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Reino Unido (XXVIII): Sangre y arena en Fort Williams

Tras coger el primer tren que pillamos hacia el sur a la mañana siguiente, al caer la tarde llegamos a Fort William, un pueblo pequeño típico británico [39] consistente únicamente en un par de calles que se cruzan y el set habitual de prefabricados, tiendas de regalos, Boots y McDonalds. Fort William en si no tiene gran interés salvo porque actúa de estación base para subir al Ben Nevis, la Montaña Nublada, con 1344 metros el pico más alto del Reino Unido, y porque en sus inmediaciones se han rodado Rob Roy, Braveheart y Harry Potter, aunque poco tiene que ver con Hogsmeade.

Para obtener más información de la montaña, puede acudirse al centro de visitantes de Achintee, donde informan de las rutas a seguir. El hecho de que las montañas del Reino Unido sean tan bajas hace que los alpinistas más curtidos se planteen lo que se conoce como el desafío de las tres montañas: subir y bajar los picos más altos de Escocia, Inglaterra y Gales sólo en un día. Contrariamente a lo que nos pueda parecer a los flojos terminales, se apunta tanta gente a esta historia que suelen organizarse grupos para subir un día específico con cronometración y medallas incluidas. Evidentemente, la dificultad de esta excursión no radica ya en la ascensión, sino incluso en los kilómetros de carretera necesarios para desplazarse de uno a otro. Para evitar males mayores, a los participantes se les impone un mínimo al tiempo de viaje para que no superen cierta velocidad, de forma que si reducen el mínimo, el tiempo que ahorren no entra en el cómputo general de la prueba.

Independientemente de los agonías que tratan de suicidarse de formas tan coloridas como ésta, el Ben Nevis no es un pico complicado. Incluso alguien no acostumbrado en absoluto a la montaña no debería tardar en subir y bajar más de cinco horas: dos hasta el lago a 710 metros, una más hasta la cima y otras dos de bajada. Despistarse del camino es difícil: sólo hay que seguir a la masa de gente. No obstante, es imprescindible tener en cuenta que la montaña es siempre traicionera y que el tiempo puede cambiar a velocidades impensables una vez arriba. Es por ello que siempre hay que llevar buen calzado, chubasquero, agua en abundancia y algo ligero de comer por lo que podamos encontrarnos. Además, siendo conscientes de nuestras limitaciones, se puede tomar hasta la cima el camino sencillo o el bonito. Previendo lo previsible, nuestro objetivo era seguir el facil hasta que no pudiesemos más y entonces volver hacia abajo tan satisfechas como el que conquista el K-2.

Después de una interesante comida en un McDonalds, esta vez si de hamburguesas plasticosas, en que mi amiga me enseñó a manejar los cubiertos desechables correctamente [40] mientras yo me debatía cuan grande soy entre las tres bandejas de plástico sobre una mesa redonda pensada para que los tres cerditos tomaran te con pastas, nos encaminamos, por supuesto con El Equipaje, hacia el albergue, que, afortunadamente para mí, resultó estar relativamente cerca, siguiendo una carretera flanqueada por altos árboles que se abría algo más allá de la estación. En este caso, el lugar resultó bastante agradable, combinando madera y piedra al estilo de los refugios alpinos. Nada más llegar, Mercedes y McLaren emplearon su inglés de Oxford en informarse en recepción de qué hacer a la mañana siguiente mientras yo usaba mi castellano sin eses para obtener la misma información en mucho menos tiempo de unos chavales de las Palmas que me encontré en la entrada. Ellos habían alquilado un coche en lugar de tirar de Britrail y, después de más de una semana de arrastrar El Equipaje por todo el Reino Unido, hice firme propósito de imitarles en un futuro próximo. El que para entonces supiese conducir no dejaba de ser un plus.

