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Reino Unido (XXXI): Abadías, iglesias y piedras varias en Iona

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Ni que decir tiene que en la isla de Iona no hay coches, pero cualquiera que los necesite para las distancias con que hay que manejarse en la isla no habría sobrevivido un viaje conmigo durante tanto tiempo. Es así que después de desembarcar en un puerto con las aguas más azules que jamás había visto en el norte, pasamos de los coches de caballos que algunos de nuestros compañeros de viaje optaron por coger y, dejando atrás la minúscula oficina de correos y la tienda, nos encaminamos a la Abadía de Iona.

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La tradicional vista desde el ferry

De camino allí encontramos primero las ruinas de un convento de principios del siglo XIII. Reginald, hijo de Somerled y señor de las islas, lo fundó en el 1200 para instalar a su hermana Beatrice como primera madre priora. El convento pertenecía a una de las dos únicas órdenes agustinas de Escocia y se ganó el nombre de “An Eaglais Dhubh” o iglesia negra por el color de los hábitos de las monjas. Si bien no se ha restaurado desde su abandono durante la Reforma, las ruinas que quedan son de las más representativas en Bretaña de un convento medieval.

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Iona, antes de las cámaras digitales

La abadía, originalmente fundada por el popular San Columba y reconocido como la cuna del cristianismo en el Reino Unido, fue bastante vapuleada por los vikingos, que no eran aficionados a los santos ajenos. La actual data del Medievo, pero incluso ésta sufrió una fuerte restauración a principios del siglo XX, después de quedar casi en ruinas por el tiempo y la indiferencia, por no hablar de la Reforma, que, ya puestos, digamos que tuvo un peso importante en la decadencia del edificio. Curiosa no deja de ser la leyenda de que en este santisimo edificio se enterró vivo a San Orán para evitar que cayeran las paredes de la abadía original. Ni que decir tiene que la hábil estratagema arquitectónica no funcionó, pero para cuando el lugar fue abandonado, San Orán ya debía llevar tiempo sin sentir ni padecer. Por lo menos, en un arranque de inspiración no exento de cierta ironía, le dedicaron el cementerio local, tumba de varios reyes de Escocia: Reilig Odhráin.

El duque de Argyll se encargaría de devolverle el lustre a la abadía el siglo pasado, favor que le valió una tumba de piedra en la abadía, y en 1938 George MacLeod [27], un sacerdote de Glasgow fundaría una comunidad allí. Entonces, y dado el fresquillo ártico que suele hacer por la zona, se restauraron también las dependencias monásticas. Interesante indicar que en esta abadía hay testimonio de desplazamiento cronológico: un sacerdote indicó que había visto la abadía en toda su gloria cuando, mientras se acercaba a ella, el paisaje cambió y se encontró caminando por un sendero que ya no existía. Es posible que Clive Barker se inspirara en esta abadía precisamente cuando diseñó el salto temporal del “Undying”. O, conociendo a Clive Barker, igual no … También se han reportado barcos vikingos fantasma dando vueltas por la isla que intentan atacar la abadía, no está claro si la actual o la cronológicamente discapacitada.

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¡Qué miedo daba este juego, gente!

Lo más imponente del monasterio es la cruz celta tallada que se eleva altiva ante la puerta y que parece ser que conmemora al obispo francés del siglo IV San Martín. Ya una vez en la nave, es bonito ver los dibujos que la luz traza en el suelo a través de las vidrieras, en este caso bastante sobrias como en los Jerónimos en Lisboa. Un poco más al fondo, atravesando una puerta se va a dar con el claustro, que rodea una escultura llamada El Descenso del Espíritu, verde de musgo como corresponde a un buen monasterio Mignolero. Y, como no podían faltar, tumbas de piedra de caballeros que cruzan las miradas sobre ella. También se encuentra en el museo de la abadía la almohada de San Columba, una roca que desenterraron en 1870 cuando un carro chocó contra ella. Se supone, no se muy bien como, que esa piedra es donde el santo apoyaba la cabeza al descansar y que de ella se talló su lápida.

