definirla como una chica sería estirar demasiado el término. Con el pelo rojo oscuro, maquillaje negro y más clavos que la ferretería de mi barrio, embutida en una chupa de cuero y botas de motorista que costaría años borrar de la puerta, entró en la habitación la peor pesadilla de Agatha Ruiz de la Prada. Si en aquel momento tenía la misma cara que Mercedes, me alegro de que no hubiese cámara de fotos a mano. Claro, que no era mi litera la que tenía una cama libre. Boquiabiertas contemplamos a ese cruce entre Terminator y Cindy Lauper avanzar en dos zancadas hasta Mercedes, echar su saco de lona en la cama de arriba y subirse de un salto, despreciando las escaleras que yo había utilizado como una mariquita. McLaren y yo aún seguíamos embobadas cuando la buena educación de Mer le jugó una mala pasada [29].

-Estoooo … Hello?

Y aquella cosa se asomó a la litera con la expresión de quien se encuentra la piedra más puntiaguda de la playa justo debajo de su toalla y respondió con voz de trueno.

– Hello-hello-hello!!!

Aunque, de haber controlado algo más de español, habría dicho algo así como ¡qué hello, ni qué leches! o, peor aún, algo en la línea de las últimas declaraciones de Mercedes antes de encontrarse en el lugar más parecido al pabellón de culturistas de una carcel femenina en la que jamás se vió. Mercedes se quedó más blanca que la sábana de Casper. En su beneficio, debo decir que, probablemente, yo me hubiese echado a llorar. Mientras McLaren y yo nos pegábamos contra la pared de nuestra litera lo más que pudimos sin pasar a la habitación de al lado, ella trató de hacerse una con la almohada al tiempo que aquello, sin quitarse botas, chupa ni ninguna otra parte de su armadura de combate, giró sobre si misma y empezó a roncar con tal fuerza que hubiese dejado a las trompetas de Jericó a la altura de un matasuegras.

-Pssst. Mercedes. Dile lo de roncar …

-Eso, eso, díselo …

-¡Callaos, no sea que se despierte! Duermete niiiiña …

Se pintaba una retirada honrosa y eso es lo que hicimos inmediatamente. Intentando hacer el mínimo ruido posible, claro.


(28) Es evidente que Mercedes nunca diría algo así, pero bastaba verle la expresión para hacer una traducción bastante aproximada.
(29) Hay cosas que nunca se deben decir como ¿qué tal estás? a ese tipo de personas que siempre están interesadas en contarlo con todo lujo de detalles.


Reino Unido (XXII): De albergues y otros

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Volviendo a cosas más terrenales, el que haga la visita en agosto puede disfrutar de lo que llaman el tattoo de Edimburgo. En este caso el tattoo no es uno de esos dibujos con los que una acaba encontrarse en sitios insospechados después de una noche de borrachera, sino una especie de festival de gaitas y similares. Original del danés “tap-toe”, el tattoo era la señal sonora obligatoria para indicar a la tropa la hora de volver al cuartel y, por tanto, a los bares la de dejar de servir cerveza. Hoy en día se monta una juerga con gaitas en la que participa todo el mundo y, es de suponer, que corre el alcohol. Como se puede ver, en el castillo hay de todo. De todo, esto es, salvo una droguería.

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Como todas sabemos, una mujer nunca debe escatimar en las tres “C”: champu, calzado … y compresas. Cualquiera que haya tenido la urgencia de comprar compresas en Inglaterra habrá tenido el deseo de que la menopausia le llegue lo antes posible. Servidora suele empaquetar dos paquetes fliss-fluss extra, con alas aerodinámicas y con todo tipo de complementos -ya que en España las compresas pagan impuesto de lujo como el coñac reserva, qué menos se les puede pedir- que para sufrir siempre hay tiempo. A Mercedes, sin embargo, que había echado practicamente todas sus posesiones terrenales e incluso algunas no de este mundo, este detalle se le había escapado y allí estabamos: en el castillo de Edimburgo y sin una mala farmacia que llevarnos al cuerpo. Lo que si había era una máquina expendedora en el baño de señoras. Un minuto y una libra más tarde, mi amiga se metió en el baño con un cubo de plástico azul del tamaño de un puño en la mano.

