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Reino Unido (XIV): Londres in the movies

Una vez concluidos los recorridos monumentales, queda por disfrutar el Londres de a pie para el turista tranquilo. Este incluye el paseito por los mercadillos de Portobello o Candem Town, este último sólo los domingos, donde se pueden comprar las cosas más extrañas que quepa imaginar, tal como contaban en La Bruja Novata.

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Es también de rigor la vuelta obligada por Covent Garden, escenario de una de mis peliculas favoritas de la historia del Cine “My Fair Lady”. En la pelicula, recreación de Pigmalión, una Audrey Hepburn inspirada como nunca interpreta a Eliza Doolittle, vendedora de flores ambulante e hija de un simpático sinvergüenza que la esquilma con frecuencia. Tras cruzarse con el solterón empedernido y cuasi-misógino Henry Higgins, profesor de lengua, la chica se convence de que si consigue hablar correctamente, podrá poner una tienda de flores y vivir con desahogo. Henry apuesta con un amigo, el coronel Pickery, a que en un corto periodo de tiempo podrá hacerla pasar por una princesa. Pero, para eso, Eliza tendrá que irse a vivir con ambos. Sin duda, mi musical preferido, aunque sólo fuera por ver a Audrey en Ascott gritando aquello de “¡Mueve tu apestoso culoooo!”. En Covent Garden se encuentran las dos cosas que aparecen en la película: el mercado de flores y la Opera House, donde en días de semana ofrecen a precios más bajos las entradas con peor visibilidad. Así vi -poco más o menos- yo Cherubin, pagando lo menos posible. Además, hay terrazas para tomar te o café y algunas tiendas simpáticas, por no añadir que el paseo hasta el centro es agradable y permite volver a ver, esta vez desde fuera, muchos de los monumentos que ya habíamos visitado.

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Audrey Hepburn en el mejor musical del mundo

De vuelta, ya por Oxford y Regent Street y Piccadilly, se encuentra la Tower Records, con cualquier disco que pueda pasarse por la imaginación, como el extrañísimo “Over you all” de Tanita Tikaran, que se agenció una servidora, la tienda Disney, la tienda Warner y el almacén de juguetes más grande del pais, Hamleys, que es de recibo visitar con alegría. Si aún seguimos andando, se alcanzan las tiendas de comics, Gosh o Forbidden Planet, doblando hacia New Oxford Street, o, en dirección contraria, Marble Arc y Hyde Park. Como curiosidad, comentar que en Hyde Park se encuentra The Speaker Corner, donde los domingos, y siempre que tus pies no toquen terreno británico (18) es posible criticar cualquier cosa, incluida la familia real, que da mucho de si. Es facil imaginar la fauna tipica de la zona.

Speaker Corner, con Speaker y, lo que es mas raro, Listeners

Speaker Corner, con Speaker y, lo que es mas raro, Listeners

Como punto negativo de la ciudad, la espantosa comida inglesa, capaz de efectuar sobre un pobre pollo horrores inimaginables incluso para los fans de las pelis de vudú. Alternativa al plato la ofrecen los “fish and fries”, donde te soplan un cucurucho pringoso de papel de periódico bañado en aceite y relleno de pescado frito y patatas y que, evidentemente, o te mata o te hace más fuerte. O, como siempre, el McDonalds y los Pizza Queens que crecen a tu espalda en cuanto te despistas un momento. Yo, personalmente, prefiero el Kentucky. Aunque se nutra de pollos radiactivos de ocho patas, con la salsa picante ni lo notas. Y, al menos, no los ahogan en salsa de menta.


(18) No, no hace falta ser un superheroe volador. Con una caja de cartón puede uno apañarse.