Poco más o menos, nos enteramos de que existía un camino relativamente sencillo que subía despacio hacia la cima y, en principio, ese habría sido nuestro itinerario de tener una idílica vida corriente y no un conjunto desordenado de vivencias que parecen sacadas de una película de Billy Wilder. Y es que cuando llegamos al dorm room nos sorprendió un espectáculo enternecedor: la mayor parte de las camas estaban ocupadas por dulces y entrañables abuelitas británicas en ese rango de edades en que la dentadura pasa más tiempo en un vaso que en su debido lugar. Evitando la tentación de juntar las manos y hacer ” ohhhhhh” para no molestar a un grupo que, probablemente, le había dado las buenas noches a las gallinas, ocupamos nuestras literas para echar un buen sueño. Al menos McLaren y yo. Mercedes ya comenzaba a parecerse a Malcolm McDowell en la Naranja Mecánica pero cambiando a Beethoven por Greensleeves. Andaba yo feliz por mi séptimo sueño [41] cuando un revuelo similar al de una estampida de búfalos en la habitación me despertó de golpe. No me hubiese movido habida cuenta de que mi reloj marcaba las cinco, pero si había búfalos de por medio o, en su defecto, cualquier otro animal estampidador, no iba a ser yo quien se lo perdiera. Así pues, saqué la cabeza del cubil en que había transformado mi edredón con esa pereza que otorga el que haga mas frío fuera que dentro y, de repente, la perspectiva de los búfalos se convirtió en algo mundano. ¡Calzándose botas con clavos y los anoraks Goretex, equipadas con brújula, cuerda, piolets y algunas otras cosas cuyo nombre desconocía por completo, las superabuelas montañeras de Escocia se preparaban para la acción!

-Perdona nenita – me dijo, confundiendo mi cara de estupor con una expresión angelical y desvalida – Si no teneis mucha experiencia -y ahí si que tuvo acierto- no subais a la cima. Hoy hay mucha niebla y se espera mal tiempo.
– Descuide señora [42]-respondí conteniendo a duras penas el impulso de cuadrarme. Si quería ver el Ben Nevis, necesitaba un plan alternativo.

Unas horas después, ya había dado con él. Aparentemente, siguiendo el margen izquierdo del río y pasado un antiguo cementerio, a medio kilómetro de éste se disponía de una magnífica vista de la montaña. Mc Laren y yo, que no llevabamos ropa específica para montaña, nos equipamos con las camisas de felpa todo a mil que habíamos adquirido en Inverness y el calzado más cómodo que llevábamos, en mi caso unas Panama Jack de la época en que hice la primera comunión. Mercedes, sin embargo, venía más que preparada para la montaña. Al menos, para su concepto de montaña. Después de enfundarse en unos pristinos Bonaventure y una camisa Burberry planchada hasta un grosor micramétrico y perfectamente a juego con la flora otoñal, la observamos atónitas mientras extraía de la maleta de mis carnes una caja con unas botas cartujanas completamente nuevas que debían valer mucho más que todo lo que McLaren y yo llevábamos juntas. Nosotras incluidas en el mocho.

Al principio del paseo, allá iba ella feliz, saltando entre las florecillas y jugando con las mariposas como si la acabasen de sacar del casting de “Sonrisas y Lágrimas”. Luego ya se acabarían las sonrisas y se intensificarían las lágrimas. Porque anduvimos y anduvimos y anduvimos y allí no apareció cementerio alguno, si bien a poco hizo falta uno para enterrar mi cadaver si no llego a correr más que el resto. He de reconocer que cuando se me mete algo entre ceja y ceja, soy un poco correosa. Vamos, que razonar conmigo es como hablarle a un muro, sólo que éste muestra más interés y comprensión. El caso es que en ese momento yo quería ver Ben Nevis y se acabó. Tal vez fue por eso que cuando llegamos a una especie de valla, me guardé muy mucho de informar a mis compañeras de que, unos cientos de metros más allá, distinguía perfectamente a una manada de gigantescos toros lanudos dormitando. Claro que, teniendo en cuenta que justo por ahí se rodó Dog Soldiers, con los toros saliamos ganando. Y es que los hombres lobo no suelen tener sentido del humor. Fue así que en lugar de decir algo como “Cruzar por aquí es peligroso” me salió algo en la misma linea, pero más tirando a “Cruzar por aquí es … er … más fácil porque la valla está más baja. ¡Hop-hop-hop!”.

