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Alquiler de coche: nivel avanzado

autoloco

Y aunque segundas partes nunca fueron buenas, acompañando al post Alquiler de coches for Dummies que cubre lo básico cuando quieres añadir cuatro ruedas a tu viaje, aquí vamos a cubrir el nivel pardillo experto, es decir, esas cosas que no te podías esperar pero de alguna forma acabaron pasándote. O, al menos, a mí.

Empecemos por lo fácil: Estados Unidos y sus coches con marchas automáticas.

wiki

La verdad es que conducir un coche de estos está tirado … siempre y cuando primero tus piernas se hagan a la idea de que no hay pedal de embrague y dejen de confundir acelerador y freno. Mientras tanto … unas risas. Además de que no va a ser plan de preguntarle al tipo del alquiler qué significan la P, la R y la D esas que están en la palanca de cambios mientras te está dando las llaves de un cacharro de varios miles de euros. Afortunadamente, siempre puedes mirar la Wikipedia disimuladamente mientras aún estás en el parking -yo lo he hecho- y luego salir lo más dignamente posible dando frenazos y acelerones como cuando te estaban enseñando a conducir. Al final te acostumbras, pero esos primeros metros antes de llegar a la autopista son de video de Youtube.

El nivel 2 del asunto es, mire usted por donde, el cambio de neumático. Sobre todo cuando pinchas en un sitio divertido, en plan “¡Anda, qué gracia! ¿qué hace un clavo de 15 cm de largo aquí, en mitad de los Andes?”. Si, en esos sitios en que la estrategia habitual de llamar al Seguro y que se encarguen, como que no va.

La mayoría estaréis pensando “bah, yo he cambiado neumáticos con la izquierda, ésto conmigo no va”. Pues yo también los he cambiado, y aún así me he encontrado con situaciones memorables. Ahí van las dos más gordas.

GATO

La primera: no hay gato. O, lo que es más irónico, hay un gato para un Smart, pero lo que llevas es un 4×4. Esto, más que cuando alquilas, te viene a pasar cuando algún -ejem- familiar usa el mismo coche y olvida que existe más gente en el mundo, pero entra dentro de lo posible cuando el coche lo has alquilado por Internet a una agencia que no conoce ni el que te coge el teléfono cuando llamas. Aunque parezca increíble, cambiar una rueda de esa envergadura con un gato minúsculo entra dentro de lo posible si le echas desesperación, imaginación, bloques de hormigón y una buena dosis de inconsciencia, pero no voy a contar el truco, no sea que alguien lo intente y tengamos una desgracia. Evidentemente, salvo que uno se encuentre en una carretera perdida donde pasa un coche al mes, de esas que tanto me gustan a mi, lo mejor es esperar a que pase un coche de tamaño similar al nuestro y pedirle que  pare y nos preste el gato. Ojo, lo de sellar el pinchazo con un spray de esos funciona sólo hasta cierto punto, aunque es mejor que nada.

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La segunda es, si cabe, más divertida: ¿dónde está el neumático de repuesto? Aquí cabe pensar a qué pedazo de cabestro se le puede pasar que le indiquen dónde se encuentra la rueda antes de llevarse el coche de alquiler. La respuesta es sencilla: al mismo que nada más salir con el que había alquilado y al principio de la montaña le falla la correa del ventilador -y esto ya está dando pistas acerca del nivel de los que te han alquilado el vehículo- y cuando llama le aparece un tipo con otro coche distinto, una palmada en la espalda y sus mejores deseos para lo que te viene por delante. Que, en mi caso, era el desierto de Atacama en los Andes. Pues va y resulta que las rancheras de la zona, en lugar de llevar el neumático visible o en un maletero lo llevan re-colgado debajo del coche, de forma que con una especie de percha larga metálica lo pescas, lo sueltas de un tornillo que hay justo encima y lo dejas caer. Super-intuitivo. Tanto más si estás en medio de una especie de tormenta de arena a más de 4000 metros, mientras las alpacas se ríen de ti. Aquí tuvimos suerte -al menos nosotros- de que habíamos recogido a un tipo que iba a uno de los pueblos de más abajo -en los Andes ni siquiera se llama autostop: uno camina junto a la carretera y la etiqueta marca que los coches que pasan te pregunten donde vas y te acerquen si les pilla de camino-. El si que sabía donde encontrar el neumático. Si no, las alpacas se habrían reído mucho más.

