Reino Unido (XVIII): Un reino no tan unido


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El viaje entre York y Edimburgo lleva unas 5 horas aproximadamente, que pueden emplearse en observar el cambio de paisaje que se experimenta en la zona. Escocia tiene un encanto del que el sur de Inglaterra carece y hasta la luz parece algo distinta. Por definición, Escocia siempre ha sido una tierra salvaje y difícil de domar por sus vecinos al sur, que han sabido, sin embargo, aprovechar como pocos las discrepancias locales para establecerse en el gobierno del pais.

De historia antigua de Escocia se sabe bien poco. Los únicos restos que se conservan, en un sentido muy amplio de la palabra, son los fuertes de las tierras bajas y los dun y brochs de las Tierras Altas, edificaciones amuralladas de piedra con torrecillas espaciadas al estilo de los restos de la edad del hierro del noroeste español. Estas edificaciones, datadas del 800 aC, se atribuyen a los pictos o gente pintada, que es el nombre que le dieron a los locales los romanos cuando, una vez asentados en Inglaterra, decidieron hacer turismo por el norte. De acuerdo a Tolomeo, el control lo ejercían por aquella época 10 tribus, la más conocida de ella la de los caledonios, que ocupaban  desde Forth hasta la costa caledonia. A pesar de que se sabe que la conquista se efectuó en tres oleadas bastante separadas, las historias romanas sobre la zona se limitan casi en exclusiva a relatar la batalla de Mons Graupius, donde le dieron para el pelo a un tal jefe Calgacus y a sus hombres, acabando con 10000 de ellos por los 360 romanos que cayeron. Por exageradas que sean las cifras, no deja de ser una burrada y eso que en la época no había petróleo de por medio. No obstante, y a pesar de la publicidad y el marketing, los romanos nunca consiguieron pacificar las tierras y, al final, acabaron dejándolas como cosa perdida, para que los bárbaros pudiesen retozar a sus anchas en lugar de machacar cráneos con ciudadanía. Los pictos se unirían más tarde bajo el mando de Brude en el siglo VII y darían origen a algunos clanes.

¿Brujas nosooootras?

¿Brujas nosooootras?

A los pictos los siguen los scots, una tribu celta que, unida por el monje Columba, que convertiría a Escocia al cristianismo en el 563, le plantó cara a éstos bajo el mando de Aedan, su primer rey. Sin embargo, lo que no se consiguió por las armas, se hizo por el lecho. La unión entre pictos y scots se sellaría en 843 en la persona de Kenneth McAlpin, con ascendentes en ambas tribus. Algo tuvieron que ver también los bretones, restos de los romanos que se retiraron con la caida del Imperio y que apretaban por el sur. O, al menos, apretaron hasta que los Anglos barrieron con ellos en el 756. A todos les duró el cachondeo hasta que aparecieron los vikingos, que venían de un lugar más frío y más chungo y con caras de pocos amigos, con lo que el equipo local optó por dejar sitio. El primer rey común a todo este jaleo de gente parece ser que fue Duncan en 1034, que ascendió al poder siguiendo la enraigada tradición de liquidar al de antes. Eso si, la nieta del difunto se casó con MacBeth, adquiriendo fama por lavarse las manos a-lá Shakespeare. Si bien maquinó lo suyo para recuperar el siempre cómodo trono, a su marido le dio para el pelo Malcolm III, que se coronó rey y fundó la casa de Canmore. Las relaciones de esta casa con Inglaterra fueron más o menos fluidas hasta la llegada de Malcolm IV, que tuvo que asumir el trono con 11 años. Cuando llegó a presentarse a su vecino Enrique II, éste debió partirse de risa antes de ir a afilar las espadas. Malcolm decidió pelear contra los ingleses, pero acabó perdiendo su ejército en la niebla -riase usted de la niebla de Carpenter- como el que pierde las llaves del coche y fue a parar a las manos, o mejor dicho, a las mazmorras de su rival. Para recuperar la libertad y poder jugar con sus amiguitos, tuvo que entregar cinco asentamientos importantes, incluyendo Edimburgo, lo que supuso el principio del fin. Viendo que es fácil meterse con los niños, Enrique III casó a su hija Margaret, de 11 años, con el heredero escocés, Alexander III, de 10. Luego, aprovechando las visitas a la niña, acabó asentándose en el país como si de una suegra pesada se tratase. Eduardo de Plantagenet trataría de repetir la jugada cuando Margaret, una chiquilla residente en Noruega, alcanzó el trono al morir su abuelo en accidente ecuestre, pero los escoceses ya estaban curados de espanto. Rechazando a Eduardo, las simpatías se dividieron entre Robert Bruce y John Baliol, y la cosa se acabó de complicar cuando Margaret murió en las Orkneys, acabando con el linaje de Canmore.

