Archivo de la categoría: 3- Historias

Tú ya te sabes esto … Floji-guía a la monarquía inglesa (II)

Saliendo de la Guerra de los 100 años y entrando directamente a …

PELICULA/SERIE REYES
SIGLO XV

The black Arrow

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The White Queen

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The White Princess

¿Recordamos que el siglo XIV en Inglaterra fue básicamente una guerra continua? Pues por no ponerse nostálgicos, los nietos de Eduardo III se montaron 2 años después la Guerra de las dos Rosas (1455 y 1487). Los Lancaster no estaban precisamente en el top 10 de popularidad después de perder Francia, así que los  York, también descendientes de Eduardo III, aprovecharon para hacerse con el trono que retuvieron … hasta cierto punto. De la casa York fueron Eduardo IV, Eduardo V y Ricardo III, a ese al que le atribuyen la frase de “Mi reino por un caballo” cuando cae en la batalla de Bothworth en 1485 frente a Enrique VII Tudor, de la rama Lancaster (bueno, más bien ante el ejército que se había traído éste, para qué nos vamos a engañar).

Para reconciliar las casas York y Lancaster, Enrique VII se casa con Isabel de York, aunque como nos cuentan en la serie The White Princess, el matrimonio fue de aquella manera. Fue el fundador oficial de la casa Tudor, aunque obviamente no el más famoso.

Efectos secundarios de la Guerra de las Dos Rosas, más allá de la aniquilación de los Plantagenet, fue que buena parte de la nobleza se quedó por el camino y a otro porcentaje importante -los que apoyaban a los York- los liquidaron después. A efectos prácticos, esto acabó con el feudalismo y permitió al rey acumular poder como un campeón. Por eso a todos nos suena el siguiente.


Mientras, en el resto del mundo …

El Jorobado de Notre Dame, Los Borgia, 1492 La Conquista del Paraiso, Isabel

SIGLO XVI

Los Tudor

THE TUDORS - Season 4

Wolf Hall

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Lady Jean

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Elizabeth

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María Reina de Escocia

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Elizabeth, la Edad de Oro

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Enrique VIII reinó entre 1509 y 1547, heredando de su hermano Arturo trono y esposa. Su padre quería cimentar una alianza con España, por lo que casó a su primogénito con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, y, así murió éste a las 20 semanas de la boda, con Enrique VIII. Por justificar estas bodas en serie, el Papa asumió que el matrimonio no se había consumado (si, igualito que en Juego de Tronos). Cuando el matrimonio no dio descendientes varones (sólo tuvieron una hija: María), esta bula-express le vino de perlas a Enrique para invalidar su matrimonio y pasar a casarse con Ana Bolena, a la que le tenía echado el ojo hacía tiempo. El problema, claro está, fue que el Papa estaba bastante presionado por Carlos V, sobrino de la anterior reina, y no estaba por la labor de anular nada. Enrique lo arregló por la vía de enmedio: si la Iglesia no le daba la razón, se busca otra: la protestante. Así pudo largar a Catalina, casarse con Ana y … tener una hija en vez de un hijo: Isabel. ¿Nos va sonando el nombre? Esta ruptura con la Iglesia católica supuso el ascenso de Tomás Cromwell y la ejecución de Tomás Moro, que se negó a aceptar la nueva iglesia. Desafortunadamente para Ana, Enrique le había cogido el tranquillo al divorcio y a los 4 años de la boda volvió a cambiar de cónyuge. Eso si, como Ana no era tía del emperador Carlos V, a esta la pasó por el cadalso, acusada de haberse liado con no se cuantos tipos, incluido su hermano (si, aquí Juego de Tronos tampoco ha inventado mucho). La nueva esposa sería Jane Seymour, madre del futuro Eduardo VI, y ésta se murió ella sola dando a luz. Enrique se casaría hasta 6 veces, primero con el beneplácito de Cromwell y luego, por el sencillo procedimiento de ejecutarlo a él también. Se ve que en Inglaterra no se conoce el dicho de  “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar …”. Si alguien ve esta ley de divorcio muy progre para la época, no olvidemos que otras dos novedosas leyes del monarca convirtieron en crimen la homosexualidad y la brujería. Y suerte que en la época no debía haber mucho inmigrante.

Por aquello de la obsesión con los varones, a la muerte de Enrique heredó su hijo Eduardo, pero murió con 6 años. El movimiento lógico hubiera sido coronar a María, la primogénita de Enrique (con Catalina), pero ésta era católica y, por tanto, un paso atrás para los nobles beneficiados por el protestantismo. Así pues, el regente de Eduardo VI se buscó una chica con ascendencia real –Lady Jean Grey– la casó con su hijo y la subió al trono, introduciéndose en la línea real. Al menos durante los 9 días que tardó María Tudor en derrocarla y decapitarla a ella, a su marido, a su padre y a quien encartara, ya puestos. Como a los casi 300 disidentes religiosos que cayeron en las denominadas persecuciones marianas y que le ganaron el popular nombre de Bloody Mary.

María se casó con Felipe II, perdiendo bastante popularidad ya que, entre otras cosas, eso dificultaba que los ingleses piratearan alegremente los barcos españoles. Felipe también sugirió encerrar a su hermana en la Torre de Londres, así de buen rollo. No es extraño que cuando murió María un par de años después (1558) y Felipe propuso un upgrade matrimonial, la nueva reina, Isabel I, le hiciera la peseta.

No hay que confundir a esta María con María Estuardo, la reina de Escocia (que, recordemos, ya no era parte de Inglaterra), que también le trajo algún dolor de cabeza a Isabel. Esta era católica e Isabel protestante, así que cuando se las piró de su tierra por movidas internas varias de sucesión pensando que su prima la recibiría con los brazos abiertos, Isabel decidió quitarse el problema de los posibles partidarios del catolicismo en su reino vía prisión y decapitación. Parientes y trastos viejos …

A Isabel le fue bien. Muy bien. En su reinado Inglaterra floreció culturalmente -recordemos que fue la época de Shakesperare entre otros- y económicamente, gracias a maniobras tan hábiles como dar patentes de Corso a piratas como Sir Francis Drake y John Hawkins para que saquearan los barcos españoles que volvían de América a placer. Felipe II, que llevaba tiempo buscando una excusa para invadir Inglaterra, aprovechó para enviarles a la Grande y Felicísima Armada (mejor conocida como la Armada Invencible para desparrame general de los hijos de la Gran Bretaña), que se fue quedando por el camino gracias a una combinación nefasta de mala suerte, tiempo pésimo y la manía española de poner enchufados al frente de cosas gordas -después de la muerte del Gran Capitán-. Sea como fuere, la Armada no pasó de Irlanda y los navíos supervivientes volvieron a España con el rabo entre las piernas. A lo que no dan tanta publicidad los historiadores ingleses es a la Contraarmada: Isabel se vino arriba y envió un montón de naves a acabar con la presencia española en el Atlántico y levantar Portugal contra Felipe II. Estos tampoco pasaron de Lisboa y se volvieron a casa calentitos. No obstante, a Isabel le fue mejor apoyando a los protestantes holandeses y a Enrique IV de Francia, también protestante, aunque sólo fuera por seguir fastidiando a Felipe II. En cuanto a batallas navales, podríamos decir que ambos reyes acabaron en tablas. Consiguió también someter una rebelión en Irlanda , que aparentemente siempre ha sido, es y será católica mal que le pese a la corona inglesa.

