Archivo mensual: febrero 2010

Reino Unido (XXIII): Lagos, monstruous y chupas de cuero

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Una vez recorrido Edimburgo en la medida de lo posible, decidimos dirigirnos directamente a Inverness, que, pese a su reducido tamaño, es una de las ciudades más antiguas del Reino Unido, apareciendo ya en el 585 dC como nudo comercial pero existiendo referencias a ella de centurias atrás de esa fecha. En el siglo VI Inverness era la capital del reino picto y, como tal, fue escenario de incontables batallas. Actualmente es la capital de las Tierras Altas y está en clara expansión.

Quitando que, contra toda lógica, el Equipaje parecía pesar cada vez más, el tren de Edimburgo a Inverness no supuso ningún problema y encontramos el albergue prácticamente sin percances. Con los albergues ocurre casi siempre como con los hoteles: independientemente de la categoría, su calidad es inversamente proporcional a lo desesperada que esté la gente por ocuparlos o, lo que es lo mismo, a lo popular que sea el lugar donde se encuentran. El de Inverness estaba limpio, eso si, pero sólo disponía de dormitory rooms para 8 personas distribuidas en cuatro literas que se alineaban a ambas paredes de la habitación, estrecha hasta el punto de que, estirándose un poco, podía tocarse la litera de enfrente. En conjunto, daba la impresión de un pasillo de biblioteca. Debido a una leve claustrofobia, prefiero jugarme el tipo en la litera de arriba que ver un guardaespaldas a un metro de mi cara durante toda la noche. Eso suponía una falta total de conflictos con mis compañeras, que preferían mantener el suelo tan cerca como fuera posible. Mercedes, eso sí, se puso firme en cuanto a compartir mi litera. Según ella, me muevo tanto al dormir que tenía la impresión de estar encerrada en una coctelera. Ya que la privación de sueño la estaba colocando al borde del homicidio y nosotras eramos lo que tenía más a mano, McLaren se ofreció gentilmente a sufrir mis inquietudes nocturnas mientras ella ocupaba la litera de enfrente.

-Como esta noche ronque alguien en la habitación -dijo mientras se apoderaba del espacio circundante – le arranco las tripas a bocados y se las escupo a la cara [28].

Y estos, tan contentos ...

Y, al igual que en las películas de Hollywood, fue en ese momento que ocurrió. De repente, la puerta se abrió de una patada y, al más puro estilo Harry el Sucio, apareció en el marco … no se si definirla como una chica sería estirar demasiado el término. Con el pelo rojo oscuro, maquillaje negro y más clavos que la ferretería de mi barrio, embutida en una chupa de cuero y botas de motorista que costaría años borrar de la puerta, entró en la habitación la peor pesadilla de Agatha Ruiz de la Prada. Si en aquel momento tenía la misma cara que Mercedes, me alegro de que no hubiese cámara de fotos a mano. Claro, que no era mi litera la que tenía una cama libre. Boquiabiertas contemplamos a ese cruce entre Terminator y Cindy Lauper avanzar en dos zancadas hasta Mercedes, echar su saco de lona en la cama de arriba y subirse de un salto, despreciando las escaleras que yo había utilizado como una mariquita. McLaren y yo aún seguíamos embobadas cuando la buena educación de Mer le jugó una mala pasada [29].

-Estoooo … Hello?

Y aquella cosa se asomó a la litera con la expresión de quien se encuentra la piedra más puntiaguda de la playa justo debajo de su toalla y respondió con voz de trueno.

– Hello-hello-hello!!!

Aunque, de haber controlado algo más de español, habría dicho algo así como ¡qué hello, ni qué leches! o, peor aún, algo en la línea de las últimas declaraciones de Mercedes antes de encontrarse en el lugar más parecido al pabellón de culturistas de una carcel femenina en la que jamás se vió. Mercedes se quedó más blanca que la sábana de Casper. En su beneficio, debo decir que, probablemente, yo me hubiese echado a llorar. Mientras McLaren y yo nos pegábamos contra la pared de nuestra litera lo más que pudimos sin pasar a la habitación de al lado, ella trató de hacerse una con la almohada al tiempo que aquello, sin quitarse botas, chupa ni ninguna otra parte de su armadura de combate, giró sobre si misma y empezó a roncar con tal fuerza que hubiese dejado a las trompetas de Jericó a la altura de un matasuegras.

