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Hacia las Torres del Payne

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Se ve que hacía tiempo que no iba de montaña y se me había olvidado, porque el caso es que de verdad que cuando tuve la oportunidad de acercarme a la Patagonia hace poco, subir al mirador de las Torres me pareció una idea buenísima. Y eso dice mucho más de mi que de la excursión en si. Muy, muy complicado no es que sea, yo iba en vaqueros y zapatos (Panama Jack de suela gruesa, eso si) y con un chubasquero lo peor del viento se quita. Pero, vaya, a la tercera hora trepando pendientes empieza uno a plantearse que en foto también se ve muy bonito. Y desde tu sillón.

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El camino (para arriba) arranca desde el Hotel/Refugio las Torres, última parada con baños y cafetería para el intrépido visitante. Intrépido el que se atreva a tomar algo allí, porque una cervecita local viene a salir por 12 euros. Alegría para el cuerpo. El camino hasta el hotel, eso si, es bien chulo y en las proximidades hay bastantes guanacos, así que atentos a las proximidades de la carretera (por así llamarla).

subidaTorres (1)

Y ahora viene la parte divertida: el caminito hasta el Mirador. Y que conste que considero esto publicidad engañosa; mirador suena así como novela de Jane Austen, que te acercas dando un paseito agradable con flores, pajaritos y una copa de champán a apoyarte en una barandilla y decir “qué bonito, qué bonito”. Hombre, lo de bonito es cierto, pero no llegas a decirlo porque necesitas los pulmones para intentar respirar después de la última subida. Y digo la última porque hay un desnivel de más de 700 metros a salvar en tres cómodos tramos: del hotel al refugio chileno, desde ahí al campamento de las Torres y -unas risas- los 480 metros finales, ligeramente empinadillos, por decir algo.

Total, 8 kilómetros, de los cuales 3 son razonablemente llanos (16, si tienes idea de volver y tal). Tiempo medio estimado 8 horitas ida y vuelta. Aunque hay riachuelos a partir del segundo tramo, imprescindible botella de agua y bocata de jamón.

El primer tramo es sencillo (o eso te parecerá más adelante): básicamente se trata de salvar una primera subida de unos 300 metros por la ladera de una montaña. Al principio parece un caminito rupestre muy mono, de esos de llevarse mantel de cuadritos y cesta, pero no nos engañemos, en cuanto se pierde de vista el Hotel, viene la gravilla. Y se va a quedar un buen rato, me temo. Este terreno resbala bastante, como comprobarán los que siempre que piensan en andar por el campo se calzan unas zapatillas de deporte. Cuidando los tobillos, lo peor que puede pasar es un culetazo o rasparse manos y rodillas. Por lo demás, es una subida constante hasta llegar al Refugio Chileno. Buenas vistas a derecha e izquierda, pero casi mejor mantener la vista en el suelo cuando sea posible.

El tramo del Refugio Chileno le gustará a todos los que no estén en super-forma (yo misma) porque es básicamente llano y transcurre en el interior de un bosquecillo, es decir, ni frío ni viento excesivo. Para que uno se confíe, vamos. Este tramo tiene la dificultad habitual del típico paseo por el bosque: zonas húmedas que resbalan, raíces que sobresalen, etc, etc. Empieza a haber riachuelos más arriba y hay un par de puentes que recomiendan pasar de uno en uno. Estos son tus 3 km en llano, así que disfrútalos. Falta te hará luego.

Ultima etapa: el subidón. En fin, ya para lo que queda una se resigna a subir. Aunque pinta regulera. A mi en particular que me gusta más trepar rocas que subir caminos empinados no me pareció lo peor, pero aquí hay una pendiente respetable y más vale que el calzado sea medianamente bueno. Lo peor, sin duda, el viento. Hay zonas donde te arranca del suelo si te descuidas (y eso que yo no soy precisamente tamaño XS). Recomendables gafas de sol, más que por el sol, porque te vas a hinchar de comer polvo y piedrecillas gracias al viento antes mencionado. Y la temperatura será más baja que en el resto de las etapas, así que si vas a pararte a tomarte el bocata, una de dos: espera hasta el lago del mirador y te refugias debajo de alguna de las lajas de piedra que hay por allí o antes de subir o a la bajada déjate caer por el refugio de las torres, que está dentro de un bosquecillo que para bastante el aire.