Isabel I muere en 1603 sin esposo ni descendientes -por algo la llamaron la Reina Virgen, que debía ser sinónimo de soltera de bien en aquella época-, por lo que se negoció como sucesor a Jacobo VI de Escocia, buscando de nuevo lazos comunes con ese reino.


Mientras, en el resto del mundo …

Apocalypto, Nostradamus, Los Inmortales, Otelo, La Conjura del Escorial, Iván el Terrible, la Reina Margot

 SIGLO XVII

Cromwell

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(Aquí hay poco rey, por aquello de que Cromwell montó una república …)

 Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra es principalmente conocido por la denominada Conspiración de la Pólvora, una maniobra terrorista de los católicos de la época que, hasta el último pelo del trato que habían recibido de Isabel, decidieron volar las casas del Parlamento con todo lo que pillaran dentro -monarquía incluida, claro-. El intento fue detenido y el cabecilla, Guy Fawkes, torturado hasta que dio los nombres del resto de los conspiradores, que pasaron a mejor vida. Las dos consecuencias de esto fueron mayores represiones contra los católicos, que hasta perdieron el derecho al voto hasta bien entrado el XIX, y una festividad nacional -the Bonfire Night- llena de petardos, hogueras y quema de muñecos representando a Fawkes.

Aunque por lo visto las féminas no le iban mucho -o el duque de Buckingham le gustaba más-, a Jacobo lo sucede su hijo con la reina Ana de Dinamarca. Jacobo, sin embargo, había tenido relaciones muy tensas con el Parlamento, principalmente, como no, por temas de impuestos, que le pasaría factura a Carlos I más pronto que tarde.

Los problemas arrancaron cuando Jacobo envía a Carlos para tantear un posible matrimonio con la hija de Felipe III. Buckingham y Carlos volvieron de España con mayor amor por las artes, varios purasangre que arrancaron una línea equina en Inglaterra y el deseo de hacer la guerra a España, que había puesto como condición que el rey se hiciera católico. Como las guerras las paga el pueblo, se le reclamó la pasta al Parlamento. A esta gente la guerra contra católicos le parecía bien, siempre y cuando les saliera barata, así que propusieron ir a por las colonias americanas, pero el rey quería ir a por el turrón, en este caso Cádiz, donde les dieron la del pulpo y los devolvieron a casa calentitos. El Parlamento le echó la culpa a Buckingham e intentaron largarlo, pero el rey en venganza los disolvió. Para rematar, a Buckinham se le ocurrió ir a apoyar a los protestantes franceses, donde también perdió, e Inglaterra acabó en una carísima guerra doble contra Francia y España que los dejó a dos velas. El rey decidió imponer, además de los impuestos, “préstamos voluntarios” por partes de sus súbditos para sufragar las guerras. Con intención cero de devolverlos, evidentemente. Además de un puñado de impuestos a lo loco que hacen que el canon de la SGAE parezca hasta normal. Tampoco ayudó a su popularidad que se casara con una princesa católica de Francia y entre tanta tropelía es donde aparece el nombre que seguramente nos suena a la mayoría: Oliver Cromwell. Antiguo miembro del Parlamento, Cromwell acaba liderando una revolución, decapitando al rey y declarando Inglaterra una república (1649): la mancomunidad de Inglaterra (o la Commonwealth, que nos suena más familiar). Cromwell también es conocido por haberle metido las cabras en el corral a los católicos irlandeses. Durante su dominio, se masacró y deportó a buen número de éstos y sus tierras pasaron -como no- al estado. Y por si no había quedado clara su postura, una vez acabó con Irlanda fue a meterle mano a Escocia, que no había tenido otra idea que declarar al hijo del decapitado Carlos I, legítimo rey de Inglaterra (recordemos que originalmente era escocés), y se metió hasta Edimburgo tras la batalla de Dunbar.

Aunque Cromwell se murió él sólo, fue caer y traer de vuelta a la monarquía en la persona de Carlos II. Y, además, como no habían podido liquidarlo personalmente, lo exhumaron e hicieron con el cadáver todo lo que se les pasó por la cabeza. Cosas británicas, supongo.

Lo primero que hizo Carlos II al llegar, demostrando que él si había estudiado historia, es llevarse bien con el Parlamento e ir de buen rollo con el tema de impuestos en general. Esto, hasta que justo antes de morirse dejó caer el bombazo de convertirse al catolicismo y dejarle el marrón al siguiente. Al carecer de descendencia -legítima, quiero decir, de la otra tenía a montones- el trono fue a su hermano Jacobo. Jacobo II, duque de York fue antes Lord Almirante y héroe de la segunda y tercera guerra angloholandesa. De hecho, Nueva York recibió el nombre por él después de que se lo levantaran a los Paises Bajos. Hasta ahí bien, pero como rey,  tiraba más bien hacia el catolicismo, y cuando empezó a meter católicos en Oxford, levantar prohibiciones y devolver prebendas, los protestantes optaron por la Revolución Gloriosa, es decir, por llamar a su yerno, Guillermo de Orange, para que viniera a poner los puntos sobre las ies. Para sorpresa de Jacobo, hasta su hija se puso en su contra -ser reina tira mucho- y lo largaron con viento fresco.  Guillermo III reinó en Inglaterra hasta principios del siglo XVIII (1689-1702). Guillermo es también responsable de los dos tratados que desmembraron el imperio español (Primer y Segundo Tratado de Partición)  y que llevaron a nuestra guerra de Sucesión, es decir, a cambiar a los Habsburgo por los Borbones. Mucho preocuparse por la sucesión española, pero Guillermo tampoco dejó herederos, por lo que la corona fue a su cuñada Ana Estuardo, pese a que el Parlamento hubiera preferido a la protestante Sofía de Hannover.


Mientras, en el resto del mundo …

Alatriste, Piratas, La Puta del Rey, Kubo y las Cuerdas Mágicas, Los tres mosqueteros, Cyranno de Bergerac

 SIGLO XVIII

Rob Roy

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Black Sails 

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Frontera

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Dick Turpin

El Ultimo Mohicano

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El patriota

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La locura del rey Jorge

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Ana reinó 5 años con fuerte oposición del Parlamento, que se dedicó a hacerle la vida imposible a Escocia hasta que éstos dieron su brazo a torcer y se constituyeron en Gran Bretaña.

Durante el reinado de Ana, por cierto, se asentó el actual sistema bipartidista: Torys (conservadores) y Whigs (liberales … de aquella manera). También acaba entonces la guerra de Sucesión española y Gibraltar, junto con varias colonias francesas en norteamérica, pasa a manos de los ingleses.

