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Reino Unido (XIX): Oban and everything after

Ya en el tren y de camino a Oban, pudimos ver una mínima parte del paisaje de los páramos antes de que se hiciera noche cerrada. Y bien que se cerró, si señor. A cal y canto. Fue en estas que mientras íbamos dormitando en los asientos de repente el tren se detuvo en lo que debía de ser una estación. Y digo debía porque allí no había ni máquina de CocaColas ni kiosko ni mucho menos ese tipo de gente que siempre parece a punto de irse pero, de hecho, nunca coge un tren. Lo más que había, vías aparte, era un par de bancos y una caseta de esas de herramientas con techo en cuña de madera y un letrero que, aunque no se veía a esas horas, debía poner algo así como “Quinto Pino”. Estábamos considerando la suerte que teníamos de ir a Oban cuando justo en ese momento el revisor nos informó que teníamos que cambiar de tren y nos soltó allí, en mitad de los páramos, como si de Cumbres Borrascosas se tratara.

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Convencida de que a lo más que podíamos aspirar era a un tren fantasma, estaba ya concentrada en el problema más a mano -donde dormiríamos yo y el Equipaje esa noche tan fresquita- cuando, de repente, apareció de ninguna parte el italiado deja-vù con que Mercedes había hecho pandi. No es que no nos hiciera ilusión, a esas alturas ya esperabamos algo en la línea de una manada de hombres-lobo que amenizaran la velada, pero aquello empezaba a resultar sospechoso.

– Andiamoooo! – exclamó Mercedes más contenta que unas Pascuas, resumiendo en una palabra la kafkiana situación en que todos nos encontrabamos.

El caso es que el tipo nos llevó hasta la cabina que, curiosamente, estaba abierta y ocupada, cuan pequeña era, por un grupo de montañeros alemanes que, milagrosamente, no sólo cabían de forma holgada sino que quedaba sitio y todo. Allí nos acomodamos y mantuvimos una amigable charla de lo más peculiar, en tanto que ninguno entendía la lengua de los otros, hasta salir por bulerías o su equivalente teutón cuando se agotó el meneo de cabeza que acompaña a cualquier frase que uno no entiende. Cuando ya nos habíamos hecho a la idea de pasar allí la noche con ese plan tan folkrorico-festivo que nos había salido fue cuando, efectivamente, llegó el tren que esperábamos. Y, por supuesto, una vez más lo cogimos por los pelos.

El tema está en que más bien tarde que pronto acabamos por alcanzar Oban, la capital de las West Highlands. Durante el día, Oban es un puerto recogido y agradable, con un aire impregnado de sal que resulta de lo más marinero y paredes de piedra desgastadas por el agua y las algas. De noche, sin embargo, parecía recién sacado de un cuento de Lovecraft, como si del mismo Innsmouth se tratase y en cualquier momento fuesen a aparecer por las calles híbridos medio pez, medio humano con intenciones de sacrificar a algún dios primigenio a cualquiera que se atreva a hollar la ciudad al ponerse el sol [45].

Una vez llegadas al albergue que, misteriosamente, no había cerrado a cal y canto como hubiese cabido esperar en alguien gafe como una servidora, descubrimos con alegría que existía una lavadora -por su aspecto, eso si, probablemente habitada por algún gremlim especialista en lavar a mano- y, mientras esperábamos a que nuestra ropa recuperase su color original, hubo tiempo de discutir que haríamos al día siguiente. Básicamente, mis planes consistían en llegar hasta Iona, una pequeñísima isla hébrida con restos arquitectónicos de lo más apañados.

El plus no hubiese dejado de ser encontrarme por allí a Capercaillie o, en su defecto, a la cantante, Karen Matheson, que era por aquel entonces mi grupo musical favorito, pero aún pasarían algunos años hasta que tuviese ocasión de hacerlo muchísimo más cerca de casa. Y bien que mereció la pena la espera, porque resultaron ser simpatiquísimos. Así pues, Iona fue lo que hicimos al día siguiente. Oban, a pesar de ser bastante pequeña con sus 8500 habitantes, tiene algunas curiosidades. Por ejemplo, la torre de McCaig’s, que domina la bahía, es una réplica del Coliseo Romano, construida por el banquero John McCaig en 1897 como memorial de su familia y para dar empleo a la población local que, no obstante, no apreció el detalle en si mismo y la rebautizó como McCaig’s Folly (la locura de McCaig). Hay también una catedral en la Esplanade que no acaba de llamar la atención, pero que ahí queda para el que quiera verla. Lo que es yo, tenía intención de coger el primer transporte posible hacia Mull, la Hébrida más cercana, y, de ahí, a Iona.


(45) El tema del sacrificio humano en este caso sería excusable si tenemos en cuenta que, híbrido o no, Mercedes probablemente le habría colgado una maleta al hombro a cualquier entidad que dispusiese de brazos.

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