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La siguiente gracieta es, obviamente, quedarse sin gasolina. Vale que no somos tan tontos -generalmente :P- como para apurar el depósito hasta la última gota, tanto más en zonas donde sabemos que las gasolineras están más bien distantes, pero hay imponderables que más vale conocer antes de ponerse al volante.

Una curiosidad es, por ejemplo, que en algunos países -Polonia, no me gusta señalar …- muchas gasolineras cierran en domingo. No se si en las ciudades grandes pasa, pero os aseguro que en el campo es así. Estamos hablando de zonas donde no te vas a encontrar una BP o una Repsol, sino una gasolinera chiquitita, en plan familiar, y el domingo es día de guardar. Evidentemente, nadie te va a avisar, porque es obvio (???) y todo estúpido turista debería hacer los deberes antes de visitar un país ajeno, pero cuando te veas bajando una montaña en punto muerto y rezando -como en domingo procede- para que siga habiendo cuesta al menos hasta el primer núcleo urbano con tamaño de tener un McDonalds te acordarás de haber leído este post.

La segunda tiene más bemoles: pues resulta que en Australia los 4×4 (no se si todos) tienen no uno, sino dos depósitos separados: el normal y uno pequeño de emergencia. Primero se llena el de emergencia y entonces, si sigues echando gasolina, en el momento en que nos rebasaría y acabaríamos perdidos nosotros, el coche y la gasolinera, mire usted que bien, el depósito conmuta y empiezas a llenar el grande. Resulta que esto también es culturilla general, que para que te van a contar si, total, lo sabe todo el mundo. Y tú acabas aprendiéndolo. Lo malo es cuando te das cuenta en mitad del Red Center de Australia, en una carretera en que no has visto otro coche desde el mediodía y ahora que ha oscurecido, como que tus expectativas no son muy buenas. Y ya estás a 100 km -la autonomía del depósito de emergencia- de la gasolinera anterior y no te has traído los zapatos de andar. Como al final todos los tontos tienen suerte -si no, no estaría contándolo- y por mejor o peor yo tiendo a quedarme más con detalles absurdos que con lo general, nos salvó la pura chiripa y que que me acordé de que al otro lado de una montaña con forma de pollo a un par de kilómetros había visto a la ida una gasolinera solitaria. Debí causarle muy buena impresión a la señora que estaba allí cuando llegué andando con mi botella de agua de Lanjarón en la mano a ver si me la podía llenar para poder llegar hasta allí con el coche. Por buscarle un positivo, fue el día que descubrí que los canguros son principalmente nocturnos.

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¿Hay algún doctor por aquí?

En el aniversario de nuestro periplo del 2009 por el castillo de Drácula, este año decidimos, como no, dejarnos caer por el de Frankenstein. Con un poco de suerte, en 2011 estaremos escribiendo ésto desde la tumba de la momia o la peluquería del hombre lobo, a saber. Por aquello del completismo, comentaré que el doctor Frankenstein, nacido de la imaginación de la escritora Mary Shelley en una noche de juerga -a saber lo que bebieron- con Lord Byron y su futuro esposo, no tenía otra afición mejor que devolver la vida a cuerpos inanimados, pero como nadie es perfecto, casi que lo mejor es coser varios cadáveres para obtener el combo ganador. Y en lugar de salirle Jude Law, pues le quedó el monstruo ese de los tornillos en la cabeza, lo que dice mucho de la apreciación estética masculina por otros tíos. Y como las pilas por aquel entonces no eran de litio-cadmio, para traérselo de vuelta a la vida, tiró del consabido pararayos en lo alto de su castillo, con consecuencias de lo más amenas para la población local. No os lo perdais, de estreno desde 1818 en todas las librerías 😛 😀