A Ana la sucede Jorge I (1714-1727), hijo de Sofía de Hannover y, por tanto, protestante. Jorge I  tuvo, por tanto, no sólo problemas con jacobitas (partidarios de jacobo) escoceses sino también con los católicos irlandeses. Es en la guerra de los jacobitas  donde el padre de Rob Roy pierde hasta la camisa y se acaba liando la que se lía en la novela y posterior película.

También tuvo sus más y sus menos en las colonias en America. Es, por ejemplo, en esta época cuando los piratas le declaran la guerra al mundo y aparecen Barbanegra, Rackham, Charles Vane y, en general, todos los piratas que nos suenan de películas y novelas de aventuras. Mientras, en el norte, las compañías inglesas se pelean por el comercio de pieles con Canadá, como cuentan, con más i menos tino, en Frontera. Y, como detalle para ver el calaje de esta gente, indicar que la Compañía Británica de las Indias Orientales llegó a tener su propia moneda y su propio ejército, los casacas rojas esos que salen en todas las películas de la Guerra de Independencia americana, que fue dos Jorges después, entre 1775 y 1783.

Durante la época de Jorge II (1727-1760) lo que sigue es la guerra con Francia por territorios en Canadá, que es donde se encaja El Último Mohicano. También siguen los piratas y este es el Jorge que aparece en Piratas del Caribe, si bien esa saga es mejor obviarla. Y, para no aburrirse, en casa se le instalan los asaltantes de caminos, como Dick Turpin. Vamos, que le crecen los enanos. Aunque no tanto como al Jorge que viene después.

Y es que a Jorge III (1760-1820) se le lía la Guerra de Independencia norteamericana. Si, esa que empieza con los bostonianos tirando el te al mar por beneficiar con impuestos a -otra vez- la Compañía de las Indias Orientales. Y, como Hollywood se encarga de recordarnos periódicamente, la pierde mucho. El detonante fue tal vez la incapacidad de mantener el equilibrio entre lo que los colonos querían (no tener que negociar nada con los nativos para apropiarse de nuevas tierras, básicamente) y lo que la Corona necesitaba (dejar de librar una carísima guerra con los susodichos nativos en las fronteras). Al final la guerra la tuvo que librar a tres frentes: con los colonos, con Francia y con España. Y el resultado fue reconocer Estados Unidos, ceder Florida a España y Terranova a Francia. Como resultado además, se le reorganizó el gobierto -ya no tenía sentido, por ejemplo, una Secretaría de Estado para las Colonias-. Y no a su gusto, precisamente. Su solución fue la habitual: disolver el Parlamento y nuevas elecciones al canto. En este caso salió ganando el país con William Pitt el joven, que apostó por la Ciencia, la Industria y los famosos viajes exploratorios por el Pacífico de la época.

Desafortunadamente -sobre todo para él- la salud del rey no estuvo a la altura de esta renovada popularidad, ya que sufría de algún tipo de enfermedad mental. Y justo cuando consiguió recuperarse, se comió de lleno el impacto de la Revolución Francesa. Lógicamente, la nobleza nacional mostraba cierto recelo frente a la guillotina y un par de detalles más, no fuese que el pueblo copiase los hábitos de sus vecinos. Así, se montaron un par de coaliciones con otras monarquías para plantarle cara a los franceses, pero perdieron y cuando Jorge III se quedó solo ante el peligro, optó por renunciar definitivamente a cualquier derecho sobre el trono de Francia (que se mantenía desde Eduardo III). Además, cuando llegó la nunca oportuna revuelta de Irlanda del mes, igual por compensar, el rey declaró que se la anexionaba al Reino Unido de buen rollo (Acta de Unión). Para suavizar la medida, intentó rebajar las limitaciones impuestas sobre católicos, pero entonces se le revolvieron los protestantes. Total, nadie contento..


Mientras, en el resto del mundo …

47 Ronin, Amadeus, Las amistades peligrosas, Tigre y Dragón, Casanova, Pocahontas, Catalina la Grande,


Mientras, en el resto del mundo …

Titanic, Hermanos de Sangre,

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Tú ya te sabes esto … Floji-guía a la monarquía inglesa (I)

¿Conoces la historia de la corona inglesa? Si no me conozco ni la de la española, te estarás diciendo. Error. Será porque la Historia la escriben los ganadores -bueno, en realidad los historiadores ingleses- o porque las series las escribe la BBC, probablemente te conoces de pé a pa quien ha gobernado Inglaterra desde tiempos de los romanos. Fíjate, y tú sin saberlo…

Pues de nada, para que puedas fardar con tu cuñado de que sabes más historia que él, te vamos a recordar en orden cronológico todas las películas que has visto para que sepas qué fue primero, si Rob Roy o Braveheart, quién estaba detrás de los casacas rojas de los que tanto protestaban los yanquis, quién se echó unas risas con la Armada Invencible y qué rey le tocó aguantar a Mr Darcy y Elizabeth Bennet.

Eso si, no digas que no te aviso, si eres amante de la historia rigurosa y las fechas con decimales, deberías dejar de leer en TRES, DOS, UNO …

Puestos a empezar por algún sitio, podríamos hacerlo con el Antiguo y Futuro Rey de Inglaterra. Como va a ser que lo de la evidencia histórica como que no, a pesar de que al Rey Arturo (2004) le pese (la del 2017 es mejor hacer que no ha existido) pues me quedo con Excalibur porque esa peli al menos me gusta. En realidad, lo que se conservan son evidencias de que un guerrero de las tribus romano-británicas plantó cara a los sajones -los alemanes de la época, vaya- en la batalla de Badoon. El resto se ha ido añadiendo poco a poco, pero la idea general es que al final se le colaron hasta la cocina y dominaron la isla hasta el 1066, convirtiéndose en los anglosajones esos de las pelis de espadas. Aquí los reyes iban y venían, así que saltamos directamente a …

PELICULA/SERIE REYES
SIGLO IX

Vikingos

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The Secret of Kells

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Pues increíble como pueda parecer, existió un Ragnar Lothbrok, rey de Suecia casado con Ladgherta, guerrera vikinga legendaria, que se dedicó a fastidiar a francos y anglos por igual . Aquí Inglaterra aún no era tal, sino una colección de reinos mejor o peor avenidos incluyendo Wessex, Mercia y Guthrum, como cuentan en la serie Vikingos. Los reyes anglos que aparecen en dicha serie, como el rey Edberg de Wessex y su hijo King Æthelwulf son personajes reales, aunque hay que tomar lo que cuentan con pinzas. Lo que si que es cierto es que el nieto de Edberg sería el que le parara finalmente los pies a los vikingos en Gran Bretaña, recibiendo el nombre de Alfredo el Grande. 

Esta es también la época del libro de Kells, los manuscritos de los monasterios, y el final (oficial) de las religiones druídicas antiguas.