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Reino Unido (XIII): Contruyendo a lo grande

El precio que tuvo que pagar Londres durante la II Guerra Mundial fue mayor. Viendo como pintaban las cosas, en el 1938 un gran número de niños fueron evacuados al campo, si bien al menos tres tuvieron la suerte de dar con una bruja en prácticas y el conjuro de la Locomoción Sustitutiva. La segunda Guerra Mundial se cebó con Londres: los bombardeos provocaron la muerte a 10.000 personas e hirieron de gravedad a 17.000 durante lo que ellos llaman el Blitz, tiempo en que más de la tercera parte de la ciudad fue destruida por las bombas alemanas y los muelles fueron demolidos. Como curiosidad, es de notar que si bien toda la zona alrededor de la catedral de St Paul fue destruida, la catedral en si sólo sufrió desperfectos menores. Dios fue menos benevolente con el Barbican y el Museo de Londres, que fueron reducidos a escombros. Las bajas totales se estiman en 32000 muertos y unos 50000 heridos graves.

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El puente nos lo quedamos, pero el resto se formatea …

Tras la guerra, Londres reaparece como una ciudad radicalmente distinta. Sus muelles habían sufrido tales daños que las carísimas obras de reconstrucción resultaban inviables por encontrarse en un lugar del río poco adecuado para los grandes barcos que empezaban a utilizarse. En cualquier caso, la ciudad conservaba muchas de sus posibilidades económicas, especialmente su fuerte sector financiero, y el lento trabajo de reconstrucción comenzó.

A finales de la década de 1950, la mayoría de los daños que había producido la guerra, habían sido reparados. Se construyeron rascacielos, que rivalizaban entre sí en altura y por la osadía de su diseño. En 1965 se construyó la Post Office Tower, de 30 pisos, y una altura de 189 metros. La reconstrucción de la ciudad supuso también la entrada de un gran número de inmigrantes: caribeños en Notting Hill, chinos en el Soho, sikhs en Southall y chipriotas en Finsbury. En 1946 Heathrow ya aceptaba vuelos comerciales y para 1951, la ciudad ya volvía a estar de celebraciones, en particular el Festival de Bretaña dejó atrás un edificio de cemento un tanto hortera que aloja ahora el South Bank Arts.

Los primeros autobuses colorados de dos pisos donde a Brendan Frasier lo persiguieron las momias en una ucronía temporal aparecieron en 1956.

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Y, pagando un pequeño suplemento, con momias incluidas

Ya en los 70 se construyó un enorme sistema para controlar el nivel del Támesis, consistente en 10 puertas móviles subacuáticas soportadas por semicúpulas metálicas. Ya a finales de siglo se construiría la última gran estructura de la ciudad: la Millenium Dome en North Greenwich.

El Barbican actual

El Barbican actual

La zona de la ciudad llamada el Barbican, que había sufrido grandes daños bajo los bombardeos, perdió su sentido urbanístico y no sufrió modificaciones durante la posguerra; en su mayor parte quedaron almacenes sin ninguna utilidad una vez desaparecidos los muelles de la zona. Más adelante se decidió aplicar al Barbican un amplio programa de reconstrucción urbanística, que finalmente se adoptó en 1959. Se conservaron cuidadosamente los edificios significativos como las iglesias antiguas y se añadieron bloques nuevos de apartamentos, escuelas, zonas comerciales y un gran centro artístico (en la actualidad sede de la Royal Shakespeare Company). La demolición de muchos de los viejos edificios de la zona provocó una intensa polémica. Otras operaciones urbanísticas de posguerra que se desarrollaron en las proximidades son el National Westminster Bank Building (1979), de 183 m de altura, y el edificio más alto de Gran Bretaña, la Canary Wharf Tower con 244 m, construida en los muelles, junto al nuevo aeropuerto de la City.

Canary Wharf ... ¿sin canary?

Canary Wharf … antes la Isla de los Perros. 


Reino Unido (XII): Cuando Hitler robó el conejo rosa

Posteriormente, bajo la casa de Hannover, el extremo occidental de Londres experimentó un importante desarrollo; se abrieron grandes plazas como las de Grosvenor, Cavendish, Berkeley y Hannover, y se construyeron más puentes sobre el río. Los servicios públicos como el suministro de agua y el alcantarillado mejoraron, y las calles fueron pavimentadas.