Llegados a este punto, me gustaría poder decir que no vale la pena y ahorraros el mal rato, pero para que nos vamos a engañar …

Eso si, aunque no lo parezca aquí arriba hay más gente que en la guerra, así que no penséis que va a ser una experiencia zen de meditación y paz. Lo normal es que haya tres excursiones de chiquillos (en mejor forma que nosotros, evidentemente) un escuadrón de gente sacándose selfies y el típico batallón de abuelos alemanes que sube las paredes de roca caminando en vertical. Aún así, un gustazo.

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MiradorTorres

Y, para el que crea que bajar es fácil, recordarle que tenemos unas cosas que se llaman rodillas y que van a soportar nuestro peso entero, enterito, entero, durante las próximas 3 horas y pico. Por no hablar de los tobillos y los alegres resbalones que nos vamos a echar, sobre todo ahora que las piernas han decidido que ya hemos abusado bastante y que ahora haga el trabajo otro músculo.

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En resumen, 6 horas 20 minutos de diversión. Creo que me gané una cerveza de las de 12 pavos. O, por lo menos, me la eché sin remordimientos. No os perdáis esta excursión. Es estupenda.


Vacaciones en Cazorla

Que viene a ser como Vacaciones en el Mar, pero sin glamur, sin romance y sin barco. Vaya, que lo único que hay es agua a porrillo.
Bueno, pues por aquello de que ya iba tocando, os endoso una crónica de mis primeros días de vacaciones este año. Como mis amiguetes y yo somos masoquistas, tradicionalmente quedamos una vez al año para alguna actividad que nos deje hechos polvo y destrozaos, como bien cantaban los Mojinos. Cuando eramos jóvenes y teníamos fuerzas era peor, porque tocaba subirse todos los picajos de Sierra Nevada, ahora que ya estamos pal arrastre nos conformamos con bañarnos en cualquier cosa que nos cubra por encima de la rodilla en Cazorla y bajar los rápidos del río en kayak, lo que implica la necesidad de ir en julio-agosto, con la frequita, mismamente.

Habitualmente para estos menesteres procedíamos en su tiempo al alquiler de una (o más) casa rural en mitad del parque, donde se montaban barbacoas para reponer esos quilos que no nos dejabamos durante el día, pero con aquello de que cada vez somos menos y que la actividad fuerte del asunto es el Guadalkayak, este año no se nos ocurrió mejor idea que alquilar la casa en un pueblo de al lado (entiéndase al lado por menos de 50km), que venía a caer en mitad de ninguna parte, a mano izquierda. Para colmo de males, resultó estar en lo alto de una colina, que en su tiempo tuvo que estar muy bien para la defensa de la zona, pero cuyo único propósito actual es que tengas que tirar de coche para subir y bajar y que no haya pistas de padel, porque si pierdes una bola tendrás que ir a buscarla a Sevilla.


El pueblo en cuestión, Iznatoraz, resultó tener un puñado de calles, una plaza con reloj y, lo peor de todo, sólo 3 bares, que, para colmo de males, disponían, eso si, de su correspondiente pantalla plana de chorrocientas pulgadas con fútbol-non-stop. A pesar de lo que pueda parecer y teniendo en cuenta que estábamos en la Marca del tapeo, triángulo conformado por Granada-Jaen-Almería, el papeo no resultó demasiado allá y al segundo día ya estaba más repetido que un bocadillo de judías. Fail. Para la próxima, volvemos al campo. Y a la barbacoa.