Mientras, en el resto del mundo …

La casa de las dagas voladoras, Scherezade, Carlomagno

SIGLO XI

MacBeth 

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1066

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Aunque que Escocia sea Inglaterra o lo haya sido alguna vez es discutible, metemos sin rencor en la lista a Macbeth, rey de Escocia, que conocemos, de aquella manera, por el amigo Shakespeare. Según éste último, aconsejado por tres brujas y su mujer, un poco bruja también, Macbeth se viene arriba y decide ser rey en lugar del rey, liquidando a Duncan I, volviéndose paranoico perdido y liándola de tal manera que al final cava su tumba él mismo. Es cierto que lo sucedió al trono Malcolm III, hijo de Duncan I, pero después de mucho tiempo y de que le allanara el camino con una amistosa invasión el vecino inglés Eduardo el Confesor.

¿Recordamos a los francos de la serie Vikingos? Pues a estas alturas el Duque de Normandía, Guillermo, hijo ilegítimo del anterior duque, decide que igual al otro lado del charco el vino es mejor y que, a fin de cuentas, sus nobles están muy levantiscos y, aprovechando que Eduardo el Confesor muere sin descendencia, se impone en la batalla de Hasting al otro candidato al trono inglés, convirtiéndose el el primer rey inglés de origen normando: Guillermo el Conquistador. ¿A que lo de conquistador suena a que los ingleses se metieron en algún otro lado? Pues no. Hasta ahora mayormente los invadidos eran ellos.


Mientras, en el resto del mundo …
El Cid, El Médico, La Gran Muralla, El Guía del Desfiladero

SIGLO XII

Becket

becket
The Lion in Winter

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Robin Hood

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Enrique II de Plantagenet, primero de su dinastía en Inglaterra (por parte materna) y casado con Leonor de Aquitania (todo muy francés en esta época, vaya) puede que no nos suene demasiado, pero si nos suenan sus chavales: Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra, aunque sólo sea porque todos hemos visto alguna versión de Robin Hood aunque sea la de dibujos animados. De Enrique, decir que tuvo un reinado movidito, entre rebeliones de sus niños y el deseo de reformar la relación Corona-Iglesia, que topó de frente con Tomas Becket, arzobispo de Canterbury, y acabó con este último ligeramente asesinado. De Ricardo, que básicamente pasó de todo y se fue de Cruzadas, no llegando a echar más de 6 meses en suelo inglés durante su propio reinado. Juan sucedió a su hermano con poco éxito, ya que no sólo consiguió que lo excomulgaran, sino que los nobles se le revelaran y lo obligaran a firmar la Carta Magna, que luego se pasó convenientemente por el forro con el beneplácito del Papa. Murió mientras se retiraba de la invasión de Luis VIII de Francia, al que los nobles habían invitado a reemplazarlo. Sin embargo, llegado el momento, los nobles aceptaron en el trono a su hijo Enrique III. Si es que son de un indeciso …


Mientras, en el resto del mundo …

El Reino de los Cielos, Ghengis Khan, El Halcón y la Flecha

SIGLO XIII

Braveheart

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Enrique III no es muy interesante más allá de que los nobles nunca están contentos con nada, pero a su hijo si lo conocemos del cine: Eduardo I LongshanksA Eduardo I le tiraban las guerras y para financiarlas tiraba de impuestos de todo tipo, además de usar la tradicional maniobra de prohibir la usura para apropiarse de los préstamos de los judíos que tantas alegrías le ha dado a las monarquías. Para tener más tranquilos a los nobles en Escocia, se ve que les concedió una serie de privilegios que llevaron a un cabreo monumental de William Wallace y, en resumen, a lo que nos cuentan en la película Braveheart y a que, más adelante, en 1306 Robert de Bruce arrebatara Escocia a los ingleses. Como anécdota etimológica, Charing Cross fue una de las 12 cruces que Eduardo puso a lo largo del cortejo fúnebre de su esposa Leonor de Castilla. El reinado de su hijo Eduardo II fue desastroso, hasta el punto que acabó asesinado por su esposa y el amante de ésta.


Mientras, en el resto del mundo …

Marco Polo, Hermano Sol, Hermana Luna, Lady Halcón

SIGLO XIV

The Hollow Crown

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Enrique V  

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The Messenger

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Con Eduardo III llegan 116 años muy entretenidos. La Guerra de los 100 años dura del 1337 al 1453, y está motivada por ver quien controla las tierras inglesas en Francia (recordemos que desde Guillermo el Conquistador las casas reales inglesas y francesas se casaban unas con otras y otras con unas y al final no se sabía qué era de quién). Eduardo III decidió él solito declararse legítimo rey de Francia. Con un par. Aunque hay que decir que no empezó él.

Entre otras diversiones, Eduardo III, que increíblemente aguantó 50 años en el trono, se las vio con la Peste Negra -riete tú de las epidemias zombi de ahora-. A su muerte, el trono va a su nieto de 10 años, que lo retiene lo justo hasta que se lo quita su primo Enrique, de la casa Lancaster por línea paterna.

A Enrique V no se le dio nada mal la guerra con Francia, sobre todo porque allí estaban de guerra civil los duques de Borgoña y Orleans y no podían ser molestados por algo tan mundano como una invasión inglesa. Así fue que en la batalla de Agincourt se hizo con media Francia. Por desgracia (para él y Gran Bretaña), murió pronto y dejó al cargo a su hijo Enrique VI, un bebé por aquella época.

En este tramo guerra es donde Juana de Arco consigue que nombren rey de Francia a Carlos VII de Valois y que éste largue a los ingleses a su tierra, sólo para que la acaben traicionando y la entreguen al enemigo. Juan de Lancaster (o Plantagenet) regente hasta la mayoría de edad de Enrique VI, se encargó de expresar su opinión sobre el feminismo pasándole el marrón a la Inquisición para que le montaran una barbacoa. Eso si, los ingleses acabaron en su casa, en buena parte gracias a la victoria de Orleans.


Mientras, en el resto del mundo …

La princesa Mononoke, Black Death, Guillermo Tell, El nombre de la rosa

 


Reino Unido (XXXI): Abadías, iglesias y piedras varias en Iona

Ni que decir tiene que en la isla de Iona no hay coches, pero cualquiera que los necesite para las distancias con que hay que manejarse en la isla no habría sobrevivido un viaje conmigo durante tanto tiempo. Es así que después de desembarcar en un puerto con las aguas más azules que jamás había visto en el norte, pasamos de los coches de caballos que algunos de nuestros compañeros de viaje optaron por coger y, dejando atrás la minúscula oficina de correos y la tienda, nos encaminamos a la Abadía de Iona.

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La tradicional vista desde el ferry

De camino allí encontramos primero las ruinas de un convento de principios del siglo XIII. Reginald, hijo de Somerled y señor de las islas, lo fundó en el 1200 para instalar a su hermana Beatrice como primera madre priora. El convento pertenecía a una de las dos únicas órdenes agustinas de Escocia y se ganó el nombre de “An Eaglais Dhubh” o iglesia negra por el color de los hábitos de las monjas. Si bien no se ha restaurado desde su abandono durante la Reforma, las ruinas que quedan son de las más representativas en Bretaña de un convento medieval.

