Reino Unido (XV): Princesa de los ladrones a la carrera


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Cuando, algunos días después, salimos para York, mi plan incluía no pasar más de cinco horas en el tren para evitar mi alergia a la inactividad y la de los demás a mi persona en ese estado. Naturalmente, de camino a York había unas cuantas cosas interesantes, entre las que escogimos Nottingham, patria chica de Robin de los bosques.
sherwood

De Robin Hood y hasta donde mi memoria cinematográfica llega hay al menos cinco películas: la original de Errol Flynn, el Robin de Disney, Robin y Marian, de Connery y Audrey Hepburn, Príncipe de los ladrones con Costner y Mastrantonio y otra de la misma época donde salía Uma Thurman travestida. Su historia es, por tanto, tan conocida que no merece la pena ni siquiera resumirla, pero por si alguien ha vivido toda su vida en un mundo virtual gobernado por malvadas máquinas inteligentes hasta hace poco, lo haré de todas formas.

Cuenta la leyenda que en la época de Ricardo Corazón de León, un noble rural del condado de Nottingham, Robin de Loxley, fue puesto en busca y captura por cazar un ciervo en un bosque real, lo que se calificaba de traición en aquella época y de estupidez en cualquiera. Dado que la captura suponía la muerte, se ve que el hombre optó por la busca y decidió esconderse en el bosque de Sherwood, donde reunió una banda de proscritos que robaba a los ricos para mantener a los pobres, presumiblemente los propios proscritos. A pesar de sus esfuerzos, el malvado sheriff de Nottingham nunca consiguió detenerlo y cuando el rey regresó de las Cruzadas, le concedió el perdón y le devolvió sus posesiones. A partir de aquí, algunas versiones, que incluyen como mínimo la de Disney y todas las películas de Hollywood sobre el tema, concluyen con que el y su amada lady Marian vivieron felices y comieron perdices, mientras que las más tétricas concluyen con su muerte por envenenamiento a manos de una mujer, la abadesa de Kirklees Priory. Esta se ve que no es del gusto americano y queda reservada para la BBC. En cualquier caso, dejando aparte la leyenda, existen registros de 1226 sobre un fugitivo llamado Robert Hod. En torno al 1300, no menos de 8 individuos respondían al nombre Robin Hood, de los cuales al menos 5 eran fugitivos. En 1266 el sheriff de Nottingham, William de Grey, estaba en constante conflicto con unos delincuentes que se escondían en el bosque de Sherwood.

Parece probable que distintos ladrones usaran la reputación de un primer Robin y, así, su leyenda creciera, ganando en popularidad con el reparto de botín entre los pobres dada la explotación a que los campesinos estaban sometidos en la época. No obstante, cuando uno llega a la entrada del bosque de Sherwood, en Edwinstowe, se encuentra la iglesia donde, según la leyenda, se casaron Robin y Marian. Y en las tierras de Kirklees Priory una vieja losa marca el lugar de reposo de un tal “Robard Hude”. Así que ¿quien sabe?

robin hood

Llegadas a Nottingham, ciudad bonita, pero bastante pequeña, no encontramos gran cosa que ver más allá de los restos de una muralla y las mazmorras, junto a la plaza del Ayuntamiento. A partir de esta primera parada, descubrimos la práctica estrategia de soltar los bultos en las taquillas de la estación cuando no nos dirigíamos directamente a un albergue. Mi espalda nunca lo agradecería lo suficiente.

En cualquier caso, decidimos no demorarnos. Aún quedaba por coger un autobus al bosque de Sherwood y, una vez allí, echar a andar un buen rato, rodeadas de turistas idénticos a unas servidoras, pero probablemente mejor informados, hasta alcanzar el famoso roble donde, supuestamente, se celebraban los fiestorros de la alegre banda de Robin. El pobre está hecho unos zorros y sujeto con múltiples varas que le sirven de apoyo, ya que las raices parece que han perdido definitivamente la batalla del equilibrio. No obstante, es un árbol enorme, capaz de alojar en su tronco hueco hasta a diez personas, que cubre el cielo con sus ramas y dibuja un mosaico de luz sobre el cesped con los rayos de sol que la atraviesan. Y, especialmente para los que crecimos amando al Robin de Flynn, el lugar aún guarda un encanto especial.