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Marchando una de cruces celtas …

(27) Hasta donde llegamos, al contrario que su primo Connor, éste no era inmortal, pero si yo fuese por ahí decapitando gente con una espada celta más grande que mi hermana, tampoco lo comentaría en público.


Reino Unido (XXX): La Isla de Mull

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La pequeñísima isla de Iona se considera el primer santuario cristiano en tierra escocesa. Por eso, a pesar de medir sólo una milla de ancho por 3.5 de largo y más a pesar aún del pesadísimo viaje por las carreteras de Mull para alcanzar el ferry a Iona, generalmente suele estar bastante concurrida en verano [24], ya que se congregan peregrinos y turistas para ver su abadía.

Qué bonico es Mull, los tres días que ves el sol ...

Qué bonico es Mull, los tres días que ves el sol …

A estas alturas, ya entrado el otoño, estábamos nosotras y algún que otro incauto, probablemente también acostumbrado a echar octubre en mangas de camisa. Para evitar problemas mayores, lo mejor es reservar el viaje completo Mull-Iona en la oficina de turismo de Oban y eso habíamos hecho nosotras, por lo que pudimos disfrutar, es un decir, la tortuosa carretera desde el cómodo asiento de un autocar mientras el conductor se peleaba con los coches que venían en dirección contraria por el único carril de la minúscula carretera, alcanzando por lo habitual el acuerdo de salirse a un lado y dejarlos pasar.

Demasiado tarde me di cuenta de que dar un paseo tranquilamente por Mull hubiese estado bien, por algo tiene su castillo de veraneo allí Paul McCartney, pero lo cierto es que el tiempo no estaba de nuestra parte. Aunque muy pelado, Mull tiene ese indefinible encanto pétreo escocés y está poblado de fantasmas como buena híbrida que se precie. El más curioso es la encarnación local de las banshees: Bean-nighe. Este fantasma lava la ropa de los que pronto morirán [25] en la orilla del río Moy Castle. Aparentemente, los pechos de la mujer son tan grandes que le cuelgan sobre los hombros. Si alguien los coge por detrás, la lavandera está obligada a informar del dueño de las ropas y si es el que en ese momento la tiene cogida, deberá cambiar su destino. El señor de la zona lo intentó sin éxito en una ocasión y murió al día siguiente en batalla, bien porque las ropas eran suyas o porque cabreó al fantasma mientras hacía su propia colada.

A falta de lavadora ...

A falta de lavadora … (dibujico de  Brian Froud & Alan Lee)

Por si ésto fuera poco, la isla también disfruta de su propio fantasma a caballo sin cabeza a-la-Sleepy Hollow y del imprescindible kelpie que toda buena extensión de agua escocesa debiera tener en su haber. Es curioso que, pese a estar relativamente apartada, Mull lleva poblada desde el neolítico, si bien la principal influencia de sus pobladores fueron los vikingos que llegaron en el II dC. Estuvo implicada en las guerras Escocesas contra el invasor inglés y acabó formando parte del Reino Unido tras el Acta de Unión de 1707. A finales de ese siglo, su población aumentó, sólo para reducirse de nuevo cuando los dueños de las tierras forzaron a los pobladores a desplazarse a Tobermory, donde, evidentemente, no había trabajo para todos [26] Actualmente la isla está bastante despoblada y es de suponer que la mayor parte de sus ingresos provienen del turismo. Del turismo que va para Iona, imagino. Cuando, finalmente, alcanzamos el ferry a Iona mi felicidad hubiera sido completa de no ser por el dichoso resfriado que arrastraba desde Edimburgo y que andaba calmando a base de tabletas de paracetamol en estado puro compradas en bote gordo en el Booth más cercano. De haber sabido lo bien que funcionan, las habría comprado en botella de cinco litros, como el agua mineral, pero a esas alturas aún tenía el resfriado cogido y bien cogido, como si de la fantasma lavandera esa se tratara.