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Iona, antes de las cámaras digitales

La abadía, originalmente fundada por el popular San Columba y reconocido como la cuna del cristianismo en el Reino Unido, fue bastante vapuleada por los vikingos, que no eran aficionados a los santos ajenos. La actual data del Medievo, pero incluso ésta sufrió una fuerte restauración a principios del siglo XX, después de quedar casi en ruinas por el tiempo y la indiferencia, por no hablar de la Reforma, que, ya puestos, digamos que tuvo un peso importante en la decadencia del edificio. Curiosa no deja de ser la leyenda de que en este santisimo edificio se enterró vivo a San Orán para evitar que cayeran las paredes de la abadía original. Ni que decir tiene que la hábil estratagema arquitectónica no funcionó, pero para cuando el lugar fue abandonado, San Orán ya debía llevar tiempo sin sentir ni padecer. Por lo menos, en un arranque de inspiración no exento de cierta ironía, le dedicaron el cementerio local, tumba de varios reyes de Escocia: Reilig Odhráin.

El duque de Argyll se encargaría de devolverle el lustre a la abadía el siglo pasado, favor que le valió una tumba de piedra en la abadía, y en 1938 George MacLeod [27], un sacerdote de Glasgow fundaría una comunidad allí. Entonces, y dado el fresquillo ártico que suele hacer por la zona, se restauraron también las dependencias monásticas. Interesante indicar que en esta abadía hay testimonio de desplazamiento cronológico: un sacerdote indicó que había visto la abadía en toda su gloria cuando, mientras se acercaba a ella, el paisaje cambió y se encontró caminando por un sendero que ya no existía. Es posible que Clive Barker se inspirara en esta abadía precisamente cuando diseñó el salto temporal del “Undying”. O, conociendo a Clive Barker, igual no … También se han reportado barcos vikingos fantasma dando vueltas por la isla que intentan atacar la abadía, no está claro si la actual o la cronológicamente discapacitada.

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¡Qué miedo daba este juego, gente!

Lo más imponente del monasterio es la cruz celta tallada que se eleva altiva ante la puerta y que parece ser que conmemora al obispo francés del siglo IV San Martín. Ya una vez en la nave, es bonito ver los dibujos que la luz traza en el suelo a través de las vidrieras, en este caso bastante sobrias como en los Jerónimos en Lisboa. Un poco más al fondo, atravesando una puerta se va a dar con el claustro, que rodea una escultura llamada El Descenso del Espíritu, verde de musgo como corresponde a un buen monasterio Mignolero. Y, como no podían faltar, tumbas de piedra de caballeros que cruzan las miradas sobre ella. También se encuentra en el museo de la abadía la almohada de San Columba, una roca que desenterraron en 1870 cuando un carro chocó contra ella. Se supone, no se muy bien como, que esa piedra es donde el santo apoyaba la cabeza al descansar y que de ella se talló su lápida.

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Marchando una de cruces celtas …

(27) Hasta donde llegamos, al contrario que su primo Connor, éste no era inmortal, pero si yo fuese por ahí decapitando gente con una espada celta más grande que mi hermana, tampoco lo comentaría en público.


Reino Unido (XXX): La Isla de Mull

La pequeñísima isla de Iona se considera el primer santuario cristiano en tierra escocesa. Por eso, a pesar de medir sólo una milla de ancho por 3.5 de largo y más a pesar aún del pesadísimo viaje por las carreteras de Mull para alcanzar el ferry a Iona, generalmente suele estar bastante concurrida en verano [24], ya que se congregan peregrinos y turistas para ver su abadía.

Qué bonico es Mull, los tres días que ves el sol ...

Qué bonico es Mull, los tres días que ves el sol …

A estas alturas, ya entrado el otoño, estábamos nosotras y algún que otro incauto, probablemente también acostumbrado a echar octubre en mangas de camisa. Para evitar problemas mayores, lo mejor es reservar el viaje completo Mull-Iona en la oficina de turismo de Oban y eso habíamos hecho nosotras, por lo que pudimos disfrutar, es un decir, la tortuosa carretera desde el cómodo asiento de un autocar mientras el conductor se peleaba con los coches que venían en dirección contraria por el único carril de la minúscula carretera, alcanzando por lo habitual el acuerdo de salirse a un lado y dejarlos pasar.

Demasiado tarde me di cuenta de que dar un paseo tranquilamente por Mull hubiese estado bien, por algo tiene su castillo de veraneo allí Paul McCartney, pero lo cierto es que el tiempo no estaba de nuestra parte. Aunque muy pelado, Mull tiene ese indefinible encanto pétreo escocés y está poblado de fantasmas como buena híbrida que se precie. El más curioso es la encarnación local de las banshees: Bean-nighe. Este fantasma lava la ropa de los que pronto morirán [25] en la orilla del río Moy Castle. Aparentemente, los pechos de la mujer son tan grandes que le cuelgan sobre los hombros. Si alguien los coge por detrás, la lavandera está obligada a informar del dueño de las ropas y si es el que en ese momento la tiene cogida, deberá cambiar su destino. El señor de la zona lo intentó sin éxito en una ocasión y murió al día siguiente en batalla, bien porque las ropas eran suyas o porque cabreó al fantasma mientras hacía su propia colada.

A falta de lavadora ...

A falta de lavadora … (dibujico de  Brian Froud & Alan Lee)

Por si ésto fuera poco, la isla también disfruta de su propio fantasma a caballo sin cabeza a-la-Sleepy Hollow y del imprescindible kelpie que toda buena extensión de agua escocesa debiera tener en su haber. Es curioso que, pese a estar relativamente apartada, Mull lleva poblada desde el neolítico, si bien la principal influencia de sus pobladores fueron los vikingos que llegaron en el II dC. Estuvo implicada en las guerras Escocesas contra el invasor inglés y acabó formando parte del Reino Unido tras el Acta de Unión de 1707. A finales de ese siglo, su población aumentó, sólo para reducirse de nuevo cuando los dueños de las tierras forzaron a los pobladores a desplazarse a Tobermory, donde, evidentemente, no había trabajo para todos [26] Actualmente la isla está bastante despoblada y es de suponer que la mayor parte de sus ingresos provienen del turismo. Del turismo que va para Iona, imagino. Cuando, finalmente, alcanzamos el ferry a Iona mi felicidad hubiera sido completa de no ser por el dichoso resfriado que arrastraba desde Edimburgo y que andaba calmando a base de tabletas de paracetamol en estado puro compradas en bote gordo en el Booth más cercano. De haber sabido lo bien que funcionan, las habría comprado en botella de cinco litros, como el agua mineral, pero a esas alturas aún tenía el resfriado cogido y bien cogido, como si de la fantasma lavandera esa se tratara.

(24) No está muy claro si no está concurrida en invierno o, sencillamente, nadie descongelado ha vuelto para contarlo.
(25) Puestos a pedir, y en tan aciagas circunstancias, mejor que te laven la ropa a que te griten en la ventana, al menos mueres limpito y más descansado.
(26) Se comenta que enterrado en el fondo de la bahía de Tobermory está en pecio de uno de los navíos de la Armada Invencible, que, de acuerdo a fuentes inglesas, debió de correr lo suyo para que todas las regiones del Reino Unido con mar se puedan reír por igual.


