Archivo mensual: mayo 2009

Reino Unido (XVII): Vikingos a cascoporro en la tierra del jamon

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Tras renombrar a la ciudad Eoferwic, la hicieron capital del reino de Deirwa, colindante con Benicia con quien se uniría más adelante en el siglo VII para constituir Northumbria. En el 627, el rey Edwin de Northumbria se casó con la princesa Ethelburga of Kent, que lo convirtió al cristianismo bien por las buenas o a alpargatazo limpio. El caso es que, muy convencido, se bautizó junto a su no se sabe si tan convencida corte [22] en una iglesia que a tal propósito construyó sobre el pozo sagrado local, por aquello de que la gente no se liara demasiado cuando viniese a las celebraciones religiosas. Esa iglesia, de la que nada se conserva, fue la primera York Minster, que se reconstruiría más tarde en piedra y dedicaría a San Pedro. El cristinanismo acabó entrando a saco en el país y, dado que en York habían sido casi pioneros en el asunto, se convirtieron en el segundo centro cristiano más importante del país, sólo detrás de Canterbury. Más adelante, el primer archiobispo de York, Egbert, reemplazó la iglesia, oportunamente consumida en un incendio, por otra mucho más grande y bonita con nada menos que 30 altares, casi uno para cada día del mes.

Cuando todo parecía tranquilo, irrumpieron de repente los vikingos en sus naves, comandados ni más ni menos que por un tipo de nombre tan peculiar como Ivar SinHuesos, que constituyó allí su capital mostrando una falta de imaginación geográfica que ya empezaba a ser preocupante. Durante esa época recibieron nombre la mayoría de las calles de la ciudad: el sufijo “gate” que las acompaña obedece no a “puerta” sino al vocablo vikingo “gata” o, lo que es lo mismo “calle”. Sin embargo, los vikingos no aguantaron ni 100 años. En el siglo X Eric Hacha-Sangrienta, no haciendo honor a su nombre estilo enano-dungeons, fue derrotado por el rey de Wessex y, tras una temporadilla de peleas aquí y allá, la batalla de Hasting le dio el dominio local a los normandos. Hasting no deja de ser un ejemplo típico de batalla sin sentido. Liderados por Guillermo el Conquistador, cuyo nombre ya da una idea de por donde se movía el tipo, los normandos arremetieron contra los vikingos, liderados por Harold que acababa de derrotar a su propio hermano por el control de las mismas tierras que quería Guillermo. Al principio, los normandos llevaban todas las de perder, pero una y otra vez fingieron retirarse para, cuando los incautos vikingos comenzaban a perseguirlos, caer sobre la avanzadilla y diezmarlos. Por increible que parezca, la maniobra les sirvió varias veces; las suficientes para que en uno de los encontronazos un normando anónimo le adornara el craneo con una flecha al pobre Harold, que nunca pensó que tanta puntería fuera posible.

Guillermo gobernó con guante de hierro y sofocó las rebeliones con masacres indiscriminadas [23], reconstruyendo la ciudad en piedra y preservándola como el centro económico que había sido hasta entonces. York experimentó una edad de oro del comercio, testigos del cual son el Merchant Adventurer’s Hall y el Guildhall. Por su parte, los archiobispos y la iglesia cayeron de pie, ya que ésta se reconstruyó a la gótica entre el 1220 y el 1482. El gran problema de York se presentó más adelante, durante la guerra de las Rosas. Más que implicarse, York se dejó llevar a uno u otro lado según de donde soplara el viento, exhibiendo las cabezas de uno u otro bando sobre las murallas según la moda del momento. Eduardo IV, el ganador final, no se tomó muy bien tanto chaqueteo y, tras su victoria, les puso las cosas moradas a los ilustres habitantes de la zona, lo que constituyó el preludio de la pérdida de poder económico de la ciudad.

A pesar de su bagage histórico, una de las cosas que más me gustó de York es que es la ciudad de los juguetes. Por todas partes hay tiendas con juguetes de madera pintados de colores brillantes. Como el polo norte, pero sin duendecillos. Estaba claro que no podía irme sin un juguetito, y qué mejor que un yoyo aunque sólo fuese por lo bien que suena tener un yoyo de York. Así que sin pensarlo dos veces, y a pesar de las quejas de Mercedes, allá que me hice con uno precioso. Pintado de rojo y amarillo, por aquello de hacer patria en la pérfida Albión. Anda que no era entretenido trazar elipses con aquella cosa. Y que no se diga que todo el tiempo que perdí en aprender a hacer el tonto con un yoyo fue parte de mi infancia malgastada.

