Reino Unido (XXII): De albergues y otros


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Volviendo a cosas más terrenales, el que haga la visita en agosto puede disfrutar de lo que llaman el tattoo de Edimburgo. En este caso el tattoo no es uno de esos dibujos con los que una acaba encontrarse en sitios insospechados después de una noche de borrachera, sino una especie de festival de gaitas y similares. Original del danés “tap-toe”, el tattoo era la señal sonora obligatoria para indicar a la tropa la hora de volver al cuartel y, por tanto, a los bares la de dejar de servir cerveza. Hoy en día se monta una juerga con gaitas en la que participa todo el mundo y, es de suponer, que corre el alcohol. Como se puede ver, en el castillo hay de todo. De todo, esto es, salvo una droguería.

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Como todas sabemos, una mujer nunca debe escatimar en las tres “C”: champu, calzado … y compresas. Cualquiera que haya tenido la urgencia de comprar compresas en Inglaterra habrá tenido el deseo de que la menopausia le llegue lo antes posible. Servidora suele empaquetar dos paquetes fliss-fluss extra, con alas aerodinámicas y con todo tipo de complementos -ya que en España las compresas pagan impuesto de lujo como el coñac reserva, qué menos se les puede pedir- que para sufrir siempre hay tiempo. A Mercedes, sin embargo, que había echado practicamente todas sus posesiones terrenales e incluso algunas no de este mundo, este detalle se le había escapado y allí estabamos: en el castillo de Edimburgo y sin una mala farmacia que llevarnos al cuerpo. Lo que si había era una máquina expendedora en el baño de señoras. Un minuto y una libra más tarde, mi amiga se metió en el baño con un cubo de plástico azul del tamaño de un puño en la mano.

-Oye, pues no están caras aquí las compresas. ¿De cuanto es el paquete? ¿De doce? ¿De dieciocho?

Pero cuando Mercedes abrió la puerta, talmente como si de John Wayne recién bajadito del jamelgo se tratara y con cara de pocos amigos, nos imaginamos la respuesta. Una. Y es que las inglesas, más que ponerse compresas, las cabalgan. Ya llegado este punto, yo, que hasta el momento previendo tiempos de carestía higiénica me había callado como una mujer de afecto negociable, tuve que compartir a regañadientes mi provisión personal, lo que nos hubiese costado la amistad de tantos años de no haber tenido suficiente para ambas.

Bruntsfield Youth Hostel Edinburgh

Cuando por fin llegamos al albergue (Bruntsfield Youth Hostel) esa noche, descubrimos que era bastante viejo y un tanto destartalado. Años más tarde me vería en uno casi igual en Dunedin, ciudad que, curiosamente, está hermanada con Edimburgo supongo que por más motivos aparte de sus destartales alberguiles. La habitación la compartíamos con otras 7 u 8 personas que, al contrario que Mercedes, no parecían tener problemas para dormir. Al menos, hasta que llegó ella.

-¡Ala, que frío! Asi no puedo dormir, me muero de frío.

Cuando después de haber vivido en el interior durante más de veinte años me mudé a la costa, supuse que a partir de entonces comenzaría a soportar mejor el calor. No sólo sigo sudando la gota gorda en verano, sino que ahora tampoco puedo sacar la nariz a la calle en las noches de invierno so pena de congelación y es que el cuerpo fácilmente se acostumbra a lo bueno pero es más reticente a las penalidades. En aquella época, sin embargo, aún me desenvolvía bien a bajas temperaturas y en los albergues por la noche solía pasarle a Mercedes mi edredón, con lo que se convertía en una especie de armadillo de colores y, o bien no protestaba, o bien no la oíamos con tanta capa de plumas. Por desgracia, con cuarenta de fiebre, estaba por seguir los consejos de mi tío y sudar las bacterias o, por lo menos, producirles la mayor incomodidad posible para que aprendiesen a meterse con alguien de su tamaño. No obstante, como parecía obvio que mi amiga no iba a dormir por culpa del frío y que los demás ocupantes de la habitación tampoco lo haríamos por sus quejas, acodándome en la cama, eché un vistazo alrededor.

-Pssst, Mercedes. En la litera de arriba frente a mi cama hay un edredón arrugado que parece que está suelto. La cama no tiene sábanas y …

Pero no hizo falta acabar la frase. Mercedes ya había apartado el edredón de un tirón seco, como el que pretende retirar el mantel sin mover los platos, y, para su sorpresa y la mía, y sobre todo para la de la tercera implicada en el asunto, apareció acurrucada debajo una japonesa diminuta en ropa interior que, automáticamente, se puso a gritar en su idioma lo que estaba bastante segura no era un saludo de buenas noches.

-¡¡Anda, sorry!! Perdona, hija, es que eres tan canija que no te había visto – soltó por su boca en un segundo Mercedes sin cortarse un pelo, tapándola de nuevo y dándole dos palmaditas al bulto como si fuese un cachorro de gato. Por desgracia para mi pobre garganta, me costó casi diez minutos dejar de reir. Supongo que de haber tardado un poco más, la garganta habría dejado de importarme cuando mis compañeras de habitación me hubiesen tirado por la ventana.

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