Reino Unido (I): Cuidado con lo que deseas …


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Imaginad una tarde de septiembre en la playa. Tumbados en la arena, con los ojos cerrados, escuchando las olas romper en la orilla y bañándoos en los últimos rayos de sol. Relajados y en silencio al lado de uno de esos amigos que son como de la familia y con los que no hay necesidad de hablar (1). En total tranquilidad.

Fue entonces cuando hice la pregunta. Porque sólo hay un número de olas que uno puede contar, sólo un número de formas que las nubes pueden adoptar antes de que tanta tranquilidad resulte mortalmente aburrida, y, en mi caso, ese número es sorprendentemente bajo.

-¿Por qué no nos vamos de Interrail?

En honor a la verdad, fue sólo algo que pregunté porque tenía que intentarlo. Este tipo de preguntas son como las negociaciones con rehenes: uno le pide a sus padres que lo dejen volver a las 3 para que, con suerte, pueda llegar a las 12. Lo peor que puede pasar es que te digan que si a la primera y tengas que aguantar en pie por dignidad cuando todos tus amigos se han ido a la cama dos horas antes. Efectivamente, nunca creí que Mercedes aceptaría. Bien es cierto que era el momento adecuado. Estabamos terminando la carrera y pronto las vacaciones dejarían de durar tres meses y nos alcanzaría la despiadada garra de la responsabilidad. O, al menos, esa era la teoría: en estos casos siempre estamos los que corremos más rápido. En resumen, la idea no parecía descabellada del todo, salvo porque, a esas alturas, vivía en el convencimiento de que el concepto de incomodidad de mi amiga no alcanzaba mucho más allá de no poder escoger tapa en un bar. No por primera vez, Mercedes me sorprendió.

-¿Cuándo?

-Pues… ahora.

Podría parecer una respuesta precipitada, pero la conversación me había superado en tan sólo seis letras. Y ella siguió imperturbable, con esa seguridad en la voz que es garantía de que, una vez más, te escuchan como el que oye llover.

-¿A dónde?

Cuando una puerta se entreabre, hay que meter el pie antes de que se cierre de nuevo, a pesar de que lo más normal en estos casos es acabar con una fractura de metacarpo. Acabábamos de entrar en el resbaladizo terreno donde se suponía que ya tenía una respuesta y, lejos de mí decepcionar a mi público, solté lo primero que se me pasó por la cabeza.

– E … ¿Escocia?

¿Por qué no? No hacía tanto que habían estrenado Braveheart y siempre he querido ver al monstruo del lago Ness. Aparte de eso, todo mi conocimiento de la zona estaba vagamente relacionado con gaitas y faldas a cuadros.

– Bueno… me parece bien.

A esa altura seguía pensando que la conversación no sobreviviría al tinto de verano del mediodía siguiente pero, una vez más, me equivocaba de pleno. Fue con el tinto que Mercedes aprovechó para comunicarme que nos acompañaría una amiga suya, Cristina McLaren, a la que acababa de llamar por teléfono. Yo no tenía ni idea de quien era, aunque el nombre prometía, visto el destino escogido. Si bien en principio no me hizo excesiva gracia compartir unas semanas de mi vida con una completa desconocida, su presencia fue lo único que posibilitó que tanto Mercedes como yo volviesemos vivas, relativamente intactas y, lo más milagroso de todo, juntas. Y además, sólo tardamos medio año en volver a dirigirnos la palabra.


(1) De hecho, y como todo el mundo sabe, hablar en circunstancias análogas equivale a tener que ordenar tu habitación, bajar la basura o ir a por pan, así que es mejor callarse, pasar desapercibido y dar gracias por no ser hijo único

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