(24) No está muy claro si no está concurrida en invierno o, sencillamente, nadie descongelado ha vuelto para contarlo.
(25) Puestos a pedir, y en tan aciagas circunstancias, mejor que te laven la ropa a que te griten en la ventana, al menos mueres limpito y más descansado.
(26) Se comenta que enterrado en el fondo de la bahía de Tobermory está en pecio de uno de los navíos de la Armada Invencible, que, de acuerdo a fuentes inglesas, debió de correr lo suyo para que todas las regiones del Reino Unido con mar se puedan reír por igual.


Historia de Roma

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No, no es que vaya a contar aquí la historia de Roma enterita -si acaso eso fuera remotamente posible- si no a recomendaros el último libro que ando leyendo: Historia de Roma de Indro Montanelli. Yo ya me había leido, por recomendación de un viejo amigo, la divertidísima Historia de los Griegos y tengo tan buenos recuerdos que, no sólo me compré el libro después de leerme el suyo, sino que lo mantengo a mano para releerla en cualquier hueco. Historia de Roma es más de lo mismo, dicho esto con un matiz claramente positivo. Se trata este librito de un manual de historia -no novela histórica ni nada por el estilo, sino historia pura- escrito en tono de guasa y con un hilo irónico bastante simpático a la hora de paralelizar el entonces con el ahora -entiéndase ahora los años 60, época en que se escribió, pero que, por lo que he visto, sigue siendo la tónica de hoy en día-.  Una se pregunta por qué cuando nos enseñaban historia en el cole no tiraban de cosas así en vez de los ladrillos que se usaban como libros de texto. La Historia de Roma cubre desde sus orígenes hasta aproximadamente la caida del Imperio o poco más (aún no he terminado, pero el siguiente libro es Historia de la Edad Media, así que puedo aventurar poco más o menos como va a acabar este enredo :D). En cuanto al autor, fue un renombrado periodista, multipremiado en su época, y bien que se le nota a la hora de escribir. Tiene publicados más de 60 libros, lamentablemente sólo una pequeña parte en español, y merece la pena leerse como mínimo los dos que he mencionado, ya os iré contando del resto. Parecen estar disponibles en la Casa del Libro por 10 euretes de nada. Creedme, es una buena inversión.Y, para que os hagais una idea del estilo …

“A todos estos dioses les ofrecían sacrificios, especialmente en los momentos de necesidad. Se trataba de cabras o de vacas para los dioses menores. Pero cuando había que aplacar o congraciarse con Baal- Haman, se recurría a los niños, que eran colocados entre los brazos de la gran estatua de bronce que le representaba, y de allí les dejaban rodar sobre el fuego que ardía abajo. Hasta trescientos en un día quemaron en medio de una bacanal de trompetas y tambores para sofocar sus gritos. Parece ser que era costumbre, por parte de las familias ricas, cuando eran requeridas para facilitar un niño que asar a la parrilla, comprarlo a los pobres. Mas cuando Agatocles de Siracusa puso sitio a la ciudad, haciendo necesario, además del auxilio de los dioses, también el buen acuerdo entre las clases sociales, la costumbre fue prohibida para no alimentar los odios entre afortunados y desheredados”


¿Hay algún doctor por aquí?