-Oye, pues no están caras aquí las compresas. ¿De cuanto es el paquete? ¿De doce? ¿De dieciocho?

Pero cuando Mercedes abrió la puerta, talmente como si de John Wayne recién bajadito del jamelgo se tratara y con cara de pocos amigos, nos imaginamos la respuesta. Una. Y es que las inglesas, más que ponerse compresas, las cabalgan. Ya llegado este punto, yo, que hasta el momento previendo tiempos de carestía higiénica me había callado como una mujer de afecto negociable, tuve que compartir a regañadientes mi provisión personal, lo que nos hubiese costado la amistad de tantos años de no haber tenido suficiente para ambas.

Bruntsfield Youth Hostel Edinburgh

Cuando por fin llegamos al albergue (Bruntsfield Youth Hostel) esa noche, descubrimos que era bastante viejo y un tanto destartalado. Años más tarde me vería en uno casi igual en Dunedin, ciudad que, curiosamente, está hermanada con Edimburgo supongo que por más motivos aparte de sus destartales alberguiles. La habitación la compartíamos con otras 7 u 8 personas que, al contrario que Mercedes, no parecían tener problemas para dormir. Al menos, hasta que llegó ella.

-¡Ala, que frío! Asi no puedo dormir, me muero de frío.

Cuando después de haber vivido en el interior durante más de veinte años me mudé a la costa, supuse que a partir de entonces comenzaría a soportar mejor el calor. No sólo sigo sudando la gota gorda en verano, sino que ahora tampoco puedo sacar la nariz a la calle en las noches de invierno so pena de congelación y es que el cuerpo fácilmente se acostumbra a lo bueno pero es más reticente a las penalidades. En aquella época, sin embargo, aún me desenvolvía bien a bajas temperaturas y en los albergues por la noche solía pasarle a Mercedes mi edredón, con lo que se convertía en una especie de armadillo de colores y, o bien no protestaba, o bien no la oíamos con tanta capa de plumas. Por desgracia, con cuarenta de fiebre, estaba por seguir los consejos de mi tío y sudar las bacterias o, por lo menos, producirles la mayor incomodidad posible para que aprendiesen a meterse con alguien de su tamaño. No obstante, como parecía obvio que mi amiga no iba a dormir por culpa del frío y que los demás ocupantes de la habitación tampoco lo haríamos por sus quejas, acodándome en la cama, eché un vistazo alrededor.

-Pssst, Mercedes. En la litera de arriba frente a mi cama hay un edredón arrugado que parece que está suelto. La cama no tiene sábanas y …

Pero no hizo falta acabar la frase. Mercedes ya había apartado el edredón de un tirón seco, como el que pretende retirar el mantel sin mover los platos, y, para su sorpresa y la mía, y sobre todo para la de la tercera implicada en el asunto, apareció acurrucada debajo una japonesa diminuta en ropa interior que, automáticamente, se puso a gritar en su idioma lo que estaba bastante segura no era un saludo de buenas noches.

-¡¡Anda, sorry!! Perdona, hija, es que eres tan canija que no te había visto – soltó por su boca en un segundo Mercedes sin cortarse un pelo, tapándola de nuevo y dándole dos palmaditas al bulto como si fuese un cachorro de gato. Por desgracia para mi pobre garganta, me costó casi diez minutos dejar de reir. Supongo que de haber tardado un poco más, la garganta habría dejado de importarme cuando mis compañeras de habitación me hubiesen tirado por la ventana.