-Pssst. Mercedes. Dile lo de roncar …

-Eso, eso, díselo …

-¡Callaos, no sea que se despierte! Duermete niiiiña …

Se pintaba una retirada honrosa y eso es lo que hicimos inmediatamente. Intentando hacer el mínimo ruido posible, claro.


(28) Es evidente que Mercedes nunca diría algo así, pero bastaba verle la expresión para hacer una traducción bastante aproximada.
(29) Hay cosas que nunca se deben decir como ¿qué tal estás? a ese tipo de personas que siempre están interesadas en contarlo con todo lujo de detalles.


Cuadernos de viaje: Madeira (II)

Pues más dibujos de viaje, que después del tostón del texto anterior nunca está de más. Seguimos en Madeira


Nueva Zelanda (VII): Buscando a Nemo

De vuelta al pueblo comprobamos bastante rápido que el verano en el Pacífico no es ni de cerca tan caluroso como en el Mediterráneo o, lo que es lo mismo, que no había narices de darse un baño a las siete de la tarde. En tanto que el pueblo era bastante pequeñito y muy lejos del concepto hispano de animado, nos limitamos a sentarnos en una hamburguesería y hacer planes para el día siguiente. Allí tuve la dicha de descubrir que entre las exportaciones de España se encuentra Enrique Iglesias. Vivir para ver.

La playa de Pahia, tropico puro

La playa de Pahia, tropico puro

Básicamente, mis planes se reducían a visitar los bosques de algas de la zona, lo que, obviamente, no incluía a mi compañero que es básicamente de tierra adentro y su contacto con el agua suele limitarse a la bañera y su alberca. Como a él no le pareció mal (2), decidí que haría un par de inmersiones a las 6 de la mañana y, a la vuelta a eso de las 11, Antonio y yo echaríamos el día en el Waitangi, fue relativamente fácil encontrar un lugar donde reservar el tema. Eso sí, recordando sin ningún entusiasmo que Nueva Zelanda es también zona de tiburones blancos, decidí explicarle al tipo del mostrador que apenas tenía veinte inmersiones y que todo eso de tumbarse en el fondo y dejar que los escualos te pasen por arriba apaciblemente está muy bien sobre el papel pero que lo más probable era que para cuando el bicho me diese el primer bocado, ya estuviese tiesa de un infarto.

– No, si aquí no hay tiburones. – me dijo – ¡Además, los que hay son amistosos! – y, tras una pausa, – Y … bueno, tú vas con un instructor …

– Es decir, ¿que los tiburones amistosos que no hay no me van a morder porque voy con un tío que nada mucho más rápido que yo?. Pues perdóneme si le pago a la vuelta …

La carta de peces, que uds la disfruten

La carta de peces, que uds la disfruten

Pero el caso es que un día es un día y, tiburones o no, allí estaba yo en el embarcadero, más dormida que otra cosa, preguntándome si el agua estaría tan fría como parecía. Acostumbrada al Mediterráneo, no parecía que un neopreno de cinco milímetros fuese a resultar demasiado confortable a veinte metros de profundidad. Al parecer, sólo íbamos cinco personas, incluyendo al instructor y al piloto del barco. Los dos restantes eran una pareja maja de australianos, rubitos ellos, con esa pinta típica de haber salido de una fiesta en la playa en lugar de de la cama como todo el mundo. Aparentemente, tenían bastante más experiencia buceando que yo, pero, como luego se demostró, eran bastante menos inconscientes. Yo ya había oído hablar de los bosques de algas gigantes de la zona. De camino al primer lugar de inmersión, un pecio de los noventa, pasamos cerca de una de las atracciones de la zona, los ‘Hole in the Rock’ o agujeros en la roca, que vienen a ser precisamente eso, una ventana enorme en una pared de roca situada en la bahía. El más famoso es en de Cape Brett, al que se puede llegar en lancha.