El crecimiento de la población de Londres se aceleró en el siglo XIX, multiplicándose por seis a lo largo de este periodo, debido a los flujos de gente que recibió del resto de las islas Británicas, de las colonias y del resto de Europa. Aunque la Revolución Industrial creó un gran número de puestos de trabajo, nunca fueron suficientes para satisfacer las esperanzas de la marea de gente necesitada que llegaba a la capital. Las novelas de Charles Dickens, con que la Primera nos obsequiaba casi todas las navidades hasta la llegada de ET, son un testimonio de los problemas sociales de esa época.

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Chiringuito de cristal típico de la época

En 1851 la Exposición Universal celebró el éxito de Londres, Gran Bretaña y el Imperio, gracias a los avances y la prosperidad que proporcionó la industrialización. A principios del siglo XX se inaguraron iconos típicos londinenses como los buses, el metro y, como no, Harrods, donde se comenta que el dependiente nunca dice no disponer de algo siempre y cuando el cliente no pregunte precio. Por un precio asequible, eso sí, se puede conseguir una mermelada de frutas del bosque la mar de apañada que siempre procuro traerme para España cuando paso por allí. Aparentemente, Londres continuó en esta dinámica de riqueza e influencia hasta la I Guerra Mundial. En otoño del 1915 los zeppelines comenzaron a bombardear la ciudad, acabando con la vida de 39 personas. La guerra en sí no tuvo grandes efectos sobre la ciudad, pero la depresión que la siguió a finales de la década de 1920, castigó al país en general y a su capital en particular. Al final de la primera de las guerras, un total de 650 londinenses habían caido. No es que sumaran mucho en el total, porque para el 1921 la población ya estaba en torno a 7.5 millones de personas y la ciudad se extendía como una mancha de aceite sobre los campos circundantes. Las tasas de desempleo crecieron hasta tal punto que en 1926 se desató una huelga general al estilo de las de antes, hasta el punto de que el ejército hubo de tomar la ciudad para garantizar la normalidad [17]. Allá por los 30, la población se reforzó aún más con un gran número de judíos que huían de la persecución en Europa, la mayoría de los cuales se establecieron en el West End.

St Paul, the Blitz

La Catedral de St Paul, pasando mucho del Blitz


(17) El hecho de que la normalidad consista en gente armada por las calles da mucho que pensar sobre el caracter británico.


Reino Unido (XI): Asesinato por decreto

No puede faltar para los morbosos para terminar el recorrido por el East End una visita a Whitechapel, algo más al este que la Torre. Fue en Whitechapel donde apareció el se reconoce como el primer asesino en serie de la historia. En torno al 1888, el East End era un barrio deprimido donde se concentraban vagabundos borrachos, parados y prostitutas, que, mayormente, ejercían su oficio en los callejones. Un deficiente sistema sanitario y el altísimo indice de contaminación del río tenían sumida a la ciudad en una niebla tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo: el conocido puré de guisantes.

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Cirugía gratuita en los bajos fondos

Se especula que la primera víctima de Jack fue Martha Tabram, cuyo cuerpo apareció apuñalado en George Yard, pero fueron las siguientes cuatro víctimas, comenzando con Polly Nichols, las que convirtieron a Jack en un mito. Nichols apareció en una callejuela llamada Buck’s Row. Le habían rajado la garganta de extremo a extremo y tenía el abdomen abierto. A partir de ahí, la cosa fue cuesta abajo y sin frenos. Annie Chapman, la victima número tres, aparecería en Hanbury Street. Su asesinato seguía el mismo patrón que el de Nichols pero, en este caso, Jack se había llevado consigo algunos recuerdos, incluyendo partes del vientre y la vagina y el hígado, que luego proclamaría haberse empatillado a la plancha, convirtiéndose en la primera combinación británica de Hannibal el Caníbal y Arguiñano. Llegado este punto, el asesino comenzó a mandar notas a la policía. La ortografía o, mejor dicho, falta de ésta, sugería un individuo de clase baja, sin estudios ni educación. Sin embargo, la precisión de los cortes y la puesta en escena de los cuerpos parecía indicar más bien conocimientos de anatomía y cirugía. Los dos crímenes restantes fueron, si cabe, aún más brutales hasta el punto de que la última víctima, diseccionada en su propia casa, había sido prácticamente decapitada a cortes de cuchillo. Tal vez el Destripador no se hubiese convertido en leyenda de no haber desaparecido sin dejar rastro después de esta última muerte. Nunca se desveló su identidad ni motivación, si bien se ha especulado sobre ello tanto en el cine como en la literatura. Una de las hipótesis más barajadas suponía que el médico personal de la reina se había encargado de eliminar a todas las mujeres, tal vez para tapar alguna de las indiscreciones del príncipe Eddie. Esta teoría, que ya se llevó al cine en la memorable “Asesinato por decreto” de Michael Caine, es la que sustenta una de las obras más completas sobre el tema, “From Hell”, de Alan Moore, que también encarnaron en cine Johnny Deep y Heather Graham en una versión bastante más edulcorada y rebajada que el texto original, donde cada volumen va acompañado de 10 o 15 folios de anexos. En letra pequeña. Lo cierto es que, quitando el bar “Ten Bells”, que se supone que Jack frecuentaba, en Whitechapel no hay gran cosa que ver salvo que se vaya acompañado de un guía que conozca la historia y sepa contarla, lo que puede conseguirse contratando una visita guiada por unas cinco libras, todas las noches a las 7:30 en la salida de metro Tower Hill.