En el aniversario de nuestro periplo del 2009 por el castillo de Drácula, este año decidimos, como no, dejarnos caer por el de Frankenstein. Con un poco de suerte, en 2011 estaremos escribiendo ésto desde la tumba de la momia o la peluquería del hombre lobo, a saber. Por aquello del completismo, comentaré que el doctor Frankenstein, nacido de la imaginación de la escritora Mary Shelley en una noche de juerga -a saber lo que bebieron- con Lord Byron y su futuro esposo, no tenía otra afición mejor que devolver la vida a cuerpos inanimados, pero como nadie es perfecto, casi que lo mejor es coser varios cadáveres para obtener el combo ganador. Y en lugar de salirle Jude Law, pues le quedó el monstruo ese de los tornillos en la cabeza, lo que dice mucho de la apreciación estética masculina por otros tíos. Y como las pilas por aquel entonces no eran de litio-cadmio, para traérselo de vuelta a la vida, tiró del consabido pararayos en lo alto de su castillo, con consecuencias de lo más amenas para la población local. No os lo perdais, de estreno desde 1818 en todas las librerías 😛 😀

El caso es que, de pura casualidad, tenía yo que pasar por Wroclaw unos días -casualidades de la vida, hay vuelo directo a Málaga con mi adorada Ryanair- y, tras descubrir que por esa zona hay más castillos que en la Tierra Media, se impuso salir el fin de semana y ver que podíamos encontrar. Y, mire usted por donde, nos encontramos con el castillo de Frankenstein en mitad de la baja Silesia. Dios los cría y los frikis se juntan. El pueblo en cuestión (copiao con CTRL+C) es Ząbkowice Śląskie, o, lo que es lo mismo, Frankenstein in Schlesien, que suena bastante a schloss o castillo en alemán. Parece ser que en a principios del siglo XVII una plaga redujo la población en un tercio, y de ahí viene la leyenda (negra) de Frankenstein.

El caso es que después de perdernos por todas las carreteras rupestres de la zona, esquivando baches de los que miden la profundidad en pies y con la inestimable ayuda de Thomas, el GPS sin sentido de la orientación, ya ocutándose los últimos rayos de sol, como corresponde a un buen relato de terror, conseguimos doblete: no sólo alcanzamos el pueblo de marras, sino que llegamos a la gasolinera antes de que estallara el motor. Y eso que la bajada de la montaña la hice en punto muerto. Perdón, vitalmente discapacitado.

Pero no iba a acabar ahí la cosa, no señor. Tres vueltas más tarde, y sin atisbar siquiera el castillo prometido, llegamos a la triste conclusión de que, bien el doctor Frankenstein vivía en un VPO, bien estábamos conduciendo en círculos, lo que conociendo al doctor y conociéndonos a nosotros, sonaba mucho más plausible. La solución obvia, parar y preguntarle a alguien, no era viable, porque, ¡pardiez! Al caer la noche, las calles se habían quedado desiertas. En ausencia de peatones, bien valen camareros. La cosa estaba clara: aparcar, cenar y preguntar. Lo que no estaba tan claro era dónde, porque tampoco parecía haber nada abierto. Finalmente, en la plaza del pueblo, dimos con una pizzeria-hamburguesería -o algo así-, donde había luz. Tenue, pero luz. Y allí que enfilamos, felices como perdices, hasta que encontramos al clásico abuelillo sentado en la puerta que, mirándonos con sorpresa, nos increpó en polaco en lo que probablemente significaba “ahí no se puede aparcar”, pero a estas alturas a nosotros nos sonó a algo como “insensatooooos”. Y, claro está, cuando entramos allí estaban los clásicos parroquianos de la Hammer, a sus labores, que en lugar de dardos era una máquina tragaperras y en lugar de beber la birra en jarras usaban tubos, pero por lo demás la escena podía haber estado rodada en blanco y negro. Y, claro que si, todos se giraron al vernos entrar, se hizo el silencio más absoluto y luego volvieron a lo suyo. Como nosotros si que hemos visto todas esas pelis de terror cuya existencia sus protas ignoran, optamos por una retirada rápida hasta que dimos con un pub-pizzeria (luego dicen que cayó el Imperio Romano) donde nos hinchamos de pizza -o eso la llamaban ellos- de salchicha y papas y de videos de Katy Perry en la MTV y hasta nos dijeron como llegar al castillo. Y allá nosotros.

