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Reino Unido (XXXI): Abadías, iglesias y piedras varias en Iona

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Ni que decir tiene que en la isla de Iona no hay coches, pero cualquiera que los necesite para las distancias con que hay que manejarse en la isla no habría sobrevivido un viaje conmigo durante tanto tiempo. Es así que después de desembarcar en un puerto con las aguas más azules que jamás había visto en el norte, pasamos de los coches de caballos que algunos de nuestros compañeros de viaje optaron por coger y, dejando atrás la minúscula oficina de correos y la tienda, nos encaminamos a la Abadía de Iona.

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La tradicional vista desde el ferry

De camino allí encontramos primero las ruinas de un convento de principios del siglo XIII. Reginald, hijo de Somerled y señor de las islas, lo fundó en el 1200 para instalar a su hermana Beatrice como primera madre priora. El convento pertenecía a una de las dos únicas órdenes agustinas de Escocia y se ganó el nombre de “An Eaglais Dhubh” o iglesia negra por el color de los hábitos de las monjas. Si bien no se ha restaurado desde su abandono durante la Reforma, las ruinas que quedan son de las más representativas en Bretaña de un convento medieval.

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Iona, antes de las cámaras digitales

La abadía, originalmente fundada por el popular San Columba y reconocido como la cuna del cristianismo en el Reino Unido, fue bastante vapuleada por los vikingos, que no eran aficionados a los santos ajenos. La actual data del Medievo, pero incluso ésta sufrió una fuerte restauración a principios del siglo XX, después de quedar casi en ruinas por el tiempo y la indiferencia, por no hablar de la Reforma, que, ya puestos, digamos que tuvo un peso importante en la decadencia del edificio. Curiosa no deja de ser la leyenda de que en este santisimo edificio se enterró vivo a San Orán para evitar que cayeran las paredes de la abadía original. Ni que decir tiene que la hábil estratagema arquitectónica no funcionó, pero para cuando el lugar fue abandonado, San Orán ya debía llevar tiempo sin sentir ni padecer. Por lo menos, en un arranque de inspiración no exento de cierta ironía, le dedicaron el cementerio local, tumba de varios reyes de Escocia: Reilig Odhráin.

El duque de Argyll se encargaría de devolverle el lustre a la abadía el siglo pasado, favor que le valió una tumba de piedra en la abadía, y en 1938 George MacLeod [27], un sacerdote de Glasgow fundaría una comunidad allí. Entonces, y dado el fresquillo ártico que suele hacer por la zona, se restauraron también las dependencias monásticas. Interesante indicar que en esta abadía hay testimonio de desplazamiento cronológico: un sacerdote indicó que había visto la abadía en toda su gloria cuando, mientras se acercaba a ella, el paisaje cambió y se encontró caminando por un sendero que ya no existía. Es posible que Clive Barker se inspirara en esta abadía precisamente cuando diseñó el salto temporal del “Undying”. O, conociendo a Clive Barker, igual no … También se han reportado barcos vikingos fantasma dando vueltas por la isla que intentan atacar la abadía, no está claro si la actual o la cronológicamente discapacitada.

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¡Qué miedo daba este juego, gente!

Lo más imponente del monasterio es la cruz celta tallada que se eleva altiva ante la puerta y que parece ser que conmemora al obispo francés del siglo IV San Martín. Ya una vez en la nave, es bonito ver los dibujos que la luz traza en el suelo a través de las vidrieras, en este caso bastante sobrias como en los Jerónimos en Lisboa. Un poco más al fondo, atravesando una puerta se va a dar con el claustro, que rodea una escultura llamada El Descenso del Espíritu, verde de musgo como corresponde a un buen monasterio Mignolero. Y, como no podían faltar, tumbas de piedra de caballeros que cruzan las miradas sobre ella. También se encuentra en el museo de la abadía la almohada de San Columba, una roca que desenterraron en 1870 cuando un carro chocó contra ella. Se supone, no se muy bien como, que esa piedra es donde el santo apoyaba la cabeza al descansar y que de ella se talló su lápida.

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Marchando una de cruces celtas …

(27) Hasta donde llegamos, al contrario que su primo Connor, éste no era inmortal, pero si yo fuese por ahí decapitando gente con una espada celta más grande que mi hermana, tampoco lo comentaría en público.


Reino Unido (XXX): La Isla de Mull

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La pequeñísima isla de Iona se considera el primer santuario cristiano en tierra escocesa. Por eso, a pesar de medir sólo una milla de ancho por 3.5 de largo y más a pesar aún del pesadísimo viaje por las carreteras de Mull para alcanzar el ferry a Iona, generalmente suele estar bastante concurrida en verano [24], ya que se congregan peregrinos y turistas para ver su abadía.

Qué bonico es Mull, los tres días que ves el sol ...

Qué bonico es Mull, los tres días que ves el sol …

A estas alturas, ya entrado el otoño, estábamos nosotras y algún que otro incauto, probablemente también acostumbrado a echar octubre en mangas de camisa. Para evitar problemas mayores, lo mejor es reservar el viaje completo Mull-Iona en la oficina de turismo de Oban y eso habíamos hecho nosotras, por lo que pudimos disfrutar, es un decir, la tortuosa carretera desde el cómodo asiento de un autocar mientras el conductor se peleaba con los coches que venían en dirección contraria por el único carril de la minúscula carretera, alcanzando por lo habitual el acuerdo de salirse a un lado y dejarlos pasar.