El caso es que, de pura casualidad, tenía yo que pasar por Wroclaw unos días -casualidades de la vida, hay vuelo directo a Málaga con mi adorada Ryanair- y, tras descubrir que por esa zona hay más castillos que en la Tierra Media, se impuso salir el fin de semana y ver que podíamos encontrar. Y, mire usted por donde, nos encontramos con el castillo de Frankenstein en mitad de la baja Silesia. Dios los cría y los frikis se juntan. El pueblo en cuestión (copiao con CTRL+C) es Ząbkowice Śląskie, o, lo que es lo mismo, Frankenstein in Schlesien, que suena bastante a schloss o castillo en alemán. Parece ser que en a principios del siglo XVII una plaga redujo la población en un tercio, y de ahí viene la leyenda (negra) de Frankenstein.

El caso es que después de perdernos por todas las carreteras rupestres de la zona, esquivando baches de los que miden la profundidad en pies y con la inestimable ayuda de Thomas, el GPS sin sentido de la orientación, ya ocutándose los últimos rayos de sol, como corresponde a un buen relato de terror, conseguimos doblete: no sólo alcanzamos el pueblo de marras, sino que llegamos a la gasolinera antes de que estallara el motor. Y eso que la bajada de la montaña la hice en punto muerto. Perdón, vitalmente discapacitado.

Pero no iba a acabar ahí la cosa, no señor. Tres vueltas más tarde, y sin atisbar siquiera el castillo prometido, llegamos a la triste conclusión de que, bien el doctor Frankenstein vivía en un VPO, bien estábamos conduciendo en círculos, lo que conociendo al doctor y conociéndonos a nosotros, sonaba mucho más plausible. La solución obvia, parar y preguntarle a alguien, no era viable, porque, ¡pardiez! Al caer la noche, las calles se habían quedado desiertas. En ausencia de peatones, bien valen camareros. La cosa estaba clara: aparcar, cenar y preguntar. Lo que no estaba tan claro era dónde, porque tampoco parecía haber nada abierto. Finalmente, en la plaza del pueblo, dimos con una pizzeria-hamburguesería -o algo así-, donde había luz. Tenue, pero luz. Y allí que enfilamos, felices como perdices, hasta que encontramos al clásico abuelillo sentado en la puerta que, mirándonos con sorpresa, nos increpó en polaco en lo que probablemente significaba “ahí no se puede aparcar”, pero a estas alturas a nosotros nos sonó a algo como “insensatooooos”. Y, claro está, cuando entramos allí estaban los clásicos parroquianos de la Hammer, a sus labores, que en lugar de dardos era una máquina tragaperras y en lugar de beber la birra en jarras usaban tubos, pero por lo demás la escena podía haber estado rodada en blanco y negro. Y, claro que si, todos se giraron al vernos entrar, se hizo el silencio más absoluto y luego volvieron a lo suyo. Como nosotros si que hemos visto todas esas pelis de terror cuya existencia sus protas ignoran, optamos por una retirada rápida hasta que dimos con un pub-pizzeria (luego dicen que cayó el Imperio Romano) donde nos hinchamos de pizza -o eso la llamaban ellos- de salchicha y papas y de videos de Katy Perry en la MTV y hasta nos dijeron como llegar al castillo. Y allá nosotros.

El saber donde estaba, sin embargo, no minó nuestra predisposición a perdernos en absoluto. Le dimos 7 vueltas más al pueblo (que consistía en 5 calles) y, finalmente, salimos a la autovía a rodearlo. Fue entonces que, tras ver un cacho de muralla perdido entre los árboles y ningún acceso aparente, sacamos el coche de la carretera lo más cerca que pudimos, dejamos los faros encendidos por aquello de que ya no se veía nada y, abriendonos paso entre los matojos y los arbolicos, por fin llegamos al maldito castillo, ya con ganas de coger antorchas y hoces aunque sólo fuera por la mano de vueltas que habíamos dado para llegar. ¡Y bien grande que era, el tío! ¡Como para no verlo! Eso si, en ruinas del todo. Pero bueno, por el bien del orgullo friki, damos la visita por buena 🙂