Archivo mensual: octubre 2010

Mermelada, salsa picante y cafe del güeno-güeno

¿Has llegado ya a esa edad en la que en lugar de salir a beber, sales a comer? ¡Pues entonces estás a un paso de traerte comida de los viajes en vez de imanes para la nevera! Inaguramos sección de papeo internacional para que llenes la cesta de la compra cuando viajes por ahí y vamos a empezar con Jamaica y olé.

Cafe Blue Mountain

¿Sabíais que uno de los cafés más caros del mundo proviene de las -ejem- deposiciones de unos lagartos que se alimentan de los granos? Pues, afortunadamente, el Blue Mountain no es ese, menos mal. Se trata de un café arábigo que se recoge en las montañas azules de Jamaica, las más altas del Caribe con unos 2000 metros de nada. Cuentan las leyendas que procede de unas plantitas que los holandeses le regalaron a Luis XV en el siglo XVIII. Al rey se le ocurrió facturar 3 matas para Martinica, pero las pobres fenecieron en el viaje por mar -las regarían con agua salada o algo- y sólo se salvó una, que al parecer acabó plantada en Jamaica en vez de en su destino original.

Está bueno, buenísimo para tomarlo solo (la leche es herejía en estos caso), lo malo es que lo que tiene de bueno lo tiene de caro de la muerte, porque la producción es más bien escasa -abolir la esclavitud es lo que tiene- y la demanda bastante alta. En cualquier Delicatessen seguramente se puede comprar un paquetito, aunque parece que no llega al nivel del que te ponen en la isla.

Salsa Las Lick Jerk

Pues es esta una salsa que en Jamaica se le pone básicamente a todo, principalmente a la carne, y que está buenísimen, siempre y cuando te gusten las especias. Tiene un toquecillo dulce al final que le da un algo especial … Vaya, que merece la pena cargar unos cuantos botecicos si te caben en la maleta, bien envueltos en toallas, jerseys o algo que amortigüe, no acabemos con calcetines sucios al jerk, que ya os podeis imaginar como tratan las maletas en los aeropuertos cuando no estais mirando (y en algunos, cuando mirais también, qué carajo!)

Como soy así de floja, en lugar de contároslo yo misma, me recorté de la guía de Kingston la paginilla del jerk, no os la perdais, que tiene su gracia la base histórica del asunto.

Mermelada de guayaba

Esta te la puedes hacer en casita, suponiendo, claro está, que en vez de macetas de potos tengas árbolicos de guayaba plantaos en la terraza.

La guayaba es uno de esos frutos tropicales que una echa de menos durante semanas cuando vuelve del Caribe. Por dentro es rosa, con pepitas estilo tomate de los de antes y por fuera entre verde y amarilla. No solo tiene vitaminas A, B y C sino que está buenísima, te baja el colesterol malo y, con tiempo, igual hasta te haría la declaración de Hacienda. Y yo me pregunto, con tanta fruta tropical que plantan en Almuñecar ¿qué tienen en contra de las guayabas? Guayaba forever!

Lógicamente, la mermelada debió aparecer como una forma natural de preservar la fruta para comérsela más tarde, así que para qué llevarle la contraria a nuestros ancestros, a la maleta con los botes de guayaba y así la salsa lick no se siente tan sola. Personalmente, a mi la mermelada me gusta ponérsela al queso de Burgos en las ensaladas más que a la tostada en el desayuno, pero como gustos hay colores. ¡Y el de la guayaba es el rosa!


¿Hay algún doctor por aquí?

En el aniversario de nuestro periplo del 2009 por el castillo de Drácula, este año decidimos, como no, dejarnos caer por el de Frankenstein. Con un poco de suerte, en 2011 estaremos escribiendo ésto desde la tumba de la momia o la peluquería del hombre lobo, a saber. Por aquello del completismo, comentaré que el doctor Frankenstein, nacido de la imaginación de la escritora Mary Shelley en una noche de juerga -a saber lo que bebieron- con Lord Byron y su futuro esposo, no tenía otra afición mejor que devolver la vida a cuerpos inanimados, pero como nadie es perfecto, casi que lo mejor es coser varios cadáveres para obtener el combo ganador. Y en lugar de salirle Jude Law, pues le quedó el monstruo ese de los tornillos en la cabeza, lo que dice mucho de la apreciación estética masculina por otros tíos. Y como las pilas por aquel entonces no eran de litio-cadmio, para traérselo de vuelta a la vida, tiró del consabido pararayos en lo alto de su castillo, con consecuencias de lo más amenas para la población local. No os lo perdais, de estreno desde 1818 en todas las librerías 😛 😀