Demasiado tarde me di cuenta de que dar un paseo tranquilamente por Mull hubiese estado bien, por algo tiene su castillo de veraneo allí Paul McCartney, pero lo cierto es que el tiempo no estaba de nuestra parte. Aunque muy pelado, Mull tiene ese indefinible encanto pétreo escocés y está poblado de fantasmas como buena híbrida que se precie. El más curioso es la encarnación local de las banshees: Bean-nighe. Este fantasma lava la ropa de los que pronto morirán [25] en la orilla del río Moy Castle. Aparentemente, los pechos de la mujer son tan grandes que le cuelgan sobre los hombros. Si alguien los coge por detrás, la lavandera está obligada a informar del dueño de las ropas y si es el que en ese momento la tiene cogida, deberá cambiar su destino. El señor de la zona lo intentó sin éxito en una ocasión y murió al día siguiente en batalla, bien porque las ropas eran suyas o porque cabreó al fantasma mientras hacía su propia colada.

A falta de lavadora ...

A falta de lavadora … (dibujico de  Brian Froud & Alan Lee)

Por si ésto fuera poco, la isla también disfruta de su propio fantasma a caballo sin cabeza a-la-Sleepy Hollow y del imprescindible kelpie que toda buena extensión de agua escocesa debiera tener en su haber. Es curioso que, pese a estar relativamente apartada, Mull lleva poblada desde el neolítico, si bien la principal influencia de sus pobladores fueron los vikingos que llegaron en el II dC. Estuvo implicada en las guerras Escocesas contra el invasor inglés y acabó formando parte del Reino Unido tras el Acta de Unión de 1707. A finales de ese siglo, su población aumentó, sólo para reducirse de nuevo cuando los dueños de las tierras forzaron a los pobladores a desplazarse a Tobermory, donde, evidentemente, no había trabajo para todos [26] Actualmente la isla está bastante despoblada y es de suponer que la mayor parte de sus ingresos provienen del turismo. Del turismo que va para Iona, imagino. Cuando, finalmente, alcanzamos el ferry a Iona mi felicidad hubiera sido completa de no ser por el dichoso resfriado que arrastraba desde Edimburgo y que andaba calmando a base de tabletas de paracetamol en estado puro compradas en bote gordo en el Booth más cercano. De haber sabido lo bien que funcionan, las habría comprado en botella de cinco litros, como el agua mineral, pero a esas alturas aún tenía el resfriado cogido y bien cogido, como si de la fantasma lavandera esa se tratara.

(24) No está muy claro si no está concurrida en invierno o, sencillamente, nadie descongelado ha vuelto para contarlo.
(25) Puestos a pedir, y en tan aciagas circunstancias, mejor que te laven la ropa a que te griten en la ventana, al menos mueres limpito y más descansado.
(26) Se comenta que enterrado en el fondo de la bahía de Tobermory está en pecio de uno de los navíos de la Armada Invencible, que, de acuerdo a fuentes inglesas, debió de correr lo suyo para que todas las regiones del Reino Unido con mar se puedan reír por igual.


Reino Unido (XIX): Oban and everything after

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Ya en el tren y de camino a Oban, pudimos ver una mínima parte del paisaje de los páramos antes de que se hiciera noche cerrada. Y bien que se cerró, si señor. A cal y canto. Fue en estas que mientras íbamos dormitando en los asientos de repente el tren se detuvo en lo que debía de ser una estación. Y digo debía porque allí no había ni máquina de CocaColas ni kiosko ni mucho menos ese tipo de gente que siempre parece a punto de irse pero, de hecho, nunca coge un tren. Lo más que había, vías aparte, era un par de bancos y una caseta de esas de herramientas con techo en cuña de madera y un letrero que, aunque no se veía a esas horas, debía poner algo así como “Quinto Pino”. Estábamos considerando la suerte que teníamos de ir a Oban cuando justo en ese momento el revisor nos informó que teníamos que cambiar de tren y nos soltó allí, en mitad de los páramos, como si de Cumbres Borrascosas se tratara.

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Convencida de que a lo más que podíamos aspirar era a un tren fantasma, estaba ya concentrada en el problema más a mano -donde dormiríamos yo y el Equipaje esa noche tan fresquita- cuando, de repente, apareció de ninguna parte el italiado deja-vù con que Mercedes había hecho pandi. No es que no nos hiciera ilusión, a esas alturas ya esperabamos algo en la línea de una manada de hombres-lobo que amenizaran la velada, pero aquello empezaba a resultar sospechoso.

– Andiamoooo! – exclamó Mercedes más contenta que unas Pascuas, resumiendo en una palabra la kafkiana situación en que todos nos encontrabamos.

El caso es que el tipo nos llevó hasta la cabina que, curiosamente, estaba abierta y ocupada, cuan pequeña era, por un grupo de montañeros alemanes que, milagrosamente, no sólo cabían de forma holgada sino que quedaba sitio y todo. Allí nos acomodamos y mantuvimos una amigable charla de lo más peculiar, en tanto que ninguno entendía la lengua de los otros, hasta salir por bulerías o su equivalente teutón cuando se agotó el meneo de cabeza que acompaña a cualquier frase que uno no entiende. Cuando ya nos habíamos hecho a la idea de pasar allí la noche con ese plan tan folkrorico-festivo que nos había salido fue cuando, efectivamente, llegó el tren que esperábamos. Y, por supuesto, una vez más lo cogimos por los pelos.

