Reino Unido (II): El arte de la preparacion


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Los preparativos, como la decisión, fueron bastante rápidos. Conseguimos un billete de avión relativamente barato hasta Gatwick, el único aeropuerto británico hacia el que en aquella época se podían conseguir precios razonables. Para desplazarnos por el país, optamos por un bono de ferrocarril llamado Britrail. El Britrail funciona de forma similar al Interrail, pero se limita a Gran Bretaña. Existen varias fórmulas de uso: 7 días en 15, 15 días en un mes, un mes completo … El bono presenta tantas casillas como días se hayan comprado y el usuario simplemente las rellena con el día en que va a usar el tren dentro de las fechas de inicio y fin de éste. Durante ese día, puede coger todos los trenes que quiera en segunda. Como rara vez se viaja todos los días salvo que se quieran ver los sitios como si de diapositivas se tratase, cualquier combinación donde se viaje la mitad de los días suele ser suficiente. Estos bonos siempre son más baratos que los billetes por separado a poco que se coja el tren más de tres veces. Billetes en mano, sólo quedaba reservar por adelantado una noche en el albergue de juventud de Londres para el día de llegada. Ya improvisaríamos después. Ahora, hacer estas reservas es un juego de niños gracias a Internet, pero en aquella época hubo que tirar de fax, IBN, divisas y una buena dosis de suerte.

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Holland House

Poco antes de salir, sin embargo, ya teníamos sitio en la Holland House, un albergue en la frontera entre las zonas uno y dos de la ciudad. Construido sobre un antiguo hospital en medio de un parque, el sitio no hubiese estado nada mal de no ser porque constituyó nuestro primer contacto con un dormitory room (dorm). El dorm es la fórmula más barata para dormir en albergues. En esa época, en Londres, una cama y el desayuno a la británica (2) venían a salir por unos 18 euros. Claro, que en aquel entonces al comprar libras no había clausulas en el banco del tipo “firma por tu alma inmortal”. Como contraprestación al precio, hay que señalar que se comparte la habitación con entre 6 y 12 personas según el sitio. En muchos dorms no dan sábanas y, o se llevan en el equipaje, o toca alquilarlas pagando como un campeón. Los sacos de dormir están prohibidos, lo que no es mala idea teniendo en cuenta que hay quien, rascándolos, podría clonar a partir de ellos un tiranosaurus rex. Por lo demás, por si alguien aún no domina la técnica de dormir con un ojo abierto, suele asignarse a los huespedes una taquilla para que encierren sus cosas por la noche. Si uno ha sido tan precavido como para echar un candado, es decir. En muchos albergues existe la posibilidad de, si se hace con suficiente tiempo, reservar un family room. Estas habitaciones están pensadas para tres o cuatro personas únicamente y, si bien salen algo más caras, presentan ventajas obvias. Para el día de regreso, nosotras conseguimos una habitación de este tipo. No es que a esas alturas a Mercedes le sirviera de consuelo, claro.

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Trenes britanicos

Dado que aún no sabíamos qué recorrido ibamos a hacer, decidimos dejar en suspenso el resto de las reservas para hacerlas una o dos noches antes desde donde quiera que estuviesemos-que esperabamos contra toda esperanza que al menos fuese el Reino Unido-. Ya sólo quedaba planificar el recorrido. Al contrario de lo que su apellido sugería, el conocimiento de McLaren del país se limitaba a un pueblecito de Inglaterra donde solía pasar los veranos practicando su inglés. Así, con una planificación digna del mismísimo Willy Fog, un mapa, una regla y una buena dosis de optimismo -eso sí, ni una infinitésima parte de la que demostraron mis compañeras colocándose en mis manos -una servidora se puso manos a la obra. Mi conocimiento de Inglaterra se limitaba a haber cubierto en tren el recorrido Londres-Rugby-Bath para visitar a mi amiga Sarah cuando estaba haciendo Económicas en esta última ciudad. Si en el mapa Rugby y Londres, a aproximadamente hora y media, estaban a dos centímetros, obviamente Edimburgo, a unos 10 centímetros, debía estar a unas 7 u 8 horas. Demasiado tiempo para hacerlo del tirón. Mejor parar en un punto intermedio, pongamos York, a 7 centímetros. Y, de camino, por qué no echar un vistazo al bosque de Sherwood, a cuatro centímetros. Aún no era ingeniero, y ya había redefinido la escala de distancias. Con esta precisión digna de Iberia, bastó introducir unos cuantos sitios interesantes más a la lista: Inverness, por aquello del lago, las Hébridas, por el Rayo Verde de Verne, y Ben Nevis para cerrar el círculo y regresar a Londres. McLaren hizo su aportación particular: Loch Lomond, una popular zona de veraneo. Sin problemas. Sumo tres, me llevo una, multiplico por cuatro y listo: itinerario arreglado milimétricamente. Chúpate esa, Eratóstenes (3).