-Pareces una cría.- comentó con tono enfurruñado, haciendo patente que se avergonzaba de mí, situación a la que se ha acabado acostumbrando con los años.

-Lo dices como si fuera algo malo.

Esto, junto con mi ya patentada mirada Bambi que tantas alegrías me ha dado a la hora de hacer papeleo, ya fue demasiado para McLaren, que llevaba tiempo callándose que, evidentemente, quería un yoyo también. No sería, no obstante, la última vez que pasamos por la juguetería, ya que Mercedes, viéndose la única desyoyada, nos hizo dar la vuelta una vez más como quince calles más adelante. La cosa ya no era tanto quién era más infantil como quién conseguía darle más vueltas al yoyo por encima del hombro, situaciones ambas en que, naturalmente, yo llevaba las de ganar.

El resto del día se nos fue paseando por los Shambles, barrios de casas tudor y calles estrechísimas, dando vueltas por las ruinas góticas que salpican la ciudad aquí y allá y, sobre todo, tomándonos un te con scones en una cafetería fantástica cavada en el suelo y de paredes de piedra. El scone es una especie de magdalena inglesa hecha de harina, huevo y mantequilla que suele acompañar a cualquier bebida caliente y que, personalmente, me resulta de lo más agradable. A estas alturas, el rollo del te era meramente anecdótico. Poco sabíamos que iba a convertirse en nuestro primer grupo nutricional en breve. Al día siguiente, bien temprano para no perder la costumbre, salimos para tierras escocesas.


(22)En epoca de los sajones, el que no estaba convencido de lo mismo que el rey es porque estaba bastante convencido de estar cansado de la vida.
(23)Tecnica ésta que, a pesar de lo que alegan los demócratas, siempre ha traido alegrías sin fin a los tiranos}

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Cuevas for dummies

Ok, pues yo planeaba bucear y tal, pero el mar no parecia estar de acuerdo y despues del ultimo incidente en la zodiac, parecia llevar las de ganar. Asi que la segunda opcion para bajar a las profundidades era …

El karst de Sorbas! Vale que de espeleolologia yo ni idea, pero ahi habia tres opciones de camino (facil, media y dificil) y si una excursion escolar podia con la facil, pues yo tambien. Probablemente.

Claro que, con lo que no contabamos era que esa tarde solo estaba disponible el sendero dificil.”¿Y como de dificil es eso? Que nosotros cuevas como que no, vera usted …” La respuesta fue que de dificil aquello no tenia nada y que iba a ser como un paseillo por el campo, vaya.

Y, justo a la entrada del karst, el guia apunta a una entrada con muy mala pinta en la pared y a lo que parece ser una grietecilla de nada en el suelo y pregunta al grupo “¿que preferís, la difícil o la imposible?”. Y allá que me rio yo, pensando que era una broma …

… cuando, de hecho, esta fue mi entrada. Ver para creer que pudiese encajar mi cuerpo serrano por ahi. La cosa fue a peor antes de mejorar: zonas por las que arrastrarse como una lagartija, caidas a saco que no se ve donde acaban, descensos a pulso en los que una se pregunta si le quedara pulso al final de la excursion …

Pero siempre hay premio por arriesgar tu salud fisica de forma totalmente descerebrada: una cueva de cristal (y la rodilla izquierda fastidiada, pero aguanto hasta el coche aunque fuera por pura necesidad :)). Una vez dentro del karst, pegando la luz a la pared, se refleja por todas partes como en la cueva de los 7 enanitos.

E incluso hay un rappel bastante majo antes de salir. Si pasais por Almeria (con fuerzas) no os perdais el karst de Sorbas.


Reino Unido (XVI): Todos los caminos llevan a … York

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La llegada a York no tuvo nada de particular, al menos comparada con la salida de Nottingham. Eso si, cuando en un albergue dicen “Junto a la estación de tren”, hay que desconfiar como cuando te ofrece un contrato maravilloso un tipo de rojo que huele a azufre. Cargada como la mula de Juan Valdes tuve que arrastrar un par de kilómetros al Equipaje, que ahora sin asas hacía aún menos por ayudar. Respecto al resto, de noche a las ciudades suele pasarle como a los gatos pardos: todas son iguales. Así, tendríamos que esperar a la mañana siguiente para hacernos una idea y comprobar que la parada, efectivamente. había merecido la pena.