Reino Unido (XVI): Todos los caminos llevan a … York

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La llegada a York no tuvo nada de particular, al menos comparada con la salida de Nottingham. Eso si, cuando en un albergue dicen “Junto a la estación de tren”, hay que desconfiar como cuando te ofrece un contrato maravilloso un tipo de rojo que huele a azufre. Cargada como la mula de Juan Valdes tuve que arrastrar un par de kilómetros al Equipaje, que ahora sin asas hacía aún menos por ayudar. Respecto al resto, de noche a las ciudades suele pasarle como a los gatos pardos: todas son iguales. Así, tendríamos que esperar a la mañana siguiente para hacernos una idea y comprobar que la parada, efectivamente. había merecido la pena.

¡Ya estamos en York y los scones estan buenos!

¡Ya estamos en York y los scones estan buenos!

Originalmente, la zona de York estaba controlada por las tribus de los Brigantes, hasta que el gobernador de Britania envió a la Novena Legión a tomarla en el 71 dC. Los romanos, versados ellos en el arte de la guerra, se montaron un fuerte estratégicamente situado entre los ríos Foss y Ouse, a las orillas de éste último y lo llamaron Eboracum. El fuerte no era precisamente como el de los clicks, ya que alojaba a unos 6000 legionarios e incluía un foro y termas, actualmente ubicadas bajo el pub The Roman Baths[20] . Eboracum prosperó tanto que acabó incluyendo un palacio que visitaría el mismísimo emperador y se convirtió en la capital de la Britania del sur. En el 306, allí se coronaría en la que hoy es York Minster a Constantino el Grande, fundador de Constantinopla -que ahora es Estambul, como dirían las ratas de los teleñecos- y primer emperador cristiano de Roma. Los restos más visibles de la época los constituyen sin embargo las murallas, como no, y la torre Multiangular, actualmente en los Museum Gardens, construida por el Emperador Severus, tatara-tatarabuelo, imagino, del famoso profesor de pociones de Hogwarts.

Cuando los romanos se retiraron de la zona en el 410 dC, el lugar quedó a manos de los anglosajones, originalmente mercenarios del ejército de Roma que decidieron quedarse una vez la bolsa se cerró en el Imperio. Supuestamente, el mismísimo Arturo llegó a reconquistar la ciudad, pero se ve que no le duró mucho, ya que aún aguantó bastantes años bajo el poder sajón [21].

A pesar de todo, dada la costumbre de la época de construir en madera, prácticamente nada ha quedado de entonces. Salvo, claro está, la costumbre de construir en madera, que se perpetuó hasta que se hizo más barato hacerlo en cemento. Y es que el ser humano no escarmienta, señores.


(20)Esto demuestra que tanto romanos como ingleses tenían muy claro qué le pedían a un asentamiento.

(21)Y esta suposición es el único sustento de la película “El rey Arturo”, donde mucho realismo y tal pero los caballeros manejan los mandobles como floretes en Matrix y la puerta de la muralla se abre sola como la del Corte Ingles


Reino Unido (II): El arte de la preparacion

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Los preparativos, como la decisión, fueron bastante rápidos. Conseguimos un billete de avión relativamente barato hasta Gatwick, el único aeropuerto británico hacia el que en aquella época se podían conseguir precios razonables. Para desplazarnos por el país, optamos por un bono de ferrocarril llamado Britrail. El Britrail funciona de forma similar al Interrail, pero se limita a Gran Bretaña. Existen varias fórmulas de uso: 7 días en 15, 15 días en un mes, un mes completo … El bono presenta tantas casillas como días se hayan comprado y el usuario simplemente las rellena con el día en que va a usar el tren dentro de las fechas de inicio y fin de éste. Durante ese día, puede coger todos los trenes que quiera en segunda. Como rara vez se viaja todos los días salvo que se quieran ver los sitios como si de diapositivas se tratase, cualquier combinación donde se viaje la mitad de los días suele ser suficiente. Estos bonos siempre son más baratos que los billetes por separado a poco que se coja el tren más de tres veces. Billetes en mano, sólo quedaba reservar por adelantado una noche en el albergue de juventud de Londres para el día de llegada. Ya improvisaríamos después. Ahora, hacer estas reservas es un juego de niños gracias a Internet, pero en aquella época hubo que tirar de fax, IBN, divisas y una buena dosis de suerte.