Hole in the Rock, literalmente

Hole in the Rock, literalmente

Durante el viaje, el instructor nos puso también al día de la fauna autóctona, que incluía morenas como las del Mediterráneo, pero también mantas raya que yo no alcancé a ver. Entre los peces que más se repetían, estaban los simpáticos mao-mao rosas, el bluefish, el big eye y el algo más pequeño leatherjacket, todos ellos alrededor de unos cincuenta centímetros, es decir, considerablemente más grandecitos que el pez mediterráneo medio. El premio del día se lo llevaría un pez escorpión, grande, gordo y cubierto de pinchos, flotando a medias aguas, que apareció en medio del bosque de algas durante la segunda inmersión pero, claro, a estas alturas, aún no lo sabía. Lo único que sabía es que estaba muerta de sueño, específicamente porque no habíamos conseguido nada más independiente que un quad que habíamos compartido con un par de hindues, uno de los cuales había echado la noche entera roncando alegremente con ese tipo de volumen que habría hecho echarse a temblar las murallas de Jericó. Para colmo de males, cuando yo me tuve que levantar a las seis y media, allí estaba él durmiendo felizmente y sólo el hecho de que apenas tenía fuerzas para ponerme el bañador evitó que lo enviase al sueño eterno.

La primera inmersión, estado de la mar mediante, iba a ser a los restos del Rainbow Warrior. El Warrior había sido un barco de Green Peace de esos que van de un punto a otro protestando contra las barbaridades que le hacemos al planeta y que tan molestos resultan a los que habitualmente controlan el cotarro. Al parecer, protestó una vez de más cuando los franceses estuvieron realizando sus pruebas nucleares por Mururoa, es decir, tan lejos de la France como les fue posible. Una noche, mientras el Warrior estaba atracado en Auckland, un submarino francés les envió recuerdos en forma de torpedo, enviándolos directamente al fondo con billete sólo de ida. La tripulación escapó en su mayor parte a excepción de un fotógrafo que tuvo la genial idea de volver a por su equipo y se quedó atrapado en el interior. Un motivo más para adorar mi pequeñísima Canon IXUS. Si bien Francia negó relación con el incidente, esta vez se les había visto el plumero y tuvieron que pagar los platos rotos. Para lo que le sirvió al fotógrafo en cuestión … Un tiempo después, trasladaron el pecio desde el puerto a su ubicación actual y lo dejaron allí para los buceadores, lo normal en tanto que Nueva Zelanda es un destino preferente para los aficionados a deportes raros.