A pesar de mi esfuerzo, un rato después, la situación se había hecho insostenible. Más que junto al río, ibamos POR el río. Y no mejoró mucho el humor de Mercedes el que acabáramos hasta la cintura en un pantano. Afortunadamente, mi cintura viene a estar a la altura de sus codos y subiendo, si no mi periplo hubiese acabado allí mismo. Describiéndome en un lenguaje colorido imposible de reproducir en escritos con menos de dos rombos lo que pensaba de mí, eso si, desde una distancia prudencial, acabó por convencerme de que igual era el momento de regresar. Eso, o la espesísima niebla que bajaba de la montaña a todo trapo como en la peor pesadilla de Carpenter. Por no hablar del horario del último tren que salía de allí esa tarde y que teníamos que coger para cumplir nuestro scheduling. El caso es que, poco más o menos, deshicimos el camino … hasta llegar al corral. La hora de la siesta toril debía haber tocado a su fin porque ahora nuestros lanudos amiguitos estaban muy despiertos y muuuucho más cerca. Mercedes, mucho menos arreglada ahora que al principio de la excursión y con las botas nuevas cargadas de barro como si de dados lastrados se tratase no tuvo ni que abrir la boca para que supiese qué estaba pensando. Por suerte yo soy más grande o, en su defecto, corro más rápido. Mirando a derecha y a izquierda, se encontró flanqueada por una empinadísima subida a la montaña y un río de ancho equivalente a una autopista de cuatro carriles en que el agua del deshielo bajaba a toda velocidad. Ante ésto, sólo se me ocurrió sonreir y soltar una de mis perlas de sabiduría.

-Si quereis, cruzamos nadando y seguimos por el otro lado …

Cinco segundos después, ya estaba dentro del corral. Con los toros. Mejor ellos que Mercedes. Siendo sincera cien por cien, debo reconocer que no tuvo merito alguno, ya que, no se si sería por mis ropas o por falta de interés en mi manera de moverme [43] no me hicieron ningún caso. Vamos, como cualquier viernes por la noche de mi vida. Así pues, tras llegar al otro lado sin problemas, agité los brazos para llamar a mis compañeras, suponiendo que si a mi no me habían ni mirado, a ellas les ocurriría otro tanto. A fin de cuentas, no había aprendido tanto de los viernes de marras. McLaren, algo más nerviosa, consiguió pasar sin novedades. Claro, que ella era tan delgadita que difícilmente podrían percibirla en estéreo. Mercedes, sin embargo, desconfiando de cualquier cosa que pueda acompañarse con un pasodoble, optó por cambiar a modo sigilo como en los videojuegos. O, al menos, su versión de ello, que venía a ser una mezcla entre el paseillo de Chiquito de la Calzada, un Aserejé durante una borrachera de café y la sutil aproximación a los corderillos del lobo de la Warner. Naturalmente, el primer toro lanudo que la vió se sintió terriblemente interesado [44] y decidió seguirla a ver que nuevas gracias se le ocurrían. Seguirla, eso si, al calmado ritmo que una puede esperar de ese tipo de animal que podría reproducirse en peluches. Mercedes, no obstante, convencida de la bondad de su estrategia, más que cambiar de movimiento cambió de velocidad, consiguiendo únicamente que el toro, tozudo él con su nueva atracción, apretara igualmente el paso.

