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Nueva Zelanda (I): En la era de los antiguos dioses …

La culpa, como a veces pasa, fue del alcohol. Y digo del alcohol porque solo un programador borracho o un anarquista terminal -posiblemente también borracho- podría haber ubicado una serie como Xena a las 12 de la mañana en plenas vacaciones de verano. Y es así que en lugar de acompañar el cafe y el croissant con un David Hasselhoff algo fondoncete, me acostumbre a espabilarme con Lucy Lawless repartiendo hostias a los mismos malos secundarios (1) episodio tras episodio, vestidos de esto o de aquello. Y vaya hostias. Mayores de 30 y con supervisión paterna. No es que me queje; vistas las joyas con que nos ha deleitado la primera en esa franja horaria, diria que salimos ganando por mano. Eso si, después del cuarto muerto, una empieza a preguntarse si en televisión ven alguna vez las cosas antes de ponerlas.

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Soy la mejor en lo que hago, y lo que hago es partirte la cara

Aunque algo irregular de un episodio a otro en función del guionista de turno, hay muchas cosas en Xena que pueden enganchar. A mi, entre otras cosas, me engancharon los parajes de esa Grecia antigua, que, por supuesto, no podía estar más lejos de Grecia. En particular, estaba en Nueva Zelanda, en la Polinesia. Poco más o menos, nuestras antípodas. Un poquito lejos para darse un paseo, pero, oye, cosas más raras se han visto. Como aquel día que no tuve que esperar en urgencias o el viernes que mi hermana no salió de juerga. El caso es que viajar a Nueva Zelanda se convirtió ese verano en mi meta en la vida. Mi meta en la vida de la semana, pero meta a fin de cuentas y, si hay que ir, se va. Apretada como es una, un par de meses más tarde ya había conseguido una invitación para trabajar allí un tiempo. Sin embargo, estaba visto que ese año no iba a ser. Por esa absurda manía que tiene el planeta de girar sobre si mismo, resulta que en febrero allí están en plenas vacaciones estivales. ¿Quien iba a imaginar que no iba a haber plaza en ningún avión para irse al sur en una estación tan intempestiva desde el punto de vista europeo? Vivir para ver y para reservar el billete con tiempo. El año siguiente no piqué en lo mismo. Como extra, ya estaban rodando el Señor de los Anillos y visitar la Tierra Media se había convertido en imperativo moral. Ahora tenía reserva, que no motivo de viaje. Nadie es perfecto. Un año más y conseguí el pleno. Ahora sólo quedaba el permiso local para quitarme de en medio un tiempo y seguir teniendo un trabajo al que volver. En teoría, el visto bueno tendría que haber llegado alrededor de noviembre, pero no fue hasta enero, justo al volver de vacaciones, que, cuando ya suponía que en Nueva Zelanda me iban a esperar otro año, llegó la llamada en cuestión.

– Usted había solicitado un permiso para una estancia en Nueva Zelanda, ¿no es cierto?

– … – Y, una vez ubicada y haciendo frente al impulso que provoca cualquier llamada de la burocracia de negarlo todo – Pues va a ser que si, yo misma, para servirlo a Dios y a usted…

– La llamo para comunicarle que le hemos concedido el permiso …

– Ah, pues estupendo.

– Pero hay un problema. Tendría que irse la semana que viene …

– ¿Y el problema es…?

Y es que no hay nada mejor que recibir una noticia de este tipo cuando una aún no ha tenido tiempo de deshacer las maletas. Algo más difícil fue explicarle lo afortunados que habíamos sido a mi compañero de despacho, que a la hora de apuntarse al plan siempre es más rápido de lo que le convendría: ese tipo de gente a la que, más que viajar, le gusta contarlo a la vuelta. En ese caso en particular, la falta de tiempo jugó en mi favor y, antes de que se diera cuenta, ambos estábamos ya en lo alto del avión. Una vez en el aire, eso sí, dio tiempo de sobra a hacerse a la idea. Como veintitantas horas de Málaga a Auckland con escala en Madrid y Buenos Aires: ni mi amigo Juani en su época de adicto al Flight Simulator acumuló tantas horas de vuelo. Poco más o menos, con la tarjeta Iberia Plus junté suficientes puntos como para ir de Madrid a Móstoles en día azul.