Allí, a veintitantos metros de profundidad bajo el casco de nuestro barco se encontraba ahora el Warrior en su tumba acuática. Yo, que a mi pesar estaba en superficie, estaba empezando a marearme con tanto bamboleo, y es que si bien aguanto estoicamente las travesías mientras el barco está en marcha, una vez se echa el ancla no me entiendo con las olas. Por alguna razón, a la australiana le estaba costando ponerse el equipo y el tiempo pasaba y pasaba y yo me mareaba más y más. Si alguien alguna vez se ha visto en un barco con el estómago revuelto, debe saber que buceando es mucho peor, así que decidí echarme al agua y esperarlos allí. Mala idea, claro. Recordando al dichoso tiburón de Spielberg y con no más de dos metros de visibilidad bajo la verdosa agua del mar de Tasmania, no se exactamente cuanto tardarían en equiparse mis amiguitos, pero a mi me pareció una eternidad. Por fin, una vez los cuatro en el agua, el instructor nos recomendó que bajásemos siguiendo la cadena del ancla, que es lo habitual cuando no se hace buceo de pared y, en particular, cuando el agua está tan turbia como un pure de guisantes, lo que quiera que sea eso. Bajar con una botella de aire que en superficie pesa un quintal más un cinturón de plomos entre 6 y 8 kilos sin contar con lo que pese cada uno puede parecer inmediato, pero no es necesariamente así. Hay que recordar que llevamos un traje de neopreno repleto de burbujas de aire que nos empuja hacia arriba continuamente. En principio, cabría pensar en cargarse bien de plomos, pero el empuje que se experimenta hacia arriba varía con la profundidad, ya que a más presión el aire se comprime y disminuye la flotabilidad, haciéndonos caer a saco si nos pasamos de peso. En realidad, cada uno sabe aproximadamente el peso con que tiene que bajar en función del tipo de neopreno que utiliza, pero a determinada gente, en particular los que ocupan demasiado volumen o los que están muy delgados, les cuesta controlar el descenso. Ese último estaba siendo el caso de la chica australiana, que se quedó varada a menos de diez metros y, finalmente, sufrió un globazo hacia arriba. El instructor nos bajó hasta el fondo a mí y a su novio antes de subir a ayudarla y allí que nos vimos, con un frío del carajo, una luz pobre y verdosa y el casco del Warrior que apenas se intuía unos metros hacia la derecha. Ya me había resignado a esperar cuando el chico me hizo la seña de acercarnos al barco. No me pareció mala idea, ya que estabamos justo al lado y el aire a esa profundidad se gasta rápido, así que cuando me alargó la mano, para evitar perdernos de vista, supuse yo, dadas las condiciones, la acepté y en un par de patadas llegamos hasta el pecio. El casco estaba completamente cubierto de vegetación, principalmente en tonos verdes y morados. Como no llevábamos linterna, no se apreciaban bien los colores, pero de cerca si se veía perfectamente la cubierta y la cabina. Llegados a este punto, decidí independizarme de mi compañero y bien que me costó que me soltara la mano: siempre que se bucea con botella, hay que hacerlo en compañía y sin perder de vista a tu pareja, pero aquello ya era mucha familiaridad. Después de dar tres o cuatro vueltas por la zona, aparecieron los desaparecidos y, por fin, disfrutamos de las ventajas de la linterna. El instructor incluso nos enseñó un truquito. Primero nos metió en la cabina superior del barco y, a continuación, apagó la linterna. Tras esperar unos segundos en la oscuridad total, volvió a encenderla y nos encontramos rodeados de un banco de peces de tonos plateados que, desafortunadamente, no hacían figuritas animadas. Realmente impresionante, no obstante. A partir de ahí, todo transcurrió más o menos con normalidad hasta llegar a la superficie.

– Chica, ¡cómo has mejorado buceando! – le comentó el australiano a su novia, que se encogió de hombros interrogativamente – Si, cuando has pasado entre las cubiertas, en cuanto bajamos al principio.

– Al principio, me quedé colgada en superficie. Yo no he llegado prácticamente hasta que entramos en la cabina.

Entonces el australiano se giró hacia mí, que, tratando de mantener cara de póker, me limité a levantar una ceja. Ahora entendía yo tanta tontería con la manita. Colorado como un tomate, intentó explicar que se había equivocado mientras la chica y yo nos mirábamos mutuamente con cierta diversión pensando como se puede confundir a una chavala de uno sesenta y poco y unos cincuenta quilos con mi metro ochenta y tantos enfundado en un neopreno talla L.

– Hey, yo no me he quejado, ¿no?- y es que, para que negarlo, compañeros mucho más feos me han tocado. Siempre.