Faltaba para salir un último detalle: ¿qué dinero echar para pasar quince días en Inglaterra? En aquel entonces, los hijos teníamos derecho a techo, comida y ropa, pero no a VISA platino VIP como exigen ahora nuestros hermanos pequeños. La falta de plástico nos obligaba, entre otras cosas, a cambiar a priori el dinero que estimásemos oportuno y rezar porque nuestra estimación no fuese muy desencaminada. Entre unas cosas y otras, en aquel viaje nos volvimos muy religiosas. Visto que Mercedes, tras haber vivido unos años en Southampton y Londres, parecía la única del grupo con más experiencia que Paco Martinez Soria en estas lides, para bien o, como se demostró algo más adelante, para mal, seguimos sus indicaciones.

-Yo pienso echar sólo 60000 pelas- afirmo con esa rotundidad que la caracteriza cuando está apostillando un hecho que desconoce totalmente – Paso de gastarme ni un duro más.

A McLaren y a mí nos faltó llorar de la emoción de tener a alguien que realmente sabe qué hacer en cada momento. Dicho y hecho. 60000 pelas serían lo único que nos iba a separar de dormir en la calle y comer sopas de sobre: la cosmopolita del grupo había hablado. Lástima que al final resultase ser más bien la Cosmopolitan la que habló, como se comprobaría más tarde ya llegadas a Cambrigde.

Unos días más tarde, allí estabamos las tres en lo alto de un avión rumbo Gatwick. El aeropuerto está a un buen tirón de Londres y, en general, suele resultar más barato sacar el billete de tren hasta Victoria Station en España, carnet joven en mano. En un alarde de iniciativa, Mercedes se había marcado el pegote de sacar su billete y el mío a priori. Lástima, claro, que llevásemos un bono de tren que nos hubiera permitido no gastarnos ni un duro, pero el detalle es lo que importa. Mercedes mantuvo hasta el final y contra toda evidencia que, de no haberlo hecho así, no habríamos tenido bonos suficientes para todo el viaje. Incluso lo mantuvo después de que a la vuelta le regaláramos los tiquets a mi tía para que ella y su marido -en el tren también conocido como “Mercedes”- visitaran Edimburgo unos fines de semana más tarde.

Fue una vez llegadas a Gatwick que tuve mi primer contacto con mi más fiel compañero de viaje: El Equipaje. Cualquiera que haya viajado en un plan de este tipo, sabe perfectamente que la ley de la conservación de la masa es mentira cochina: una bolsa siempre pesa más después de haberla llevado todo el día. Nunca sabré si Mercedes esperaba encontrar al hombre de su vida y echó su ajuar completo o si, realmente, pensó por un momento que iríamos de recepciones y puestas de largo pero lo que seguro que no contempló es que difícilmente podría ella arrastrar los dos maletones que había preparado. O, mejor pensado, si debió contemplarlo. Yo no, claro, si no, habría echado las maletas por el tren de aterrizaje en cuanto se hubiese descuidado un poco. El caso es que allí empezó mi historia de amor con El Equipaje, que ya me acompañaría durante todo el viaje. Mi bolsa esmirriada con lo justo (4), por su parte, pasó a hacerle compañía a Mercedes que, naturalmente, no le hizo ningún asco. Algo más de una hora después, ya estábamos en Londres. Mercedes, McLaren, yo y El Equipaje.

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Victoria Station, sin andenes y cuarto


(2) El desayuno británico incluye leche, cafe, yogur y cereales, pero también huevos, salchichas, bacon, jamón y otras cosas igual de nutritivas y apetecibles a las 8 de la mañana a ojos del español medio. Todo buenísimo para el colesterol: si antes no tenías, ahora eres una persona más completa

(3) Eratóstenes, tras leer que un palo en la presa de Asuán no proyectaba sombra cierto día del año, tirando de senos y cosenos, calculó el diámetro de la tierra con un error diminuto. Evidentemente, de haber contado con métodos tan sofisticados como los de una servidora, probablemente habría ubicado Canada en la estepa rusa y Nueva Zelanda no nos quedaría tan a trasmano de Málaga

(4) A la hora de hacer el equipaje para cosas de este tipo es recomendable seguir una organización tipo cebolla y echar tanto más de una capa cuanto más cerca esté de la piel. Contando lo puesto, un abrigo, dos jerseys, dos pantalones, tres o cuatro camisas y camisetas y suficientes mudas como para sobrevivir una semana suele ser una combinación ganadora.

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