Archivo mensual: julio 2010

Reino Unido (XIX): Oban and everything after

Ya en el tren y de camino a Oban, pudimos ver una mínima parte del paisaje de los páramos antes de que se hiciera noche cerrada. Y bien que se cerró, si señor. A cal y canto. Fue en estas que mientras íbamos dormitando en los asientos de repente el tren se detuvo en lo que debía de ser una estación. Y digo debía porque allí no había ni máquina de CocaColas ni kiosko ni mucho menos ese tipo de gente que siempre parece a punto de irse pero, de hecho, nunca coge un tren. Lo más que había, vías aparte, era un par de bancos y una caseta de esas de herramientas con techo en cuña de madera y un letrero que, aunque no se veía a esas horas, debía poner algo así como “Quinto Pino”. Estábamos considerando la suerte que teníamos de ir a Oban cuando justo en ese momento el revisor nos informó que teníamos que cambiar de tren y nos soltó allí, en mitad de los páramos, como si de Cumbres Borrascosas se tratara.

wuthering-heights-by-robert-mcginnis

Convencida de que a lo más que podíamos aspirar era a un tren fantasma, estaba ya concentrada en el problema más a mano -donde dormiríamos yo y el Equipaje esa noche tan fresquita- cuando, de repente, apareció de ninguna parte el italiado deja-vù con que Mercedes había hecho pandi. No es que no nos hiciera ilusión, a esas alturas ya esperabamos algo en la línea de una manada de hombres-lobo que amenizaran la velada, pero aquello empezaba a resultar sospechoso.

– Andiamoooo! – exclamó Mercedes más contenta que unas Pascuas, resumiendo en una palabra la kafkiana situación en que todos nos encontrabamos.

El caso es que el tipo nos llevó hasta la cabina que, curiosamente, estaba abierta y ocupada, cuan pequeña era, por un grupo de montañeros alemanes que, milagrosamente, no sólo cabían de forma holgada sino que quedaba sitio y todo. Allí nos acomodamos y mantuvimos una amigable charla de lo más peculiar, en tanto que ninguno entendía la lengua de los otros, hasta salir por bulerías o su equivalente teutón cuando se agotó el meneo de cabeza que acompaña a cualquier frase que uno no entiende. Cuando ya nos habíamos hecho a la idea de pasar allí la noche con ese plan tan folkrorico-festivo que nos había salido fue cuando, efectivamente, llegó el tren que esperábamos. Y, por supuesto, una vez más lo cogimos por los pelos.

El tema está en que más bien tarde que pronto acabamos por alcanzar Oban, la capital de las West Highlands. Durante el día, Oban es un puerto recogido y agradable, con un aire impregnado de sal que resulta de lo más marinero y paredes de piedra desgastadas por el agua y las algas. De noche, sin embargo, parecía recién sacado de un cuento de Lovecraft, como si del mismo Innsmouth se tratase y en cualquier momento fuesen a aparecer por las calles híbridos medio pez, medio humano con intenciones de sacrificar a algún dios primigenio a cualquiera que se atreva a hollar la ciudad al ponerse el sol [45].

Una vez llegadas al albergue que, misteriosamente, no había cerrado a cal y canto como hubiese cabido esperar en alguien gafe como una servidora, descubrimos con alegría que existía una lavadora -por su aspecto, eso si, probablemente habitada por algún gremlim especialista en lavar a mano- y, mientras esperábamos a que nuestra ropa recuperase su color original, hubo tiempo de discutir que haríamos al día siguiente. Básicamente, mis planes consistían en llegar hasta Iona, una pequeñísima isla hébrida con restos arquitectónicos de lo más apañados.