Este derroche de energía cinética no hizo sino atraer al resto de la manada, que sin prisa pero sin pausa procedieron asimismo a interrumpir su almuerzo y perseguir sin estres alguno a su compañero, que a su vez perseguía a Mercedes en una caravana digna de un episodio de Benny Hill. Cuando se hizo dolorosamente obvio que, en su intento por despistar a sus perseguidores Mercedes había comenzado a trazar círculos, fue el momento de saltar al corral una vez más y rescatarla por el sencillo procedimiento de cogerla del brazo y señalarle la dirección correcta. Supongo que se habría sentido agradecida si en sus planes inmediatos no entrara el asesinarme. Los toros, sin embargo, quedaron claramente compungidos, lo que demuestra más allá de toda duda que la televisión no es tan mal invento al fin y al cabo. Las botas de Mercedes, en su nuevo hogar en el fondo del cubo de basura, imagino que tampoco me habrían dado las gracias por el paseo.


(39)Los pueblos típicos británicos son a la madera antigua, tejas desencajadas y caminos serpenteantes de las pelis de Tim Burton lo que un whopper es a un solomillo al roquefort.
(40)Para usar los cubiertos, lo mejor es la regla Titanic: empezar de fuera a dentro y rezar porque no aparezcan platos inesperados. Obviamente, ésto no resulta fácil cuando esos cubiertos se sacan de una bolsa de plástico.
(41)Igual de feliz que en los sueños del 1 al 6. Tal como decía la mayor Ivanova en respuesta al clásico “¿has dormido bien?”, dormir no es el problema. Levantarse. Ese es el problema.
(42)Casi cualquier respuesta en inglés puede reducirse a una combinación afortunada de “No problem” y “Thank you”
(43)Ambos factores vienen a demostrar que tampoco existen tantas diferencias entre los toros lanudos y cualquier hombre que me parezca remotamente atractivo, y no estoy hablando de los cuernos.
(44)No debe resultar difícil interesar a un toro lanudo, cuya única percepción del mundo incluye hierba, árboles, más hierba y otros toros lanudos.

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Reino Unido (XXVII): Up, into the Skye!!

Una vez superada Inverness, el siguiente destino lo suponían las Hébridas, empezando por Skye no sólo porque pillaba más a mano sino por tener un nombre tan bonito.

Las Hébridas, en la escarpada costa oeste escocesa, tienen una población aproximada de 80000 personas, en su mayoría pescadores. Alrededor del siglo XIX, para acelerar su crecimiento económico, en una decisión muy británica se desalojó a los habitantes más pobres, que fueron mayormente sustituidos por inmigrantes galeses. En la práctica lo que se cosiguió es despoblarlas bastante, lo que, no obstante, las hace un lugar muy agradable de visitar. En general, los ferry hacia las islas son gratuitos y salen con frecuencia, lo que facilitó mucho acercarse a Skye en cuanto nos apeamos del tren. Justo estabamos en el ferry cruzando hacia Skye cuando, de repente, una voz nos llamo la atención desde la otra punta de la cabina.

-¡Merr-se-desss, Merr-se-desss!

Aquello comenzaba a rayar lo kafkiano. Es decir, pase que en Granada la muchacha conozca a todo el mundo: cabe dentro de lo normal ya que, al mejor estilo de las novelas de Garcia Marquez, está emparentada de una u otra forma con las tres cuartas partes de sus habitantes, pero allí, en mitad de ninguna parte… Es así que McLaren y yo observamos de hito en hito a un señor en tweed y en edad de biznietos engancharse en una animada conversación con nuestra amiga, que en estas situaciones se encuentra en su salsa. Resultó, ni más ni menos, que el hombre, a quien Mercedes no había visto en su vida, había sido durante una brevísima visita a España, un pretendiente de una tía-abuela suya que, además de parecerse terriblemente, en virtud a la evidencia, a su sobrina-nieta, resultaba llamarse igual. En aquella época, pretendiente venía a ser algo así como acompañarla a misa junto a toda la familia los domingos, pero se ve que la mujer le dejó huella. A mi la gente más bien intenta olvidarme rápido …

El caso es que encuentros inesperados aparte, pronto nos encontramos en la isla. Se supone que se formó a partir de la lava de una antiquísima erupción -posiblemente del Hekla- entre el continente y lo que más tarde se convertiría en Islandia y, de hecho, sus montañas de Cuillin son de piedra porosa volcánica.