¡Ya estamos en York y los scones estan buenos!

¡Ya estamos en York y los scones estan buenos!

Originalmente, la zona de York estaba controlada por las tribus de los Brigantes, hasta que el gobernador de Britania envió a la Novena Legión a tomarla en el 71 dC. Los romanos, versados ellos en el arte de la guerra, se montaron un fuerte estratégicamente situado entre los ríos Foss y Ouse, a las orillas de éste último y lo llamaron Eboracum. El fuerte no era precisamente como el de los clicks, ya que alojaba a unos 6000 legionarios e incluía un foro y termas, actualmente ubicadas bajo el pub The Roman Baths[20] . Eboracum prosperó tanto que acabó incluyendo un palacio que visitaría el mismísimo emperador y se convirtió en la capital de la Britania del sur. En el 306, allí se coronaría en la que hoy es York Minster a Constantino el Grande, fundador de Constantinopla -que ahora es Estambul, como dirían las ratas de los teleñecos- y primer emperador cristiano de Roma. Los restos más visibles de la época los constituyen sin embargo las murallas, como no, y la torre Multiangular, actualmente en los Museum Gardens, construida por el Emperador Severus, tatara-tatarabuelo, imagino, del famoso profesor de pociones de Hogwarts.

Cuando los romanos se retiraron de la zona en el 410 dC, el lugar quedó a manos de los anglosajones, originalmente mercenarios del ejército de Roma que decidieron quedarse una vez la bolsa se cerró en el Imperio. Supuestamente, el mismísimo Arturo llegó a reconquistar la ciudad, pero se ve que no le duró mucho, ya que aún aguantó bastantes años bajo el poder sajón [21].

A pesar de todo, dada la costumbre de la época de construir en madera, prácticamente nada ha quedado de entonces. Salvo, claro está, la costumbre de construir en madera, que se perpetuó hasta que se hizo más barato hacerlo en cemento. Y es que el ser humano no escarmienta, señores.


(20)Esto demuestra que tanto romanos como ingleses tenían muy claro qué le pedían a un asentamiento.

(21)Y esta suposición es el único sustento de la película “El rey Arturo”, donde mucho realismo y tal pero los caballeros manejan los mandobles como floretes en Matrix y la puerta de la muralla se abre sola como la del Corte Ingles


Maravillas del Mundo (II): Petra

Basicamente porque estuve alli en Semana Santa, hoy nos vamos a Petra, la ciudad que sale en todas las pelis desde Indiana Jones y la Ultima Cruzada.

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Petra es la capital del antiguo reino nabateo, fundada en el VII aC, y se llama asi, no por estar construida con Piedra sino esculpida en ella. Se encuentra en Jordania, al este del valle de la Aravá y sus edificios mas conocidos son el Khazneh (el Tesoro) y el Deir (el Monasterio), este ultimo despues de chorrocientos escalones empinados.

La ciudad tuvo un gran auge comercial, gracias a las caravanas que llevaban incienso, especias y otros productos de lujo entre Siria, Egipto, Arabia y el sur del Mediterraneo. En el siglo I se anexionó -a la fuerza, claro- por el imperio romano, pero en el VIII, debido a terremotos y al abandono de rutas, se abandono el asentamiento hasta que en 1812 la encontro Johann Ludwig Burckhardt, si bien la poblacion local sabia de su existencia.

El tesoro

El monasterio

Petra tiene también una visita nocturna en días alternos de la semana. La visita incluye un espectáculo que no aporta gran cosa, pero sólo el entorno vale la pena. Eso sí, hay que caminar a oscuras todo el trecho hasta el Tesoro y sólo se visita eso.


Reino Unido (XV): Princesa de los ladrones a la carrera

Cuando, algunos días después, salimos para York, mi plan incluía no pasar más de cinco horas en el tren para evitar mi alergia a la inactividad y la de los demás a mi persona en ese estado. Naturalmente, de camino a York había unas cuantas cosas interesantes, entre las que escogimos Nottingham, patria chica de Robin de los bosques.

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Algo no va a salir bieeeeen ….