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Holland House

Poco antes de salir, sin embargo, ya teníamos sitio en la Holland House, un albergue en la frontera entre las zonas uno y dos de la ciudad. Construido sobre un antiguo hospital en medio de un parque, el sitio no hubiese estado nada mal de no ser porque constituyó nuestro primer contacto con un dormitory room (dorm). El dorm es la fórmula más barata para dormir en albergues. En esa época, en Londres, una cama y el desayuno a la británica (2) venían a salir por unos 18 euros. Claro, que en aquel entonces al comprar libras no había clausulas en el banco del tipo “firma por tu alma inmortal”. Como contraprestación al precio, hay que señalar que se comparte la habitación con entre 6 y 12 personas según el sitio. En muchos dorms no dan sábanas y, o se llevan en el equipaje, o toca alquilarlas pagando como un campeón. Los sacos de dormir están prohibidos, lo que no es mala idea teniendo en cuenta que hay quien, rascándolos, podría clonar a partir de ellos un tiranosaurus rex. Por lo demás, por si alguien aún no domina la técnica de dormir con un ojo abierto, suele asignarse a los huespedes una taquilla para que encierren sus cosas por la noche. Si uno ha sido tan precavido como para echar un candado, es decir. En muchos albergues existe la posibilidad de, si se hace con suficiente tiempo, reservar un family room. Estas habitaciones están pensadas para tres o cuatro personas únicamente y, si bien salen algo más caras, presentan ventajas obvias. Para el día de regreso, nosotras conseguimos una habitación de este tipo. No es que a esas alturas a Mercedes le sirviera de consuelo, claro.

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Trenes britanicos

Dado que aún no sabíamos qué recorrido ibamos a hacer, decidimos dejar en suspenso el resto de las reservas para hacerlas una o dos noches antes desde donde quiera que estuviesemos-que esperabamos contra toda esperanza que al menos fuese el Reino Unido-. Ya sólo quedaba planificar el recorrido. Al contrario de lo que su apellido sugería, el conocimiento de McLaren del país se limitaba a un pueblecito de Inglaterra donde solía pasar los veranos practicando su inglés. Así, con una planificación digna del mismísimo Willy Fog, un mapa, una regla y una buena dosis de optimismo -eso sí, ni una infinitésima parte de la que demostraron mis compañeras colocándose en mis manos -una servidora se puso manos a la obra. Mi conocimiento de Inglaterra se limitaba a haber cubierto en tren el recorrido Londres-Rugby-Bath para visitar a mi amiga Sarah cuando estaba haciendo Económicas en esta última ciudad. Si en el mapa Rugby y Londres, a aproximadamente hora y media, estaban a dos centímetros, obviamente Edimburgo, a unos 10 centímetros, debía estar a unas 7 u 8 horas. Demasiado tiempo para hacerlo del tirón. Mejor parar en un punto intermedio, pongamos York, a 7 centímetros. Y, de camino, por qué no echar un vistazo al bosque de Sherwood, a cuatro centímetros. Aún no era ingeniero, y ya había redefinido la escala de distancias. Con esta precisión digna de Iberia, bastó introducir unos cuantos sitios interesantes más a la lista: Inverness, por aquello del lago, las Hébridas, por el Rayo Verde de Verne, y Ben Nevis para cerrar el círculo y regresar a Londres. McLaren hizo su aportación particular: Loch Lomond, una popular zona de veraneo. Sin problemas. Sumo tres, me llevo una, multiplico por cuatro y listo: itinerario arreglado milimétricamente. Chúpate esa, Eratóstenes (3).

Faltaba para salir un último detalle: ¿qué dinero echar para pasar quince días en Inglaterra? En aquel entonces, los hijos teníamos derecho a techo, comida y ropa, pero no a VISA platino VIP como exigen ahora nuestros hermanos pequeños. La falta de plástico nos obligaba, entre otras cosas, a cambiar a priori el dinero que estimásemos oportuno y rezar porque nuestra estimación no fuese muy desencaminada. Entre unas cosas y otras, en aquel viaje nos volvimos muy religiosas. Visto que Mercedes, tras haber vivido unos años en Southampton y Londres, parecía la única del grupo con más experiencia que Paco Martinez Soria en estas lides, para bien o, como se demostró algo más adelante, para mal, seguimos sus indicaciones.