Historia de Roma

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No, no es que vaya a contar aquí la historia de Roma enterita -si acaso eso fuera remotamente posible- si no a recomendaros el último libro que ando leyendo: Historia de Roma de Indro Montanelli. Yo ya me había leido, por recomendación de un viejo amigo, la divertidísima Historia de los Griegos y tengo tan buenos recuerdos que, no sólo me compré el libro después de leerme el suyo, sino que lo mantengo a mano para releerla en cualquier hueco. Historia de Roma es más de lo mismo, dicho esto con un matiz claramente positivo. Se trata este librito de un manual de historia -no novela histórica ni nada por el estilo, sino historia pura- escrito en tono de guasa y con un hilo irónico bastante simpático a la hora de paralelizar el entonces con el ahora -entiéndase ahora los años 60, época en que se escribió, pero que, por lo que he visto, sigue siendo la tónica de hoy en día-.  Una se pregunta por qué cuando nos enseñaban historia en el cole no tiraban de cosas así en vez de los ladrillos que se usaban como libros de texto. La Historia de Roma cubre desde sus orígenes hasta aproximadamente la caida del Imperio o poco más (aún no he terminado, pero el siguiente libro es Historia de la Edad Media, así que puedo aventurar poco más o menos como va a acabar este enredo :D). En cuanto al autor, fue un renombrado periodista, multipremiado en su época, y bien que se le nota a la hora de escribir. Tiene publicados más de 60 libros, lamentablemente sólo una pequeña parte en español, y merece la pena leerse como mínimo los dos que he mencionado, ya os iré contando del resto. Parecen estar disponibles en la Casa del Libro por 10 euretes de nada. Creedme, es una buena inversión.Y, para que os hagais una idea del estilo …

“A todos estos dioses les ofrecían sacrificios, especialmente en los momentos de necesidad. Se trataba de cabras o de vacas para los dioses menores. Pero cuando había que aplacar o congraciarse con Baal- Haman, se recurría a los niños, que eran colocados entre los brazos de la gran estatua de bronce que le representaba, y de allí les dejaban rodar sobre el fuego que ardía abajo. Hasta trescientos en un día quemaron en medio de una bacanal de trompetas y tambores para sofocar sus gritos. Parece ser que era costumbre, por parte de las familias ricas, cuando eran requeridas para facilitar un niño que asar a la parrilla, comprarlo a los pobres. Mas cuando Agatocles de Siracusa puso sitio a la ciudad, haciendo necesario, además del auxilio de los dioses, también el buen acuerdo entre las clases sociales, la costumbre fue prohibida para no alimentar los odios entre afortunados y desheredados”


¿Hay algún doctor por aquí?

En el aniversario de nuestro periplo del 2009 por el castillo de Drácula, este año decidimos, como no, dejarnos caer por el de Frankenstein. Con un poco de suerte, en 2011 estaremos escribiendo ésto desde la tumba de la momia o la peluquería del hombre lobo, a saber. Por aquello del completismo, comentaré que el doctor Frankenstein, nacido de la imaginación de la escritora Mary Shelley en una noche de juerga -a saber lo que bebieron- con Lord Byron y su futuro esposo, no tenía otra afición mejor que devolver la vida a cuerpos inanimados, pero como nadie es perfecto, casi que lo mejor es coser varios cadáveres para obtener el combo ganador. Y en lugar de salirle Jude Law, pues le quedó el monstruo ese de los tornillos en la cabeza, lo que dice mucho de la apreciación estética masculina por otros tíos. Y como las pilas por aquel entonces no eran de litio-cadmio, para traérselo de vuelta a la vida, tiró del consabido pararayos en lo alto de su castillo, con consecuencias de lo más amenas para la población local. No os lo perdais, de estreno desde 1818 en todas las librerías 😛 😀

El caso es que, de pura casualidad, tenía yo que pasar por Wroclaw unos días -casualidades de la vida, hay vuelo directo a Málaga con mi adorada Ryanair- y, tras descubrir que por esa zona hay más castillos que en la Tierra Media, se impuso salir el fin de semana y ver que podíamos encontrar. Y, mire usted por donde, nos encontramos con el castillo de Frankenstein en mitad de la baja Silesia. Dios los cría y los frikis se juntan. El pueblo en cuestión (copiao con CTRL+C) es Ząbkowice Śląskie, o, lo que es lo mismo, Frankenstein in Schlesien, que suena bastante a schloss o castillo en alemán. Parece ser que en a principios del siglo XVII una plaga redujo la población en un tercio, y de ahí viene la leyenda (negra) de Frankenstein.

El caso es que después de perdernos por todas las carreteras rupestres de la zona, esquivando baches de los que miden la profundidad en pies y con la inestimable ayuda de Thomas, el GPS sin sentido de la orientación, ya ocutándose los últimos rayos de sol, como corresponde a un buen relato de terror, conseguimos doblete: no sólo alcanzamos el pueblo de marras, sino que llegamos a la gasolinera antes de que estallara el motor. Y eso que la bajada de la montaña la hice en punto muerto. Perdón, vitalmente discapacitado.

Pero no iba a acabar ahí la cosa, no señor. Tres vueltas más tarde, y sin atisbar siquiera el castillo prometido, llegamos a la triste conclusión de que, bien el doctor Frankenstein vivía en un VPO, bien estábamos conduciendo en círculos, lo que conociendo al doctor y conociéndonos a nosotros, sonaba mucho más plausible. La solución obvia, parar y preguntarle a alguien, no era viable, porque, ¡pardiez! Al caer la noche, las calles se habían quedado desiertas. En ausencia de peatones, bien valen camareros. La cosa estaba clara: aparcar, cenar y preguntar. Lo que no estaba tan claro era dónde, porque tampoco parecía haber nada abierto. Finalmente, en la plaza del pueblo, dimos con una pizzeria-hamburguesería -o algo así-, donde había luz. Tenue, pero luz. Y allí que enfilamos, felices como perdices, hasta que encontramos al clásico abuelillo sentado en la puerta que, mirándonos con sorpresa, nos increpó en polaco en lo que probablemente significaba “ahí no se puede aparcar”, pero a estas alturas a nosotros nos sonó a algo como “insensatooooos”. Y, claro está, cuando entramos allí estaban los clásicos parroquianos de la Hammer, a sus labores, que en lugar de dardos era una máquina tragaperras y en lugar de beber la birra en jarras usaban tubos, pero por lo demás la escena podía haber estado rodada en blanco y negro. Y, claro que si, todos se giraron al vernos entrar, se hizo el silencio más absoluto y luego volvieron a lo suyo. Como nosotros si que hemos visto todas esas pelis de terror cuya existencia sus protas ignoran, optamos por una retirada rápida hasta que dimos con un pub-pizzeria (luego dicen que cayó el Imperio Romano) donde nos hinchamos de pizza -o eso la llamaban ellos- de salchicha y papas y de videos de Katy Perry en la MTV y hasta nos dijeron como llegar al castillo. Y allá nosotros.