Una taberna para morirse

Una taberna para morirse


Reino Unido (X): La reina Victoria cortando la pana

La siguiente época interesante en la historia de Londres es la que se conoce como victoriana en honor a la reina Victoria, mujer de armas tomar. Y si no, que le pregunten al Doctor Who. Aparentemente, cuando heredó el trono la idea era casarla con un joven noble europeo, pero el mismo día de la boda y, si he de creer lo que me contaron, en la propia iglesia, se fijó en el padrino del novio, su hermano pequeño Alberto, y decidió que le gustaba más y que, puestos a casarse, escogería al que le salía de la corona.

La época victoriana se caracterizó por enormes contrastes: al tiempo que la ciudad prosperaba y nuevas fortunas surgían, la otra mitad de la población se debatía en las peores condiciones imaginables. Bueno, al menos imaginables para la mitad buena, que prefería evidentemente no pensar en el tema. El problema fue un boom demográfico, en parte causado por la hambruna en Irlanda, que multiplicó por seis los habitantes de la ciudad en menos de un siglo pero a la que no siguió la necesaria mejora en infraestructuras. Así, entre las cocinas y fuegos de carbón y la falta de recursos sanitarios, el aire de la ciudad se volvió fétido y denso y el Támesis se cubrió de basura. Ambas cosas contribuyeron a darle ese toque de niebla casi sólida al que nos hemos acostumbrado en las novelas de Sherlock Holmes.

La situación la atajaría un ingeniero llamado Joseph Bazalgette, que mejoró las alcantarillas y desvió los desechos al exterior de Londres, disminuyendo drásticamente las muertes por cólera. También se encargó de otras obras como, por ejemplo, Embankment, algo antes de la Torre de Londres. De la misma época, pero en arquitectura, cabe mencionar a John Nash, que diseñó todas las avenidas en que hoy vamos de compras -Piccadilly Circus, Carlton House Terrace, y Oxford Circus- y transformó la casa Buckingham en el palacio que es hoy en día. Como curiosidad, fue en 1829 que Sir Robert Peel fundó la policía metropolitana, cuyos agentes se conocen desde entonces como “Bobbies” en honor a su creador. A principios del siglo XIX se construyó también la primera línea de ferrocarril en Londres, desde el Puente de Londres a Greenwich. A partir de ahí le cogieron el tranquillo y construyeron estaciones como setas: Euston (1837), Paddington (1838), Fenchurch Street (1841), Waterloo (1848), y King’s Cross (1850). Alguna que otra la veriamos más de una vez.

Big Ben

El reloj más famoso del mundo

Hubo también, sin embargo, algún que otro incidente digno de mención, como el incendio de las casas del Parlamento en 1834, que tan bien plasmó en sus lienzos Turner demostrando que la fotografía no es necesaria para coger un momento Kodak. Las actuales casas del Parlamento se construirían después y fueron diseñadas por Charles Barry y A.W. Pugin.