Los primeros pobladores de Skye fueron muy probablemente grupos reducidos de monjes celtas, pero muy pronto fueron desplazados por vikingos noruegos allá por el 800 dC. Los vikingos, en lugar de dedicarse al pillaje como corresponde a honrados piratas, estaban buscando establecerse en otros lares y tenían en su punto de mira Islandia, así que las Hébridas les pillaban sumamente cómodas para hacer escala. El hecho de que predominara la cultura gaélica en la zona se debe probablemente a que las esposas de los noruegos eran locales y, por tanto, los niños crecían hablando gaélico [37]. No obstante, todavía quedan por ahí nombres noruegos en la isla, como Os, Eyre o Uig.

La isla de Skye, dado su tamaño, tiene también asociada una buena dosis de folklore. Sirva como ejemplo la leyenda del ganado de Gesto, que las hadas regalaron a Murdo McLeod en 1365 por haber salvado el antiguo Dun Taimh de la destrucción cuando uno de sus hombres intentó tomar piedras del fuerte para construir un establo nuevo. Las hadas que vivían debajo le obsequiaron con suficientes animales como para llenar el establo [38]: 50 vacas blancas lanudas de las Tierras Altas con cuernos negros que durarían 500 años. Eso es una garantía y no lo de los electrodomésticos. Skye también tiene su dosis de monstruos acuáticos -en los lagos Scavaig y Brittle-, el hombre de piedra de Storr, en Trotternish, petrificado al parecer por un par de ogros un tanto antisociales.

Abundan además los puentes de hadas. El más conocido tal vez es el Beul-Ath nan Tri Allt, camino de Dunvegan, que repele al ganado. Allí, el cuarto jefe de los McLeod, Ian Ciar, se casó con un hada. Esta costumbre era típica en las hadas ya que, según la tradición, perdieron con el tiempo la capacidad de procrear y recurrían a emparejarse con humanos. Con muchos humanos. Al cumplir un año su primer hijo el hada volvió con los suyos. Ian Ciar la acompañó hasta el puente Beul-Ath nan Tri Allt y le suplicó que no lo abandonara, pero ella se negó. Sin embargo, le entregó una pieza de seda, encomendándole que la agitase caso de encontrarse en peligro él o los suyos. No obstante, no debería usarla una tercera vez so pena de traer desgracia a su clan. Un año más tarde, regresaría para llevarse a su hijo mientras Ian Ciar estaba en una batalla. Desde entonces, los McLeod siempre llevaron la seda a sus combates, si bien se supone que la han agitado sólo dos veces hasta la fecha. La bandera se conserva aún en Dun Beaghan.

Cuando nosotras nos dejamos caer por Skye, hacía un frío que pelaba y estaba lloviendo a intervalos (es decir, lo normal en esa zona), así que no pudimos apreciar el paisaje tanto como me hubiera gustado. Lo que si apreciamos en su justa medida fue una especie de salón de piedra donde servían te y unos scones buenísimos que nos sentaron de escándalo. Skye es sobre todo, territorio de los McDonald de las islas, a pesar de compartir Duirinish con los McLeod que, siendo inmortales, es mejor no desalojar. Es así que aquella cafetería tan fashion no podía referirse como otra cosa que … en fin, McDonald. Esto hizo terriblemente difícil explicarle a la gente que hacía tan fantástico aquel sitio. En particular, porque costaba hacerse entender por encima de sus carcajadas. Supongo que sólo nos faltaba la cesta con las gallinas para convertirnos en la version sureña de Paco Martinez Soria. Nos dió igual. Como comprobaríamos más tarde, es más fácil tomarse las cosas a guasa con el estómago lleno.

¡Maldito, maldito verano escoces!


(37)¡Ya sabeis quien llevaba los pantalones en casa, chicos!
(38)El misterio real de este asunto es: ¿y para qué construía un establo nuevo sin tener desde el principio animales con que llenarlo? Cabe preguntarse si McLeod no sabía desde el principio los inquilinos que tenía en sus tierras.


