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Hablando de quesos: mozzarella et al

Un clásico italiano de toda la vida es el queso mozzarella, pero no viene mal saber qué pide uno, sobre todo cuando está en Italia y puede, así que aquí va una mini-guía para el que tenga dudas al respecto.

La mozzarella en su vertiente más conocida, básicamente el queso que llevan las pizzas y que puedes comprar en el supermercado de la esquina de tu casa. Quiero imaginar que si a un italiano le dices que esto es mozzarella, igual te la pone de sombrero, pero es lo que hay, porque, lo creáis o no, Italia nunca ha solicitado la protección del término “mozzarella”.

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En realidad, la mozzarella viene en formato pizzero y también en formato fresco, en cuyo caso será blanca, blandita y en forma de pera. Además, tendrá que venir en un bote o bolsita con líquido, a riesgo de convertirse en un pisapapeles reseco. Aunque, si se seca correctamente al aire tendremos provolone y, si además se ahuma, escamorza.

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Este es el formato adecuado para la ensalada caprese, pero en general en Italia se usa como entrante, como aperitivo y como lo que proceda.

Esto empieza a parecerse más a lo que sería la mozzarella italiana, que en realidad tiene la denominación de origen de Mozzarella di Bufala Campana. Cuidadín con la mozzarella redonda y blanca que no se llame así expresamente, porque probablemente sea de leche de oveja o de vaca, con lo que perderá sabor. Y glamour.

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No obstante, mi absoluta favorita en esta categoría es la más difícil de encontrar (y de conservar): la burrata. Lo normal para comprarla es encargarla a priori, hay que mantenerla en húmedo y además dura sólo un par de días. De hecho, desde que prohibieron los líquidos en el equipaje de mano he tenido que hacer equilibrios dignos del más infame contrabandista de sustancias ilegales para colar mi ración de burrata en el avión. Viviendo al límite, vaya.

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La burrata es un híbrido entre queso y mantequilla que se desparrama cuando lo cortas, está absolutamente buenísima y, probablemente, sea letal para tu colesterol. Peor para él. En su formato más habitual, te la venden envuelta en unas hojas verdes y con más recomendaciones que si te estuvieran pasando un container de uranio. En Italia hay un montón de restaurantes donde puede tomarse fresca, aquí en España es bastante más complicado, pero algo hay. Con lo que te puedas encontrar en el supermercado, ni te molestes, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 


Mermelada, salsa picante y cafe del güeno-güeno

¿Has llegado ya a esa edad en la que en lugar de salir a beber, sales a comer? ¡Pues entonces estás a un paso de traerte comida de los viajes en vez de imanes para la nevera! Inaguramos sección de papeo internacional para que llenes la cesta de la compra cuando viajes por ahí y vamos a empezar con Jamaica y olé.

Cafe Blue Mountain

¿Sabíais que uno de los cafés más caros del mundo proviene de las -ejem- deposiciones de unos lagartos que se alimentan de los granos? Pues, afortunadamente, el Blue Mountain no es ese, menos mal. Se trata de un café arábigo que se recoge en las montañas azules de Jamaica, las más altas del Caribe con unos 2000 metros de nada. Cuentan las leyendas que procede de unas plantitas que los holandeses le regalaron a Luis XV en el siglo XVIII. Al rey se le ocurrió facturar 3 matas para Martinica, pero las pobres fenecieron en el viaje por mar -las regarían con agua salada o algo- y sólo se salvó una, que al parecer acabó plantada en Jamaica en vez de en su destino original.

Está bueno, buenísimo para tomarlo solo (la leche es herejía en estos caso), lo malo es que lo que tiene de bueno lo tiene de caro de la muerte, porque la producción es más bien escasa -abolir la esclavitud es lo que tiene- y la demanda bastante alta. En cualquier Delicatessen seguramente se puede comprar un paquetito, aunque parece que no llega al nivel del que te ponen en la isla.

Salsa Las Lick Jerk

Pues es esta una salsa que en Jamaica se le pone básicamente a todo, principalmente a la carne, y que está buenísimen, siempre y cuando te gusten las especias. Tiene un toquecillo dulce al final que le da un algo especial … Vaya, que merece la pena cargar unos cuantos botecicos si te caben en la maleta, bien envueltos en toallas, jerseys o algo que amortigüe, no acabemos con calcetines sucios al jerk, que ya os podeis imaginar como tratan las maletas en los aeropuertos cuando no estais mirando (y en algunos, cuando mirais también, qué carajo!)

Como soy así de floja, en lugar de contároslo yo misma, me recorté de la guía de Kingston la paginilla del jerk, no os la perdais, que tiene su gracia la base histórica del asunto.

Mermelada de guayaba

Esta te la puedes hacer en casita, suponiendo, claro está, que en vez de macetas de potos tengas árbolicos de guayaba plantaos en la terraza.

La guayaba es uno de esos frutos tropicales que una echa de menos durante semanas cuando vuelve del Caribe. Por dentro es rosa, con pepitas estilo tomate de los de antes y por fuera entre verde y amarilla. No solo tiene vitaminas A, B y C sino que está buenísima, te baja el colesterol malo y, con tiempo, igual hasta te haría la declaración de Hacienda. Y yo me pregunto, con tanta fruta tropical que plantan en Almuñecar ¿qué tienen en contra de las guayabas? Guayaba forever!

Lógicamente, la mermelada debió aparecer como una forma natural de preservar la fruta para comérsela más tarde, así que para qué llevarle la contraria a nuestros ancestros, a la maleta con los botes de guayaba y así la salsa lick no se siente tan sola. Personalmente, a mi la mermelada me gusta ponérsela al queso de Burgos en las ensaladas más que a la tostada en el desayuno, pero como gustos hay colores. ¡Y el de la guayaba es el rosa!