Naturalmente, cerca de las casas se puede ver el más conocido símbolo de Londres: el Big Ben. La historia del reloj comienza con el incendio, que también acabó con el palacio de Westminster que Guillermo II había comenzado en 1097. Charles Barry fue elegido para diseñar un nuevo palacio y escogió incluir un enorme reloj en el edificio. Aunque, al más puro estilo español, Barry quiso encargarle la contrata del reloj a un amiguete, las protestas hicieron que se sacara a concurso, siendo el juez el Astrónomo Real, Sir George Airy.

Ni que decir tiene que al final el elegido fue un colega de Airy y no de Barry, Dent, pero las especificaciones finales lo obligaban a una precisión no inferior a un segundo al dar las horas. A partir de ahí, la historia se hace más loca. Para cuando las especificaciones del reloj se concluyeron, los encargados se llevaron la sorpresa de que el arquitecto no había dejado suficiente espacio para la maquinaria en su diseño que, obviamente, no estaba dispuesto a cambiar. A estas alturas, a Dent no se le ocurre nada mejor que morirse y dejarle el fregado a su hijo adoptivo.

Cuando, con la ayuda de Denison, co-juez junto a Airy, consiguió sacar el reloj adelante, resultó que no podían meterlo en ningún sitio porque, naturalmente, la obra no estaba acabada. La parte positiva del tema es que tuvieron tiempo de sobra para conseguir la precisión deseada. Quedaba, además, el tema de las campanas. John Warner e hijos fueron los encargados de manufacturarlas, pero se les fue la mano en la de las horas en dos toneladillas de nada. O eso dijeron ellos. Denison, con los nervios de punta, decidió incrementar también el peso del martillo, consiguiendo cargarse del todo la campana en menos de un año, ante lo que tanto Warner como los hijos se hicieron los suecos y hubo que pedir una nueva campana, esta vez de la Whitechapel Bell Foundry.

Curiosamente, Big Ben era el nombre de la campana que cascó, posiblemente derivado de Sir Benjamin Hall, un tipo bastante grandote que supervisaba el proyecto. La nueva campana heredó el nombre de la primera, que luego se extendió al reloj e incluso a la torre completa. No acaba ahí la cosa. Lo siguiente en fallar fueron las agujas, que resultaban demasiado pesadas para la maquinaria. Luego, la campana de las horas se rompió de nuevo y, tras palabras mayores entre Denison y el fabricante, se optó por girarla para apartar la grieta del martillo y reducir el peso de éste. Durante 114 años, las cosas parecieron regularse, pero en 1976 el desgaste del metal provocó una reacción en cadena que acabó por cargarse la maquinaria por completo hasta el punto de que tardó prácticamente un año en recuperarse.

Las casas del Parlamento vistas por Turner en no su mejor momento

Una de las construcciones más emblemáticas de la época, quitando a Benny, fue lo que se conoció como el Palacio de Cristal de Joseph Paxton, un edificio en hierro y cristal que alojó la primera Expo en 1851. Organizada por el principe Albert, al evento acudieron más de 200000 personas de todo el mundo. El Palacio originalmente se construyó en Hyde Park, pero después fue trasladado al sur de Londres, donde más adelante ardería hasta los cimientos [17]. Las colecciones, sin embargo, se salvaron y fueron a parar a lo que hoy se conoce como el Museo de Ciencias y el Victoria and Albert Museum.

A pesar de lo bien que le iba a la monarquía, merced a la Revolución Industrial que tanto deprimió a los Ents, la vida en Londres distaba mucho de ser idílica. Desde incluso los cinco años, los críos se veían obligados a trabajar como mendigos y deshollinadores, lo que inspiró el trabajo de autores tan conocidos como Dickens y su Oliver Twist. En respuesta a las protestas, en 1870 la educación se haría oblogatoria hasta los 12 años.


(17)El que el hierro y el cristal puedan arder hasta los cimientos convierte a los ingleses en pirómanos realmente voluntariosos.