El tema está en que más bien tarde que pronto acabamos por alcanzar Oban, la capital de las West Highlands. Durante el día, Oban es un puerto recogido y agradable, con un aire impregnado de sal que resulta de lo más marinero y paredes de piedra desgastadas por el agua y las algas. De noche, sin embargo, parecía recién sacado de un cuento de Lovecraft, como si del mismo Innsmouth se tratase y en cualquier momento fuesen a aparecer por las calles híbridos medio pez, medio humano con intenciones de sacrificar a algún dios primigenio a cualquiera que se atreva a hollar la ciudad al ponerse el sol [45].

Una vez llegadas al albergue que, misteriosamente, no había cerrado a cal y canto como hubiese cabido esperar en alguien gafe como una servidora, descubrimos con alegría que existía una lavadora -por su aspecto, eso si, probablemente habitada por algún gremlim especialista en lavar a mano- y, mientras esperábamos a que nuestra ropa recuperase su color original, hubo tiempo de discutir que haríamos al día siguiente. Básicamente, mis planes consistían en llegar hasta Iona, una pequeñísima isla hébrida con restos arquitectónicos de lo más apañados.

El plus no hubiese dejado de ser encontrarme por allí a Capercaillie o, en su defecto, a la cantante, Karen Matheson, que era por aquel entonces mi grupo musical favorito, pero aún pasarían algunos años hasta que tuviese ocasión de hacerlo muchísimo más cerca de casa. Y bien que mereció la pena la espera, porque resultaron ser simpatiquísimos. Así pues, Iona fue lo que hicimos al día siguiente. Oban, a pesar de ser bastante pequeña con sus 8500 habitantes, tiene algunas curiosidades. Por ejemplo, la torre de McCaig’s, que domina la bahía, es una réplica del Coliseo Romano, construida por el banquero John McCaig en 1897 como memorial de su familia y para dar empleo a la población local que, no obstante, no apreció el detalle en si mismo y la rebautizó como McCaig’s Folly (la locura de McCaig). Hay también una catedral en la Esplanade que no acaba de llamar la atención, pero que ahí queda para el que quiera verla. Lo que es yo, tenía intención de coger el primer transporte posible hacia Mull, la Hébrida más cercana, y, de ahí, a Iona.


(45) El tema del sacrificio humano en este caso sería excusable si tenemos en cuenta que, híbrido o no, Mercedes probablemente le habría colgado una maleta al hombro a cualquier entidad que dispusiese de brazos.


Reino Unido (XXVIII): Sangre y arena en Fort Williams

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Tras coger el primer tren que pillamos hacia el sur a la mañana siguiente, al caer la tarde llegamos a Fort William, un pueblo pequeño típico británico [39] consistente únicamente en un par de calles que se cruzan y el set habitual de prefabricados, tiendas de regalos, Boots y McDonalds. Fort William en si no tiene gran interés salvo porque actúa de estación base para subir al Ben Nevis, la Montaña Nublada, con 1344 metros el pico más alto del Reino Unido, y porque en sus inmediaciones se han rodado Rob Roy, Braveheart y Harry Potter, aunque poco tiene que ver con Hogsmeade.

Para obtener más información de la montaña, puede acudirse al centro de visitantes de Achintee, donde informan de las rutas a seguir. El hecho de que las montañas del Reino Unido sean tan bajas hace que los alpinistas más curtidos se planteen lo que se conoce como el desafío de las tres montañas: subir y bajar los picos más altos de Escocia, Inglaterra y Gales sólo en un día. Contrariamente a lo que nos pueda parecer a los flojos terminales, se apunta tanta gente a esta historia que suelen organizarse grupos para subir un día específico con cronometración y medallas incluidas. Evidentemente, la dificultad de esta excursión no radica ya en la ascensión, sino incluso en los kilómetros de carretera necesarios para desplazarse de uno a otro. Para evitar males mayores, a los participantes se les impone un mínimo al tiempo de viaje para que no superen cierta velocidad, de forma que si reducen el mínimo, el tiempo que ahorren no entra en el cómputo general de la prueba.

Independientemente de los agonías que tratan de suicidarse de formas tan coloridas como ésta, el Ben Nevis no es un pico complicado. Incluso alguien no acostumbrado en absoluto a la montaña no debería tardar en subir y bajar más de cinco horas: dos hasta el lago a 710 metros, una más hasta la cima y otras dos de bajada. Despistarse del camino es difícil: sólo hay que seguir a la masa de gente. No obstante, es imprescindible tener en cuenta que la montaña es siempre traicionera y que el tiempo puede cambiar a velocidades impensables una vez arriba. Es por ello que siempre hay que llevar buen calzado, chubasquero, agua en abundancia y algo ligero de comer por lo que podamos encontrarnos. Además, siendo conscientes de nuestras limitaciones, se puede tomar hasta la cima el camino sencillo o el bonito. Previendo lo previsible, nuestro objetivo era seguir el facil hasta que no pudiesemos más y entonces volver hacia abajo tan satisfechas como el que conquista el K-2.

