Reino Unido (VII): El arte del divorcio-express


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Después de epidemias, incendios y sólo a falta de que Godzilla pisotease la ciudad, Londres se recuperó rápidamente hasta convertirse en un puerto mercante importante en el siglo XVI, bajo la dinastía Tudor. El rey más conocido de esta dinastía fue, por supuesto, Enrique VIII, cuya vida sentimental más agitada aún que la del príncipe Carlos lo llevó a fundar el anglicanismo. Enrique se casó seis veces. Su primera esposa, Catalina de Aragón, era hija de los Reyes Católicos, que la facturaron a Inglaterra con 15 añitos para casarla con el hermano de Enrique. Cuando enviudó, éste consiguió una dispensa papal para quedársela junto con el reino. Durante un tiempo, estuvo tranquilito peleándose con los franceses, pero cuando intentó subir los impuestos a sus súbditos para costearse las tropas, éstos le contestaron que hasta ahí podíamos llegar y le tocó quedarse en casita. Entre que Catalina no le había dado herederos varones y que tenía una dama de compañia muy mona, Ana Bolena, el rey decidió que, después de todo, lo de la anulación para desposar a su cuñada no acababa de ser válido y que, a fin de cuentas, seguía solterito. Por desgracia para él, esta vez el papa Clemente VII no estaba por la labor. Prisionero de Carlos V, sobrino de Catalina, no le convenía mucho desairar al emperador, así que de divorcio nada de nada. Como la cabeza de la iglesia estaba en contra de su voluntad, decidió Enrique erigirse como jefazo él mismo y autoconcederse la anulación, casándose acto seguido con Ana Bolena. Obviamente lo excomulgaron, pero él respondió cepillándose a los obispos locales, como Tomas Moro, y dándole cerrojazo a los monasterios de la ciudad, cuyas propiedades distribuyó entre los nobles locales para ganar su apoyo. En el medievo se calcula que había hasta trece monasterios en la ciudad, que hoy sólo se recuerdan en nombres de zonas como Greyfriars, Whitefriars, o Blackfriars. La felicidad con Ana le duró poco, ya que acabó acusándola de incesto y adulterio [13] y enviándola a la Torre de Londres a que le cortaran el pelo bien cortito. Lejos de guardarle luto, esta vez se casó con Juana Seymour, hija de un militar a su servicio, que murió al dar a luz a Eduardo, su único hijo legítimo. Decidido a no estar soltero más de lo estrictamente necesario, se casó esta vez con Ana de Clèves, que le venía muy bien para hacer migas con los protestantes alemanes. Cuando la alianza dejó de sere útil meses más tarde, en vista de que la muchacha muy agraciada no era, decidió volver a las Catalinas y se casó con Catalina Howard. A ésta también la acusó de “falta de castidad antes del matrimonio” y adulterio y la liquidó. Por último, se casó con Catalina Parr, que ya había tenido dos maridos antes que él. Esta se convirtió en la primera viuda negra famosa, ya que enterró también a Enrique. Lamentablemente no pudo con el siguiente marido, que la embarazó oportunamente, y murió en el parto.

Como resistirse a este hombreton

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Curiosamente, y a pesar de la lata que dió con el heredero varón, a Enrique lo sucederían dos mujeres, Maria I e Isabel I, la hijas que tuvo con Catalina de Aragón y Ana Bolena respectivamente, ya que Eduardo enfermó de tuberculosis a los 6 años de su reinado y murió sin haber hecho gran cosa aparte de calentar trono. Antes que ellas, reinó durante nueve días Jean Grey, bisnieta de Enrique VII y peón del duque de Northumberland, el hombre tras el trono de Eduardo. María I, apoyada por el pueblo, le compró un billete de ida a la Torre de Londres y, después, procedió a anular todos los cambios eclesiásticos de su padre, persiguiendo a los herejes con tal alegría y fervor que recibió el sobrenombre de María la Terrible y, muy probablemente, bautizó el “Bloody Mary” con algo más ácido que el tomate. Como parte de su vuelta al catolicismo, decidió casarse con Felipe II, lo que la hizo perder el favor del pueblo, y es que a los ingleses nunca les hemos caido demasiado allá, si bien la cosa es mutua. Para colmo, siguiendo las instrucciones de su maridito, mandó a sus tropas a pegarse con los franceses, perdiendo Calais, último botín de la Guerra de los 100 años, en el proceso. Tal vez tuvo suerte de morir a los 8 años de su reinado, pues podria haber acabado en el mismo patíbulo que Jean Grey de haber seguido presionando. Además de Calais, durante el reinado de Maria Inglaterra perdió a unos 300 herejes que, por una razón u otra, le tocaron las narices a la reina. La siguiente y última en la línea era Isabel. Maria, que le veia un aire sospechosamente protestante, la había enviado a la Torre a pesar de que contó con su apoyo a la muerte de Eduardo, pero ella había fingido ser católica a rabiar para salir del paso y se había vuelto a meter en la carrera sucesoria. Naturalmente, en cuanto se coronó, cambió al protestantismo con ciertos matices que definieron definitivamente el anglicanismo. Por lo demás, Isabel I trajo una época de bonanza a Inglaterra. Tras firmar la paz con Francia y dado que le tenía tirria a España, decidió apoyar a cualquiera que fastidiara a Felipe II y hasta encumbró a piratas tan conocidos como Francis Drake con tal de que atacaran sólo barcos españoles. Como guinda del pastel, cuando Isabel se cargó a su prima Maria Estuardo, a la que los católicos consideraban legitima reina, Felipe II tuvo un error de cálculo garrafal al enviar la Armada Invencible a conquistar Inglaterra. Entre el tiempo y algunos otros imponderables, los ingleses le dieron para el pelo a los supuestos invencibles y generaron el marketing necesario para que Europa considerara que la hegemonía española había terminado definitivamente. Tanta alegría debió poner eufórica a la reina, que favoreció la cultura y potenció a dramaturgos y compositores como Shakespeare, Marlowe, William Byrd o John Bull.


(13) El que se puedan llevar ambas cosas a la vez demuestra que en esa época las mujeres salían poco.

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