El tema kayak lo llevamos bien, este año había agua de sobra y los rápidos estuvieron divertidos. Yo, en mi linea, conseguí caerme cuando ya no había ni rápidos ni nada y quedé bajo sospecha de haberme tirado por envidiosa, porque tan torpe no se puede ser. El resto del día se dedicó a la visita obligada a la Charca del Aceite, que, a pesar de cubrir relativamente poco, está helada y, además, es punto de interés de domingueros. La idea hubiera sido comer allí, en el chiringuito que abre aleatoriamente a la hora que quiere y que no tiene cuarto de baño -mejor no pregunteis-, pero entre que sólo tienen bocatas y, una vez te has bañado -y, por supuesto, ya no quieres bañarte más- y te has dado un garbeo por las zarzas de la zona en pantalón corto, no hay mucho más que hacer, optamos por seguir camino hacia el embalse de al lado. En este si hay restaurantes, pero se han puesto de acuerdo para hacer una tarifa plana de 12 EUR por un menú de cafetería de universidad que invita a volver a la Charca a por los bocadillos. Además, hay que aguantar el sonsonete del camarero diciéndote que por 15 EUR, en lugar del pan de ayer te ponen colines. En fin, para no volver. Y, a estas alturas, os habreis dado cuenta de que estábamos en el quinto pino con respecto al Guadalkayak ese, con lo cual nuestra única razón para alojarnos en el pueblo, echada a perder. Otro fail.

Lo mejor del viaje, rápidos aparte, fue la tradicional excursión a las pozas del Borosa, esta vez cargados con bocatas y una sandía tamaño XL. El Borosa tiene un montón de estas pozas dispersas a lo largo del caudal, con lo que uno va subiendo y, quitando un tramo pequeño de coto de pesca, puede bañarse donde quiera. Las primeras veces que vinimos, subíamos hasta la cascada. Más tarde, hacíamos como que ibamos a subir, aunque al final nos apalancábamos a la mitad. Esta vez ni siquiera fingimos y paramos en la primera con suficiente agua para meternos hasta el cuello y refrescar la sandía y las Coca Colas. Y aquí me vino de perlas la toalla de microfibra para hacer la vuelta seca y sin cosas mojadas que tender en sitios pintorescos del coche.

En fin, un año más, una excursión más. Y que dure 🙂


Rocazas australianas

Parece que hasta que no defienda la tesis lo de escribir va a ser que no, asi que por mantener un minimo de actividad, voy a subir tres fotos panoramicas sacadas con ISUX en carrete de toda la vida de cuando estuve por Australia (quien la pillara otra vez).

Las Tres Hermanas, en la Blue Mountain junto a Sydney. Por aquí se puede trotar como cabritillos y no hay nada que te intente comer (bueno, salvo los loros de colores, pero a esos les puedes salvo que vengan organizados)

Los 12 Apóstoles, en la Gran Carretera Oceánica junto a Melbourne. En realidad, parte de los 12 se han caido, así que si no salen las cuentas, es normal. Si salen … eso si es un problema 😀 Por aquí lo de trotar está más chungo salvo que lleves el traje de baño, pero la vista merece la pena.

Esta si que no os vais a imaginar cual es. ¡Uluru misma! ¿A que era difícil? Totalmente cierto que cambia de color a lo largo del día, y el color chulo, chulo supone un super-madrugón, pero merece la pena. El que quiera puede trepar hasta arriba, pero avisados quedais de que se trata de un lugar sagrado para los nativos y es tan de mal gusto hacerlo como entrar en topless a misa en San Pedro. Lo que si se puede hacer es dar una vueltecica por abajo, que tiene hasta una lagunilla la mar de chula.

 


Reino Unido (XXVIII): Sangre y arena en Fort Williams

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Tras coger el primer tren que pillamos hacia el sur a la mañana siguiente, al caer la tarde llegamos a Fort William, un pueblo pequeño típico británico [39] consistente únicamente en un par de calles que se cruzan y el set habitual de prefabricados, tiendas de regalos, Boots y McDonalds. Fort William en si no tiene gran interés salvo porque actúa de estación base para subir al Ben Nevis, la Montaña Nublada, con 1344 metros el pico más alto del Reino Unido, y porque en sus inmediaciones se han rodado Rob Roy, Braveheart y Harry Potter, aunque poco tiene que ver con Hogsmeade.