Después de una interesante comida en un McDonalds, esta vez si de hamburguesas plasticosas, en que mi amiga me enseñó a manejar los cubiertos desechables correctamente [40] mientras yo me debatía cuan grande soy entre las tres bandejas de plástico sobre una mesa redonda pensada para que los tres cerditos tomaran te con pastas, nos encaminamos, por supuesto con El Equipaje, hacia el albergue, que, afortunadamente para mí, resultó estar relativamente cerca, siguiendo una carretera flanqueada por altos árboles que se abría algo más allá de la estación. En este caso, el lugar resultó bastante agradable, combinando madera y piedra al estilo de los refugios alpinos. Nada más llegar, Mercedes y McLaren emplearon su inglés de Oxford en informarse en recepción de qué hacer a la mañana siguiente mientras yo usaba mi castellano sin eses para obtener la misma información en mucho menos tiempo de unos chavales de las Palmas que me encontré en la entrada. Ellos habían alquilado un coche en lugar de tirar de Britrail y, después de más de una semana de arrastrar El Equipaje por todo el Reino Unido, hice firme propósito de imitarles en un futuro próximo. El que para entonces supiese conducir no dejaba de ser un plus.

Poco más o menos, nos enteramos de que existía un camino relativamente sencillo que subía despacio hacia la cima y, en principio, ese habría sido nuestro itinerario de tener una idílica vida corriente y no un conjunto desordenado de vivencias que parecen sacadas de una película de Billy Wilder. Y es que cuando llegamos al dorm room nos sorprendió un espectáculo enternecedor: la mayor parte de las camas estaban ocupadas por dulces y entrañables abuelitas británicas en ese rango de edades en que la dentadura pasa más tiempo en un vaso que en su debido lugar. Evitando la tentación de juntar las manos y hacer ” ohhhhhh” para no molestar a un grupo que, probablemente, le había dado las buenas noches a las gallinas, ocupamos nuestras literas para echar un buen sueño. Al menos McLaren y yo. Mercedes ya comenzaba a parecerse a Malcolm McDowell en la Naranja Mecánica pero cambiando a Beethoven por Greensleeves. Andaba yo feliz por mi séptimo sueño [41] cuando un revuelo similar al de una estampida de búfalos en la habitación me despertó de golpe. No me hubiese movido habida cuenta de que mi reloj marcaba las cinco, pero si había búfalos de por medio o, en su defecto, cualquier otro animal estampidador, no iba a ser yo quien se lo perdiera. Así pues, saqué la cabeza del cubil en que había transformado mi edredón con esa pereza que otorga el que haga mas frío fuera que dentro y, de repente, la perspectiva de los búfalos se convirtió en algo mundano. ¡Calzándose botas con clavos y los anoraks Goretex, equipadas con brújula, cuerda, piolets y algunas otras cosas cuyo nombre desconocía por completo, las superabuelas montañeras de Escocia se preparaban para la acción!

-Perdona nenita – me dijo, confundiendo mi cara de estupor con una expresión angelical y desvalida – Si no teneis mucha experiencia -y ahí si que tuvo acierto- no subais a la cima. Hoy hay mucha niebla y se espera mal tiempo.
– Descuide señora [42]-respondí conteniendo a duras penas el impulso de cuadrarme. Si quería ver el Ben Nevis, necesitaba un plan alternativo.

Unas horas después, ya había dado con él. Aparentemente, siguiendo el margen izquierdo del río y pasado un antiguo cementerio, a medio kilómetro de éste se disponía de una magnífica vista de la montaña. Mc Laren y yo, que no llevabamos ropa específica para montaña, nos equipamos con las camisas de felpa todo a mil que habíamos adquirido en Inverness y el calzado más cómodo que llevábamos, en mi caso unas Panama Jack de la época en que hice la primera comunión. Mercedes, sin embargo, venía más que preparada para la montaña. Al menos, para su concepto de montaña. Después de enfundarse en unos pristinos Bonaventure y una camisa Burberry planchada hasta un grosor micramétrico y perfectamente a juego con la flora otoñal, la observamos atónitas mientras extraía de la maleta de mis carnes una caja con unas botas cartujanas completamente nuevas que debían valer mucho más que todo lo que McLaren y yo llevábamos juntas. Nosotras incluidas en el mocho.

Al principio del paseo, allá iba ella feliz, saltando entre las florecillas y jugando con las mariposas como si la acabasen de sacar del casting de “Sonrisas y Lágrimas”. Luego ya se acabarían las sonrisas y se intensificarían las lágrimas. Porque anduvimos y anduvimos y anduvimos y allí no apareció cementerio alguno, si bien a poco hizo falta uno para enterrar mi cadaver si no llego a correr más que el resto. He de reconocer que cuando se me mete algo entre ceja y ceja, soy un poco correosa. Vamos, que razonar conmigo es como hablarle a un muro, sólo que éste muestra más interés y comprensión. El caso es que en ese momento yo quería ver Ben Nevis y se acabó. Tal vez fue por eso que cuando llegamos a una especie de valla, me guardé muy mucho de informar a mis compañeras de que, unos cientos de metros más allá, distinguía perfectamente a una manada de gigantescos toros lanudos dormitando. Claro que, teniendo en cuenta que justo por ahí se rodó Dog Soldiers, con los toros saliamos ganando. Y es que los hombres lobo no suelen tener sentido del humor. Fue así que en lugar de decir algo como “Cruzar por aquí es peligroso” me salió algo en la misma linea, pero más tirando a “Cruzar por aquí es … er … más fácil porque la valla está más baja. ¡Hop-hop-hop!”.