La segunda inmersión fue otra cosa: mis amiguitos bajaron bien juntos y me dejaron al instructor para mi sola. Básicamente, hicimos buceo de pared, es decir, en lugar de bajar en mitad de ninguna parte, lo hicimos al lado de un acantilado. Ahí si que encontramos los bosques de algas gigantes sobre los que había leído y que no me decepcionaron en absoluto. Incluso a unos 15 metros de profundidad, las hojas se mecían con las corrientes, rodeándonos como dedos gigantes. Aquí había que avanzar apartándolas con las manos y topándonos de frente de cuando en cuando con algún bicho de tamaño considerable. El más llamativo resultó ser un pez escorpión nadando a media agua que estaba fácilmente alrededor del metro de longitud y que flotaba suavemente frente a nosotros, con todo el descaro que el tamaño proporciona, sin intención alguna de moverse lo más mínimo. Entramos también – al menos el instructor y yo, ya que la australiana había dejado bastante claro que a pesar de lo mucho que había mejorado su estilo, pasaba de llevarse un mal rato – en una cueva pequeña abierta por el techo y un lateral donde había una flora bastante curiosa. En sitios así agradece una el ejercicio ese de quitarse y ponerse botella y chaleco bajo el agua que, en su momento, parecía tan absurdo cuando se saca la licencia, pero no llegó la sangre al río ni, afortunadamente, ningún tiburón a ésta servidora y, un rato después, ya estaba en el muelle, muerta de sueño, de frío y preguntándome por qué diablos me meto siempre en berenjenales de este tipo con lo a gusto que está una en casa jugando al Scrabble.


(2) En caso de desavenencias, siempre cabe recurrir, como decia Pratchett, a la democracia: una persona un voto. En estos casos, la persona soy yo y el voto el mío.


Volcanes en Costa Rica

Y para compensar el exceso de texto de ultimamente, hoy posteo unas cuantas fotos de los volcanes más cercanos a San Jose en Costa Rica (el Arenal no está en estas fotos, pero yo fui tres veces y no conseguí ver la famosa lava) En cada uno, el agua era de un color distinto 🙂

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Columbia Icefields

He aquí uno de mis sitios favoritos de Canadá: los campos de hielo de Columbia, en el oeste, donde convergen varios glaciares. Dibujado con Colors! y mi Nintendo DS.


Alquiler de coche for dummies

Si, si, lo de alquilar un coche pinta muy facil, con sus reservas por Internet y todo, pero, según sitio, lugar y experiencia del intrépido viajero, la cosa puede pintar peor que un corte de luz en un Madrid-Barca. Y es que la letra pequeña de los rent-a-car tiene mucho de pequeña y poco de letra, porque la mitad de lo que habría que saber no viene en el contrato. Vamos por partes:

FASE 1: ¿COCHE ALQUILADO?¿Y ESO QUE ES?

Pues si, amiguitos, es una cosa con ruedas y volante igualita que la que tenemos en casa … o casi. Y digo casi porque, como no es nuestra, cuando firmamos ese papelito tan gracioso que nos dan a cambio de las llaves, hay que tener unas cuantas cosillas en cuenta que afectan, fijese usted, al precio del alquiler y que pueden hacer que esa oferta tan maja que cogisteis por Internet os acabe costando un primogénito. Mirad bien el contrato y buscad:

Kilometraje ilimitado: ésta primera es de novato, pero aún hay quien pica. Resulta que el precio del día, ese que tan barato parecía, sólo vale cuando devolveis el coche de marras con menos de 100 km. Claro, y que más, como que uno alquila un coche para ir a comprar al supermercado .. Pues a partir de la cota prefijada, como si de un gremlim se tratara, el coste se multiplica tendiendo a infinito y al final resulta que costaba 5 veces más que el de al lado, que no lo cogimos por ahorrarnos 15 EUR.

Segundo (o más) conductor: pues resulta que es más caro que conduzcan dos que uno aunque el coche sea el mismo y además tarifica por día, así que salvo que querais que el mismo de siempre cargue con la tarea en plan chofer de Ferrero Rocher (y ya se que quereis, granujas, pero cualquier día os deja en la estacada), acordaros de sumar al montante el importe correspondiente. O entrenad para cambiar muy rápido de conductor si es que os para un policía.

Esa raya ya estaba ahí: ésta tampoco os pillará desprevenidos a la mayoría. Cuando en el alquiler os den el coche, os tienen que dar también un papelito donde están detalladas con circulos y cruces, igualito que en el parte de siniestro, cada rayita, bollo o desperfecto que tenga el vehículo cuando os lo entregan. Procurad comprobar que no haya más, ya que el que lo haya entregado antes probablemente haya intentado pasar de incógnito cualquier cosilla que le haya podido hacer y en el rent no dudarán en colgarosla a vosotros si es que no viene en el papel de marras. Es más, salvo que lleveis seguro a todo riesgo, procurad que al entregar examinen el coche enfrente vuestra, no sea que luego os quieran colgar lo que no habeis hecho (si lo habeis hecho, olvidad ésto último, disimulad por si cuela y dejádselo al siguiente).