Reino Unido (IX): Piratas del mar … breton

El siglo XVIII supuso el nacimiento de la prensa en Londres, del que cabe destacar el Spectator de Richard Addison. En cuanto a arquitectura, a los londinenses les dió por las casitas de campo, entendiendo casitas como la mansión de Lara Croft pero sin quadbike. El estilo imperante se denomina paladiano, en honor al arquitecto italiano del XVI Andreas Palladio, que trataba de recrear los cánones romanos copiando a Vitrubio con más o menos acierto. Inigo Jones ya había tirado de Palladio, pero sería Lord Burlington, el que puso las pelas, el que le dió el empujón definitivo montándose una casita en mitad de Piccadilly. También se construyeron un buen puñado de plazas como Grosvenor y Berkeley, y un segundo puente sobre el río, Westminster. En estos años el rey Jorge III y su esposa Charlotte se mudaron a la casa Buckingham, que luego se convertiría en el famoso palacio, donde guardan la puerta esos tipos que no pueden ni pestañear a pesar de las estupideces que la gente hace a su lado para sacarse la foto.

Teatro y politica

Teatro y politica

En esta época, el teatro que tanto gustó con los estuardo se volvió un tanto incómodo para las autoridades. Siguiendo en su linea británica, tras una serie de sátiras, cabe suponer que políticas, en el Theatre Royal Haymarket a los governantes les dió tal calentón que se le dió al Lord chambelán la potestad de censurar cualquier obra de teatro que se presentara en la ciudad. Ese poder no sería revocado hasta, agarrense a la silla, 1968. Más que la política, sin embargo, fue la religión la que trajo quebraderos de cabeza al ciudadano de a pie. Cuando creían haberse librado del protestantismo extremo tras la guerra civil inglesa, en 1780 estallaron lo que se conoce como las revueltas de Gordon, por su lider lord George Gordon. En protesta por el Catholic Relief Act, que garantizaba derechos básicos a los católicos, los inicialmente manifestantes acabaron por asesinar y saquear todo lo que se les puso a mano durante unas semana hasta que las autoridades, bastante preocupadas, decidieron cortar por lo sano, nunca mejor dicho, y tomar medidas igualmente extremas.

Lo más representativo de este siglo, sin embargo, fue la apertura del British Museum, que tal vez debería denominarse más bien isla Tortuga por la cantidad de botín pirata que tiene almacenado. El museo se abrió originalmente en 1759, cuando el gobierno compró una colección privada de cacharros curiosos a sir Hans Sloane a la muerte de éste y también la de Sir Robert Cotton junto con la biblioteca de Sir Robert Harley. Oficialmente se abrió al público en 1759 en Montague House, cambiándose a su ubicación actual en 1823. La entrada al museo es gratuita y se deja a la voluntad de cada cual hacer una donación, no está claro si para evitar que sigan expoliando al resto del mundo y empiecen a pagar por lo que exhiben. Eso si, en la puerta viene indicado claramente el número de libras que te cuesta ser voluntarioso, aunque igual te hacen descuento de voluntad con el carnet de estudiante.

