Archivo mensual: julio 2009

Cuadernos de viaje: Japon (II)

Porque no solo de templos vive el hombre (o, en este caso, la mujer), aqui van unos boceticos de Tokyo a Pilot negro en mi cuaderno habitual. Ambos son de paradas de metro/tren tipicas de la ciudad, en plan escalextric. Debajo de los pasos elevados suele haber sitios para tapear un poco despues del curro antes de volver a casa. Basicamente, se puede pedir cerveza/sake (nada de refrescos, zumos ni tonterias varias) y comida a la plancha, que hacen delante tuya al mas puro estilo Blade Runner:

Japan travel sketchbook

En estaciones mas fashion tienen multitud de comercios, grandes almacenes, tiendas pijas y gente de todas las pintas y colores. ¡Entretenido y mucho!

travel sketchbook,Japan


Cuadernos de Viaje: Japon (I)

Y varias entregas vais a tener, porque esta vez me he hinchado de dibujar. Es mas, gracias a mi Pentel Aquash, recomendado por el amigo Tomeu, y a las libreticas de acuarela grano medio de Moleskine, me he soltado el pelo y me he echado a la acuarela en vivo, asi que no tendreis que sufrirme sólo en blanco y negro esta vez. De hecho, y para empezar tirando la casa por la ventana, aquí van las dos primeras acuarelillas del viaje, a todo color (acuarelado, claro). Son de dos templos de Kamakura, un pueblecillo a media hora en metro de Tokyo que está lleno de templos hasta los topes. Y encima, ¡hasta hizo sol!

Templo Hokokuji

Templo Hokokuji

Templo Engakuji

Templo Engakuji


Nueva Zelanda (II): Maui y la isla de piedra

El origen maori de Nueva Zelanda es mucho más entretenido y se atribuye al semidios Maui-Tikitiki, el último nacido, hijo de Makea-Tutara, dios del inframundo y, en general, poco de fiar, como corresponde, no por tener semejante progenitor sino por ser el pequeño de casa.

Un tiki maori

Un tiki maori

El día que Mäui nació, el sol no salió ni el viento soplaba. El cielo y la tierra se lamentaron y las oscuras nubes lloraron por él, ya que había nacido muerto. Su madre Taranga, loca de pena, envolvió el feto en algas y lo lanzó al océano, rogando al guardián del mar, Tangaroa, que velara por él. Tangaroa envió medusas, espuma marina y algas al bebé para que lo llevasen a la tierra de sus ancestros Tamanui-te-rä, donde lo revivieron suspendiéndolo sobre el humo de una hoguera. Después, Tamanui lo crió y le enseño muchos de los secretos del mundo y él aprendió a hablar con los árboles, que lo enseñaron a curar, cantó con las aves y aprendió a volar y nadó con los peces, aprendiendo a respirar en el agua. Las estrellas le enseñaron a orientarse, el viento le dió su voz, la tierra su identidad y el cielo aspiraciones. Finalmente venció a su maestro y éste lo envió a buscar su destino, convirtiéndose en halcón para sobrevolar los cielos de Ranginui. Finalmente alcanzó la casa de sus hermanos y su madre y fue a reunirse con ella.

Una vez allí, descubrió que su abuela Murirangawhenua inspiraba terror y respeto sobre los habitantes de la zona, ya que concentraba un gran poder en el hueso de su mandíbula. Como un caperucito cualquiera, Mäui se ofreció a llevarle la comida a la anciana ciega, pero en realidad la tiraba antes de llegar, dando sentido a aquel refran de familia y trastos viejos, pocos y lejos. Cuando el chico le pidió la mandíbula a cambio de no dejarla morir de hambre, muy en su papel de abuela, más que disgustarse se sintió de lo más orgullosa de que se le hubiese encarado y se la dió sin protestar (2). Ya hueso en mano, Mäui aprovechó para frenar al sol en el cielo, ya que su madre protestaba sobre lo poco que le rendía el día. Para ello, lo enlazó estilo cowboy y le pegó con la mandíbula hasta que el sol prometió tomarse la vida con algo más de calma. Tanta actividad debía cansar al semidios, ya que cuando sus hermanos le pedían que fuese a pescar con ellos para procurar comida a la familia, siempre resultaba estar demasiado hecho polvo o era tan inútil en la tarea, que al final preferían dejarlo atrás (3). En una de éstas, picado con sus hermanos, Mäui se escondió en el fondo de la canoa. Cuando estaban ya muy, muy lejos de la costa, el semidios usó como anzuelo el hueso-multiusos de su abuela y como cebo sangre de su propia nariz. Ni que decir tiene que sacó el pez más grande: la mismisima isla norte de Nueva Zelanda. Su accidentado litoral fue causado por los hermanos de Mäui, mientras usaban sus cuchillos para cobrar partes de la presa. Desde el aire, la cabeza del pez se ve claramente en Wellington, mientras que la cola la forma Bay of Islands. Algunas tradiciones añaden que la canoa de Mäui se convirtió en la isla sur y su ancla en las Chatham. Más adelante descubriría que el símbolo de la isla es el anzuelo de Mäui, que la gente suele llevar tallado en hueso en forma de colgante (4) (hei matau) y que yo, por no ser menos, me traería a España algo más de un mes después. Puesto alrededor del cuello, no enganchado en la garganta, se entiende.