El caso es que, de pura casualidad, tenía yo que pasar por Wroclaw unos días -casualidades de la vida, hay vuelo directo a Málaga con mi adorada Ryanair- y, tras descubrir que por esa zona hay más castillos que en la Tierra Media, se impuso salir el fin de semana y ver que podíamos encontrar. Y, mire usted por donde, nos encontramos con el castillo de Frankenstein en mitad de la baja Silesia. Dios los cría y los frikis se juntan. El pueblo en cuestión (copiao con CTRL+C) es Ząbkowice Śląskie, o, lo que es lo mismo, Frankenstein in Schlesien, que suena bastante a schloss o castillo en alemán. Parece ser que en a principios del siglo XVII una plaga redujo la población en un tercio, y de ahí viene la leyenda (negra) de Frankenstein.

El caso es que después de perdernos por todas las carreteras rupestres de la zona, esquivando baches de los que miden la profundidad en pies y con la inestimable ayuda de Thomas, el GPS sin sentido de la orientación, ya ocutándose los últimos rayos de sol, como corresponde a un buen relato de terror, conseguimos doblete: no sólo alcanzamos el pueblo de marras, sino que llegamos a la gasolinera antes de que estallara el motor. Y eso que la bajada de la montaña la hice en punto muerto. Perdón, vitalmente discapacitado.

Pero no iba a acabar ahí la cosa, no señor. Tres vueltas más tarde, y sin atisbar siquiera el castillo prometido, llegamos a la triste conclusión de que, bien el doctor Frankenstein vivía en un VPO, bien estábamos conduciendo en círculos, lo que conociendo al doctor y conociéndonos a nosotros, sonaba mucho más plausible. La solución obvia, parar y preguntarle a alguien, no era viable, porque, ¡pardiez! Al caer la noche, las calles se habían quedado desiertas. En ausencia de peatones, bien valen camareros. La cosa estaba clara: aparcar, cenar y preguntar. Lo que no estaba tan claro era dónde, porque tampoco parecía haber nada abierto. Finalmente, en la plaza del pueblo, dimos con una pizzeria-hamburguesería -o algo así-, donde había luz. Tenue, pero luz. Y allí que enfilamos, felices como perdices, hasta que encontramos al clásico abuelillo sentado en la puerta que, mirándonos con sorpresa, nos increpó en polaco en lo que probablemente significaba “ahí no se puede aparcar”, pero a estas alturas a nosotros nos sonó a algo como “insensatooooos”. Y, claro está, cuando entramos allí estaban los clásicos parroquianos de la Hammer, a sus labores, que en lugar de dardos era una máquina tragaperras y en lugar de beber la birra en jarras usaban tubos, pero por lo demás la escena podía haber estado rodada en blanco y negro. Y, claro que si, todos se giraron al vernos entrar, se hizo el silencio más absoluto y luego volvieron a lo suyo. Como nosotros si que hemos visto todas esas pelis de terror cuya existencia sus protas ignoran, optamos por una retirada rápida hasta que dimos con un pub-pizzeria (luego dicen que cayó el Imperio Romano) donde nos hinchamos de pizza -o eso la llamaban ellos- de salchicha y papas y de videos de Katy Perry en la MTV y hasta nos dijeron como llegar al castillo. Y allá nosotros.

El saber donde estaba, sin embargo, no minó nuestra predisposición a perdernos en absoluto. Le dimos 7 vueltas más al pueblo (que consistía en 5 calles) y, finalmente, salimos a la autovía a rodearlo. Fue entonces que, tras ver un cacho de muralla perdido entre los árboles y ningún acceso aparente, sacamos el coche de la carretera lo más cerca que pudimos, dejamos los faros encendidos por aquello de que ya no se veía nada y, abriendonos paso entre los matojos y los arbolicos, por fin llegamos al maldito castillo, ya con ganas de coger antorchas y hoces aunque sólo fuera por la mano de vueltas que habíamos dado para llegar. ¡Y bien grande que era, el tío! ¡Como para no verlo! Eso si, en ruinas del todo. Pero bueno, por el bien del orgullo friki, damos la visita por buena 🙂