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El bosque de Sherwood recibe su nombre de Shire Wood y era el mayor de los 90 bosques Reales, fundados por Guillermo el Conquistador, que allá por el siglo XIII cubrían una tercera parte de Inglaterra. Este en particular tiene unas 20 millas de largo por 10 de ancho. Durante el reinado de los normandos, estaba estrictamente prohibido cazar y recolectar leña en estos bosques, con penas que iban desde la prisión hasta la mutilación. Durante el medievo, el bosque se llegó a extender hasta los muros de Nottingham, sirviendo de recreo a diversos reyes. Ricardo Corazón de León lo arrebató en 1194 a los seguidores de su hermano Juan Sin Tierra y echó allí unos días, que aprovechó para invitar a cazar al rey de Escocia. No obstante, años después la monarquía perdió interés por la caza y destinaron grandes partes del bosque a cultivo, vendiendo otras a privados que las convirtieron en el jardín de sus mansiones. Ahora sólo queda parte del bosque y, afortunadamente, el viejo roble, con sus 30 metros de altura dominando el lugar.

A estas que allí, frente al roble, me dió por contar. Por contar el tiempo que habíamos tardado en llegar hasta ahí. Y lo que quedaba para la salida del último tren a York del día. Y lo que había tardado el autobus a la estación. Y, francamente, las cuentas no cuadraban. Se me debió notar en la cara, porque antes de que tuviese tiempo de gritar “¡A correr!”, Mer y McLaren ya habrían adelantado al correcaminos. Salir del bosque fue relativamente fácil, pero recordar dónde se cogía el autobus no era tan inmediato. Y no es que hubiese mucho tiempo para pararse a preguntar, así que, sin aflojar el paso, le preguntamos con efecto Doppler a la primera persona que nos encontramos cómo llegar hasta allí. Para nuestra sorpresa, en lugar de ignorarnos o gruñirnos al mejor estilo londinense, el tipo echó a correr a su vez hasta ponerse al paso y nos dijo que lo siguiésemos. De no ser por él, que además le gritó al conductor del bus que salía en ese momento que nos esperase en un tono bastante más convincente que nuestros jadeos, probablemente hubiésemos dormido en el mismo suelo en que Fray Tuck se fastidió la espalda.

Pero la cosa estaba lejos de acabar ahí. Ya entrando en la estación y oyendo el silbido del tren, que arrancaba lentamente, corrimos hacia las taquillas para recuperar nuestras maletas. La mía y la de McLaren fueron sencillas de extraer pero quedaba … ¡¡El Equipaje!! Incluso en la taquilla más grande, Mercedes se había tenido que esforzar para embutir su enorme maleta lo suficiente para cerrar la puerta y ahora, con el ruido de las ruedas arrancando trabajosamente clavado en el cerebro, me estaba costando sudores extraerla.

-¡¡Déjame!!- dijo Mercedes aferrando la maleta por las asas y apartándome de la taquilla de un manotazo con la suficiente autoridad como para que ni se me pasara por la cabeza que lo que yo no podía hacer, difícilmente lo haría una chavala con quince kilos menos. Y, sin embargo, lo hizo (18) Tras un tirón descomunal, de repente se encontró con las asas en las manos mientras que la maleta seguía, tan campante, en la misma posición que ocupaba antes. Esta vez Mercedes se hizo a un lado, pacífica como un corderito, mientras yo, que ya le había cogido confianza, abrazaba la maleta por ambos lados y echaba a perder las horas de plancha que seguramente le había costado guardar su ropa impecable. Eso sí, una vez comprimido su contenido, la maleta se soltó con un “pop” y conseguimos arrojarla a uno de los vagones del tren que ya abandonaba la estación. De hecho, McLaren subió al vagón siguiente, acoplamos a Mercedes, aún zombi, en uno más allá y, tras acabar de subir las maletas a empujones como en las películas de vagabundos en el Sur, con más suerte que otra cosa, conseguí encaramarme al último. Cuando nos reunimos en el centro del tren, tras recoger los bultos desperdigados aquí y allá, Mercedes, que no se había movido de donde la dejamos, seguía mirando hipnotizada las asas de su maleta, una en cada mano. Asi de tranquilita siguió hasta la próxima parada: York.


(18) Y esta frase resume con bastante precisión nuestros más de 20 años de amistad.

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