Los primeros pobladores llegaron en torno al año 1000 dC, en la última oleada de la migración que pobló la Polinesia. Se estima que venían de Hawaiki, que digo yo que será Hawaii, usando waka hourua (canoas de viaje). Estos pobladores, los maorís, bautizaron Nueva Zelanda como Aoteaora o, lo que es lo mismo, la tierra de la Gran Nube (5). Básicamente, se extendieron por la isla norte, más cálida y acogedora, y establecieron una sociedad agrícola donde las distintas tribus mantenían constantes guerras. A pesar de ello, prosperaron lo suficiente como para conseguir una ventaja táctica sobre sus vecinos más cercanos, al sur, que, por el clima de la zona, mantenían una sociedad de cazadores-recolectores. Quitando algún tour gastronómico a las islas de Chatham, los maorís fueron más o menos felices en su isla hasta la llegada de los ingleses, allá por el siglo XIX, que rápidamente les cerraron el chiringuito. Los detalles no los tenía muy claros aún, pero ya tendría tiempo de enterarme. Quitando eso, sabía que el dólar neozelandés valía unos veinte duretes, o sea, 0.6 euros, pero, claro, en enero del 2002 aún no me había molestado en tomarme el euro en serio, y que por allí había una especie de pollos locos cuasi extinguidos llamados kiwis. Y ahora, gracias al documental del avión, que en Auckland había una copia del pirulí de Madrid con luces moradas fashion-fashion que alojaba un casino.

Casino de Auckland

Casino de Auckland


(2) Es de esperar que, además de la comida, a partir de este momento Mäui le trajese una trituradora.

(3) Estrategia, ésta, habitual en los hermanos pequeños y que, sin embargo, a los mayores suele surtirles el mismo efecto que una aspirina a Maria Antonietta.

(4) Muy probablemente estos colgantes con forma de anzuelo se usaban antes para pescar durante los viajes, ya que los peces no se marcaban el detalle de aparecer vuelta y vuelta al limón en los platos como en la actualidad.

(5) Y esto da una idea aproximada del clima habitual en la isla, donde nunca está de más aprender a nadar por lejos que caiga el oceano.


Reino Unido (XIX): Trasgos en las Tierras Altas

Más que su historia, en especial cuando uno se encuentra esas laderas de piedra y esas luces fantasmales, en Escocia resulta interesante su folklore, con los elementos típicos de la isla y una buena dosis de burla. Por ejemplo, el demonio recibe el nombre de Black Donald y, aparentemente, es bueno en todo salvo como sastre, ya que los sastres al verlo cierran el garito y, por tanto, nunca ha aprendido ni a coserse un botón. Si bien siempre se disfraza convenientemente, se le puede reconocer por sus pezuñas, detallito que parece que se le olvida ocultar. Por este motivo también se le llama Clootie o “pezuñas” (y a veces, “horny”, o cornudo, pero nunca en su cara, claro está).

Si tiene cuernos y no da leche, desconfía

Si tiene cuernos y no da leche, desconfía

Los brownies, aparte de unos dulces de chocolate que están de muerte, son unos duendecillos vestidos de harapos marrones apañados como ellos solos. Si se sienten bien en casa, te cantan y te hacen las tareas de la casa (cosa que deberían plantearse las empresas de reproductores de mp3), pero no se les puede pagar o se enfadan y se van (en el peor caso, se enfadan y NO se van. A buen entendedor …). A cambio, se les pueden dejar pequeños regalos, como un tazón de leche y cosas así.

Brownies ... de los que no se comen

Brownies … de los que no se comen

Además de estas almas cándidas, hay elementos de cuidado rodando por las Tierras Altas. El Red Cap o Gorro Rojo, por ejemplo, es un viejo robusto con zarpas en vez de manos que vive en las ruinas de los castillos donde se ha vertido sangre. Es rápido como el solo y viste unas botas de hierro y un gorro coloreado con la sangre de sus vict … ejem, visitas. Es capaz de vencer al hombre más fuerte, salvo que sepa citar la Biblia, aunque Hellboy le dio lo suyo en un relato corto.

Red Cap, acoplado en su sofá

Red Cap, acoplado en su sofá IKEA

El bogeyman u hombre del saco es capaz de cambiar de forma y mover objetos, como demostró Gilderoy Lockhart en Harry Potter 2. A veces no hacen nada, pero otros son verdaderamente malvados.

Este hombre del saco no pinta bien ...

Que este tipo no haga nada no cuela …

El bicho más chungo del lote es el Nuckalavee o “sin piel”, una criatura marina que se encarga de cosechas arruinadas, epidemias, sequía y otras minucias. Tiene pinta de caballo, pero sus piernas son en parte aletas, tiene una trompa enorme a modo de boca y un único ojo ardiente. Sus brazos alcanzan el suelo, su cuerpo se deforma y su enorme cabeza se balancea sobre un pequeño cuello que parece demasiado débil para sostenerla. Además no tiene piel y se ven sus órganos y músculos. Vamos, que dek caballo, ni la crin. Afortunadamente, como buena criatura malvada, odia el agua corriente y te lo puedes quitar de encima cruzando un río.

Bicho marino bastante grimoso

Bicho marino bastante grimoso

Todas estas cosas podría haber ido pensando mientras el tren se aproximaba a Edimburgo. Es decir, si hubiera podido pensar. Con 40 de fiebre y subiendo, las alucinaciones que tenía sentadas a ambos lados me estaban dando más conversación que mis compañeras de viaje y sólo el paracetamol en estado puro que me habían soplado en el Boots, mezcla de farmacia, mercería y quién sabe qué más, me mantenía en pie o, en este caso, cabeceando en el asiento con el traqueteo.