El depósito lleno: y este es el último timo en que pica el principiante. Aquello que parecía tan conveniente de que nos dieran el depósito lleno y lo devolvieramos tal cual, resulta que no es tan obvio cuando uno vuelve tarde, con prisas y sin saber dónde leches está la gasolinera más cercana. Y no os lleveis a engaños, llenar hay que llenar, o conoceremos la auténtica extensión de la frase “total, si sólo es una raya, ¿qué puede costar?” Pues, al menos, el triple que en una gasolinera y a partir de ahí, ¡hasta el infinitooo y más allaaaaaaaá!

FASE 2: UY, ES LA PRIMERA VEZ QUE ALQUILO UN COCHE EN EL EXTRANJERO, TENGO MIEDOOOOOO …

Pues no hay problema, para eso ya me ha pasado todo a mi. Aqui van unos sencillos consejos que te harán la vida más fácil.

-El primero, si viajas, no conduzcas. Esto es, si vas por los circuitos bien conectados por trenes y no tienes pensado salirte de lo habitual, como un Florencia desde Roma o algo así. Alquilar el coche supone además aparcarlo -y si te parecen caros los SAREs en España …- y apoquinar una pasta gansa en cada uno de los peajes que tanto abundan en el territorio europeo y americano. Si puedes llegar en tren, te va a salir más barato y te estresarás menos.

No, en serio. No conduzcas. Si puedes llegar en tren, en territorio civilizado (así te alejes del Mediterráneo) hay controles de velocidad por todas partes, y las multas europeas si que te llegan a casa. Por no hablar de las norteamericanas, que pueden llegar a que te quedes sin pasaporte o a que te encañonen. Claro, siempre nos queda Portugal, Italia, Marruecos o Grecia. Y sus magníficas autovías de 5 carriles, el que va, el que viene, el que pisa la linea de enmedio y los dos arcenes. Por no hablar de los encuentros con esos entrañables personajes como el camionero del infierno, el abuelo suicida, el cani velocista … Y para los intrépidos exploradores que no temen adentrarse en carreteras secundarias, sólo comentar que los bajos del coche no los cubre ningún seguro. Luego no lloreis.

– Tercero: a mi me da igual, yo pienso ir en coche. Si este es el caso y estás en cualquier lado que no sea estilo Alemania, las palabras mágicas son seguro a todo riesgo. Si, cuesta una pasta, pero al menos la VISA no te morderá la pierna cada vez que te adelante un cuatro latas por la derecha o se quede mirando el coche ESE tipo cuando lo dejas aparcado enfrente del monumento de turno. Cuidadito con la modalidad del seguro, que hay varias. Algunos se contratan a través de terceros, y suponen que si pasa cualquier cosa, uno paga por adelantado y reclama a la aseguradora a la vuelta. Y a esperar, claro. Otra es la de cobertura total hasta un limite de daños, a partir del cual pagarás como un campeón. La contraria también existe: si te das un piñazo, te cubren, pero si le cascas un rayón al coche, pagas tú. Y los bajos no se cubren. Por cierto, si tienes una tarjeta chachi de crédito de esa de metales o piedras preciosas, igual te cubre el seguro, así que habla con tu agencia y que te informen, que pagar por ná es tontería.

-Cuarto: NUNCA devuelvas el coche tarde. Te cobrarán el día entero. Y asegurate de que el lugar donde tienes que depositarlo abre hasta la hora que tu vuelves. Si lo has alquilado hasta las 10p.m., pero cierran a las 8, de poco te va a servir intentar explicarlo.

FASE 3: YO YA LO HE ALQUILAOOO TOOOOOOO!!!DAME UN QUITANIEVES TUNEAO Y CON MP4!!