De Robin Hood y hasta donde mi memoria cinematográfica llega hay al menos cinco películas: la original de Errol Flynn, el Robin de Disney, Robin y Marian, de Connery y Audrey Hepburn, Príncipe de los ladrones con Costner y Mastrantonio y otra de la misma época donde salía Uma Thurman travestida. Su historia es, por tanto, tan conocida que no merece la pena ni siquiera resumirla, pero por si alguien ha vivido toda su vida en un mundo virtual gobernado por malvadas máquinas inteligentes hasta hace poco, lo haré de todas formas.

Cuenta la leyenda que en la época de Ricardo Corazón de León, un noble rural del condado de Nottingham, Robin de Loxley, fue puesto en busca y captura por cazar un ciervo en un bosque real, lo que se calificaba de traición en aquella época y de estupidez en cualquiera. Dado que la captura suponía la muerte, se ve que el hombre optó por la busca y decidió esconderse en el bosque de Sherwood, donde reunió una banda de proscritos que robaba a los ricos para mantener a los pobres, presumiblemente los propios proscritos. A pesar de sus esfuerzos, el malvado sheriff de Nottingham nunca consiguió detenerlo y cuando el rey regresó de las Cruzadas, le concedió el perdón y le devolvió sus posesiones. A partir de aquí, algunas versiones, que incluyen como mínimo la de Disney y todas las películas de Hollywood sobre el tema, concluyen con que el y su amada lady Marian vivieron felices y comieron perdices, mientras que las más tétricas concluyen con su muerte por envenenamiento a manos de una mujer, la abadesa de Kirklees Priory. Esta se ve que no es del gusto americano y queda reservada para la BBC. En cualquier caso, dejando aparte la leyenda, existen registros de 1226 sobre un fugitivo llamado Robert Hod. En torno al 1300, no menos de 8 individuos respondían al nombre Robin Hood, de los cuales al menos 5 eran fugitivos. En 1266 el sheriff de Nottingham, William de Grey, estaba en constante conflicto con unos delincuentes que se escondían en el bosque de Sherwood.

Parece probable que distintos ladrones usaran la reputación de un primer Robin y, así, su leyenda creciera, ganando en popularidad con el reparto de botín entre los pobres dada la explotación a que los campesinos estaban sometidos en la época. No obstante, cuando uno llega a la entrada del bosque de Sherwood, en Edwinstowe, se encuentra la iglesia donde, según la leyenda, se casaron Robin y Marian. Y en las tierras de Kirklees Priory una vieja losa marca el lugar de reposo de un tal “Robard Hude”. Así que ¿quien sabe?

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¡Marchando una de Robins!

Llegadas a Nottingham, ciudad bonita, pero bastante pequeña, no encontramos gran cosa que ver más allá de los restos de una muralla y las mazmorras, junto a la plaza del Ayuntamiento. A partir de esta primera parada, descubrimos la práctica estrategia de soltar los bultos en las taquillas de la estación cuando no nos dirigíamos directamente a un albergue. Mi espalda nunca lo agradecería lo suficiente.

En cualquier caso, decidimos no demorarnos. Aún quedaba por coger un autobus al bosque de Sherwood y, una vez allí, echar a andar un buen rato, rodeadas de turistas idénticos a unas servidoras, pero probablemente mejor informados, hasta alcanzar el famoso roble donde, supuestamente, se celebraban los fiestorros de la alegre banda de Robin. El pobre está hecho unos zorros y sujeto con múltiples varas que le sirven de apoyo, ya que las raices parece que han perdido definitivamente la batalla del equilibrio. No obstante, es un árbol enorme, capaz de alojar en su tronco hueco hasta a diez personas, que cubre el cielo con sus ramas y dibuja un mosaico de luz sobre el cesped con los rayos de sol que la atraviesan. Y, especialmente para los que crecimos amando al Robin de Flynn, el lugar aún guarda un encanto especial.

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El pobre no puede con su vida

El bosque de Sherwood recibe su nombre de Shire Wood y era el mayor de los 90 bosques Reales, fundados por Guillermo el Conquistador, que allá por el siglo XIII cubrían una tercera parte de Inglaterra. Este en particular tiene unas 20 millas de largo por 10 de ancho. Durante el reinado de los normandos, estaba estrictamente prohibido cazar y recolectar leña en estos bosques, con penas que iban desde la prisión hasta la mutilación. Durante el medievo, el bosque se llegó a extender hasta los muros de Nottingham, sirviendo de recreo a diversos reyes. Ricardo Corazón de León lo arrebató en 1194 a los seguidores de su hermano Juan Sin Tierra y echó allí unos días, que aprovechó para invitar a cazar al rey de Escocia. No obstante, años después la monarquía perdió interés por la caza y destinaron grandes partes del bosque a cultivo, vendiendo otras a privados que las convirtieron en el jardín de sus mansiones. Ahora sólo queda parte del bosque y, afortunadamente, el viejo roble, con sus 30 metros de altura dominando el lugar.

