Hola, vecino. ¿Tendrá una tacita de RH+?


Cuando a uno le toca currar en Bucarest un lunes, lo mejor que puede hacer es viajar en sabado, que sale mas barato, y pasar el domingo en Brasov, que es mucho mas bonito y tiene al lado, al lado el castillo de Bram, mas conocido popularmente como el castillo de Dracula. Y, milagros de Internet, aqui lo puedes ver en 360º al crepusculo sin arriesgar el pescuezo ni recargar el bocata de mayonesa de ajo.

Aunque en realidad Vlad Tepes como mucho pasó allí un par de días encerrado por los turcos en una mazmorra, ya que Bram Stoker lo tomó de base para su más que famosa novela, se ha popularizado como tal y está llenito de carteles de pelis de vampiros y fotos de Gary Oldman. Y eso que, por mucho que me guste la peli y la cantidad de detalles geniales que tiene -ver para muestra ésta presentación-, más que Dracula de Bram Stoker, Coppola se curró Dracula de Corin Tellado. ¿Pero es que a los vampiros no les han dicho sus mamis que no se juega con la comida, señores? Y es que la novela original –aqui en español y gratis o, en su versión original en Proyecto Gutemberg-, más que de amor iba de gastronomía.

En realidad, Stoker basó su novela en las más que cuestionables hazañas de Erzsébet “Elizabeth” Báthory una noble transilvana de finales del siglo XVI que se adelantó al Cosmopolitan en tratamientos de belleza sólo que, en lugar de caviar de ese, pensó que la sangre de doncella estaba por aquel entonces más barata. Se le atribuyen, de hecho, más de 600 crímenes antes de que fuera emparedada como castigo -ya que a los nobles de entonces no se los podía ajusticiar-, aunque no muy curiosamente, la sentencia llegó por motivos políticos más que por sus victimas, que, para la consciencia de la época, no dejaban de ser plebeyas. Y es que la mujer, a la muerte de su esposo -el Caballero Negro de Hungría- controlaba un pedazo de tierra bastante codiciado.

En Báthory basó antes su novela Carmilla Sheridan Le Fanu (1872) -y si, tambien la he encontrado en español y en ingles gratis para vosotros, niños- y probablemente de ésta también tiró Bram Stoker, ya que Drácula es el 1897, si bien se cargó, con gran corrección política, toda la connotación homoerótica -y es tan obvia que hasta la pilló una servidora, que vivió muchos años creyendo que Tomates Verdes Fritos era una peli de misterio- y cambió a la prota por un tío, para hacerla en plan best seller de la época, como si de Dan Brown se tratara. Y lo consiguió, vaya que si lo consiguió.

En cualquier caso, el conde Drácula original poco tiene de vampiro -que sepamos, claro :P- y mucho de héroe nacional, si tenemos en cuenta que la posición geográfica de Rumanía la hacía equivalente a bañarse en ketchup y saltar a una piscina de pirañas. El tipo en realidad se llamaba Vlad III (Vlad en rumano significa conde) y obtuvo el sobrenombre de Tepes por su pintoresca costumbre de empalar a sus enemigos, todavía vivos, como pinchitos morunos y sembrar con ellos la carretera a sus tierras, en el equivalente en turco a la señal de stop. Y es que cuando el enemigo es más fuerte que tú, el único recurso que te queda es acongojar al soldado de a pie, o lo que en la guerra se llama “represalia inaceptable” y en el patio del cole se denomina “ya te pillaré yo luego”. Lo de Drácula le viene de la orden del Dragón -que, mire usted por dónde, tenía como parte de la parafernalia el uso de una capa negra-, a la que pertenecía por parte de padre,  fundada por Segismundo de Luxemburgo precisamente para plantarle cara a los otómanos. Por aquello del Dragón -que lo más probable es que viniera de Ouroboros- se conoció también como orden de San Jorge, lo que resulta divertido si tenemos en cuenta de dónde sacó Coppola la armadura (ver “Cruzando oceanos de tiempo” en este mismo blog, amiguitos). Sin embargo, lo que le hizo gracia a Stoker es que Dracul también se puede traducir como “diablo”, aunque el vocablo original no lleva connotaciones negativas y va más en plan “diablos de la velocidad” y cosas de esas.

Pero volviendo al castillo en si y de acuerdo a los carteles que hay en su interior, la idea parecía ser similar a la de Troya: controlar un paso frecuente para comerciantes y cobrar las tasas correspondientes. Mete a cinco ingenieros en un lugar aparentemente inofensivo y tendrás un montón de respuestas a cuestiones que, para empezar, nunca te habías preguntado. Como para qué sirve un castillo en un llano y por qué no tiene espacio para refugiar a unos campesinos que, en un lugar que en realidad vive de los impuestos del comercio, importan menos que un pito. Y, ya puestos, cómo el sistema de canalización se utiliza para echar líquido hirviendo en forma de cortina a los que intenten tomar la fortaleza. O como el patio interior con entreplantas en espiral permite aumentar el número de tiradores con que puedes acribillar a los invasores que hayan conseguido atravesar la puerta. Diversión sin fin, vamos.

En fin, Bram no es ni mucho menos el castillo más bonito de Rumanía -ese honor corresponde muy probablemente a Pele, pero Brasov bien vale una misa -y una visita de fin de semana- y Bran pilla a tiro de piedra para quitarse la espinita friki que todo el mundo tiene más o menos oculta. Eso si, avisado queda el personal que en sus mejores momentos se puede llegar a 17 bajo cero, asi que una visita al Decatlon a por pantalones de pre-esqui y camisetas para traje seco nunca estará de más si vais en invierno.

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