Pues aun en el modo avanzado, uno siempre acaba picando en alguna cosa que otra, y es que las compañías de coches las carga el diablo. Aquí van los últimos consejillos por experiencia propia.

– Primero: Compañias grandes vs pequeñas. Cuando toca tirar de Internet para ver que alquilamos, uno tiende a pensar que Hertz, Europcar o Avis no nos van a dejar en la estacada, tienen un nombre que mantener. Si, un nombre y una legión de abogados que convertirán cualquier queja en una bola de papel en la papelera más cercana. Cierto es que los coches serán más nuevos -y seguros- que en compañías pequeñas y que tienen la ventaja adicional de poder coger y soltar el coche en sitios distintos, pero cuidadito con las reservas, ya que en ciudades grandes tienen la rara virtud de pasárselas por el forro y alegar, cuando llevas tres horas esperando tu coche del sábado a las 8, que si quieres, puedes devolverlo a cambio el domingo a las 3 de la mañana. Pues muchas gracias, mire usted. A mi en particular eso me ha pasado en Roma con todas las grandes menos Europcar, pero la noche es joven, que se dice. En cuanto a las compañías pequeñas, en general son más formales con las reservas y te suelen llevar y recoger el coche donde tú quieras, hotel incluido -ahorrándote así la combinación más cómoda a efectos de no probar el tráfico de nuestras urbes más importantes: aeropuertos o estaciones-, pero te la juegas a la carta más alta. El coche puede ser desde un cacharro inservible hasta algo totalmente distinto a por lo que has pagado (ejemplo: 4×4 en los Andes con la correa del ventilador averiada cambiado cuatro horas después por ranchera hecha polvo) y te puedes encontrar con que la cobertura del seguro no es exactamente lo que tú creías (probad Bali, por ejemplo). En fin, como en tantas otras cosas, aquí la regla es que no hay regla. Afortunadamente, muchas web tienen puntuaciones de esas tipo estrellita, que pueden ayudarnos a elegir lo que vote la mayoría (que miedo).

-Segundo: Paises locos al volante. Si, si, puede que seas conductor de rally y que hayas subido a esquiar sin cadenas, o incluso que hayas aparcado en mitad de la arena de la playa para hacer esa moraga y hayas conseguido sacar sin grua el coche luego. Hasta, no lo quiera Dios, igual has cambiado una rueda tu solo. Pero, creeme,, amiguito, hay paises donde no querrás encontrarte al volante. Para muestra un botón:

-China: La densidad de tráfico aquí es como cualquier otra densidad, caben dos coches por metro cuadrado y asi te haces amigo del conductor de al lado. En Beijing, un trayecto de 5 minutos en metro puede llevarte unas 2 horitas en superficie, con bicis suicidas pasando a derecha e izquierda. Y si piensas que fuera de las grandes ciudades es mejor, recuerda que los carriles están pintados por motivos únicamente decorativos y que las direcciones son meras sugerencias.

-Cuba: La primera en la frente, los coches pequeños son muuucho mas caros que los grandes porque … chupan menos gasolina, claro está. Ojo al depósito o te acabará saliendo más caro el collar que el perro. Mucho más divertido, sin embargo, es que la autopista de la Habana se acaba abruptamente a unos 50 km de la Habana dirección Pinar del Río para transformarse en un camino de tierra que, más pronto que tarde, deja de estar uniformemente pisado. A partir de ahí, desde señoras tendiendo la ropa en mitad del camino hasta gorrinos dándose un saludable baño en los muchos charcos que te encuentras. Un sinfin de diversión.

-Grecia: El país donde cualquier carretera es una autovía de cinco carriles: el derecho, el izquierdo, los dos arcenes y el espacio que queda en medio donde están pintadas (a saber para qué) las lineas. Y si les dieran un Formula 1 a los abueletes griegos, Alonso se quedaría en el paro fijo.