Para obtener más información de la montaña, puede acudirse al centro de visitantes de Achintee, donde informan de las rutas a seguir. El hecho de que las montañas del Reino Unido sean tan bajas hace que los alpinistas más curtidos se planteen lo que se conoce como el desafío de las tres montañas: subir y bajar los picos más altos de Escocia, Inglaterra y Gales sólo en un día. Contrariamente a lo que nos pueda parecer a los flojos terminales, se apunta tanta gente a esta historia que suelen organizarse grupos para subir un día específico con cronometración y medallas incluidas. Evidentemente, la dificultad de esta excursión no radica ya en la ascensión, sino incluso en los kilómetros de carretera necesarios para desplazarse de uno a otro. Para evitar males mayores, a los participantes se les impone un mínimo al tiempo de viaje para que no superen cierta velocidad, de forma que si reducen el mínimo, el tiempo que ahorren no entra en el cómputo general de la prueba.

Independientemente de los agonías que tratan de suicidarse de formas tan coloridas como ésta, el Ben Nevis no es un pico complicado. Incluso alguien no acostumbrado en absoluto a la montaña no debería tardar en subir y bajar más de cinco horas: dos hasta el lago a 710 metros, una más hasta la cima y otras dos de bajada. Despistarse del camino es difícil: sólo hay que seguir a la masa de gente. No obstante, es imprescindible tener en cuenta que la montaña es siempre traicionera y que el tiempo puede cambiar a velocidades impensables una vez arriba. Es por ello que siempre hay que llevar buen calzado, chubasquero, agua en abundancia y algo ligero de comer por lo que podamos encontrarnos. Además, siendo conscientes de nuestras limitaciones, se puede tomar hasta la cima el camino sencillo o el bonito. Previendo lo previsible, nuestro objetivo era seguir el facil hasta que no pudiesemos más y entonces volver hacia abajo tan satisfechas como el que conquista el K-2.

Después de una interesante comida en un McDonalds, esta vez si de hamburguesas plasticosas, en que mi amiga me enseñó a manejar los cubiertos desechables correctamente [40] mientras yo me debatía cuan grande soy entre las tres bandejas de plástico sobre una mesa redonda pensada para que los tres cerditos tomaran te con pastas, nos encaminamos, por supuesto con El Equipaje, hacia el albergue, que, afortunadamente para mí, resultó estar relativamente cerca, siguiendo una carretera flanqueada por altos árboles que se abría algo más allá de la estación. En este caso, el lugar resultó bastante agradable, combinando madera y piedra al estilo de los refugios alpinos. Nada más llegar, Mercedes y McLaren emplearon su inglés de Oxford en informarse en recepción de qué hacer a la mañana siguiente mientras yo usaba mi castellano sin eses para obtener la misma información en mucho menos tiempo de unos chavales de las Palmas que me encontré en la entrada. Ellos habían alquilado un coche en lugar de tirar de Britrail y, después de más de una semana de arrastrar El Equipaje por todo el Reino Unido, hice firme propósito de imitarles en un futuro próximo. El que para entonces supiese conducir no dejaba de ser un plus.

Poco más o menos, nos enteramos de que existía un camino relativamente sencillo que subía despacio hacia la cima y, en principio, ese habría sido nuestro itinerario de tener una idílica vida corriente y no un conjunto desordenado de vivencias que parecen sacadas de una película de Billy Wilder. Y es que cuando llegamos al dorm room nos sorprendió un espectáculo enternecedor: la mayor parte de las camas estaban ocupadas por dulces y entrañables abuelitas británicas en ese rango de edades en que la dentadura pasa más tiempo en un vaso que en su debido lugar. Evitando la tentación de juntar las manos y hacer ” ohhhhhh” para no molestar a un grupo que, probablemente, le había dado las buenas noches a las gallinas, ocupamos nuestras literas para echar un buen sueño. Al menos McLaren y yo. Mercedes ya comenzaba a parecerse a Malcolm McDowell en la Naranja Mecánica pero cambiando a Beethoven por Greensleeves. Andaba yo feliz por mi séptimo sueño [41] cuando un revuelo similar al de una estampida de búfalos en la habitación me despertó de golpe. No me hubiese movido habida cuenta de que mi reloj marcaba las cinco, pero si había búfalos de por medio o, en su defecto, cualquier otro animal estampidador, no iba a ser yo quien se lo perdiera. Así pues, saqué la cabeza del cubil en que había transformado mi edredón con esa pereza que otorga el que haga mas frío fuera que dentro y, de repente, la perspectiva de los búfalos se convirtió en algo mundano. ¡Calzándose botas con clavos y los anoraks Goretex, equipadas con brújula, cuerda, piolets y algunas otras cosas cuyo nombre desconocía por completo, las superabuelas montañeras de Escocia se preparaban para la acción!