El saber donde estaba, sin embargo, no minó nuestra predisposición a perdernos en absoluto. Le dimos 7 vueltas más al pueblo (que consistía en 5 calles) y, finalmente, salimos a la autovía a rodearlo. Fue entonces que, tras ver un cacho de muralla perdido entre los árboles y ningún acceso aparente, sacamos el coche de la carretera lo más cerca que pudimos, dejamos los faros encendidos por aquello de que ya no se veía nada y, abriendonos paso entre los matojos y los arbolicos, por fin llegamos al maldito castillo, ya con ganas de coger antorchas y hoces aunque sólo fuera por la mano de vueltas que habíamos dado para llegar. ¡Y bien grande que era, el tío! ¡Como para no verlo! Eso si, en ruinas del todo. Pero bueno, por el bien del orgullo friki, damos la visita por buena 🙂


Reino Unido (XXVIII): Sangre y arena en Fort Williams

Tras coger el primer tren que pillamos hacia el sur a la mañana siguiente, al caer la tarde llegamos a Fort William, un pueblo pequeño típico británico [39] consistente únicamente en un par de calles que se cruzan y el set habitual de prefabricados, tiendas de regalos, Boots y McDonalds. Fort William en si no tiene gran interés salvo porque actúa de estación base para subir al Ben Nevis, la Montaña Nublada, con 1344 metros el pico más alto del Reino Unido, y porque en sus inmediaciones se han rodado Rob Roy, Braveheart y Harry Potter, aunque poco tiene que ver con Hogsmeade.

Para obtener más información de la montaña, puede acudirse al centro de visitantes de Achintee, donde informan de las rutas a seguir. El hecho de que las montañas del Reino Unido sean tan bajas hace que los alpinistas más curtidos se planteen lo que se conoce como el desafío de las tres montañas: subir y bajar los picos más altos de Escocia, Inglaterra y Gales sólo en un día. Contrariamente a lo que nos pueda parecer a los flojos terminales, se apunta tanta gente a esta historia que suelen organizarse grupos para subir un día específico con cronometración y medallas incluidas. Evidentemente, la dificultad de esta excursión no radica ya en la ascensión, sino incluso en los kilómetros de carretera necesarios para desplazarse de uno a otro. Para evitar males mayores, a los participantes se les impone un mínimo al tiempo de viaje para que no superen cierta velocidad, de forma que si reducen el mínimo, el tiempo que ahorren no entra en el cómputo general de la prueba.

Independientemente de los agonías que tratan de suicidarse de formas tan coloridas como ésta, el Ben Nevis no es un pico complicado. Incluso alguien no acostumbrado en absoluto a la montaña no debería tardar en subir y bajar más de cinco horas: dos hasta el lago a 710 metros, una más hasta la cima y otras dos de bajada. Despistarse del camino es difícil: sólo hay que seguir a la masa de gente. No obstante, es imprescindible tener en cuenta que la montaña es siempre traicionera y que el tiempo puede cambiar a velocidades impensables una vez arriba. Es por ello que siempre hay que llevar buen calzado, chubasquero, agua en abundancia y algo ligero de comer por lo que podamos encontrarnos. Además, siendo conscientes de nuestras limitaciones, se puede tomar hasta la cima el camino sencillo o el bonito. Previendo lo previsible, nuestro objetivo era seguir el facil hasta que no pudiesemos más y entonces volver hacia abajo tan satisfechas como el que conquista el K-2.

Después de una interesante comida en un McDonalds, esta vez si de hamburguesas plasticosas, en que mi amiga me enseñó a manejar los cubiertos desechables correctamente [40] mientras yo me debatía cuan grande soy entre las tres bandejas de plástico sobre una mesa redonda pensada para que los tres cerditos tomaran te con pastas, nos encaminamos, por supuesto con El Equipaje, hacia el albergue, que, afortunadamente para mí, resultó estar relativamente cerca, siguiendo una carretera flanqueada por altos árboles que se abría algo más allá de la estación. En este caso, el lugar resultó bastante agradable, combinando madera y piedra al estilo de los refugios alpinos. Nada más llegar, Mercedes y McLaren emplearon su inglés de Oxford en informarse en recepción de qué hacer a la mañana siguiente mientras yo usaba mi castellano sin eses para obtener la misma información en mucho menos tiempo de unos chavales de las Palmas que me encontré en la entrada. Ellos habían alquilado un coche en lugar de tirar de Britrail y, después de más de una semana de arrastrar El Equipaje por todo el Reino Unido, hice firme propósito de imitarles en un futuro próximo. El que para entonces supiese conducir no dejaba de ser un plus.

Poco más o menos, nos enteramos de que existía un camino relativamente sencillo que subía despacio hacia la cima y, en principio, ese habría sido nuestro itinerario de tener una idílica vida corriente y no un conjunto desordenado de vivencias que parecen sacadas de una película de Billy Wilder. Y es que cuando llegamos al dorm room nos sorprendió un espectáculo enternecedor: la mayor parte de las camas estaban ocupadas por dulces y entrañables abuelitas británicas en ese rango de edades en que la dentadura pasa más tiempo en un vaso que en su debido lugar. Evitando la tentación de juntar las manos y hacer ” ohhhhhh” para no molestar a un grupo que, probablemente, le había dado las buenas noches a las gallinas, ocupamos nuestras literas para echar un buen sueño. Al menos McLaren y yo. Mercedes ya comenzaba a parecerse a Malcolm McDowell en la Naranja Mecánica pero cambiando a Beethoven por Greensleeves. Andaba yo feliz por mi séptimo sueño [41] cuando un revuelo similar al de una estampida de búfalos en la habitación me despertó de golpe. No me hubiese movido habida cuenta de que mi reloj marcaba las cinco, pero si había búfalos de por medio o, en su defecto, cualquier otro animal estampidador, no iba a ser yo quien se lo perdiera. Así pues, saqué la cabeza del cubil en que había transformado mi edredón con esa pereza que otorga el que haga mas frío fuera que dentro y, de repente, la perspectiva de los búfalos se convirtió en algo mundano. ¡Calzándose botas con clavos y los anoraks Goretex, equipadas con brújula, cuerda, piolets y algunas otras cosas cuyo nombre desconocía por completo, las superabuelas montañeras de Escocia se preparaban para la acción!

-Perdona nenita – me dijo, confundiendo mi cara de estupor con una expresión angelical y desvalida – Si no teneis mucha experiencia -y ahí si que tuvo acierto- no subais a la cima. Hoy hay mucha niebla y se espera mal tiempo.
– Descuide señora [42]-respondí conteniendo a duras penas el impulso de cuadrarme. Si quería ver el Ben Nevis, necesitaba un plan alternativo.

Unas horas después, ya había dado con él. Aparentemente, siguiendo el margen izquierdo del río y pasado un antiguo cementerio, a medio kilómetro de éste se disponía de una magnífica vista de la montaña. Mc Laren y yo, que no llevabamos ropa específica para montaña, nos equipamos con las camisas de felpa todo a mil que habíamos adquirido en Inverness y el calzado más cómodo que llevábamos, en mi caso unas Panama Jack de la época en que hice la primera comunión. Mercedes, sin embargo, venía más que preparada para la montaña. Al menos, para su concepto de montaña. Después de enfundarse en unos pristinos Bonaventure y una camisa Burberry planchada hasta un grosor micramétrico y perfectamente a juego con la flora otoñal, la observamos atónitas mientras extraía de la maleta de mis carnes una caja con unas botas cartujanas completamente nuevas que debían valer mucho más que todo lo que McLaren y yo llevábamos juntas. Nosotras incluidas en el mocho.