-Yo pienso echar sólo 60000 pelas- afirmo con esa rotundidad que la caracteriza cuando está apostillando un hecho que desconoce totalmente – Paso de gastarme ni un duro más.

A McLaren y a mí nos faltó llorar de la emoción de tener a alguien que realmente sabe qué hacer en cada momento. Dicho y hecho. 60000 pelas serían lo único que nos iba a separar de dormir en la calle y comer sopas de sobre: la cosmopolita del grupo había hablado. Lástima que al final resultase ser más bien la Cosmopolitan la que habló, como se comprobaría más tarde ya llegadas a Cambrigde.

Unos días más tarde, allí estabamos las tres en lo alto de un avión rumbo Gatwick. El aeropuerto está a un buen tirón de Londres y, en general, suele resultar más barato sacar el billete de tren hasta Victoria Station en España, carnet joven en mano. En un alarde de iniciativa, Mercedes se había marcado el pegote de sacar su billete y el mío a priori. Lástima, claro, que llevásemos un bono de tren que nos hubiera permitido no gastarnos ni un duro, pero el detalle es lo que importa. Mercedes mantuvo hasta el final y contra toda evidencia que, de no haberlo hecho así, no habríamos tenido bonos suficientes para todo el viaje. Incluso lo mantuvo después de que a la vuelta le regaláramos los tiquets a mi tía para que ella y su marido -en el tren también conocido como “Mercedes”- visitaran Edimburgo unos fines de semana más tarde.

Fue una vez llegadas a Gatwick que tuve mi primer contacto con mi más fiel compañero de viaje: El Equipaje. Cualquiera que haya viajado en un plan de este tipo, sabe perfectamente que la ley de la conservación de la masa es mentira cochina: una bolsa siempre pesa más después de haberla llevado todo el día. Nunca sabré si Mercedes esperaba encontrar al hombre de su vida y echó su ajuar completo o si, realmente, pensó por un momento que iríamos de recepciones y puestas de largo pero lo que seguro que no contempló es que difícilmente podría ella arrastrar los dos maletones que había preparado. O, mejor pensado, si debió contemplarlo. Yo no, claro, si no, habría echado las maletas por el tren de aterrizaje en cuanto se hubiese descuidado un poco. El caso es que allí empezó mi historia de amor con El Equipaje, que ya me acompañaría durante todo el viaje. Mi bolsa esmirriada con lo justo (4), por su parte, pasó a hacerle compañía a Mercedes que, naturalmente, no le hizo ningún asco. Algo más de una hora después, ya estábamos en Londres. Mercedes, McLaren, yo y El Equipaje.

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Victoria Station, sin andenes y cuarto


(2) El desayuno británico incluye leche, cafe, yogur y cereales, pero también huevos, salchichas, bacon, jamón y otras cosas igual de nutritivas y apetecibles a las 8 de la mañana a ojos del español medio. Todo buenísimo para el colesterol: si antes no tenías, ahora eres una persona más completa

(3) Eratóstenes, tras leer que un palo en la presa de Asuán no proyectaba sombra cierto día del año, tirando de senos y cosenos, calculó el diámetro de la tierra con un error diminuto. Evidentemente, de haber contado con métodos tan sofisticados como los de una servidora, probablemente habría ubicado Canada en la estepa rusa y Nueva Zelanda no nos quedaría tan a trasmano de Málaga

(4) A la hora de hacer el equipaje para cosas de este tipo es recomendable seguir una organización tipo cebolla y echar tanto más de una capa cuanto más cerca esté de la piel. Contando lo puesto, un abrigo, dos jerseys, dos pantalones, tres o cuatro camisas y camisetas y suficientes mudas como para sobrevivir una semana suele ser una combinación ganadora.