-Perdona nenita – me dijo, confundiendo mi cara de estupor con una expresión angelical y desvalida – Si no teneis mucha experiencia -y ahí si que tuvo acierto- no subais a la cima. Hoy hay mucha niebla y se espera mal tiempo.
– Descuide señora [42]-respondí conteniendo a duras penas el impulso de cuadrarme. Si quería ver el Ben Nevis, necesitaba un plan alternativo.

Unas horas después, ya había dado con él. Aparentemente, siguiendo el margen izquierdo del río y pasado un antiguo cementerio, a medio kilómetro de éste se disponía de una magnífica vista de la montaña. Mc Laren y yo, que no llevabamos ropa específica para montaña, nos equipamos con las camisas de felpa todo a mil que habíamos adquirido en Inverness y el calzado más cómodo que llevábamos, en mi caso unas Panama Jack de la época en que hice la primera comunión. Mercedes, sin embargo, venía más que preparada para la montaña. Al menos, para su concepto de montaña. Después de enfundarse en unos pristinos Bonaventure y una camisa Burberry planchada hasta un grosor micramétrico y perfectamente a juego con la flora otoñal, la observamos atónitas mientras extraía de la maleta de mis carnes una caja con unas botas cartujanas completamente nuevas que debían valer mucho más que todo lo que McLaren y yo llevábamos juntas. Nosotras incluidas en el mocho.

Al principio del paseo, allá iba ella feliz, saltando entre las florecillas y jugando con las mariposas como si la acabasen de sacar del casting de “Sonrisas y Lágrimas”. Luego ya se acabarían las sonrisas y se intensificarían las lágrimas. Porque anduvimos y anduvimos y anduvimos y allí no apareció cementerio alguno, si bien a poco hizo falta uno para enterrar mi cadaver si no llego a correr más que el resto. He de reconocer que cuando se me mete algo entre ceja y ceja, soy un poco correosa. Vamos, que razonar conmigo es como hablarle a un muro, sólo que éste muestra más interés y comprensión. El caso es que en ese momento yo quería ver Ben Nevis y se acabó. Tal vez fue por eso que cuando llegamos a una especie de valla, me guardé muy mucho de informar a mis compañeras de que, unos cientos de metros más allá, distinguía perfectamente a una manada de gigantescos toros lanudos dormitando. Claro que, teniendo en cuenta que justo por ahí se rodó Dog Soldiers, con los toros saliamos ganando. Y es que los hombres lobo no suelen tener sentido del humor. Fue así que en lugar de decir algo como “Cruzar por aquí es peligroso” me salió algo en la misma linea, pero más tirando a “Cruzar por aquí es … er … más fácil porque la valla está más baja. ¡Hop-hop-hop!”.