A pesar de mi esfuerzo, un rato después, la situación se había hecho insostenible. Más que junto al río, ibamos POR el río. Y no mejoró mucho el humor de Mercedes el que acabáramos hasta la cintura en un pantano. Afortunadamente, mi cintura viene a estar a la altura de sus codos y subiendo, si no mi periplo hubiese acabado allí mismo. Describiéndome en un lenguaje colorido imposible de reproducir en escritos con menos de dos rombos lo que pensaba de mí, eso si, desde una distancia prudencial, acabó por convencerme de que igual era el momento de regresar. Eso, o la espesísima niebla que bajaba de la montaña a todo trapo como en la peor pesadilla de Carpenter. Por no hablar del horario del último tren que salía de allí esa tarde y que teníamos que coger para cumplir nuestro scheduling. El caso es que, poco más o menos, deshicimos el camino … hasta llegar al corral. La hora de la siesta toril debía haber tocado a su fin porque ahora nuestros lanudos amiguitos estaban muy despiertos y muuuucho más cerca. Mercedes, mucho menos arreglada ahora que al principio de la excursión y con las botas nuevas cargadas de barro como si de dados lastrados se tratase no tuvo ni que abrir la boca para que supiese qué estaba pensando. Por suerte yo soy más grande o, en su defecto, corro más rápido. Mirando a derecha y a izquierda, se encontró flanqueada por una empinadísima subida a la montaña y un río de ancho equivalente a una autopista de cuatro carriles en que el agua del deshielo bajaba a toda velocidad. Ante ésto, sólo se me ocurrió sonreir y soltar una de mis perlas de sabiduría.

-Si quereis, cruzamos nadando y seguimos por el otro lado …

Cinco segundos después, ya estaba dentro del corral. Con los toros. Mejor ellos que Mercedes. Siendo sincera cien por cien, debo reconocer que no tuvo merito alguno, ya que, no se si sería por mis ropas o por falta de interés en mi manera de moverme [43] no me hicieron ningún caso. Vamos, como cualquier viernes por la noche de mi vida. Así pues, tras llegar al otro lado sin problemas, agité los brazos para llamar a mis compañeras, suponiendo que si a mi no me habían ni mirado, a ellas les ocurriría otro tanto. A fin de cuentas, no había aprendido tanto de los viernes de marras. McLaren, algo más nerviosa, consiguió pasar sin novedades. Claro, que ella era tan delgadita que difícilmente podrían percibirla en estéreo. Mercedes, sin embargo, desconfiando de cualquier cosa que pueda acompañarse con un pasodoble, optó por cambiar a modo sigilo como en los videojuegos. O, al menos, su versión de ello, que venía a ser una mezcla entre el paseillo de Chiquito de la Calzada, un Aserejé durante una borrachera de café y la sutil aproximación a los corderillos del lobo de la Warner. Naturalmente, el primer toro lanudo que la vió se sintió terriblemente interesado [44] y decidió seguirla a ver que nuevas gracias se le ocurrían. Seguirla, eso si, al calmado ritmo que una puede esperar de ese tipo de animal que podría reproducirse en peluches. Mercedes, no obstante, convencida de la bondad de su estrategia, más que cambiar de movimiento cambió de velocidad, consiguiendo únicamente que el toro, tozudo él con su nueva atracción, apretara igualmente el paso.

Este derroche de energía cinética no hizo sino atraer al resto de la manada, que sin prisa pero sin pausa procedieron asimismo a interrumpir su almuerzo y perseguir sin estres alguno a su compañero, que a su vez perseguía a Mercedes en una caravana digna de un episodio de Benny Hill. Cuando se hizo dolorosamente obvio que, en su intento por despistar a sus perseguidores Mercedes había comenzado a trazar círculos, fue el momento de saltar al corral una vez más y rescatarla por el sencillo procedimiento de cogerla del brazo y señalarle la dirección correcta. Supongo que se habría sentido agradecida si en sus planes inmediatos no entrara el asesinarme. Los toros, sin embargo, quedaron claramente compungidos, lo que demuestra más allá de toda duda que la televisión no es tan mal invento al fin y al cabo. Las botas de Mercedes, en su nuevo hogar en el fondo del cubo de basura, imagino que tampoco me habrían dado las gracias por el paseo.


(39)Los pueblos típicos británicos son a la madera antigua, tejas desencajadas y caminos serpenteantes de las pelis de Tim Burton lo que un whopper es a un solomillo al roquefort.
(40)Para usar los cubiertos, lo mejor es la regla Titanic: empezar de fuera a dentro y rezar porque no aparezcan platos inesperados. Obviamente, ésto no resulta fácil cuando esos cubiertos se sacan de una bolsa de plástico.
(41)Igual de feliz que en los sueños del 1 al 6. Tal como decía la mayor Ivanova en respuesta al clásico “¿has dormido bien?”, dormir no es el problema. Levantarse. Ese es el problema.
(42)Casi cualquier respuesta en inglés puede reducirse a una combinación afortunada de “No problem” y “Thank you”
(43)Ambos factores vienen a demostrar que tampoco existen tantas diferencias entre los toros lanudos y cualquier hombre que me parezca remotamente atractivo, y no estoy hablando de los cuernos.
(44)No debe resultar difícil interesar a un toro lanudo, cuya única percepción del mundo incluye hierba, árboles, más hierba y otros toros lanudos.