El saber donde estaba, sin embargo, no minó nuestra predisposición a perdernos en absoluto. Le dimos 7 vueltas más al pueblo (que consistía en 5 calles) y, finalmente, salimos a la autovía a rodearlo. Fue entonces que, tras ver un cacho de muralla perdido entre los árboles y ningún acceso aparente, sacamos el coche de la carretera lo más cerca que pudimos, dejamos los faros encendidos por aquello de que ya no se veía nada y, abriendonos paso entre los matojos y los arbolicos, por fin llegamos al maldito castillo, ya con ganas de coger antorchas y hoces aunque sólo fuera por la mano de vueltas que habíamos dado para llegar. ¡Y bien grande que era, el tío! ¡Como para no verlo! Eso si, en ruinas del todo. Pero bueno, por el bien del orgullo friki, damos la visita por buena 🙂


Reino Unido (XXVIII): Sangre y arena en Fort Williams

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Tras coger el primer tren que pillamos hacia el sur a la mañana siguiente, al caer la tarde llegamos a Fort William, un pueblo pequeño típico británico [39] consistente únicamente en un par de calles que se cruzan y el set habitual de prefabricados, tiendas de regalos, Boots y McDonalds. Fort William en si no tiene gran interés salvo porque actúa de estación base para subir al Ben Nevis, la Montaña Nublada, con 1344 metros el pico más alto del Reino Unido, y porque en sus inmediaciones se han rodado Rob Roy, Braveheart y Harry Potter, aunque poco tiene que ver con Hogsmeade.

Para obtener más información de la montaña, puede acudirse al centro de visitantes de Achintee, donde informan de las rutas a seguir. El hecho de que las montañas del Reino Unido sean tan bajas hace que los alpinistas más curtidos se planteen lo que se conoce como el desafío de las tres montañas: subir y bajar los picos más altos de Escocia, Inglaterra y Gales sólo en un día. Contrariamente a lo que nos pueda parecer a los flojos terminales, se apunta tanta gente a esta historia que suelen organizarse grupos para subir un día específico con cronometración y medallas incluidas. Evidentemente, la dificultad de esta excursión no radica ya en la ascensión, sino incluso en los kilómetros de carretera necesarios para desplazarse de uno a otro. Para evitar males mayores, a los participantes se les impone un mínimo al tiempo de viaje para que no superen cierta velocidad, de forma que si reducen el mínimo, el tiempo que ahorren no entra en el cómputo general de la prueba.

Independientemente de los agonías que tratan de suicidarse de formas tan coloridas como ésta, el Ben Nevis no es un pico complicado. Incluso alguien no acostumbrado en absoluto a la montaña no debería tardar en subir y bajar más de cinco horas: dos hasta el lago a 710 metros, una más hasta la cima y otras dos de bajada. Despistarse del camino es difícil: sólo hay que seguir a la masa de gente. No obstante, es imprescindible tener en cuenta que la montaña es siempre traicionera y que el tiempo puede cambiar a velocidades impensables una vez arriba. Es por ello que siempre hay que llevar buen calzado, chubasquero, agua en abundancia y algo ligero de comer por lo que podamos encontrarnos. Además, siendo conscientes de nuestras limitaciones, se puede tomar hasta la cima el camino sencillo o el bonito. Previendo lo previsible, nuestro objetivo era seguir el facil hasta que no pudiesemos más y entonces volver hacia abajo tan satisfechas como el que conquista el K-2.