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Nueva Zelanda en el quinto pino geografico

En el último tramo nos entretuvieron con un vídeo promocional sobre las bondades del país que me hizo arrepentirme abundantemente de haber escogido ese destino. Alguien debería matar al publicista, porque la impresión que se sacaba es que aquello era una especie de Torremolinos con viñedos de complemento. Lo cierto es que a esas alturas tampoco es que supiera mucho de Nueva Zelanda. Yo soy de la opinión de que si uno se piensa mucho las cosas al final no hace nada, así que habitualmente paso de pensar en absoluto. Poco más o menos, sabía que la zona había emergido de las aguas relativamente tarde en términos geológicos. Aparentemente, hay escritos de la Roma clásica que consignan como el cielo se volvió rojo durante varios días, lo que podría haber respondido a la erupción volcánica que puso las islas en esa parte del mapa que nadie mira nunca. Posteriormente, y dado que viene a estar en lo que geográficamente equivaldría a la quinta puñeta, únicamente las aves llegaron a esas tierras. Dada la tendencia evolutiva natural de cualquier organismo biológico a hacerse lo más flojo posibles, la ausencia de depredadores hizo que dichas aves pronto perdieran la capacidad de volar, detalle que apreciaron en su justa medida los hambrientos animalillos que más tarde llevarían allí los colonizadores. Hoy en día, la práctica totalidad de las especies endémicas del país están en peligro de extinción.


(1) En estos contextos, entiendase como “malo” a todo aquel que, por un motivo u otro, va contra el protagonista, definición que en esta serie en particular alcanza su máxima flexibilidad.

Reino Unido (VI): De Torres y Reinas

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En realidad, la Torre de Londres se hizo famosa por albergar mazmorras, cámaras de torturas y, como no, una zona de ejecución pública donde, literalmente, muchos VIPS de la época perdieron la cabeza. Por ejemplo, fue aquí donde dos reinas de Inglaterra, Ana Bolena y la Vizcondesa de Salisbury, consiguieron el peor acuerdo de divorcio de la historia. Isabel I fue también, de hecho, invitada de lujo en las mazmorras poco antes de su coronación. Una de las entradas a la Torre, originalmente Water Gate, se conoce como Traitors Gate, la puerta de los traidores, ya que por ahí hacían pasar a los enemigos de la corona a su encierro. Al parecer, cuando Isabel llegó en 1554, se negó a atravesar esa puerta afirmando que ella no era una traidora. No obstante, una fuerte lluvia la hizo cambiar de opinión (8) Cuando, años más tarde, volvió ya como reina, exigió volver a entrar por Traitor’s Gate, diciendo que lo que era bueno para la princesa Isabel, también lo era para su majestad Isabel. La mujer debió de ser de las pocas que consiguieron atravesar las puertas en dos direcciones, ya que no sólo los supuestos traidores encontraron su fin entre los muros de la Torre. En una de las construcciones interiores, originalmente la Torre del Jardín, pero acertadamente rebautizada como la Bloody Tower o Torre Sangrienta, entre otros muchos cayeron Enrique V y su hermano Ricardo, duque de Cork, cuando el primero contaba sólo 14 años. Las culpas se han atribuido a los que se convertirían más tarde en Ricardo III y Enrique VII, si bien no se ha conseguido probar nada, como suele pasar cuando el culpable de algo resulta ser el rey. El caso es que a uno lo asfixiaron con la almohada y al otro lo apuñalaron hasta que estuvo lo suficientemente muerto como para no poder dejar de estarlo en un futuro próximo. Ambos fueron enterrados en un lugar anónimo al pie de la Torre Blanca hasta que, en 1674, se descubrieron los esqueletos de dos niños y se trasladaron a la abadía de Westminster. Para hacerse una idea de dónde iban a parar los prisioneros menos famosos, cuando, en 1830, se desecó el foso que Ricardo I había mandado construir utilizando el Támesis se revelaron una gran cantidad de huesos humanos.