Reino Unido (XXVII): Up, into the Skye!!

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Una vez superada Inverness, el siguiente destino lo suponían las Hébridas, empezando por Skye no sólo porque pillaba más a mano sino por tener un nombre tan bonito.

Las Hébridas, en la escarpada costa oeste escocesa, tienen una población aproximada de 80000 personas, en su mayoría pescadores. Alrededor del siglo XIX, para acelerar su crecimiento económico, en una decisión muy británica se desalojó a los habitantes más pobres, que fueron mayormente sustituidos por inmigrantes galeses. En la práctica lo que se cosiguió es despoblarlas bastante, lo que, no obstante, las hace un lugar muy agradable de visitar. En general, los ferry hacia las islas son gratuitos y salen con frecuencia, lo que facilitó mucho acercarse a Skye en cuanto nos apeamos del tren. Justo estabamos en el ferry cruzando hacia Skye cuando, de repente, una voz nos llamo la atención desde la otra punta de la cabina.

-¡Merr-se-desss, Merr-se-desss!

Aquello comenzaba a rayar lo kafkiano. Es decir, pase que en Granada la muchacha conozca a todo el mundo: cabe dentro de lo normal ya que, al mejor estilo de las novelas de Garcia Marquez, está emparentada de una u otra forma con las tres cuartas partes de sus habitantes, pero allí, en mitad de ninguna parte… Es así que McLaren y yo observamos de hito en hito a un señor en tweed y en edad de biznietos engancharse en una animada conversación con nuestra amiga, que en estas situaciones se encuentra en su salsa. Resultó, ni más ni menos, que el hombre, a quien Mercedes no había visto en su vida, había sido durante una brevísima visita a España, un pretendiente de una tía-abuela suya que, además de parecerse terriblemente, en virtud a la evidencia, a su sobrina-nieta, resultaba llamarse igual. En aquella época, pretendiente venía a ser algo así como acompañarla a misa junto a toda la familia los domingos, pero se ve que la mujer le dejó huella. A mi la gente más bien intenta olvidarme rápido …

El caso es que encuentros inesperados aparte, pronto nos encontramos en la isla. Se supone que se formó a partir de la lava de una antiquísima erupción -posiblemente del Hekla- entre el continente y lo que más tarde se convertiría en Islandia y, de hecho, sus montañas de Cuillin son de piedra porosa volcánica.

Los primeros pobladores de Skye fueron muy probablemente grupos reducidos de monjes celtas, pero muy pronto fueron desplazados por vikingos noruegos allá por el 800 dC. Los vikingos, en lugar de dedicarse al pillaje como corresponde a honrados piratas, estaban buscando establecerse en otros lares y tenían en su punto de mira Islandia, así que las Hébridas les pillaban sumamente cómodas para hacer escala. El hecho de que predominara la cultura gaélica en la zona se debe probablemente a que las esposas de los noruegos eran locales y, por tanto, los niños crecían hablando gaélico [37]. No obstante, todavía quedan por ahí nombres noruegos en la isla, como Os, Eyre o Uig.

La isla de Skye, dado su tamaño, tiene también asociada una buena dosis de folklore. Sirva como ejemplo la leyenda del ganado de Gesto, que las hadas regalaron a Murdo McLeod en 1365 por haber salvado el antiguo Dun Taimh de la destrucción cuando uno de sus hombres intentó tomar piedras del fuerte para construir un establo nuevo. Las hadas que vivían debajo le obsequiaron con suficientes animales como para llenar el establo [38]: 50 vacas blancas lanudas de las Tierras Altas con cuernos negros que durarían 500 años. Eso es una garantía y no lo de los electrodomésticos. Skye también tiene su dosis de monstruos acuáticos -en los lagos Scavaig y Brittle-, el hombre de piedra de Storr, en Trotternish, petrificado al parecer por un par de ogros un tanto antisociales.

Abundan además los puentes de hadas. El más conocido tal vez es el Beul-Ath nan Tri Allt, camino de Dunvegan, que repele al ganado. Allí, el cuarto jefe de los McLeod, Ian Ciar, se casó con un hada. Esta costumbre era típica en las hadas ya que, según la tradición, perdieron con el tiempo la capacidad de procrear y recurrían a emparejarse con humanos. Con muchos humanos. Al cumplir un año su primer hijo el hada volvió con los suyos. Ian Ciar la acompañó hasta el puente Beul-Ath nan Tri Allt y le suplicó que no lo abandonara, pero ella se negó. Sin embargo, le entregó una pieza de seda, encomendándole que la agitase caso de encontrarse en peligro él o los suyos. No obstante, no debería usarla una tercera vez so pena de traer desgracia a su clan. Un año más tarde, regresaría para llevarse a su hijo mientras Ian Ciar estaba en una batalla. Desde entonces, los McLeod siempre llevaron la seda a sus combates, si bien se supone que la han agitado sólo dos veces hasta la fecha. La bandera se conserva aún en Dun Beaghan.