A pesar de mi esfuerzo, un rato después, la situación se había hecho insostenible. Más que junto al río, ibamos POR el río. Y no mejoró mucho el humor de Mercedes el que acabáramos hasta la cintura en un pantano. Afortunadamente, mi cintura viene a estar a la altura de sus codos y subiendo, si no mi periplo hubiese acabado allí mismo. Describiéndome en un lenguaje colorido imposible de reproducir en escritos con menos de dos rombos lo que pensaba de mí, eso si, desde una distancia prudencial, acabó por convencerme de que igual era el momento de regresar. Eso, o la espesísima niebla que bajaba de la montaña a todo trapo como en la peor pesadilla de Carpenter. Por no hablar del horario del último tren que salía de allí esa tarde y que teníamos que coger para cumplir nuestro scheduling. El caso es que, poco más o menos, deshicimos el camino … hasta llegar al corral. La hora de la siesta toril debía haber tocado a su fin porque ahora nuestros lanudos amiguitos estaban muy despiertos y muuuucho más cerca. Mercedes, mucho menos arreglada ahora que al principio de la excursión y con las botas nuevas cargadas de barro como si de dados lastrados se tratase no tuvo ni que abrir la boca para que supiese qué estaba pensando. Por suerte yo soy más grande o, en su defecto, corro más rápido. Mirando a derecha y a izquierda, se encontró flanqueada por una empinadísima subida a la montaña y un río de ancho equivalente a una autopista de cuatro carriles en que el agua del deshielo bajaba a toda velocidad. Ante ésto, sólo se me ocurrió sonreir y soltar una de mis perlas de sabiduría.

-Si quereis, cruzamos nadando y seguimos por el otro lado …

Cinco segundos después, ya estaba dentro del corral. Con los toros. Mejor ellos que Mercedes. Siendo sincera cien por cien, debo reconocer que no tuvo merito alguno, ya que, no se si sería por mis ropas o por falta de interés en mi manera de moverme [43] no me hicieron ningún caso. Vamos, como cualquier viernes por la noche de mi vida. Así pues, tras llegar al otro lado sin problemas, agité los brazos para llamar a mis compañeras, suponiendo que si a mi no me habían ni mirado, a ellas les ocurriría otro tanto. A fin de cuentas, no había aprendido tanto de los viernes de marras. McLaren, algo más nerviosa, consiguió pasar sin novedades. Claro, que ella era tan delgadita que difícilmente podrían percibirla en estéreo. Mercedes, sin embargo, desconfiando de cualquier cosa que pueda acompañarse con un pasodoble, optó por cambiar a modo sigilo como en los videojuegos. O, al menos, su versión de ello, que venía a ser una mezcla entre el paseillo de Chiquito de la Calzada, un Aserejé durante una borrachera de café y la sutil aproximación a los corderillos del lobo de la Warner. Naturalmente, el primer toro lanudo que la vió se sintió terriblemente interesado [44] y decidió seguirla a ver que nuevas gracias se le ocurrían. Seguirla, eso si, al calmado ritmo que una puede esperar de ese tipo de animal que podría reproducirse en peluches. Mercedes, no obstante, convencida de la bondad de su estrategia, más que cambiar de movimiento cambió de velocidad, consiguiendo únicamente que el toro, tozudo él con su nueva atracción, apretara igualmente el paso.

Este derroche de energía cinética no hizo sino atraer al resto de la manada, que sin prisa pero sin pausa procedieron asimismo a interrumpir su almuerzo y perseguir sin estres alguno a su compañero, que a su vez perseguía a Mercedes en una caravana digna de un episodio de Benny Hill. Cuando se hizo dolorosamente obvio que, en su intento por despistar a sus perseguidores Mercedes había comenzado a trazar círculos, fue el momento de saltar al corral una vez más y rescatarla por el sencillo procedimiento de cogerla del brazo y señalarle la dirección correcta. Supongo que se habría sentido agradecida si en sus planes inmediatos no entrara el asesinarme. Los toros, sin embargo, quedaron claramente compungidos, lo que demuestra más allá de toda duda que la televisión no es tan mal invento al fin y al cabo. Las botas de Mercedes, en su nuevo hogar en el fondo del cubo de basura, imagino que tampoco me habrían dado las gracias por el paseo.