Reino Unido (XXII): De albergues y otros

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Volviendo a cosas más terrenales, el que haga la visita en agosto puede disfrutar de lo que llaman el tattoo de Edimburgo. En este caso el tattoo no es uno de esos dibujos con los que una acaba encontrarse en sitios insospechados después de una noche de borrachera, sino una especie de festival de gaitas y similares. Original del danés “tap-toe”, el tattoo era la señal sonora obligatoria para indicar a la tropa la hora de volver al cuartel y, por tanto, a los bares la de dejar de servir cerveza. Hoy en día se monta una juerga con gaitas en la que participa todo el mundo y, es de suponer, que corre el alcohol. Como se puede ver, en el castillo hay de todo. De todo, esto es, salvo una droguería.

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Como todas sabemos, una mujer nunca debe escatimar en las tres “C”: champu, calzado … y compresas. Cualquiera que haya tenido la urgencia de comprar compresas en Inglaterra habrá tenido el deseo de que la menopausia le llegue lo antes posible. Servidora suele empaquetar dos paquetes fliss-fluss extra, con alas aerodinámicas y con todo tipo de complementos -ya que en España las compresas pagan impuesto de lujo como el coñac reserva, qué menos se les puede pedir- que para sufrir siempre hay tiempo. A Mercedes, sin embargo, que había echado practicamente todas sus posesiones terrenales e incluso algunas no de este mundo, este detalle se le había escapado y allí estabamos: en el castillo de Edimburgo y sin una mala farmacia que llevarnos al cuerpo. Lo que si había era una máquina expendedora en el baño de señoras. Un minuto y una libra más tarde, mi amiga se metió en el baño con un cubo de plástico azul del tamaño de un puño en la mano.

-Oye, pues no están caras aquí las compresas. ¿De cuanto es el paquete? ¿De doce? ¿De dieciocho?

Pero cuando Mercedes abrió la puerta, talmente como si de John Wayne recién bajadito del jamelgo se tratara y con cara de pocos amigos, nos imaginamos la respuesta. Una. Y es que las inglesas, más que ponerse compresas, las cabalgan. Ya llegado este punto, yo, que hasta el momento previendo tiempos de carestía higiénica me había callado como una mujer de afecto negociable, tuve que compartir a regañadientes mi provisión personal, lo que nos hubiese costado la amistad de tantos años de no haber tenido suficiente para ambas.

Bruntsfield Youth Hostel Edinburgh

Cuando por fin llegamos al albergue (Bruntsfield Youth Hostel) esa noche, descubrimos que era bastante viejo y un tanto destartalado. Años más tarde me vería en uno casi igual en Dunedin, ciudad que, curiosamente, está hermanada con Edimburgo supongo que por más motivos aparte de sus destartales alberguiles. La habitación la compartíamos con otras 7 u 8 personas que, al contrario que Mercedes, no parecían tener problemas para dormir. Al menos, hasta que llegó ella.

-¡Ala, que frío! Asi no puedo dormir, me muero de frío.

Cuando después de haber vivido en el interior durante más de veinte años me mudé a la costa, supuse que a partir de entonces comenzaría a soportar mejor el calor. No sólo sigo sudando la gota gorda en verano, sino que ahora tampoco puedo sacar la nariz a la calle en las noches de invierno so pena de congelación y es que el cuerpo fácilmente se acostumbra a lo bueno pero es más reticente a las penalidades. En aquella época, sin embargo, aún me desenvolvía bien a bajas temperaturas y en los albergues por la noche solía pasarle a Mercedes mi edredón, con lo que se convertía en una especie de armadillo de colores y, o bien no protestaba, o bien no la oíamos con tanta capa de plumas. Por desgracia, con cuarenta de fiebre, estaba por seguir los consejos de mi tío y sudar las bacterias o, por lo menos, producirles la mayor incomodidad posible para que aprendiesen a meterse con alguien de su tamaño. No obstante, como parecía obvio que mi amiga no iba a dormir por culpa del frío y que los demás ocupantes de la habitación tampoco lo haríamos por sus quejas, acodándome en la cama, eché un vistazo alrededor.