Después de una interesante comida en un McDonalds, esta vez si de hamburguesas plasticosas, en que mi amiga me enseñó a manejar los cubiertos desechables correctamente [40] mientras yo me debatía cuan grande soy entre las tres bandejas de plástico sobre una mesa redonda pensada para que los tres cerditos tomaran te con pastas, nos encaminamos, por supuesto con El Equipaje, hacia el albergue, que, afortunadamente para mí, resultó estar relativamente cerca, siguiendo una carretera flanqueada por altos árboles que se abría algo más allá de la estación. En este caso, el lugar resultó bastante agradable, combinando madera y piedra al estilo de los refugios alpinos. Nada más llegar, Mercedes y McLaren emplearon su inglés de Oxford en informarse en recepción de qué hacer a la mañana siguiente mientras yo usaba mi castellano sin eses para obtener la misma información en mucho menos tiempo de unos chavales de las Palmas que me encontré en la entrada. Ellos habían alquilado un coche en lugar de tirar de Britrail y, después de más de una semana de arrastrar El Equipaje por todo el Reino Unido, hice firme propósito de imitarles en un futuro próximo. El que para entonces supiese conducir no dejaba de ser un plus.

Poco más o menos, nos enteramos de que existía un camino relativamente sencillo que subía despacio hacia la cima y, en principio, ese habría sido nuestro itinerario de tener una idílica vida corriente y no un conjunto desordenado de vivencias que parecen sacadas de una película de Billy Wilder. Y es que cuando llegamos al dorm room nos sorprendió un espectáculo enternecedor: la mayor parte de las camas estaban ocupadas por dulces y entrañables abuelitas británicas en ese rango de edades en que la dentadura pasa más tiempo en un vaso que en su debido lugar. Evitando la tentación de juntar las manos y hacer ” ohhhhhh” para no molestar a un grupo que, probablemente, le había dado las buenas noches a las gallinas, ocupamos nuestras literas para echar un buen sueño. Al menos McLaren y yo. Mercedes ya comenzaba a parecerse a Malcolm McDowell en la Naranja Mecánica pero cambiando a Beethoven por Greensleeves. Andaba yo feliz por mi séptimo sueño [41] cuando un revuelo similar al de una estampida de búfalos en la habitación me despertó de golpe. No me hubiese movido habida cuenta de que mi reloj marcaba las cinco, pero si había búfalos de por medio o, en su defecto, cualquier otro animal estampidador, no iba a ser yo quien se lo perdiera. Así pues, saqué la cabeza del cubil en que había transformado mi edredón con esa pereza que otorga el que haga mas frío fuera que dentro y, de repente, la perspectiva de los búfalos se convirtió en algo mundano. ¡Calzándose botas con clavos y los anoraks Goretex, equipadas con brújula, cuerda, piolets y algunas otras cosas cuyo nombre desconocía por completo, las superabuelas montañeras de Escocia se preparaban para la acción!

-Perdona nenita – me dijo, confundiendo mi cara de estupor con una expresión angelical y desvalida – Si no teneis mucha experiencia -y ahí si que tuvo acierto- no subais a la cima. Hoy hay mucha niebla y se espera mal tiempo.
– Descuide señora [42]-respondí conteniendo a duras penas el impulso de cuadrarme. Si quería ver el Ben Nevis, necesitaba un plan alternativo.

Unas horas después, ya había dado con él. Aparentemente, siguiendo el margen izquierdo del río y pasado un antiguo cementerio, a medio kilómetro de éste se disponía de una magnífica vista de la montaña. Mc Laren y yo, que no llevabamos ropa específica para montaña, nos equipamos con las camisas de felpa todo a mil que habíamos adquirido en Inverness y el calzado más cómodo que llevábamos, en mi caso unas Panama Jack de la época en que hice la primera comunión. Mercedes, sin embargo, venía más que preparada para la montaña. Al menos, para su concepto de montaña. Después de enfundarse en unos pristinos Bonaventure y una camisa Burberry planchada hasta un grosor micramétrico y perfectamente a juego con la flora otoñal, la observamos atónitas mientras extraía de la maleta de mis carnes una caja con unas botas cartujanas completamente nuevas que debían valer mucho más que todo lo que McLaren y yo llevábamos juntas. Nosotras incluidas en el mocho.

