¡A casa de Ezio!


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Uno de los rincones frikis por definición en la Toscana no puede dejar de ser la pequeñísima villa de Monteriggioni, conocida de cabo a rabo por todos los aficionados a las videoconsolas. O, por lo menos, por los cientos de miles que han jugado al Assassin’s Creed 2, porque ahí se encuentra -en el juego, claro está- la mansión ancestral de los Auditore y habrán pasado por ahí unos pocos cientos de veces durante el transcurso de la partida. ¡Caramba, si hasta da cosa cuando en la siguiente entrega se traslada uno a Roma, así, sin más, sin llevarse los posters de la pared, ni los gusanitos caducados de la despensa!

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Ni que decir tiene que hay diferencias sustanciales entre juego y realidad. Para ubicarnos un poco, a buen paso uno puede recorrerse el mini-pueblo en 7 u 8 minutos, mientras que en el juego yo no llegué a encontrar todas las pu****ras estatuas por aburrimiento. Lo más gordo, claro está, es la ausencia de la mansión de Ezio en todo el embolado, aunque, para compensar, hay alguna mini-tienda en la que venden cuatro cosas sueltas de merchandising de la saga. Aquí van los mapas reales y del juego del pueblillo en cuestión, donde se ve como alargan hacia el fondo para colocarle el chalet a los Auditore. También hay más casas, claro. Lo que si está tal cual son las 14 torres, que Danta usó para evocar la visión del círculo de gigantes rodeando el infierno (igual en pleno agosto, no estuvo tan desatinado.

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Monteriggioni -no tan curiosamente porque en el juego mezclan alegremente realidad y ficción- si que estuvo implicado en el conflicto entre Siena y Florencia, esta última bajo el control de los Medici. Al contrario que en el juego, no la tomaron a la fuerza, no obstante. Básicamente se la jugaron bien jugada. No se les ocurrió otra cosa a los de Siena que poner al control de la fortaleza a Giovannino Zeti, un tipo que se había pirado de Florencia después de un cabreo monumental con los Medici. Así que estos lo vieron tan bien colocado, decidieron que eran oportunas unas disculpas, pelillos a la mar y todos tan amigos. Y, ya de paso, que los invitara a una fiesta de bienvenida en su nuevo puesto, que para eso están los colegas. Y así en 1554, entraron por toda la cara los florentinos en la fortaleza en lo que es conocido -al menos en Monteriggioni- como la «gran traición». Cabe esperar que en Florencia lo llamen algo más parecido a “pero como se puede ser tan pardillos”.

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