El plus no hubiese dejado de ser encontrarme por allí a Capercaillie o, en su defecto, a la cantante, Karen Matheson, que era por aquel entonces mi grupo musical favorito, pero aún pasarían algunos años hasta que tuviese ocasión de hacerlo muchísimo más cerca de casa. Y bien que mereció la pena la espera, porque resultaron ser simpatiquísimos. Así pues, Iona fue lo que hicimos al día siguiente. Oban, a pesar de ser bastante pequeña con sus 8500 habitantes, tiene algunas curiosidades. Por ejemplo, la torre de McCaig’s, que domina la bahía, es una réplica del Coliseo Romano, construida por el banquero John McCaig en 1897 como memorial de su familia y para dar empleo a la población local que, no obstante, no apreció el detalle en si mismo y la rebautizó como McCaig’s Folly (la locura de McCaig). Hay también una catedral en la Esplanade que no acaba de llamar la atención, pero que ahí queda para el que quiera verla. Lo que es yo, tenía intención de coger el primer transporte posible hacia Mull, la Hébrida más cercana, y, de ahí, a Iona.


(45) El tema del sacrificio humano en este caso sería excusable si tenemos en cuenta que, híbrido o no, Mercedes probablemente le habría colgado una maleta al hombro a cualquier entidad que dispusiese de brazos.

Anuncios

Cuadernos de viaje: Sorrento y Capri

Este verano me quedo sin mi viaje de todos los años al sur de Italia, que le vamos a hacer, pero siempre me quedarán los cuadernos de viaje 🙂
Sorrento es una ciudad de la costa al sur de Italia con unos 16000 habitantes. Tiene el honor de ser la alternativa a Salerno -y desde mi punto de vista, mucho mas digna- para visitar Napoles -ciudad de locos donde conviene parar lo justo para ver el museo y nunca, nunca, nunca! conducir alli-, Pompeya y los pueblecitos de Amalfi, Ravello y, por supuesto, la archiconocida isla de Capri. Evidentemente, la parte mas visitada de la ciudad es el puerto:

En cuanto a la isla de Capri, es muy mona y todo eso, con sus aguas turquesa y sus acantilados, pero ¡vaya trampa para turistas, señores! En particular, la gruta azul es de las tomaduras de pelo más grandes que he sufrido en Italia, y miren que el sitio es propicio. Se merece su propio post en la categoria Pardillos United, asi que por el momento, no cuento mas. Si no fuera el origen de la archiconocida insalata caprese que tantos buenos ratos me ha dado, le habria puesto la cruz del gato geografica 😛



Animalicos del Señor: Australia (II)

Australia 102.jpg
¿Que decir de estos bichos tan monos? Seguro que siendo Australia estan descontrolaos por algun sitio y tienen frito a alguien (cuya estrategia de eliminacion sera meter otro bicho mucho mas chungo que le haga la vida imposible al tipo cuando acabe con los koalas, digo yo), pero ¿y lo arrechuchables que son? Y diga lo que diga la gente, Stitch era un koal-ienigena fijo.

Estos animalillos arboricolas se alimentan solo de hojitas de eucalipto y son bastante tranquilitos y amistosos. Aunque cuesta lo suyo verlos entre la maraña de ramas de eucalipto de la zona de Melbourne (parece que en Queensland tambien hay, pero yo no vi ninguno), se pueden encontrar sin problema en cualquier reserva o zoo alrededor de esa zona. Lastima no poder traerse uno a casa 😛


Reino Unido (XXVIII): Sangre y arena en Fort Williams

Tras coger el primer tren que pillamos hacia el sur a la mañana siguiente, al caer la tarde llegamos a Fort William, un pueblo pequeño típico británico [39] consistente únicamente en un par de calles que se cruzan y el set habitual de prefabricados, tiendas de regalos, Boots y McDonalds. Fort William en si no tiene gran interés salvo porque actúa de estación base para subir al Ben Nevis, la Montaña Nublada, con 1344 metros el pico más alto del Reino Unido, y porque en sus inmediaciones se han rodado Rob Roy, Braveheart y Harry Potter, aunque poco tiene que ver con Hogsmeade.

Para obtener más información de la montaña, puede acudirse al centro de visitantes de Achintee, donde informan de las rutas a seguir. El hecho de que las montañas del Reino Unido sean tan bajas hace que los alpinistas más curtidos se planteen lo que se conoce como el desafío de las tres montañas: subir y bajar los picos más altos de Escocia, Inglaterra y Gales sólo en un día. Contrariamente a lo que nos pueda parecer a los flojos terminales, se apunta tanta gente a esta historia que suelen organizarse grupos para subir un día específico con cronometración y medallas incluidas. Evidentemente, la dificultad de esta excursión no radica ya en la ascensión, sino incluso en los kilómetros de carretera necesarios para desplazarse de uno a otro. Para evitar males mayores, a los participantes se les impone un mínimo al tiempo de viaje para que no superen cierta velocidad, de forma que si reducen el mínimo, el tiempo que ahorren no entra en el cómputo general de la prueba.