A estas que allí, frente al roble, me dió por contar. Por contar el tiempo que habíamos tardado en llegar hasta ahí. Y lo que quedaba para la salida del último tren a York del día. Y lo que había tardado el autobus a la estación. Y, francamente, las cuentas no cuadraban. Se me debió notar en la cara, porque antes de que tuviese tiempo de gritar “¡A correr!”, Mer y McLaren ya habrían adelantado al correcaminos. Salir del bosque fue relativamente fácil, pero recordar dónde se cogía el autobus no era tan inmediato. Y no es que hubiese mucho tiempo para pararse a preguntar, así que, sin aflojar el paso, le preguntamos con efecto Doppler a la primera persona que nos encontramos cómo llegar hasta allí. Para nuestra sorpresa, en lugar de ignorarnos o gruñirnos al mejor estilo londinense, el tipo echó a correr a su vez hasta ponerse al paso y nos dijo que lo siguiésemos. De no ser por él, que además le gritó al conductor del bus que salía en ese momento que nos esperase en un tono bastante más convincente que nuestros jadeos, probablemente hubiésemos dormido en el mismo suelo en que Fray Tuck se fastidió la espalda.

Pero la cosa estaba lejos de acabar ahí. Ya entrando en la estación y oyendo el silbido del tren, que arrancaba lentamente, corrimos hacia las taquillas para recuperar nuestras maletas. La mía y la de McLaren fueron sencillas de extraer pero quedaba … ¡¡El Equipaje!! Incluso en la taquilla más grande, Mercedes se había tenido que esforzar para embutir su enorme maleta lo suficiente para cerrar la puerta y ahora, con el ruido de las ruedas arrancando trabajosamente clavado en el cerebro, me estaba costando sudores extraerla.

-¡¡Déjame!!- dijo Mercedes aferrando la maleta por las asas y apartándome de la taquilla de un manotazo con la suficiente autoridad como para que ni se me pasara por la cabeza que lo que yo no podía hacer, difícilmente lo haría una chavala con quince kilos menos. Y, sin embargo, lo hizo (18) Tras un tirón descomunal, de repente se encontró con las asas en las manos mientras que la maleta seguía, tan campante, en la misma posición que ocupaba antes. Esta vez Mercedes se hizo a un lado, pacífica como un corderito, mientras yo, que ya le había cogido confianza, abrazaba la maleta por ambos lados y echaba a perder las horas de plancha que seguramente le había costado guardar su ropa impecable. Eso sí, una vez comprimido su contenido, la maleta se soltó con un “pop” y conseguimos arrojarla a uno de los vagones del tren que ya abandonaba la estación. De hecho, McLaren subió al vagón siguiente, acoplamos a Mercedes, aún zombi, en uno más allá y, tras acabar de subir las maletas a empujones como en las películas de vagabundos en el Sur, con más suerte que otra cosa, conseguí encaramarme al último. Cuando nos reunimos en el centro del tren, tras recoger los bultos desperdigados aquí y allá, Mercedes, que no se había movido de donde la dejamos, seguía mirando hipnotizada las asas de su maleta, una en cada mano. Así de tranquilita siguió hasta la próxima parada: York.


(18) Y esta frase resume con bastante precisión nuestros más de 20 años de amistad.


Qusair Amra en acuarelas

Qasr Amra (acuarela) Jordania

Qusair Amra es el más célebre de los castillos del desierto del este de Jordania. Fueron construidos al principio de siglo VIII, probablemente entre 711 y 715, por el califa omeya Walid I, en la época de expansión de la dominación islámica en esta región. Es uno de los ejemplos más notables del primer arte omeya y de la arquitectura islámica. Por dentro está un poco hecho polvo, con los frescos cubiertos de grafittis y del humo de las hogueras, pero merece bastante la pena.

Qasr Amra - Jordania

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