Fue en este punto que Eduardo echó mano del pais y William “Braveheart” Wallace le dio lo suyo antes de morir despedazado. Después de esta revuelta, Bruce asesinó a su rival al trono, Comyn, en una iglesia, por aquello de pillarlo desprevenido, y se ganó una excomunión y un ejército. Tras varias escaramuzas menores, y dado que Eduardo estaba en las últimas, Bruce consiguió por fin erigirse rey reconocido de Escocia y largar ingleses de sus fronteras. La paz se firmó, que remedio, en 1328 y Bruce casó a su hijo David con Jane, hermana de Eduardo III, mientras que su hija Margaret se casó con Walter Steward, cuyo apellido se acabaría convirtiendo en Stuart, uno de los clanes más importantes del pais. Cuando Eduardo III le echó una manilla al Baliol actual para que largara al rey, Steward se quedó atrás, convertido en regente, mientras los reyes se refugiaron en Francia. Si bien la Guerra de los 100 años distrajo lo suficiente a Inglaterra para que se recuperara el estado anterior, lo que no recuperó David fue el trono, que acabó en manos de los Stuart. Como ya comenté antes, a los Stuart o Estuardo se les acabó la suerte con la llegada de Maria, coronada con una semana de vida. Enrique VIII, entusiasta del matrimonio, quiso casarla con su hijo menor, pero dada la fama de su consuegro, la madre de ésta renunció, provocando la sangrienta venganza de Enrique y la huida de ésta a Francia. De allí volvió viuda y muy católica a los 18 e intentó llevar a Escocia a su fe sin mucho éxito. Como resultado, tuvo que salir por piernas una segunda vez, tras abdicar en su hijo James VI, a casa de su prima Isabel I. Esta la alojó amablemente en la Torre de Londres, dicen las malas lenguas que porque estaba mucho más buena que ella, donde perdería la cabeza en 1587. En James se uniría Inglaterra y Escocia, ya que Isabel murió sin descendencia. Por un tiempo, al menos. Los jacobitas, aprovechando las disputas internas [22], se sublevaron de nuevo -sin éxito, una vez más- en la persona del llamado Bonnie Prince Charles, que tras perder en Culloden Moor tuvo que huir a Skye disfrazado de -increible, pero cierto- sirvienta al más puro estilo Madmartigan. En respuesta, masacres aparte, se prohibieron a los escoceses las armas, los tartans y las gaitas [23], de ésto último cabe preguntarse exactamente a quién habían oido tocar, claro. En cualquier caso, Inglaterra se hizo dueña de Escocia desde entonces y ya se sabe que lo que pilla un inglés … [24]

A leches en la batalla de Culloden

A leches en la batalla de Culloden

Los escoceses aparentemente decidieron pasar del tema y dedicarse a sus labores, lo que trajo cierto bienestar económico hasta la llegada de la hambruna del XIX, que provocó que mucha gente hiciera las maletas y saliera con destino a los USA, Australia y Nueva Zelanda, donde la isla sur está hasta arribita de ovejitas lanudas y tipos con gaita. Los que decidieron quedarse, acabaron cultivando minúsculas parcelas denominadas “crofts” igualito que Lara la del Tomb Raider. Si bien durante las guerras mundiales, gracias al petroleo del mar del norte y a los yacimientos de gas que encontraron por la zona Escocia mantuvo cierto bienestar, el simpático gobierno de Margaret Tatcher consiguió que los conservadores escoceses perdieran todos los escaños en el Parlamento y que cada vez más, la población pida la independencia de Inglaterra. Con suerte, igual un día hasta le devuelven a los monos Gibraltar.


(22) Me contaron en cierta ocasión, no se si en serio o en broma, que el cardo es el símbolo de Escocia porque, durante unas invasiones, los nada educados visitantes decidieron esperar a la noche para desplazarse, descalzos para no hacer ruido, al castillo de turno por la parte de atrás. Parte de atrás que, por lo visto, estaba de cardos hasta arriba. Tras el poco éxito de la invasión, se optó por adoptar la florecilla para el escudo de la tierra.
(23) Y, casi seguro, los trajes de sirvienta
(24) Dicen los escoceses que el Diablo inventó el golf un día para fastidiar a la humanidad. Por esa misma razón, ya que estaba, inventó a los ingleses.

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