Reino Unido (IV): Quo Vadis o la ciudad romana


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Por aquello de empezar por el principio y, ya puestos, de usar el metro lo menos posible, la primera visita obligada incluye el londinium romano, cambiando de la linea roja a la marrón para bajarse en la City. Londres, como tal, data de la ocupación romana de la plaza fuerte celta de Londinium, allá por el 43 dC. Aulus Plautius conducía a sus tropas de Kent a Colchester, su asentamiento más importante, cuando tropezó con el Támesis, que, aunque vadeable, dificultaba el avance de los romanos. Partidario de la ingeniería civil como buen romano, se cree que optó por construir un puente, que curiosamente está pegadito al actual puente de Londres. Al más puro estilo SimCity, el asentamiento se convirtió entonces en un importante núcleo comercial y administrativo, dada la accesibilidad que le aportaba el rio. No obstante, no duró mucho. En una de sus alegres incursiones por el norte, 18 años más tarde, a los romanos no se les ocurrió nada mejor que ultrajar, por así decirlo, a las hijas de la reina de los Iceni, BoaDicea. Se ve que no sabían como las gastaban las mujeres celtas, porque con el berrinche que cogió, persiguió a hostia limpia a los romanos todo el camino de regreso a Londinium, arrasando, ya que estaba, cualquier asentamiento que encontró por el camino. Lo único que impidió que la caida del Imperio Romano, al menos a nivel local, se acelerase unos siglos fue que la mujer le cogio cariño a Londres y echó unos días en quemar alegremente la ciudad hasta sus cimientos, dando tiempo a los romanos a reorganizarse y derrotarla en una batalla en las colinas, donde los carros de guerra celtas resultaban del todo inútiles (6). Hoy en día, todavía pueden observarse capas de ceniza en el subsuelo de la ciudad en memoria de los varios flambeados que la reina le dió en aquella época. No obstante, una vez derrotada BoaDicea, la ciudad se reconstruyó rápidamente y surgió un núcleo importante de edificios de madera alrededor de las construcciones civiles romanas que alojaba a los comerciantes.

BoaDicea en Londres repartiendo leña

BoaDicea en Londres repartiendo leña

En el siglo II dC se amuralló la ciudad, definiendo su forma durante casi un milenio. Hoy en día, la zona amurallada corresponde al distrito conocido como “The City” o la Ciudad, uno de los centros económicos más importantes del planeta. Gracias al comercio, continuó en auge incluso durante la caida del Imperio Romano, hasta que en el siglo IX los vikingos pasaron a presentarles sus respetos. El único resto romano importante que se conserva actualmente (7) es el templo de Mitra, en Temple Court, Queen Victoria Street. No deja de ser irónico que el único resto romano en Londres esté erigido en realidad al dios persa de la luz y el bien, heredado por los romanos en el 68 dC en respuesta al cristianismo. Los practicantes de este culto, mayormente soldados, se bañaban en la sangre de un toro en memoria a Mitra, que supuestamente mató el toro sagrado de cuya sangre mana toda vida. Para que luego protesten del toreo.

Eventualmente, en el siglo IX entraron en escena los piratas daneses y los sajones que, dirigidos por Alfredo el Grande, tomaron la ciudad en el año 886 y la agregaron al reino de Wessex. A la muerte de Alfredo, los daneses recuperaron la ciudad, pero encontraron una fuerte oposición. En 1014, fueron atacados por una flota de anglosajones y vikingos noruegos que ascendió por el Támesis. Los daneses se situaron sobre el puente de Londres para acribillarlos a lanzazos pero, en una maniobra de lo más curiosa, los atacantes arrancaron los techos de las casas circundantes y los usaron de escudos sobre sus cabezas. Así consiguieron llegar al puente, lanzar garfios y cuerdas y derribarlo. Se especula que la famosa cancioncilla “London Bridge is falling down” puede tener su origen en este incidente. Los daneses continuaron, no obstante, controlando la ciudad hasta el reinado del anglosajón Eduardo el Confesor, en 1042. Este rey movió la capital de Inglaterra de Winchester a Londres y, religioso como era, refundó la abadía de Westminster, donde ya se coronaría su sucesor, Harold.

El puente de Londres antes de hundirse, quemarse, hundirse, quemarse ...

El puente de Londres antes de hundirse, quemarse, hundirse, quemarse ...

El puente de Londres de aquella época cayó pues y fue reemplazado allá por el 1600 por uno nuevo, más grande y más llamativo. A la americana, por así decirlo. Este puente, cubierto de casas en la línea del famoso puente de Florencia, estaba construido sobre 19 muelles, a base de clavar enormes estacas en el lecho del río y, a juzgar por la marcada asimetría del proyecto, moverlo hacia un lado u otro según se hundiese o no conforme lo iban construyendo. La leyenda de que se cimentaba sobre balas de lana sólo obedece a que Enrique II decidió pagarlo a base de impuestos sobre la lana, que debía ser el tabaco o alcohol de la época. A pesar de que no tenía ni dos arcos iguales, el aparentemente destartalado puente duró varios siglos y su reemplazo obedeció más a la necesidad de expansión que a su deterioro. El tema estaba en que los soportes se habían reforzado tanto que bloqueaban buena parte del flujo del río, actuando más bien de presa. Así, los barcos pasaban de un lado a otro en plan carrera de relevos: gente y mercancias se apeaban de un barco a un lado del río y pasaban andando al otro, donde los esperaba una segunda embarcación. Aparte de este curioso trasiego, la animación local la constituían también varias torres defensivas, en una de las cuales el toque real de decoración lo suponían las cabezas clavadas en picas de un surtido de ladrones, traidores y brujos -desde el punto de vista del rey, por supuesto- entre los que probablemente sean los más conocidos William “Braveheart” Wallace y Thomas Moro. Este puente fue también escenario de la que probablemente, y con permiso del Mothman, sea la mayor tragedia en la historia de los puentes, cuando tres o cuatro años después de su construcción comenzó a arder por un extremo. Como es natural en una época sin cine ni televisión, la gente se agolpó al otro lado a contemplar la desgracia ajena, con tan mala suerte que las chispas provocaron que prendiera un segundo foco y los atrapara en medio. La mayoría de la gente murió bien ahogada, bien calcinada, contándose las víctimas por cientos. No obstante, el puente se apañó rápidamente y ahí siguió, casas incluidas, hasta que a finales del 1700 echaron abajo dichas casas para darle anchura. De propina, se optó por reducir arcos y eliminar los pilones centrales para dejar pasar el agua. Y, por supuesto, el agua pasó y comenzó la lenta pero satisfactoria acuática tarea de echar el puente abajo. Visto que aquello tenía menos futuro que un caramelo en la puerta de un colegio, se diseñó un nuevo puente. Y hubo que reemplazar también los demás ahora que el río se había soltado el pelo. Como el nuevo puente resultó mucho más enclenque que el anterior, los ingleses se lo vendieron a Arizona a principios del siglo XX donde emprendieron la muy americana tarea de reconstruirlo piedra a piedra en un vano intento de tener algo con más de cien años de antigüedad. Fue entonces que el puente actual se erigió en el mismo sitio que el resto, algo más al este de la city y fácilmente alcanzable a pie.

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(6) En esta historia se basa el episodio de Xena “The Deliverer”, sólo que allí, por supuesto, gana BoaDicea, que para eso está del lado de la protagonista.

(7) Todos los objetos de la época se encuentran, como no, en el British Museum de Londres. El hecho de que fuesen hallados en Londres inicialmente no deja de ser un anecdótico plus.

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