Reino Unido (VIII): Isabel, reinona de Inglaterra


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Curiosamente, tras la Reforma se prohibieron los teatros en Londres más que por censura religiosa porque se suponía que malgastaban el tiempo de los trabajadores. Más que desaparecer, los teatros se mudaron al Southwark, fuera de la autoridad del gobierno de la ciudad. El Globe Theatre, donde se representaban las obras de Shakespeare, se construyó allí en 1599, pero ardió totalmente en 1613. Hoy en día hay una réplica moderna en el mismo sitio donde estaba el original. Además de teatros, en Southwark había también otras diversiones, ya que venía a ser el barrio rojo de la ciudad. Económicamente, durante el reinado de Isabel I se instauró una nueva moneda muy estable y se crearon la Bolsa Real y la Cámara de Comercio. El único problema de la reina fue un curioso apego a la soltería [14], que le resultó bastante útil para mangonear a los reales pretendientes que podían suponerle beneficios al tiempo que se acostaba con quien le venía en gana. Desafortunadamente, la muerte de su amante favorito, Robert Deveraux, intentando cortar una revuelta en Irlanda, la deprimió considerablemente y acabó muriendo como Fonseca: triste y sola después de haber cimentado la Inglaterra moderna.

Ser reina ayuda a ligar

Isabel: Ser reina ayuda a ligar

Tras Isabel I, los Tudor se habían quedado sin descendientes o, al menos, sin descendientes no bastardos. Lo más práctico era sustituirlos por la familia real más a mano que, en este caso, eran los Estuardo escoceses. Si bien Inglaterra tenía bien claro el anglicanismo o, lo que es lo mismo, que oponerse al rey en aquellos tiempos no rentaba, en Escocia estaban hechos un lío. Al principio, por aquello del que dirán, Jaime I decidió empezar por donde lo dejó Isabel y a poco los católicos en la persona de Guy Fawkes le reventaron las casas del Parlamento recien inaguradas como estaban. Por suerte -para Jaime- pillaron al conspirador. Hoy en día se celebra en recuerdo de este hecho la noche de las hogueras el 5 de noviembre. El reinado Estuardo comenzó bien desde el punto de vista de la ingeniería civil, ya que se limpió un tanto el bastante asqueroso Támesis de la época y se delegó en un arquitecto bastante original, Inigo Jones, la construcción de diversas obras como la plaza de Covent Garden. Sin embargo, pronto llegó Carlos I que, como si el nombre marcara carácter, no gozó lo que se dice de gran popularidad en la ciudad. Para empezar, negoció un matrimonio con una infanta española, pero cuando se dió cuenta de que España sólo quería colocarle a la chavala y no tenían pensado ni de cerca aliarse a la pérfida Albión, Carlos cambió de opinión y, ya que pasaba por Francia de vuelta, se llevó puesta a la princesa Enriqueta María. Desafortunadamente, la francesa era católica, lo que no le hizo gracia a los londinenses que, con tanto cambio, ya no sabían ni rezar el padrenuestro. Durante los años siguientes, procedió a disolver y constituir tres parlamentos y a gastarse en desconocidas empresas los impuestos de sus súbditos hasta que, para apaciguar a los muy cabreados ciudadanos, decidió demostrar que era más anglicano que nadie imponiendo esta liturgia a los escoceses. Ni que decir tiene que éstos tiraron las espadas por los aires y se enzarzaron alegremente en una guerra que le costó al monarca un huevo y un par más de parlamentos. Más tarde, ya apeado del burro y firmándole a los escoceses todo lo que le pusieron por delante, se le rebeló Irlanda y mataron a todo el que no fuese capaz de chuparse tres Guinness sin ir al baño. Carlos volvió al Parlamento y pidió más pasta para hacerse un ejército, pero los del Parlamento, con más vista que la reina Amidala y los jedi, temiéndose muy mucho que lo usara en su contra le cerraron el monedero. Carlos trató de mandar a la Torre a los miembros de la Cámara de los Comunes, pero no se dejaron y el rey tuvo que salir por piernas de la ciudad. Con ésto se lió la Guerra Civil Inglesa y, después de múltiples peripecias, el rey acabó perdiendo la cabeza en Whitehall y Oliver Cromwell se convirtió en presidente del Consejo de Estado, un organismo parlamentario que gobernó Inglaterra como república. A ésto lo siguió una racha de puritanismo tan brutal que incluso quitaron los coros y órganos de las iglesias por si algún desgraciado se entretenía en sus misas. No es raro, por tanto, que en 1660 se restaurara la monarquía en la persona de Carlos II. El reinado le salió animado, eso sí. Cinco años más tarde, un barco holandés, en lugar de tulipanes, trajo a la ciudad la Gran Plaga. La peste ya había asolado Londres en la Edad Media, pero esta cepa era tan virulenta que la gente moría en cuestión de horas. La solución fue la obvia: encerrar a los enfermos en sus casas para que murieran sin dar mucha guerra. Suponiendo que los perros y gatos transmitían la enfermedad, los exterminaron a todos para alegría de las ratas, que pudieron proceder a extender la plaga a sus anchas. Esta vez se optó por una escapada a la desesperada. Cuando la plaga se apagó en otoño, más de 100000 personas habían muerto. Por si alguien creía que lo peor había pasado, al año siguiente el Gran Incendio liquidó cuatro quintas partes de la ciudad. Debido a este fuego, la mayoría de los edificios Tudor y Estuardo se perdieron. Hoy en día quedan poco más que parques como Hyde Park, Regent’s Park o St. James Park, bosques de caza reales, para hacerse una idea de la estructura de la ciudad en esa época. Carlos I, en 1637, comenzaría a abrirlos al público en el único de sus gestos que pareció hacerle gracia al vulgo. La campaña de reconstrucción se realizó en gran parte bajo la influencia de sir Christopher Wren y provocó el desplazamiento de las áreas residenciales, desde la City, hacia las atractivas poblaciones de Kensington y Chelsea.


(14)El apego a la soltería está habitualmente ligado a un desapego a la castidad que, en el caso de una reina, es probablemente una combinación ganadora.

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