Independientemente de los agonías que tratan de suicidarse de formas tan coloridas como ésta, el Ben Nevis no es un pico complicado. Incluso alguien no acostumbrado en absoluto a la montaña no debería tardar en subir y bajar más de cinco horas: dos hasta el lago a 710 metros, una más hasta la cima y otras dos de bajada. Despistarse del camino es difícil: sólo hay que seguir a la masa de gente. No obstante, es imprescindible tener en cuenta que la montaña es siempre traicionera y que el tiempo puede cambiar a velocidades impensables una vez arriba. Es por ello que siempre hay que llevar buen calzado, chubasquero, agua en abundancia y algo ligero de comer por lo que podamos encontrarnos. Además, siendo conscientes de nuestras limitaciones, se puede tomar hasta la cima el camino sencillo o el bonito. Previendo lo previsible, nuestro objetivo era seguir el facil hasta que no pudiesemos más y entonces volver hacia abajo tan satisfechas como el que conquista el K-2.

Después de una interesante comida en un McDonalds, esta vez si de hamburguesas plasticosas, en que mi amiga me enseñó a manejar los cubiertos desechables correctamente [40] mientras yo me debatía cuan grande soy entre las tres bandejas de plástico sobre una mesa redonda pensada para que los tres cerditos tomaran te con pastas, nos encaminamos, por supuesto con El Equipaje, hacia el albergue, que, afortunadamente para mí, resultó estar relativamente cerca, siguiendo una carretera flanqueada por altos árboles que se abría algo más allá de la estación. En este caso, el lugar resultó bastante agradable, combinando madera y piedra al estilo de los refugios alpinos. Nada más llegar, Mercedes y McLaren emplearon su inglés de Oxford en informarse en recepción de qué hacer a la mañana siguiente mientras yo usaba mi castellano sin eses para obtener la misma información en mucho menos tiempo de unos chavales de las Palmas que me encontré en la entrada. Ellos habían alquilado un coche en lugar de tirar de Britrail y, después de más de una semana de arrastrar El Equipaje por todo el Reino Unido, hice firme propósito de imitarles en un futuro próximo. El que para entonces supiese conducir no dejaba de ser un plus.

Poco más o menos, nos enteramos de que existía un camino relativamente sencillo que subía despacio hacia la cima y, en principio, ese habría sido nuestro itinerario de tener una idílica vida corriente y no un conjunto desordenado de vivencias que parecen sacadas de una película de Billy Wilder. Y es que cuando llegamos al dorm room nos sorprendió un espectáculo enternecedor: la mayor parte de las camas estaban ocupadas por dulces y entrañables abuelitas británicas en ese rango de edades en que la dentadura pasa más tiempo en un vaso que en su debido lugar. Evitando la tentación de juntar las manos y hacer ” ohhhhhh” para no molestar a un grupo que, probablemente, le había dado las buenas noches a las gallinas, ocupamos nuestras literas para echar un buen sueño. Al menos McLaren y yo. Mercedes ya comenzaba a parecerse a Malcolm McDowell en la Naranja Mecánica pero cambiando a Beethoven por Greensleeves. Andaba yo feliz por mi séptimo sueño [41] cuando un revuelo similar al de una estampida de búfalos en la habitación me despertó de golpe. No me hubiese movido habida cuenta de que mi reloj marcaba las cinco, pero si había búfalos de por medio o, en su defecto, cualquier otro animal estampidador, no iba a ser yo quien se lo perdiera. Así pues, saqué la cabeza del cubil en que había transformado mi edredón con esa pereza que otorga el que haga mas frío fuera que dentro y, de repente, la perspectiva de los búfalos se convirtió en algo mundano. ¡Calzándose botas con clavos y los anoraks Goretex, equipadas con brújula, cuerda, piolets y algunas otras cosas cuyo nombre desconocía por completo, las superabuelas montañeras de Escocia se preparaban para la acción!