Cuando nosotras nos dejamos caer por Skye, hacía un frío que pelaba y estaba lloviendo a intervalos (es decir, lo normal en esa zona), así que no pudimos apreciar el paisaje tanto como me hubiera gustado. Lo que si apreciamos en su justa medida fue una especie de salón de piedra donde servían te y unos scones buenísimos que nos sentaron de escándalo. Skye es sobre todo, territorio de los McDonald de las islas, a pesar de compartir Duirinish con los McLeod que, siendo inmortales, es mejor no desalojar. Es así que aquella cafetería tan fashion no podía referirse como otra cosa que … en fin, McDonald. Esto hizo terriblemente difícil explicarle a la gente que hacía tan fantástico aquel sitio. En particular, porque costaba hacerse entender por encima de sus carcajadas. Supongo que sólo nos faltaba la cesta con las gallinas para convertirnos en la version sureña de Paco Martinez Soria. Nos dió igual. Como comprobaríamos más tarde, es más fácil tomarse las cosas a guasa con el estómago lleno.

¡Maldito, maldito verano escoces!


(37)¡Ya sabeis quien llevaba los pantalones en casa, chicos!
(38)El misterio real de este asunto es: ¿y para qué construía un establo nuevo sin tener desde el principio animales con que llenarlo? Cabe preguntarse si McLeod no sabía desde el principio los inquilinos que tenía en sus tierras.


Reino Unido (XXVI): Urqhart

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Generalmente, los viajes por el lago Ness llegan hasta el castillo de Urqhart, la ruina más famosa de la zona. Parece que el castillo se construyó para controlar el paso entre Moray Firth en el norte y Loch Linhe en Argyll. Originalmente, el lugar lo ocupaba una fortaleza picta e incluso puede que hubiese antes alguna construcción de la Edad del Hierro. El el 1230, Alan Durward es nombrado lord de Urquhart -nombre aparentemente derivado de “air” and “cairdean” (en los bosques) y que terminó en “Orchar”, pronunciado “Urchart”- y comienza la fortificación. A finales de siglo, Eduardo de Inglaterra ocupa el castillo en su marcha por Escocia y deja allí una guarnición, que duraría lo justo hasta que Robert de Bruce reconquista Escocia algo más tarde. En 1308, Robert regala el castillo a su amigo Sir Thomas Randolph, Earl of Moray, que lo defiende frente a los ataques de Edward Balliol. Eventualmente, el castillo volvería a la corona y jugaría un importante rol en la guerra contra los Lores de las Islas que, no obstante, lo conquistaron fugazmente a mediados del siglo XV. En el XVI, Urqhart siguió cambiando de mano, como la falsa moneda, y destruyéndose poco a poco en el proceso. No volvería a los Urqhart hasta el siglo XVII, cuando éstos lo reconstruyeron. Sin embargo, los Covenanters lo atacaron, robaron y machacaron en 1644, dejándolo prácticamente en ruinas. Ya en el siglo XX el castillo pasaría a manos del estado, que lo abrió al público y lo habilitó tal como está hoy en día. El castillo incluye las ruinas de una torre de homenaje del XVI, portones, edificios de viviendas, murallas mirando el Lago Ness y restos de una gran sala y una capilla a lo largo de 150 metros. Si bien generalmente hay niebla, desde el castillo puede haber una excelente vista del lago y el paseo es bastante agradable de echar.

Salvo por la falta de delicadeza del monstruo, el lago Ness estaba muy bien. Sin embargo, carecía de algo importante: un McDonald. En honor a la verdad, las tres odiabamos las hamburguesas de plástico y las patatas congeladas, pero algo hay en estos sitios que no se encuentra en ningún otro: un baño de señoras donde no hay que dar explicaciones para entrar. Esta interesante característica había convertido a Mercedes en un detector humano de McDonalds, pero, claro, de donde no hay no se puede sacar [34]. A punto de volver a la furgoneta y con un buen rato de camino por delante, mi amiga decidió hacer de tripas corazón y usar una cabina portatil que había por allí suelta. Y debía llevar por ahí suelta bastante tiempo, porque, oye, en cuanto cerró la puerta despertó al ejército en pleno del avispero que se había montado detrás y allí empezaron a dar vueltas a la cabina como X-Wings en torno a la Estrella de la Muerte. Para colmo de males, la furgoneta hizo sonar el claxon. Era hora de recoger amarras. Sin embargo, Mer había oido el nada tranquilizador zumbido en el exterior y se había cerrado en banda y en cerrojo. Y, con los nuevos amigos que la revoloteaban, no era cuestión de aproximarse y echar la puerta abajo [35].

-¿Qué es eso? ¿Qué es esoooo?

-¡Nada, nada, sal, que se va el coche!

-Eso, sal, sal ya.

Habría sonado más convincente de no haberlo dicho desde una prudencial distancia de doscientos metros. El caso es que no coló. Mercedes me conoce demasiado. No obstante, la posibilidad de dormir en el lago, con o sin monstruo, agudiza el ingenio y es así que conseguimos atraer al gaitero lo suficiente como para que Mer no distinguiese las avispas de la gaita.

-Eoooo, Mercedes, ya no hay nada, ¿ves? Corre, sal.

-Eso, sal o nos vamos sin tí.

Más que confiada, resignada a su suerte, Mercedes acabó por salir en plan demonio de Tasmania y sin esperar demasiado a ver si le habíamos dicho la verdad. Gracias a esa desconfianza, no obstante, las avispas no le picaron. Al menos no mucho.