Adaptador de enchufe todo a 100

¿Alguno ha tenido la desgracia de llegar a un pais cualquiera y encontrarse con que el cargador del móvil, el portatil, el secador y la cámara de fotos no entran en los enchufes? ¡Pues bienvenidos al club, chatos! Si hay por ahí alguien que piensa aquello de “a mi con esa no me pillan, que yo me he comprao un adaptador que me pasa hasta la corriente continua a discreta, mire usted”, que sepa que nadie está libre de dejarse fuera de la maleta en el último momento el cepillo de dientes, el peine y el dichoso conversor que tanto nos costó conseguir. Y es que comprarse un cacharro de éstos que sirva para todos los enchufes no es trivial y, mucho menos, barato. Nuestros amiguetes en Paso Noroeste nos explican largo y tendido que enchufe se usa en cada pais del mundo y el Deal Extreme, por ejemplo, te traen (probablemente a pie) sin gastos de envio el cacharro relativamente barato a tu casa (o no, depende de que pie se levanten). La gracia del asunto es que igual el adaptador sigue en tu casa, pero tu estás en tu hotel de Jiuston soltando maldiciones. Sobre todo porque: i) fuera del aeropuerto no es fácil conseguir un conversor; y ii) en el aeropuerto es más fácil, pero te lo cobran con tarjeta platino. ¡Y anda que no da coraje dejarse un pastón en OTRO conversor, porque sino durante el viaje volveremos a la Edad de Piedra digital!

Pero no os asusteis, niños, porque aquí llega la solución. Para arreglar todos nuestros problemas sólo hace falta un supermercado cualquiera, unas tijeras pequeñas (que espero que hayais facturado, porque si no tocará comprarlas también) y poco o ningún reparo a electrocutarnos ligeramente. Todo sea por la corriente. Los pasos a seguir son éstos:

-Ir al supermercado (y que esté abierto, claro)

-Comprar NO un adaptador (que no va a haber, de todas formas) sino un ALARGADOR, que hay en cualquier parte, cuesta nada y menos y, mira por donde, si que encaja en los enchufes locales.

-Ahora, ya en el hotel, viene la parte divertida. Cortamos un extremo del alargador (la hembra). Pelamos los cables correspondientes al trozo con el macho y montamos en cada uno de ellos un nudo estilo horca, que acoplaremos después en el enchufe de nuestro sufrido aparato. ¡Mucho cuidado de que los hilos no se toquen entre ellos! Luego no digais que no vais avisados 😛

Ala, ahí va una fotillo y todo para que veais que yo lo he probado en mis carnes.

Baratito, baratito para una emergencia que se tercie. Eso si, no nos hacemos responsables de si alguien se queda pegado al enchufe, que ya somos todos mayorcitos.


Cuadernos de viaje: San Petersburgo (I)

Si, lo reconozco, estoy hecha una floja y no escribo nada últimamente en el blog, pero así termine con unas cuantas cosas del curro me pondré al día. Mientras tanto, os dejo con una nueva entrega de mis cuadernos de viaje, que ahí hay que escribir poco.

El primero es el Hermitage, probablemente el museo más famoso de Rusia. Está ubicado en lo que era el Palacio de Invierno hasta que invitaron a los Romanov a una ración de plomo del bueno aprovechando que el clima tenía la ciudad aislada del campo, donde estaban la mayoría de sus partidarios. Tiene una colección impresionante, pero no tan rusa como otros museos de Moscú. En general, de hecho, San Petersburgo es bastante europea.

Esta es la calle principal de San Petersburgo, donde están la mayoría de comercios, negocios y, en particular, la carísima cafetería de la librería desde donde hice este dibujo, que no le recomiendo a nadie que no sufra de alguna adicción masoquista a los bandoleros. Bonita si que es, pero casi mejor verla de fuera.

El monumento más llamativo de la ciudad es, muy probablemente, la catedral de la Sangre Derramada o, como suelen llamarla los turistas, de la cebolla, por motivos obvios. El nombre le viene por un atentado al zar de turno que tuvo lugar en la zona. Aunque está más chula por fuera que por dentro, merece la pena entrar. Y hasta se puede uno comprar recortables del edificio de esos que se hacen sin tijeras ni pegamento (aunque con mucha, muuuucha paciencia)