-Perdona nenita – me dijo, confundiendo mi cara de estupor con una expresión angelical y desvalida – Si no teneis mucha experiencia -y ahí si que tuvo acierto- no subais a la cima. Hoy hay mucha niebla y se espera mal tiempo.
– Descuide señora [42]-respondí conteniendo a duras penas el impulso de cuadrarme. Si quería ver el Ben Nevis, necesitaba un plan alternativo.

Unas horas después, ya había dado con él. Aparentemente, siguiendo el margen izquierdo del río y pasado un antiguo cementerio, a medio kilómetro de éste se disponía de una magnífica vista de la montaña. Mc Laren y yo, que no llevabamos ropa específica para montaña, nos equipamos con las camisas de felpa todo a mil que habíamos adquirido en Inverness y el calzado más cómodo que llevábamos, en mi caso unas Panama Jack de la época en que hice la primera comunión. Mercedes, sin embargo, venía más que preparada para la montaña. Al menos, para su concepto de montaña. Después de enfundarse en unos pristinos Bonaventure y una camisa Burberry planchada hasta un grosor micramétrico y perfectamente a juego con la flora otoñal, la observamos atónitas mientras extraía de la maleta de mis carnes una caja con unas botas cartujanas completamente nuevas que debían valer mucho más que todo lo que McLaren y yo llevábamos juntas. Nosotras incluidas en el mocho.

Al principio del paseo, allá iba ella feliz, saltando entre las florecillas y jugando con las mariposas como si la acabasen de sacar del casting de “Sonrisas y Lágrimas”. Luego ya se acabarían las sonrisas y se intensificarían las lágrimas. Porque anduvimos y anduvimos y anduvimos y allí no apareció cementerio alguno, si bien a poco hizo falta uno para enterrar mi cadaver si no llego a correr más que el resto. He de reconocer que cuando se me mete algo entre ceja y ceja, soy un poco correosa. Vamos, que razonar conmigo es como hablarle a un muro, sólo que éste muestra más interés y comprensión. El caso es que en ese momento yo quería ver Ben Nevis y se acabó. Tal vez fue por eso que cuando llegamos a una especie de valla, me guardé muy mucho de informar a mis compañeras de que, unos cientos de metros más allá, distinguía perfectamente a una manada de gigantescos toros lanudos dormitando. Claro que, teniendo en cuenta que justo por ahí se rodó Dog Soldiers, con los toros saliamos ganando. Y es que los hombres lobo no suelen tener sentido del humor. Fue así que en lugar de decir algo como “Cruzar por aquí es peligroso” me salió algo en la misma linea, pero más tirando a “Cruzar por aquí es … er … más fácil porque la valla está más baja. ¡Hop-hop-hop!”.

A pesar de mi esfuerzo, un rato después, la situación se había hecho insostenible. Más que junto al río, ibamos POR el río. Y no mejoró mucho el humor de Mercedes el que acabáramos hasta la cintura en un pantano. Afortunadamente, mi cintura viene a estar a la altura de sus codos y subiendo, si no mi periplo hubiese acabado allí mismo. Describiéndome en un lenguaje colorido imposible de reproducir en escritos con menos de dos rombos lo que pensaba de mí, eso si, desde una distancia prudencial, acabó por convencerme de que igual era el momento de regresar. Eso, o la espesísima niebla que bajaba de la montaña a todo trapo como en la peor pesadilla de Carpenter. Por no hablar del horario del último tren que salía de allí esa tarde y que teníamos que coger para cumplir nuestro scheduling. El caso es que, poco más o menos, deshicimos el camino … hasta llegar al corral. La hora de la siesta toril debía haber tocado a su fin porque ahora nuestros lanudos amiguitos estaban muy despiertos y muuuucho más cerca. Mercedes, mucho menos arreglada ahora que al principio de la excursión y con las botas nuevas cargadas de barro como si de dados lastrados se tratase no tuvo ni que abrir la boca para que supiese qué estaba pensando. Por suerte yo soy más grande o, en su defecto, corro más rápido. Mirando a derecha y a izquierda, se encontró flanqueada por una empinadísima subida a la montaña y un río de ancho equivalente a una autopista de cuatro carriles en que el agua del deshielo bajaba a toda velocidad. Ante ésto, sólo se me ocurrió sonreir y soltar una de mis perlas de sabiduría.