Al principio del paseo, allá iba ella feliz, saltando entre las florecillas y jugando con las mariposas como si la acabasen de sacar del casting de “Sonrisas y Lágrimas”. Luego ya se acabarían las sonrisas y se intensificarían las lágrimas. Porque anduvimos y anduvimos y anduvimos y allí no apareció cementerio alguno, si bien a poco hizo falta uno para enterrar mi cadaver si no llego a correr más que el resto. He de reconocer que cuando se me mete algo entre ceja y ceja, soy un poco correosa. Vamos, que razonar conmigo es como hablarle a un muro, sólo que éste muestra más interés y comprensión. El caso es que en ese momento yo quería ver Ben Nevis y se acabó. Tal vez fue por eso que cuando llegamos a una especie de valla, me guardé muy mucho de informar a mis compañeras de que, unos cientos de metros más allá, distinguía perfectamente a una manada de gigantescos toros lanudos dormitando. Claro que, teniendo en cuenta que justo por ahí se rodó Dog Soldiers, con los toros saliamos ganando. Y es que los hombres lobo no suelen tener sentido del humor. Fue así que en lugar de decir algo como “Cruzar por aquí es peligroso” me salió algo en la misma linea, pero más tirando a “Cruzar por aquí es … er … más fácil porque la valla está más baja. ¡Hop-hop-hop!”.

A pesar de mi esfuerzo, un rato después, la situación se había hecho insostenible. Más que junto al río, ibamos POR el río. Y no mejoró mucho el humor de Mercedes el que acabáramos hasta la cintura en un pantano. Afortunadamente, mi cintura viene a estar a la altura de sus codos y subiendo, si no mi periplo hubiese acabado allí mismo. Describiéndome en un lenguaje colorido imposible de reproducir en escritos con menos de dos rombos lo que pensaba de mí, eso si, desde una distancia prudencial, acabó por convencerme de que igual era el momento de regresar. Eso, o la espesísima niebla que bajaba de la montaña a todo trapo como en la peor pesadilla de Carpenter. Por no hablar del horario del último tren que salía de allí esa tarde y que teníamos que coger para cumplir nuestro scheduling. El caso es que, poco más o menos, deshicimos el camino … hasta llegar al corral. La hora de la siesta toril debía haber tocado a su fin porque ahora nuestros lanudos amiguitos estaban muy despiertos y muuuucho más cerca. Mercedes, mucho menos arreglada ahora que al principio de la excursión y con las botas nuevas cargadas de barro como si de dados lastrados se tratase no tuvo ni que abrir la boca para que supiese qué estaba pensando. Por suerte yo soy más grande o, en su defecto, corro más rápido. Mirando a derecha y a izquierda, se encontró flanqueada por una empinadísima subida a la montaña y un río de ancho equivalente a una autopista de cuatro carriles en que el agua del deshielo bajaba a toda velocidad. Ante ésto, sólo se me ocurrió sonreir y soltar una de mis perlas de sabiduría.

-Si quereis, cruzamos nadando y seguimos por el otro lado …

Cinco segundos después, ya estaba dentro del corral. Con los toros. Mejor ellos que Mercedes. Siendo sincera cien por cien, debo reconocer que no tuvo merito alguno, ya que, no se si sería por mis ropas o por falta de interés en mi manera de moverme [43] no me hicieron ningún caso. Vamos, como cualquier viernes por la noche de mi vida. Así pues, tras llegar al otro lado sin problemas, agité los brazos para llamar a mis compañeras, suponiendo que si a mi no me habían ni mirado, a ellas les ocurriría otro tanto. A fin de cuentas, no había aprendido tanto de los viernes de marras. McLaren, algo más nerviosa, consiguió pasar sin novedades. Claro, que ella era tan delgadita que difícilmente podrían percibirla en estéreo. Mercedes, sin embargo, desconfiando de cualquier cosa que pueda acompañarse con un pasodoble, optó por cambiar a modo sigilo como en los videojuegos. O, al menos, su versión de ello, que venía a ser una mezcla entre el paseillo de Chiquito de la Calzada, un Aserejé durante una borrachera de café y la sutil aproximación a los corderillos del lobo de la Warner. Naturalmente, el primer toro lanudo que la vió se sintió terriblemente interesado [44] y decidió seguirla a ver que nuevas gracias se le ocurrían. Seguirla, eso si, al calmado ritmo que una puede esperar de ese tipo de animal que podría reproducirse en peluches. Mercedes, no obstante, convencida de la bondad de su estrategia, más que cambiar de movimiento cambió de velocidad, consiguiendo únicamente que el toro, tozudo él con su nueva atracción, apretara igualmente el paso.