Al principio del paseo, allá iba ella feliz, saltando entre las florecillas y jugando con las mariposas como si la acabasen de sacar del casting de “Sonrisas y Lágrimas”. Luego ya se acabarían las sonrisas y se intensificarían las lágrimas. Porque anduvimos y anduvimos y anduvimos y allí no apareció cementerio alguno, si bien a poco hizo falta uno para enterrar mi cadaver si no llego a correr más que el resto. He de reconocer que cuando se me mete algo entre ceja y ceja, soy un poco correosa. Vamos, que razonar conmigo es como hablarle a un muro, sólo que éste muestra más interés y comprensión. El caso es que en ese momento yo quería ver Ben Nevis y se acabó. Tal vez fue por eso que cuando llegamos a una especie de valla, me guardé muy mucho de informar a mis compañeras de que, unos cientos de metros más allá, distinguía perfectamente a una manada de gigantescos toros lanudos dormitando. Claro que, teniendo en cuenta que justo por ahí se rodó Dog Soldiers, con los toros saliamos ganando. Y es que los hombres lobo no suelen tener sentido del humor. Fue así que en lugar de decir algo como “Cruzar por aquí es peligroso” me salió algo en la misma linea, pero más tirando a “Cruzar por aquí es … er … más fácil porque la valla está más baja. ¡Hop-hop-hop!”.

A pesar de mi esfuerzo, un rato después, la situación se había hecho insostenible. Más que junto al río, ibamos POR el río. Y no mejoró mucho el humor de Mercedes el que acabáramos hasta la cintura en un pantano. Afortunadamente, mi cintura viene a estar a la altura de sus codos y subiendo, si no mi periplo hubiese acabado allí mismo. Describiéndome en un lenguaje colorido imposible de reproducir en escritos con menos de dos rombos lo que pensaba de mí, eso si, desde una distancia prudencial, acabó por convencerme de que igual era el momento de regresar. Eso, o la espesísima niebla que bajaba de la montaña a todo trapo como en la peor pesadilla de Carpenter. Por no hablar del horario del último tren que salía de allí esa tarde y que teníamos que coger para cumplir nuestro scheduling. El caso es que, poco más o menos, deshicimos el camino … hasta llegar al corral. La hora de la siesta toril debía haber tocado a su fin porque ahora nuestros lanudos amiguitos estaban muy despiertos y muuuucho más cerca. Mercedes, mucho menos arreglada ahora que al principio de la excursión y con las botas nuevas cargadas de barro como si de dados lastrados se tratase no tuvo ni que abrir la boca para que supiese qué estaba pensando. Por suerte yo soy más grande o, en su defecto, corro más rápido. Mirando a derecha y a izquierda, se encontró flanqueada por una empinadísima subida a la montaña y un río de ancho equivalente a una autopista de cuatro carriles en que el agua del deshielo bajaba a toda velocidad. Ante ésto, sólo se me ocurrió sonreir y soltar una de mis perlas de sabiduría.

-Si quereis, cruzamos nadando y seguimos por el otro lado …

Cinco segundos después, ya estaba dentro del corral. Con los toros. Mejor ellos que Mercedes. Siendo sincera cien por cien, debo reconocer que no tuvo merito alguno, ya que, no se si sería por mis ropas o por falta de interés en mi manera de moverme [43] no me hicieron ningún caso. Vamos, como cualquier viernes por la noche de mi vida. Así pues, tras llegar al otro lado sin problemas, agité los brazos para llamar a mis compañeras, suponiendo que si a mi no me habían ni mirado, a ellas les ocurriría otro tanto. A fin de cuentas, no había aprendido tanto de los viernes de marras. McLaren, algo más nerviosa, consiguió pasar sin novedades. Claro, que ella era tan delgadita que difícilmente podrían percibirla en estéreo. Mercedes, sin embargo, desconfiando de cualquier cosa que pueda acompañarse con un pasodoble, optó por cambiar a modo sigilo como en los videojuegos. O, al menos, su versión de ello, que venía a ser una mezcla entre el paseillo de Chiquito de la Calzada, un Aserejé durante una borrachera de café y la sutil aproximación a los corderillos del lobo de la Warner. Naturalmente, el primer toro lanudo que la vió se sintió terriblemente interesado [44] y decidió seguirla a ver que nuevas gracias se le ocurrían. Seguirla, eso si, al calmado ritmo que una puede esperar de ese tipo de animal que podría reproducirse en peluches. Mercedes, no obstante, convencida de la bondad de su estrategia, más que cambiar de movimiento cambió de velocidad, consiguiendo únicamente que el toro, tozudo él con su nueva atracción, apretara igualmente el paso.

Este derroche de energía cinética no hizo sino atraer al resto de la manada, que sin prisa pero sin pausa procedieron asimismo a interrumpir su almuerzo y perseguir sin estres alguno a su compañero, que a su vez perseguía a Mercedes en una caravana digna de un episodio de Benny Hill. Cuando se hizo dolorosamente obvio que, en su intento por despistar a sus perseguidores Mercedes había comenzado a trazar círculos, fue el momento de saltar al corral una vez más y rescatarla por el sencillo procedimiento de cogerla del brazo y señalarle la dirección correcta. Supongo que se habría sentido agradecida si en sus planes inmediatos no entrara el asesinarme. Los toros, sin embargo, quedaron claramente compungidos, lo que demuestra más allá de toda duda que la televisión no es tan mal invento al fin y al cabo. Las botas de Mercedes, en su nuevo hogar en el fondo del cubo de basura, imagino que tampoco me habrían dado las gracias por el paseo.


(39)Los pueblos típicos británicos son a la madera antigua, tejas desencajadas y caminos serpenteantes de las pelis de Tim Burton lo que un whopper es a un solomillo al roquefort.
(40)Para usar los cubiertos, lo mejor es la regla Titanic: empezar de fuera a dentro y rezar porque no aparezcan platos inesperados. Obviamente, ésto no resulta fácil cuando esos cubiertos se sacan de una bolsa de plástico.
(41)Igual de feliz que en los sueños del 1 al 6. Tal como decía la mayor Ivanova en respuesta al clásico “¿has dormido bien?”, dormir no es el problema. Levantarse. Ese es el problema.
(42)Casi cualquier respuesta en inglés puede reducirse a una combinación afortunada de “No problem” y “Thank you”
(43)Ambos factores vienen a demostrar que tampoco existen tantas diferencias entre los toros lanudos y cualquier hombre que me parezca remotamente atractivo, y no estoy hablando de los cuernos.
(44)No debe resultar difícil interesar a un toro lanudo, cuya única percepción del mundo incluye hierba, árboles, más hierba y otros toros lanudos.