Reino Unido (X): La reina Victoria cortando la pana


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La siguiente época interesante en la historia de Londres es la que se conoce como victoriana en honor a la reina Victoria, mujer de armas tomar. Y si no, que le pregunten al Doctor Who. Aparentemente, cuando heredó el trono la idea era casarla con un joven noble europeo, pero el mismo día de la boda y, si he de creer lo que me contaron, en la propia iglesia, se fijó en el padrino del novio, su hermano pequeño Alberto, y decidió que le gustaba más y que, puestos a casarse, escogería al que le salía de la corona.

La época victoriana se caracterizó por enormes contrastes: al tiempo que la ciudad prosperaba y nuevas fortunas surgían, la otra mitad de la población se debatía en las peores condiciones imaginables. Bueno, al menos imaginables para la mitad buena, que prefería evidentemente no pensar en el tema. El problema fue un boom demográfico, en parte causado por la hambruna en Irlanda, que multiplicó por seis los habitantes de la ciudad en menos de un siglo pero a la que no siguió la necesaria mejora en infraestructuras. Así, entre las cocinas y fuegos de carbón y la falta de recursos sanitarios, el aire de la ciudad se volvió fétido y denso y el Támesis se cubrió de basura. Ambas cosas contribuyeron a darle ese toque de niebla casi sólida al que nos hemos acostumbrado en las novelas de Sherlock Holmes.

La situación la atajaría un ingeniero llamado Joseph Bazalgette, que mejoró las alcantarillas y desvió los desechos al exterior de Londres, disminuyendo drásticamente las muertes por cólera. También se encargó de otras obras como, por ejemplo, Embankment, algo antes de la Torre de Londres. De la misma época, pero en arquitectura, cabe mencionar a John Nash, que diseñó todas las avenidas en que hoy vamos de compras -Piccadilly Circus, Carlton House Terrace, y Oxford Circus- y transformó la casa Buckingham en el palacio que es hoy en día. Como curiosidad, fue en 1829 que Sir Robert Peel fundó la policía metropolitana, cuyos agentes se conocen desde entonces como “Bobbies” en honor a su creador. A principios del siglo XIX se construyó también la primera línea de ferrocarril en Londres, desde el Puente de Londres a Greenwich. A partir de ahí le cogieron el tranquillo y construyeron estaciones como setas: Euston (1837), Paddington (1838), Fenchurch Street (1841), Waterloo (1848), y King’s Cross (1850). Alguna que otra la veriamos más de una vez.

El reloj mas famoso del mundo

El reloj mas famoso del mundo

Hubo también, sin embargo, algún que otro incidente digno de mención, como el incendio de las casas del Parlamento en 1834, que tan bien plasmó en sus lienzos Turner demostrando que la fotografía no es necesaria para coger un momento Kodak. Las actuales casas del Parlamento se construirían después y fueron diseñadas por Charles Barry y A.W. Pugin.

Naturalmente, cerca de las casas se puede ver el más conocido símbolo de Londres: el Big Ben. La historia del reloj comienza con el incendio, que también acabó con el palacio de Westminster que Guillermo II había comenzado en 1097. Charles Barry fue elegido para diseñar un nuevo palacio y escogió incluir un enorme reloj en el edificio. Aunque, al más puro estilo español, Barry quiso encargarle la contrata del reloj a un amiguete, las protestas hicieron que se sacara a concurso, siendo el juez el Astrónomo Real, Sir George Airy.

Ni que decir tiene que al final el elegido fue un colega de Airy y no de Barry, Dent, pero las especificaciones finales lo obligaban a una precisión no inferior a un segundo al dar las horas. A partir de ahí, la historia se hace más loca. Para cuando las especificaciones del reloj se concluyeron, los encargados se llevaron la sorpresa de que el arquitecto no había dejado suficiente espacio para la maquinaria en su diseño que, obviamente, no estaba dispuesto a cambiar. A estas alturas, a Dent no se le ocurre nada mejor que morirse y dejarle el fregado a su hijo adoptivo.

Cuando, con la ayuda de Denison, co-juez junto a Airy, consiguió sacar el reloj adelante, resultó que no podían meterlo en ningún sitio porque, naturalmente, la obra no estaba acabada. La parte positiva del tema es que tuvieron tiempo de sobra para conseguir la precisión deseada. Quedaba, además, el tema de las campanas. John Warner e hijos fueron los encargados de manufacturarlas, pero se les fue la mano en la de las horas en dos toneladillas de nada. O eso dijeron ellos. Denison, con los nervios de punta, decidió incrementar también el peso del martillo, consiguiendo cargarse del todo la campana en menos de un año, ante lo que tanto Warner como los hijos se hicieron los suecos y hubo que pedir una nueva campana, esta vez de la Whitechapel Bell Foundry.

Curiosamente, Big Ben era el nombre de la campana que cascó, posiblemente derivado de Sir Benjamin Hall, un tipo bastante grandote que supervisaba el proyecto. La nueva campana heredó el nombre de la primera, que luego se extendió al reloj e incluso a la torre completa. No acaba ahí la cosa. Lo siguiente en fallar fueron las agujas, que resultaban demasiado pesadas para la maquinaria. Luego, la campana de las horas se rompió de nuevo y, tras palabras mayores entre Denison y el fabricante, se optó por girarla para apartar la grieta del martillo y reducir el peso de éste. Durante 114 años, las cosas parecieron regularse, pero en 1976 el desgaste del metal provocó una reacción en cadena que acabó por cargarse la maquinaria por completo hasta el punto de que tardó prácticamente un año en recuperarse.

Las casas del Parlamento vistas por Turner en no su mejor momento

Una de las construcciones más emblemáticas de la época, quitando a Benny, fue lo que se conoció como el Palacio de Cristal de Joseph Paxton, un edificio en hierro y cristal que alojó la primera Expo en 1851. Organizada por el principe Albert, al evento acudieron más de 200000 personas de todo el mundo. El Palacio originalmente se construyó en Hyde Park, pero después fue trasladado al sur de Londres, donde más adelante ardería hasta los cimientos [17]. Las colecciones, sin embargo, se salvaron y fueron a parar a lo que hoy se conoce como el Museo de Ciencias y el Victoria and Albert Museum.

A pesar de lo bien que le iba a la monarquía, merced a la Revolución Industrial que tanto deprimió a los Ents, la vida en Londres distaba mucho de ser idílica. Desde incluso los cinco años, los críos se veían obligados a trabajar como mendigos y deshollinadores, lo que inspiró el trabajo de autores tan conocidos como Dickens y su Oliver Twist. En respuesta a las protestas, en 1870 la educación se haría oblogatoria hasta los 12 años.


(17)El que el hierro y el cristal puedan arder hasta los cimientos convierte a los ingleses en pirómanos realmente voluntariosos.

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