-Marruecos-Egipto: Aquí da miedo hasta coger taxis, esto es como conducir en el Grand Theft Auto, pero como si robaras los coches en una peli apocaliptica en vez de en Miami. Y todo amenizado con la radio local, que repite la misma canción hasta que la puedes tatarear en árabe. Aquí la gente no se pita para insultarse, sino para localizarse por el oido, como los murciélagos. La prioridad la tiene el que primero mete el morro y tiene el coche más prescindible.

-Los Andes: Divertido, este sitio. Lo primero, llevar tanques de gasolina de sobra en la parte de atrás del coche y comprobar a ciencia cierta que sabes cambiar las ruedas de una ranchera. Si te quedas tirado en la carretera, te dará tiempo a domesticar llamas antes de que alguien te encuentre. Y los 25 grados bajo cero por las noches tampoco ayudan. Eso si, es tradición recoger y llevar un rato a cualquiera que te encuentres por la carretera, asi que con algo de suerte, la rueda te la cambiará él (verídico como la vida misma). Y cuidado con meter la rueda en un geyser (más verídico aún, ¿verdad, Ana? :D)

Tercero: ¿Quien necesita cerebro teniendo GPS?. Cuanto daño han hecho los cacharros a nuestra generación. Y es que cuando uno se iba de viaje hace tiempo, se estudiaba primero el recorrido, preparaba mapas, prestaba mil ojos a las indicaciones y, ante la duda, paraba a preguntar en las gasolineras. Hoy en dia se le da el camino al GPS, chupas la ventosa y lo pegas en mitad del cristal y te fias a pie juntillas de un cacharro al que lo unico que le importa es que no se le acabe la bateria. Y luego pasa lo que pasa: la mitad de las calles de fuera de tu pais no están en los mapas, sólo marca carreteras de peaje, nunca tiene en cuenta las obras (y en el Mediterráneo, SIEMPRE hay obras), de repente te encuentras fuera del mapa, te dice que has llegado y tú estás en mitad de la campiña … en fin, lo normal para un cacharro que, la mitad de las veces, está basado en Windows. Aunque sea, llevaros impresos los mapas de Google. Como el papel, no hay nada.


Nueva Zelanda (VI): En busca del kiwi

Dado que el Waitangi no era hasta el día siguiente y cuando se está de viaje el tiempo es oro, al soltar el bus a mediodía decidimos ir a estirar las piernas por un bosque cercano, donde una senda nos llevaría en un par de horas a ver un salto de agua. La senda empezaba unas decenas de metros hacia el norte de la zona del tratado y, al igual que el resto de las de Nueva Zelanda, no podría haber estado mejor indicada ni si hubiesen añadido letreros fluorescentes en forma de flecha en plan “Precaución: no volveremos a indicarle el camino hasta dentro de diez pasos”. El punto interesante del asunto lo aportaba un cartel al principio del bosque donde se prohibía entrar con perros, ya que estos podían atacar a … ¡los kiwis de la zona! A partir de ahí, y dada nuestra absoluta ignorancia acerca de las dimensiones aproximadas de un kiwi, cualquier cosa que se moviese entre la hierba fue automáticamente calificada de kiwi potencial y, a pesar de no haber visto nada más que hojas agitándose, volvimos de la caminata sumamente satisfechos con nuestros avistamientos. Al menos hasta que bastante más adelante nos informaron de que el kiwi era un animal nocturno.

Un kiwi con pinta de pollo loco

Un kiwi con pinta de pollo loco

El paseito en cuestión se limitaba a llanear hasta el mencionado salto que, por otra parte, no tenía nada significativo. Sin embargo, a aproximadamente una hora del inicio de la senda, el camino se transformaba en una vía de tablas de madera y atravesaba un bosque de manglares o árboles sumergidos. De los árboles sólo las copas se elevaban sobre el nivel del agua, haciendo que nos desplazásemos entre ramas y hojas. Una vez superados los manglares, el resto de la excursión resultó bastante anodina, pero los manglares hicieron por si solos que mereciese la pena llegar hasta allí.

Bosque sumergido y ... ¿ardillas nadadoras?

Bosque sumergido y ... ¿ardillas nadadoras?