El British Museum, muy a mano ... para los londinenses

El British Museum, muy a mano … para los londinenses

Conviene dejarle tiempo a la visita porque el museo es realmente inmenso e incluye colecciones de todos los continentes y, especialmente, de Egipto, Roma y Grecia, que limpiaron a conciencia en el XIX. La cosa tuvo bemoles y fue poco más o menos así. Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin, al ser nombrado gobernador de Constantinopla en 1799, le echó ojo a la Acrópolis y debió pensar que los frisos de Fidias quedarían mejor en su salón. Pidiendo permiso al gobierno para estudiar y sacar moldes de sus obras [15]. Se ve que, ya puestos, mejor que sacar moldes, que ensucia mucho, optó por arrancarlas y llevarlas al Pireo. Si era tan sinvergüenza de esposo como de gobernador, no es extraño que su matrimonio acabara en divorcio y su mujer le sacase hasta el cepillo de dientes. Para cubrir los astronómicos costes de su separación, vendió los mármoles al gobierno inglés por sólo 35000 libras de las 74240 que pidió. 56 de las 97 piezas del friso, 15 de las 64 metopas y 9 de las estatuas residen actualmente en Londres. En total llenaron 17 barcos aprovechando las buenas relaciones entre el gobierno turco y británico. Ya en esa época, intelectuales como Keats o lord Byron protestaron por el expolio [16]. Actualmente, actrices como Vanessa Redgrave, Judi Dench y Julie Christie, políticos como Robin Cook, Vladimir Putin y Bill Clinton y un innumerable grupo de gente de a pie protestan por este robo histórico, pero Inglaterra presta oidos sordos. La mayor defensora del regreso de los mármoles, sin embargo, ha sido Melina Mercouri, ex ministra griega de Cultura, que provocó la creación del Proyecto para la Unificación de los Lugares Arqueológicos. Tras requerir oficialmente la devolución de los mármoles, Mercouri recibiría una respuesta negativa, actualmente expuesta al público en la Acrópolis, aduciendo razones tan comprensibles como, lean esto sentados, que en el British Museum están más a mano. A mano, suponemos, de la familia real británica, que aparte de interesarse por el whisky y el adulterio, al final va a resultar que les queda tiempo para visitar tarde si tarde no los frisos del Partenón. Qué decir de estos hijos de la Gran Bretaña. Por si alguien pensaba que lo del Partenón es una raya en el agua, cabe señalar que Egipto también ha reclamado alguna cosilla sin importancia con respuestas similares por parte del gobierno inglés, como la piedra Rosetta que Napoleón encontró en 1799 y Champolión utilizó para descifrar los jeroglíficos egipcios. El mangoneo llegó a lugares tan lejanos como Nigeria, donde levantaron las placas del palacio de los Oba en Benín. Y es que para que comprar aquello que puedes mangar. Suerte que España e Inglaterra nunca han estado a buenas, o hubiesemos tenido que visitar la Giralda en Trafalgar Square.

Los mármoles del Partenón, té y pastas

Los mármoles del Partenón, té y pastas


(15) Eso es lo que pasa por fiarse de los ingleses, como cuando los españoles les prestamos nuestro aeropuerto para ayudar en una epidemia en Gibraltar y ahora lo que aterrizan son planes.
(16) Y seguramente fuera esta protesta más que sus licenciosas costumbres lo que impidió que lo enterraran en Westminster como correspondía. Y es que ser licencioso y patriota probablemente no es tan pecaminoso en Inglaterra.


Reino Unido (VIII): Isabel, reinaza de Inglaterra

Curiosamente, tras la Reforma se prohibieron los teatros en Londres más que por censura religiosa porque se suponía que malgastaban el tiempo de los trabajadores. Más que desaparecer, los teatros se mudaron al Southwark, fuera de la autoridad del gobierno de la ciudad. El Globe Theatre, donde se representaban las obras de Shakespeare, se construyó allí en 1599, pero ardió totalmente en 1613. Hoy en día hay una réplica moderna en el mismo sitio donde estaba el original. Además de teatros, en Southwark había también otras diversiones, ya que venía a ser el barrio rojo de la ciudad. Económicamente, durante el reinado de Isabel I se instauró una nueva moneda muy estable y se crearon la Bolsa Real y la Cámara de Comercio. El único problema de la reina fue un curioso apego a la soltería [14], que le resultó bastante útil para mangonear a los reales pretendientes que podían suponerle beneficios al tiempo que se acostaba con quien le venía en gana. Desafortunadamente, la muerte de su amante favorito, Robert Deveraux, intentando cortar una revuelta en Irlanda, la deprimió considerablemente y acabó muriendo como Fonseca: triste y sola después de haber cimentado la Inglaterra moderna.