-Pssst, Mercedes. En la litera de arriba frente a mi cama hay un edredón arrugado que parece que está suelto. La cama no tiene sábanas y …

Pero no hizo falta acabar la frase. Mercedes ya había apartado el edredón de un tirón seco, como el que pretende retirar el mantel sin mover los platos, y, para su sorpresa y la mía, y sobre todo para la de la tercera implicada en el asunto, apareció acurrucada debajo una japonesa diminuta en ropa interior que, automáticamente, se puso a gritar en su idioma lo que estaba bastante segura no era un saludo de buenas noches.

-¡¡Anda, sorry!! Perdona, hija, es que eres tan canija que no te había visto – soltó por su boca en un segundo Mercedes sin cortarse un pelo, tapándola de nuevo y dándole dos palmaditas al bulto como si fuese un cachorro de gato. Por desgracia para mi pobre garganta, me costó casi diez minutos dejar de reir. Supongo que de haber tardado un poco más, la garganta habría dejado de importarme cuando mis compañeras de habitación me hubiesen tirado por la ventana.


Reino Unido (XXI): Fantasmas y gaitas al este de Escocia

En cualquier caso, Edimburgo tiene el dudoso privilegio de ser una de las ciudades con mayor densidad de habitantes paranormales del Reino Unido. Por poner algunos ejemplos, en Cowgate se aparece el fantasma de un reo colgado con la marca de la soga al cuello. En Kirkyard, los espíritus de los prisioneros que murieron allí se dedican a molestar e incluso herir a los visitantes. En el Learmouth Hotel, un polstergeist se dedica a abrir y cerrar puertas, mientras que el Holyrood House Palace el fantasma desnudo de una mujer, supuestamente torturada y quemada por bruja en 1592 aparece de cuando en cuando. En Lauriston Castle se oye ruido de pasos y algo más ruidosa es la dama verde que encanta los pasillos de Caroline Park House. Aún más macabra fue la historia de una mujer decapitada y su hijo que paseaban en el siglo XIX por los pasillos del Gillespie Hospital y cuyos cuerpos parece ser que se encontraron escondidos bajo las ruinas de éste tras su demolición. En las afueras de la ciudad las noches de nieve a veces se avista el fantasma desnudo de Lady Hamilton de Bothwellhaugh, que fue abandonada en la zona sin ropaje alguno una noche de invierno después de que el castillo de su esposo fuese conquistado. Tampoco faltan las hadas en la zona, habiéndose reportado una puerta a su reino en la colina de Calton Hill que sólo aquellos convenientemente dotados de una “segunda visión” podían apreciar.

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Con fenómenos paranormales suficientes como para que Mulder levitara de alegría no es de extrañar que también se cazara un brujo o dos en la ciudad. El último en ser ejecutado fue Major Weir, en 1670. Weir vivía en West Bow con su hermana, junto al castillo de Edimburgo y pertenecía a una secta protestante bastante estricta. No está muy claro si por apoyarse en un larguísimo bastón negro, por tener una hermana solterona o porque, en algún momento, con tanta religión perdió la chaveta y hubiera confesado voluntariamente hasta el asesinato de Kennedy si a esas alturas hubiese existido Dallas. El caso es que sus colegas de secta no tuvieron problemas en creerse que Weir comulgaba con satanás y, ya puestos, echaron a su hermana al saco. A el lo condenaron a ser estrangulado y quemado, mientras que con su hermana fueron piadosos y se conformaron con colgarla en Grassmarket. Al parecer, Weir renunció a arrepentirse y su bastón, quemado también, se retorció como una serpiente [27].


(27) La hermana de Weir no se sabe que dijo, aunque probablemente tuviese algo que ver con las ventajas de ser hija única.