-Si quereis, cruzamos nadando y seguimos por el otro lado …

Cinco segundos después, ya estaba dentro del corral. Con los toros. Mejor ellos que Mercedes. Siendo sincera cien por cien, debo reconocer que no tuvo merito alguno, ya que, no se si sería por mis ropas o por falta de interés en mi manera de moverme [43] no me hicieron ningún caso. Vamos, como cualquier viernes por la noche de mi vida. Así pues, tras llegar al otro lado sin problemas, agité los brazos para llamar a mis compañeras, suponiendo que si a mi no me habían ni mirado, a ellas les ocurriría otro tanto. A fin de cuentas, no había aprendido tanto de los viernes de marras. McLaren, algo más nerviosa, consiguió pasar sin novedades. Claro, que ella era tan delgadita que difícilmente podrían percibirla en estéreo. Mercedes, sin embargo, desconfiando de cualquier cosa que pueda acompañarse con un pasodoble, optó por cambiar a modo sigilo como en los videojuegos. O, al menos, su versión de ello, que venía a ser una mezcla entre el paseillo de Chiquito de la Calzada, un Aserejé durante una borrachera de café y la sutil aproximación a los corderillos del lobo de la Warner. Naturalmente, el primer toro lanudo que la vió se sintió terriblemente interesado [44] y decidió seguirla a ver que nuevas gracias se le ocurrían. Seguirla, eso si, al calmado ritmo que una puede esperar de ese tipo de animal que podría reproducirse en peluches. Mercedes, no obstante, convencida de la bondad de su estrategia, más que cambiar de movimiento cambió de velocidad, consiguiendo únicamente que el toro, tozudo él con su nueva atracción, apretara igualmente el paso.

Este derroche de energía cinética no hizo sino atraer al resto de la manada, que sin prisa pero sin pausa procedieron asimismo a interrumpir su almuerzo y perseguir sin estres alguno a su compañero, que a su vez perseguía a Mercedes en una caravana digna de un episodio de Benny Hill. Cuando se hizo dolorosamente obvio que, en su intento por despistar a sus perseguidores Mercedes había comenzado a trazar círculos, fue el momento de saltar al corral una vez más y rescatarla por el sencillo procedimiento de cogerla del brazo y señalarle la dirección correcta. Supongo que se habría sentido agradecida si en sus planes inmediatos no entrara el asesinarme. Los toros, sin embargo, quedaron claramente compungidos, lo que demuestra más allá de toda duda que la televisión no es tan mal invento al fin y al cabo. Las botas de Mercedes, en su nuevo hogar en el fondo del cubo de basura, imagino que tampoco me habrían dado las gracias por el paseo.


(39)Los pueblos típicos británicos son a la madera antigua, tejas desencajadas y caminos serpenteantes de las pelis de Tim Burton lo que un whopper es a un solomillo al roquefort.
(40)Para usar los cubiertos, lo mejor es la regla Titanic: empezar de fuera a dentro y rezar porque no aparezcan platos inesperados. Obviamente, ésto no resulta fácil cuando esos cubiertos se sacan de una bolsa de plástico.
(41)Igual de feliz que en los sueños del 1 al 6. Tal como decía la mayor Ivanova en respuesta al clásico “¿has dormido bien?”, dormir no es el problema. Levantarse. Ese es el problema.
(42)Casi cualquier respuesta en inglés puede reducirse a una combinación afortunada de “No problem” y “Thank you”
(43)Ambos factores vienen a demostrar que tampoco existen tantas diferencias entre los toros lanudos y cualquier hombre que me parezca remotamente atractivo, y no estoy hablando de los cuernos.
(44)No debe resultar difícil interesar a un toro lanudo, cuya única percepción del mundo incluye hierba, árboles, más hierba y otros toros lanudos.