(34) Esto no es estrictamente cierto. La burguesía ha encontrado la forma de negar de este pricipio: la tarjeta de crédito. Mi hermana tiene una solución alternativa: mi madre.
(35) O el hombro abajo, lo que llegue primero.


Reino Unido (XXV): el escurridizo Nessie

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La leyenda de Nessie, el monstruo más famoso del mundo, viene de antiguo. En el 565 dC, San Columba, mientras predicaba a los pictos, decidió darse un bañito en el río Ness para coger una barca que se encontraba en la otra orilla [33] . Cuenta su biógrafo que se le apareció un monstruo acuático, pero que el santo lo alejó con la señal de la cruz al más puro estilo del exorcista: “Atrás, criatura del avernooooo”. Teniendo en cuenta que la criatura obedeció, o no se trataba de Nessie o no tenía mucha personalidad. En todo caso, si para una vez que se da un garbeo por la superficie le salen con esas, no es de extrañar que se oculte tanto. Más adelante, en el 1833, un periódico de la zona publicó una noticia sobre la muerte de un supuesto hechicero, Gregor MacGregor, alias “Willox the Warlock”, entre cuyas posesiones se encontraba una brida que supuestamente había usado con un malvado kelpie que andaba dando la lata por la orilla del lago Ness. Los kelpies o caballos de agua en la mitología celta son monstruos acuáticos que atraen a los incautos al lago montándolos en sus espaldas para después, una vez dentro, devorarlos con tranquilidad. Claro, que si alguien es tan pardillo como para acercarse si lo llama un caballo ajeno nadando al estilo Esther Williams, merece ser devorado. Con tanta historia de monstruos, en el 1852 la gente del pueblo casi da matarile a una pareja de potros que andaban por el lago al grito de “¡a por el kelpie!”. Finalmente salvaron la pelleja, pero probablemente se convirtieron en el primer caso de estrés equino de la historia de la sicología.

Kelpie convenciendo al personal de que el agua esta buenisima

Para el 1868, la gente de orillas del lago ya se había transformado en el Lepe local. Si bien con sus 230 metros de profundidad el lago Ness podría muy bien albergar criaturas grandes, está demostrado que la variación de temperatura del lago provoca espejismos visuales consistentes principalmente en alargar los objetos, lo que algunos autores han usado para explicar los avistamientos de Nessie. Independientemente de esta explicación, a partir del 1900 los avistamientos crecen en número, alcanzando un máximo en 1933, justo cuando en King Kong animales antediluvianos se daban de tortas en la gran pantalla. En este año, los testigos del monstruo se cuentan por docenas, aunque las bromas pesadas a costa de éste van por los millares. En 1934, cuando el Photoshop aún no se había inventado, el cirujano Kenneth Wilson tomó la que se convertiría en la más famosa foto de Nessie, enseñando su largo cuello sobre la brumosa superficie del lago. Después de varias fotografías falsas más, el tema perdió fuelle hasta 1960, cuando se organizó la primera expedición científica a gran escala al lago. Y es que había una remota posibilidad de que la leyenda del bicho fuese cierta.

Fotochop de epoca con modelo curvilinea

Originalmente Escocia estaba pegada a norteamérica hasta que, por esa manía que tenían los continentes por derivar, acabó chocando con Europa hace unos 400 millones de años, lo que no podemos sino celebrar todos los amantes del shortbread. Como resultado de esa colisión, las montañas de Caledonia debieron elevarse por encima de los 7000 metros, si bien ahora lo más alto que tienen apenas sobrepasa los 2000. 20 milloncillos de años mas tarde, lo que se denominaba el Great Glen o gran valle acabó fracturándose y separando las Tierras Altas. En aquellos días todavía no existían más vertebrados que esos pequeños peces primitivos tan monos que siempre salen en los documentales de la BBC. Para cuando los pececillos espabilaron y salieron del agua, la zona estaba recubierta de pantanos, que luego proporcionarían a Escocia sus minas de carbón. En los 80 se encontró en Edimburgo un fosil de anfibio casi convertido en reptil al que denominaron Lizzie. Lizzie y sus amigos debieron pasar mucho frío porque, poco después, durante la Edad del Hielo, parte de Escocia quedó enterrada bajo 1700 metros de hielo. Un glaciar de ese hielo acabó socavando el lago Ness hace unos 18000 años. Al derretirse, se elevó el nivel del mar, por lo que dicho lago podría haber estado comunicado con éste y, por tanto, cabría la posibilidad de que se hubiese colado un bicho grande. En el momento en que el hielo se retiró, sin embargo, la tierra volvió a subir y los supuestos turistas quedaron atrapados en el lago. Los esfuerzos por encontrar a Nessie pronto se centraron en escanear con sonar todo el lago. Si bien recibieron ecos enormes provenientes del fondo, parece más plausible que se debiesen a fenómenos térmicos que a actividad monstruosa en la zona. Actualmente, después de varios escaneos más o menos cuidadosos, puede concluirse que, de haber un monstruo ahí abajo, es extremadamente tímido. Es una lástima: la tecnología nos ha robado la posibilidad de perseguir cualquier cosa al grito ese de “¡a por el kelpie!” que debe ser tan satisfactorio de proferir como lo de “siga a ese taxi” en New York.


(33) En aquella época los baños debían ser como ir al supermercado. Si no hay necesidad, ¿por qué demonios hacerlo?.