Un beefeater

Un beefeater

Actualmente, en la Torre ya no hay ejecuciones (9), pero aún tenemos a los Beefeaters, que aparte de la etiqueta de las botellas de ginebra, también son guardas uniformados al estilo Tudor. Si alguien aún no tiene un buen motivo para acabar con la monarquía inglesa, ver a esta pobre gente paseando de esa guisa debería ser suficiente. Los beefeaters, en realidad llamados yeoman guards, fueron establecidos en 1485 por Enrique VIII como sus guardaespaldas y tuvieron que esperar hasta 1858 para que la reina Victoria se apiadara y les otorgara un uniforme azul diario. Parece ser que el nombre beefeaters se lo asignaron las clases bajas, haciendo referencia a que los guardias mimados del rey se ponían hasta las cejas de ternera, en inglés beef, mientras que a ellos les tocaba verdura y manteca un día si y otro también. Si esto puede hacer parecer al término despectivo, es porque sin duda lo es. En general, van armados con una pica denominada “la partisana” a excepción de su jefe, el Chief Warder, que porta un bastón coronado por una réplica de la Torre Blanca y el segundo al mando, el Yerman Gaoler, que tiene asignada un hacha ceremonial. Esto debería dar una idea bastante aproximada de quien se metería en los fregados en caso de tortas. Lo que si es competencia del Chief Warder es pasear en traje todas las noches a las 10 en punto un puñado de llaves por toda la Torre en lo que se ha venido a llamar “Ceremonia de las llaves”, que básicamente consiste en cerrar con mucha pompa las puertas exteriores de la fortaleza. Junto a los beefeaters, también son famosos en la Torre los cuervos locales. Parece ser que siempre hay el mismo número de cuervos y que además se les inutilizan las alas para que no tengan tentaciones de dejar de ser el mismo número (10). Eso justifica por si solo que los pajarracos sean bastante menos amistosos que sus homónimos en Dumbo y que sea mejor no tratar de tocarlos salvo que se considere interesante el desarrollar una nueva técnica experimental para tocar el piano. Se supone que esta manía con los cuervos data de una profecía de tiempos de Carlos II que establecía que cuando en la Torre ya no hubiese cuervos, sería el fin de la Torre y, ya puestos, de la Commonwealth. A día de hoy y salvo que los ingleses no puedan evitarlo, antes caerá un meteorito gigante en el Atlantico que la Commonwealth en cuestión.

El algo sosete puente de Londres

El algo sosete puente de Londres

Al salir de la Torre, puede verse el que todo el mundo cree que es el puente de Londres pero que, en realidad, es el Puente de la Torre o Tower Bridge. El puente de Londres, algo más al fondo y no tan llamativo, se construyó originalmente en piedra en 1176, a pocos palmos de donde el primer puente romano cruzaba el río. Este puente se derribó en 1739, ya que la construcción era tan estrecha que resultaba más rápido tomar un barco que esperar para cruzarlo. El siguiente también resultó muy pronto insuficiente, dado el rápido crecimiento del East End. Finalmente, en 1876, el mismo año en que Graham Bell inventó el teléfono, se comenzó la construcción de un nuevo puente, que duraría ocho años. El Tower Bridge, que puede visitarse por dentro (11), fue un trabajo de ingeniería muy adelantado para su época, ya que usando únicamente una máquina de vapor y acumuladores, conseguía abrirse completamente para dejar paso a los barcos en aproximadamente un minuto. Como curiosidad, cabe señalar que estuvo pintado de marrón hasta el 77 cuando, para conmemorar el jubileo de la reina, dando muestras del estupendo buen gusto británico se lo pintaron precioso de azul, rojo y blanco. En ese puente se han visto cosas tan raras como un autobús saltando de uno a otro lado cuando el puente empezó a abrirse con dicho autobús aún sobre él.