(39)Los pueblos típicos británicos son a la madera antigua, tejas desencajadas y caminos serpenteantes de las pelis de Tim Burton lo que un whopper es a un solomillo al roquefort.
(40)Para usar los cubiertos, lo mejor es la regla Titanic: empezar de fuera a dentro y rezar porque no aparezcan platos inesperados. Obviamente, ésto no resulta fácil cuando esos cubiertos se sacan de una bolsa de plástico.
(41)Igual de feliz que en los sueños del 1 al 6. Tal como decía la mayor Ivanova en respuesta al clásico “¿has dormido bien?”, dormir no es el problema. Levantarse. Ese es el problema.
(42)Casi cualquier respuesta en inglés puede reducirse a una combinación afortunada de “No problem” y “Thank you”
(43)Ambos factores vienen a demostrar que tampoco existen tantas diferencias entre los toros lanudos y cualquier hombre que me parezca remotamente atractivo, y no estoy hablando de los cuernos.
(44)No debe resultar difícil interesar a un toro lanudo, cuya única percepción del mundo incluye hierba, árboles, más hierba y otros toros lanudos.


Cuadernos de viaje: Denali (Alaska) (II)

Aqui hay unos cuantos bocetillos rapidos que hice en el Faith Hill Lodge, un hostal tipo cabañas cerca del parque de Denali. El primero es una de las cabañas y el resto son de revistas que habia por alli sueltas. Nos lo pasamos fenomenal en el hostal gracias al dueño y al resto de los visitantes. Les regale unos cuantos dibujos y, a cambio, salimos ganando: tuvimos musica en directo y hasta galletas de chocolate caseras que habia hecho Andrew (he aqui un hombre que sabe como seducir a una mujer :D:D:D)


Skywalkers en el gran Cañon

Hace un tiempecillo que abrieron en el Gran Cañon una nueva atracción para sacarle los cuartos al turista incauto: el Skywalk. Se trata de una pasarela con suelo trasparente y forma de herradura que se adentra en el abismo para que todo aquel que quiera soltar entre los 30 y 40 euretes de rigor pueda contemplar el rio bajo sus pies.

Supuestamente, no recomendable para los que sufren de vertigo, pero, en realidad, es mas bien contraindicado para los que tengan claustrofobia, porque no queda un centimetro de suelo que no este ocupado por gente empujándose unos a otros mientras los hualapai, explotando el tema como explotan el resto del parque, nos conducen en plan ganado con prisa pero sin pausa a cruzar de un lado a otro, pararte donde te sacan la foto y montar la cola en la salida para ver si quieres soltar otros 10 pavos por tener en copia la cara de gilipollas que se te ha quedado al darte cuenta demasiado tarde de que te han tomado el pelo (otra vez). A ver, el Gran Cañon es espectacular y estaria genial recorrerlo si no estuviese medido al milimetro donde puedes pisar y hacia donde tienes que mirar. Toda la explotacion de los hualapais estos resulta un montaje en plan parque de atracciones donde no puedes sacar los brazos fuera del asiento. Además, tienes que pagar por packs completos, incluyendo una comida que no hubiera ingerido ni en mis peores dias de ayuno forzoso.

Y por si a alguien el aviso le llega tarde, podeis conformaros pensando que yo pague dos veces. Por mi y por mi hermana, que como os podeis imaginar por la cara que tiene en la foto, decidio en el ultimo momento que pasaba de subirse porque le daba miedo. Y no hay fotos en la plataforma porque, claro, para que dejarte usar tu camara si te pueden saquear con la suya. Un robo a mano armada, vamos. Yo no fui capaz de organizarlo por falta de tiempo y porque mi hermana es alergica al ejercicio fisico, pero si alguno quiere ir al Gran Cañon, que huya como del diablo de los paquetes organizados y tire millas por su cuenta (y suelas).  O no digais que no os lo advertí.


Cuadernos de viaje: Denali (Alaska) (I)

¡Buenos dias por la mañana! Hoy os dejo con unas cuantas acuarelas del parque natural mas bonito de Alaska: Denali, ubicacion del famoso Mt Kinsley. Si teneis ocasion, no os lo perdais. Hay osos, alces, caribus, pajaros de todo tipo, liebres de las nieves … Y caminos para todos los niveles de trekking! Como consejo personal, quedaos si podeis en el Faith Hill Lodge. Está a unos 15 km de la entrada al parque (y es, por tanto, mucho más barato que los hoteles que hay allí) y el sitio es fenomenal.