Nueva Zelanda (III): Llegada … o no


La llegada al aeropuerto fue bastante ágil si se ignora el hecho de que eran las 5 de la mañana y llevábamos un día entero en el avión. Fue el preludio de lo que más tarde se haría patente: Nueva Zelanda es el país más civilizado que he pisado. Lo único que me pidieron en la aduana fueron las botas de montaña, pero tras inspeccionar la suela me las devolvieron sin problema alguno. Había estado aquí y allá ese mismo año, pero no con esas botas de montaña, sino con los Panama Jack que llevaba puestos y, a estas alturas, tras un par de meses pisando Málaga “la bella”, cualquier cosa nociva que las suelas llevasen habría sido ya completamente erradicada. El ecosistema del país es delicado y alberga multitud de especies en peligro de extinción, así que cualquier sustancia orgánica adherida a útiles de acampada puede resultar peligrosa. A partir de ahí, fue sólo cuestión de esperar a Albert, la persona que nos había gestionado el viaje, para que nos recogiera en el aeropuerto. Albert también se había encargado de buscarnos alojamiento en Auckland. Cuando, coherente con mi sana paranoia, le pregunté por quincuagésima vez si había solucionado el tema, el contestó con el ya habitual “Tú sólo preocupate de llegar aquí, que el resto está hecho”. Ese día, Albert nos dijo, nos quedaríamos en su casa por comodidad. Los días siguientes, aunque aún no lo sabíamos, la cosa dejaría de ser tan cómoda.

Suponía yo cuando me dejaron en un cuarto de una casa a la inglesa a las seis de la mañana que con un cambio horario de once franjas y el despiporre de día y noche que supone dar media vuelta al mundo no iba a pegar ojo. Cuando me desperté a las 2 de la tarde, el tema había dejado de preocuparme. Esa sería la última vez que conseguiría dormir 8 horas seguidas durante la próxima semana y que presumiría de ser inmune al jet-lag durante toda mi vida. Al día siguiente, Albert nos dio una sorpresa inesperada. No nos había conseguido alojamiento, pero debíamos considerarlo como una suerte porque eso nos daría la oportunidad de viajar por el país alegremente hasta que nos encontrara algo. Y, por cierto, el se iba de vacaciones al día siguiente, muchas gracias. Con el límite de la VISA en mente y pensando que ya encontraríamos la manera de agradecerle a nuestro amiguete el favor, pasamos el resto del día, folletos en mano, planeando qué hacer con nuestras vidas en un país completamente desconocido y a un día vista. Afortunadamente, contamos con la inestimable ayuda de Chee-Kit, el chaval con el que trabajaríamos a la vuelta, una vez tuviésemos donde meternos, y que resultó ser más útil que la guía Campsa, edición para torpes. Por la tarde, ya habíamos conseguido un vuelo de ida y vuelta a la isla sur por algo menos de 30000 pelas en una compañía sin azafatas ni servicio de bar. Mientras no fuera muy caro, por mí como si teníamos que ir sentados en taburetes de cocina. Eso si, el billete era para tres días más tarde. Por aquello de no dormir en la calle entre tanto, decidimos subir al norte durante ese tiempo, rumbo a las playas de Bay of Islands.

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