Reino Unido (IX): Piratas del mar … breton


El siglo XVIII supuso el nacimiento de la prensa en Londres, del que cabe destacar el Spectator de Richard Addison. En cuanto a arquitectura, a los londinenses les dió por las casitas de campo, entendiendo casitas como la mansión de Lara Croft pero sin quadbike. El estilo imperante se denomina paladiano, en honor al arquitecto italiano del XVI Andreas Palladio, que trataba de recrear los cánones romanos copiando a Vitrubio con más o menos acierto. Inigo Jones ya había tirado de Palladio, pero sería Lord Burlington, el que puso las pelas, el que le dió el empujón definitivo montándose una casita en mitad de Piccadilly. También se construyeron un buen puñado de plazas como Grosvenor y Berkeley, y un segundo puente sobre el río, Westminster. En estos años el rey Jorge III y su esposa Charlotte se mudaron a la casa Buckingham, que luego se convertiría en el famoso palacio, donde guardan la puerta esos tipos que no pueden ni pestañear a pesar de las estupideces que la gente hace a su lado para sacarse la foto.

Teatro y politica

Teatro y politica

En esta época, el teatro que tanto gustó con los estuardo se volvió un tanto incómodo para las autoridades. Siguiendo en su linea británica, tras una serie de sátiras, cabe suponer que políticas, en el Theatre Royal Haymarket a los governantes les dió tal calentón que se le dió al Lord chambelán la potestad de censurar cualquier obra de teatro que se presentara en la ciudad. Ese poder no sería revocado hasta, agarrense a la silla, 1968. Más que la política, sin embargo, fue la religión la que trajo quebraderos de cabeza al ciudadano de a pie. Cuando creían haberse librado del protestantismo extremo tras la guerra civil inglesa, en 1780 estallaron lo que se conoce como las revueltas de Gordon, por su lider lord George Gordon. En protesta por el Catholic Relief Act, que garantizaba derechos básicos a los católicos, los inicialmente manifestantes acabaron por asesinar y saquear todo lo que se les puso a mano durante unas semana hasta que las autoridades, bastante preocupadas, decidieron cortar por lo sano, nunca mejor dicho, y tomar medidas igualmente extremas.

Lo más representativo de este siglo, sin embargo, fue la apertura del British Museum, que tal vez debería denominarse más bien isla Tortuga por la cantidad de botín pirata que tiene almacenado. El museo se abrió originalmente en 1759, cuando el gobierno compró una colección privada de cacharros curiosos a sir Hans Sloane a la muerte de éste y también la de Sir Robert Cotton junto con la biblioteca de Sir Robert Harley. Oficialmente se abrió al público en 1759 en Montague House, cambiándose a su ubicación actual en 1823. La entrada al museo es gratuita y se deja a la voluntad de cada cual hacer una donación, no está claro si para evitar que sigan expoliando al resto del mundo y empiecen a pagar por lo que exhiben. Eso si, en la puerta viene indicado claramente el número de libras que te cuesta ser voluntarioso, aunque igual te hacen descuento de voluntad con el carnet de estudiante.

El British Museum, muy a mano ... para los londinenses

El British Museum, muy a mano … para los londinenses

Conviene dejarle tiempo a la visita porque el museo es realmente inmenso e incluye colecciones de todos los continentes y, especialmente, de Egipto, Roma y Grecia, que limpiaron a conciencia en el XIX. La cosa tuvo bemoles y fue poco más o menos así. Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin, al ser nombrado gobernador de Constantinopla en 1799, le echó ojo a la Acrópolis y debió pensar que los frisos de Fidias quedarían mejor en su salón. Pidiendo permiso al gobierno para estudiar y sacar moldes de sus obras [15]. Se ve que, ya puestos, mejor que sacar moldes, que ensucia mucho, optó por arrancarlas y llevarlas al Pireo. Si era tan sinvergüenza de esposo como de gobernador, no es extraño que su matrimonio acabara en divorcio y su mujer le sacase hasta el cepillo de dientes. Para cubrir los astronómicos costes de su separación, vendió los mármoles al gobierno inglés por sólo 35000 libras de las 74240 que pidió. 56 de las 97 piezas del friso, 15 de las 64 metopas y 9 de las estatuas residen actualmente en Londres. En total llenaron 17 barcos aprovechando las buenas relaciones entre el gobierno turco y británico. Ya en esa época, intelectuales como Keats o lord Byron protestaron por el expolio [16]. Actualmente, actrices como Vanessa Redgrave, Judi Dench y Julie Christie, políticos como Robin Cook, Vladimir Putin y Bill Clinton y un innumerable grupo de gente de a pie protestan por este robo histórico, pero Inglaterra presta oidos sordos. La mayor defensora del regreso de los mármoles, sin embargo, ha sido Melina Mercouri, ex ministra griega de Cultura, que provocó la creación del Proyecto para la Unificación de los Lugares Arqueológicos. Tras requerir oficialmente la devolución de los mármoles, Mercouri recibiría una respuesta negativa, actualmente expuesta al público en la Acrópolis, aduciendo razones tan comprensibles como, lean esto sentados, que en el British Museum están más a mano. A mano, suponemos, de la familia real británica, que aparte de interesarse por el whisky y el adulterio, al final va a resultar que les queda tiempo para visitar tarde si tarde no los frisos del Partenón. Qué decir de estos hijos de la Gran Bretaña. Por si alguien pensaba que lo del Partenón es una raya en el agua, cabe señalar que Egipto también ha reclamado alguna cosilla sin importancia con respuestas similares por parte del gobierno inglés, como la piedra Rosetta que Napoleón encontró en 1799 y Champolión utilizó para descifrar los jeroglíficos egipcios. El mangoneo llegó a lugares tan lejanos como Nigeria, donde levantaron las placas del palacio de los Oba en Benín. Y es que para que comprar aquello que puedes mangar. Suerte que España e Inglaterra nunca han estado a buenas, o hubiesemos tenido que visitar la Giralda en Trafalgar Square.

Los mármoles del Partenón, té y pastas

Los mármoles del Partenón, té y pastas


(15) Eso es lo que pasa por fiarse de los ingleses, como cuando los españoles les prestamos nuestro aeropuerto para ayudar en una epidemia en Gibraltar y ahora lo que aterrizan son planes.
(16) Y seguramente fuera esta protesta más que sus licenciosas costumbres lo que impidió que lo enterraran en Westminster como correspondía. Y es que ser licencioso y patriota probablemente no es tan pecaminoso en Inglaterra.

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