El mucho mas conocido Puente de la Torre

El mucho mas conocido Puente de la Torre

Desde Monument se puede girar unos cientos de metros a la derecha hasta la famosa catedral de St Paul. St Paul se construyó originalmente en madera en el 604 como hogar del primer obispo sajón, Mellitus. Como si de la arquitectura de los tres cerditos se tratase, ardió bastante y St. Erkenwald, otro obispo, tuvo que reconstruirla 70 años más tarde. Esta vez la destruyeron los vikingos como parte de sus rutinarias invasiones de la zona. Los normandos volvieron a construirla una vez más, pero esta vez se tomaron su tiempo: 150 añitos de nada. Los toques finales se dieron en 1313 y el edificio se convirtió en la tercera iglesia más alta de Europa con aproximadamente 190 metros. Por si no había tenido una historia agitada, llegó el protestantismo. En 1549 animaron a una turba (12) a que arrasaran la catedral, lo que hicieron con gran alegría y entrega. Por si no era suficiente, más adelante le cayó un rayo, no se sabe bien si porque habían dejado a los mercaderes se apoderaran del templo o por ese absurdo apego que muestran los rayos por cosas altas y delgadas. La falta de fondos evitó que se reconstruyera adecuadamente y, cuando durante la guerra civil inglesa las tropas del Parlamento la usaron para alojar a la caballería, la catedral se fue a pique definitivamente. Con la restauración de la monarquía en 1660, Charles II escogió a Christopher Wren, un joven arquitecto, para restaurar lo que quedaba del edificio. Sin embargo, parece que éste estaba condenado definitivamente. En 1666, un incendio iniciado en una panadería en Pudding Lane se extendió tan rápidamente gracias a la estrechez y a las calidades de las calles de la ciudad que ésta permaneció en llamas durante cuatro días. Cuando acabó el incendio, ya no quedaba nada que restaurar. Wren decidió que eso no era un problema. Si acaso, le daba más libertad para hacerse la catedral a su medida. El edificio de Wren es lo que puede verse actualmente. Si alguien quiere visitarlo, debería tener en cuenta, eso sí, que, al menos cuando yo estuve la última vez, en Londres ni siquiera rezar es gratuito y hay que apoquinar en la entrada. Si, por el contrario, avanzamos por la orilla norte del río, dejando atrás el puente de Londres se puede alcanzar la iglesia de Temple, otro de los restos medievales de la ciudad.

Para el que aún no se haya cansado de andar, siguiendo todavía un poco más se alcanza Westminster. La abadía de Westminster, junto a las casas del Parlamento, comenzó como abadía benedictina y todos los reyes desde Guillermo el Conquistador han sido investidos allí. De hecho, también los enterraban en la abadía hasta Jorge II, después del cual pasaron a ser enterrados en Windsor. El templo actual, de estilo gótico francés, se comenzó en 1245 bajo el reinado de Enrique III y fue construido sobre una antigua basílica de 1065, que a su vez se situó sobre un antiguo monasterio. Las torres del oeste de la abadía las añadirían ya en 1745 Nicholas Hawksmoor y John James. Las curiosidades más apetecibles de la abadía son tal vez la capilla de Enrique VII, donde está la tumba de éste, que puso fin a la guerra de las Dos Rosas dando un braguetazo con Isabel de York, y la de Eduardo el Confesor donde se guarda la silla de la coronación, construida para sostener la piedra Scone donde se coronaban los reyes escoceses hasta que Eduardo la chorizó en 1295 para dejarles bien claro quien mandaba en la isla. Esa piedra fue, supuestamente, la almohada del bíblico Jacob y, supuestamente, en la actualidad ha vuelto a Escocia, aunque debe devolverse a Westminster para coronar un nuevo rey. Carlos no parece que vaya a suponer un problema, claro está. Para los que somos de ciencias, en la parte central de la abadía tenemos enterrados a Isaac Newton y Charles Darwin, que tantos dolores de cabeza nos han dado a los estudiantes de secundaria y, en algunos casos, a las preclaras mentes de las menos tolerantes religiones yanquis. Por último, hay varios monumentos a ingleses relevantes como William Shakespeare u Oscar Wilde. Margaret Thatcher sigue viva, pero igual le acaban haciendo hueco, aunque el resto de los enterrados se desplace por voluntad propia.

La abadia de Westminster

La abadia de Westminster


(8) Las fuertes lluvias suelen tener este efecto, en particular cuando una, reina o no, acaba de salir de la peluquería.
(9) Como todo el mundo sabe, hoy en día la gente incómoda en Inglaterra se pone lencería femenina y se suicida oportunamente.
(10) Ya lo dice el refrán. Cría cuervos … y tendrás muchos.
(11) En Inglaterra parece ser que, habiendo pasta de por medio, puede visitarse por dentro hasta el cuarto de baño de la Reina Madre. Da escalofríos pensar que alguien pueda estar interesado en verlo.
(12) Como dijo Pratchett, las turbas son como las armas de fuego. Sólo hay que apuntarlas convenientemente.


Welcome … to somewhere

Hi, travellers!

I’ve been here and there in the last decade or so and, at some point, started to gather info, pictures and experience from the places I’ve been in. I thought it might be of use to someone, so I’m opening this travelling blog to share all this. I’ll really try to keep a steady updating pace, as long as I’m here to do it.

Just for starters, here is the Google Map of the places I’ve been in. I need to map a few more, but all in due time. See ya around!

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