Este derroche de energía cinética no hizo sino atraer al resto de la manada, que sin prisa pero sin pausa procedieron asimismo a interrumpir su almuerzo y perseguir sin estres alguno a su compañero, que a su vez perseguía a Mercedes en una caravana digna de un episodio de Benny Hill. Cuando se hizo dolorosamente obvio que, en su intento por despistar a sus perseguidores Mercedes había comenzado a trazar círculos, fue el momento de saltar al corral una vez más y rescatarla por el sencillo procedimiento de cogerla del brazo y señalarle la dirección correcta. Supongo que se habría sentido agradecida si en sus planes inmediatos no entrara el asesinarme. Los toros, sin embargo, quedaron claramente compungidos, lo que demuestra más allá de toda duda que la televisión no es tan mal invento al fin y al cabo. Las botas de Mercedes, en su nuevo hogar en el fondo del cubo de basura, imagino que tampoco me habrían dado las gracias por el paseo.


(39)Los pueblos típicos británicos son a la madera antigua, tejas desencajadas y caminos serpenteantes de las pelis de Tim Burton lo que un whopper es a un solomillo al roquefort.
(40)Para usar los cubiertos, lo mejor es la regla Titanic: empezar de fuera a dentro y rezar porque no aparezcan platos inesperados. Obviamente, ésto no resulta fácil cuando esos cubiertos se sacan de una bolsa de plástico.
(41)Igual de feliz que en los sueños del 1 al 6. Tal como decía la mayor Ivanova en respuesta al clásico “¿has dormido bien?”, dormir no es el problema. Levantarse. Ese es el problema.
(42)Casi cualquier respuesta en inglés puede reducirse a una combinación afortunada de “No problem” y “Thank you”
(43)Ambos factores vienen a demostrar que tampoco existen tantas diferencias entre los toros lanudos y cualquier hombre que me parezca remotamente atractivo, y no estoy hablando de los cuernos.
(44)No debe resultar difícil interesar a un toro lanudo, cuya única percepción del mundo incluye hierba, árboles, más hierba y otros toros lanudos.


Cambodia & Angkor

Buenas noches a todos,

Antes de coger carretera para el fin de semana, os dejo una recomendacion literaria: Cambodia & Angkor, por Chavanat, Elsie y Creedy Smith. Se trata de un cuaderno de viaje bastante completito e ilustrado con acuarelas, polaroids, tickets, billetes, sellos y todas esas cosas que me gustan. Esta narrado en primera persona en plan historieta y me dejo con ganas de haber echado bastante mas tiempo en el pais.

El libro esta editado por Edmbooks, aunque yo lo pille por Amazon despues de comprobar que llevaba el equipaje un poco cargado y que estamos hablando de tapa dura. Seguramente se pueda conseguir mas baratito por eBay o, a lo peor, sin gastos de envio en Book Depository. Yo me hice mi propia libretilla, pero cada vez que veo el libro, me entran mas ganas de coger los TRIA y pintar algo a color …


Runas vikingas

En espera de un rato para escribir con calma, he encontrado vagando por mi disco duro una foto que saque en Islandia de las runas “magicas” que se utilizan alli. En su momento, hasta llegue a hacerme una camiseta con el Pathfinder, que me hace mucha falta, aunque tengo intencion de hacerme otra mas currada con un cartel que ponga “I’m not lost, just geographically challenged”.