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Ser reina ayuda a ligar …

Tras Isabel I, los Tudor se habían quedado sin descendientes o, al menos, sin descendientes no bastardos. Lo más práctico era sustituirlos por la familia real más a mano que, en este caso, eran los Estuardo escoceses. Si bien Inglaterra tenía bien claro el anglicanismo o, lo que es lo mismo, que oponerse al rey en aquellos tiempos no rentaba, en Escocia estaban hechos un lío. Al principio, por aquello del que dirán, Jaime I decidió empezar por donde lo dejó Isabel y a poco los católicos en la persona de Guy Fawkes le reventaron las casas del Parlamento recien inaguradas como estaban. Por suerte -para Jaime- pillaron al conspirador. Hoy en día se celebra en recuerdo de este hecho la noche de las hogueras el 5 de noviembre. El reinado Estuardo comenzó bien desde el punto de vista de la ingeniería civil, ya que se limpió un tanto el bastante asqueroso Támesis de la época y se delegó en un arquitecto bastante original, Inigo Jones, la construcción de diversas obras como la plaza de Covent Garden. Sin embargo, pronto llegó Carlos I que, como si el nombre marcara carácter, no gozó lo que se dice de gran popularidad en la ciudad. Para empezar, negoció un matrimonio con una infanta española, pero cuando se dió cuenta de que España sólo quería colocarle a la chavala y no tenían pensado ni de cerca aliarse a la pérfida Albión, Carlos cambió de opinión y, ya que pasaba por Francia de vuelta, se llevó puesta a la princesa Enriqueta María. Desafortunadamente, la francesa era católica, lo que no le hizo gracia a los londinenses que, con tanto cambio, ya no sabían ni rezar el padrenuestro. Durante los años siguientes, procedió a disolver y constituir tres parlamentos y a gastarse en desconocidas empresas los impuestos de sus súbditos hasta que, para apaciguar a los muy cabreados ciudadanos, decidió demostrar que era más anglicano que nadie imponiendo esta liturgia a los escoceses. Ni que decir tiene que éstos tiraron las espadas por los aires y se enzarzaron alegremente en una guerra que le costó al monarca un huevo y un par más de parlamentos. Más tarde, ya apeado del burro y firmándole a los escoceses todo lo que le pusieron por delante, se le rebeló Irlanda y mataron a todo el que no fuese capaz de chuparse tres Guinness sin ir al baño. Carlos volvió al Parlamento y pidió más pasta para hacerse un ejército, pero los del Parlamento, con más vista que la reina Amidala y los jedi, temiéndose muy mucho que lo usara en su contra le cerraron el monedero. Carlos trató de mandar a la Torre a los miembros de la Cámara de los Comunes, pero no se dejaron y el rey tuvo que salir por piernas de la ciudad. Con ésto se lió la Guerra Civil Inglesa y, después de múltiples peripecias, el rey acabó perdiendo la cabeza en Whitehall y Oliver Cromwell se convirtió en presidente del Consejo de Estado, un organismo parlamentario que gobernó Inglaterra como república. A ésto lo siguió una racha de puritanismo tan brutal que incluso quitaron los coros y órganos de las iglesias por si algún desgraciado se entretenía en sus misas. No es raro, por tanto, que en 1660 se restaurara la monarquía en la persona de Carlos II. El reinado le salió animado, eso sí. Cinco años más tarde, un barco holandés, en lugar de tulipanes, trajo a la ciudad la Gran Plaga. La peste ya había asolado Londres en la Edad Media, pero esta cepa era tan virulenta que la gente moría en cuestión de horas. La solución fue la obvia: encerrar a los enfermos en sus casas para que murieran sin dar mucha guerra. Suponiendo que los perros y gatos transmitían la enfermedad, los exterminaron a todos para alegría de las ratas, que pudieron proceder a extender la plaga a sus anchas. Esta vez se optó por una escapada a la desesperada. Cuando la plaga se apagó en otoño, más de 100000 personas habían muerto. Por si alguien creía que lo peor había pasado, al año siguiente el Gran Incendio liquidó cuatro quintas partes de la ciudad. Debido a este fuego, la mayoría de los edificios Tudor y Estuardo se perdieron. Hoy en día quedan poco más que parques como Hyde Park, Regent’s Park o St. James Park, bosques de caza reales, para hacerse una idea de la estructura de la ciudad en esa época. Carlos I, en 1637, comenzaría a abrirlos al público en el único de sus gestos que pareció hacerle gracia al vulgo. La campaña de reconstrucción se realizó en gran parte bajo la influencia de sir Christopher Wren y provocó el desplazamiento de las áreas residenciales, desde la City, hacia las atractivas poblaciones de Kensington y Chelsea.


(14)El apego a la soltería está habitualmente ligado a un desapego a la castidad que, en el caso de una reina, es probablemente una combinación ganadora.