Archivo mensual: septiembre 2008

Reino Unido (III): El sistema metrico original

Londres es una ciudad extremadamente entretenida para visitar y, probablemente, sumamente incómoda para habitar. Sin ser tan bonita como otras capitales europeas como París o Praga, está llena de recovecos y de sitios interesantes. Ya había estado antes en Londres varias veces y he ido alguna más después de aquello pero puedo afirmar sin temor a equivocarme que aún me falta por ver una buena parte de la ciudad.

londontubePara moverse por Londres es imprescindible una combinación adecuada de Metro y Bus, así como ponerse un calzado cómodo y perderle la vergüenza a preguntar repetidamente dónde está uno y dónde la boca de metro más cercana. Las estaciones de metro de la ciudad tienen algunos de los nombres más curiosos que uno pueda imaginar. Recuerdo que en cierta ocasión me comentaron, por ejemplo, que la estación Elephant and Castle, literalmente “Elefante y Castillo”, recibió su nombre en memoria de una visita de la Infanta de Castilla a la ciudad, que, desde luego, difícilmente pudo ser tan divertida como la cuentan en el segundo capítulo de la serie de Rowan Atkinson la Víbora Negra. Sólo cabe esperar que en aquella época las mujeres no estuviesen demasiado obsesionadas con su figura o las infantas no fuesen muy susceptibles. Existe un libro de ciencia ficción sobre el metro de Londres, Neverwhere, escrito por Neil Gaiman que aprovecha los nombres de las estaciones de forma bastante literal y que es especialmente entretenido para todos los que en algún momento, enterrados bajo toneladas de metal y cemento en zonas que recuerdan más una mazmorra que un apeadero, hemos perdido la esperanza de volver a ver el sol. Si es que en Inglaterra eso fuera posible, claro. Y es que es necesario advertir al incauto viajero acostumbrado a las ordenadas líneas de Madrid y Barcelona que el metro de Londres es extremadamente antiguo y sumamente caótico. Las líneas se entrecruzan unas con otras a distintas profundidades y se confunden en espirales y laberintos tan confusos que habrían desesperado al mismísimo Dédalo. No sólo me he perdido tarde o temprano en el metro cada vez que he ido a Londres, sino que hasta tardé semanas en pasar la fase del Tomb Raider III que transcurre en dicho metro porque, una vez muerto todo lo que se movía, fui incapaz de encontrar la salida. Incluso cuando uno se encuentra, o al menos cree encontrarse, en la estación adecuada, es importante prestarle atención a la cabecera de los trenes, porque habitualmente pasan varios por el mismo carril. Y eso sin contar con que muchas líneas tienen dos terminaciones y nunca sabes si has cogido la correcta (5). Suponiendo que ya disponemos de un mapa de estaciones, una brújula y una buena dosis de optimismo, la última consideración es el precio de los billetes. El metro de Londres es particularmente caro y no existe nada parecido a los bonos por un número de viajes que se usan en España. En su lugar, existe una modalidad de billete para todo el día, que permite coger tantos trenes o autobuses como se desee hasta el horario de cierre, o un bono turístico para tres días en condiciones idénticas a las anteriores. Incluso cuando sólo se va a hacer un viaje de ida y vuelta, cualquiera de estos bonos es más rentable que pagar billetes individuales. No obstante, si alguien hace caso omiso de esta advertencia, es importante que guarde igualmente el billete hasta la salida, ya que lo necesitará para que se abran las puertas al exterior. Londres en sí se divide en cuatro zonas en función de la proximidad de éstas al centro, considerándose como centro la zona de Oxford Street y Picadilly Circus. Cuanto más alejada esté una zona del centro, más caro será el billete a comprar. Lo habitual cuando se va a visitar la ciudad es limitarse a las zonas 1 y 2, lo que ya es suficiente como para desequilibrarle el presupuesto al turista más pintado. Por todos estos motivos, es importante planificar con cuidado qué se va a ver en Londres cada día que se pasa en la zona. Naturalmente, por decisión unánime de El Equipaje y mía, nuestra primera parada fue Holland House, pero sólo lo justo para separarnos momentáneamente y salir a patear la ciudad. Atravesando el parque camino del metro fue donde vi la primera cosa interesante del día: una simpática ardilla tomando el sol en la hierba. Evidentemente, y siguiendo el impulso antievolutivo de seguir contra toda esperanza a algo que corre más que tú, corrí detrás de la ardilla durante unos metros, ya que ella se limitó simplemente a mantener las distancias sin alejarse demasiado. Supongo que sería para que no perdiera interés y siguiera haciendo reir a la media docena de ardillas que, a su vez, corrían unos metros detrás de mí. Y es que ser turista es lo que tiene: cada día encuentras una manera nueva de hacer el ridículo.

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(5) Un tipo de la ciudad me comentó un día ante mis dudas frente a las líneas que hay que ser realmente estúpido para perderse en el metro de Londres, lo que demuestra que un londinense no neesita perderse en el metro para ser realmente estúpido

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Un par de acuarelas italianas

Esto es Amalfi, un pueblecito muy chulo al sur de Napoles, donde estuve el verano pasado un fin de semana. Hay que ir atentos al limoncello y, sobre todo, al meloncello, que esta buenisimo. Tambien se puede comprar un papel especial de la zona que va muy bien para dibujo a tinta y tienen estupendos helados de limon. Eso si, aparcar es imposible y llegar sin coche inaudito, pero se puede intentar 🙂

Costa de Amalfi

Costa de Amalfi

Este dibujillo del Coliseo tiene ya un par de años largos, de otra ocasion en que fui a Roma con unos amigos. El original lo regale, pero me quede una version digital.

El Coliseo romano

El Coliseo romano


Reino Unido (II): El arte de la preparacion

 

Los preparativos, como la decisión, fueron bastante rápidos. Conseguimos un billete de avión relativamente barato hasta Gatwick, el único aeropuerto británico hacia el que en aquella época se podían conseguir precios razonables. Para desplazarnos por el país, optamos por un bono de ferrocarril llamado Britrail. El Britrail funciona de forma similar al Interrail, pero se limita a Gran Bretaña. Existen varias fórmulas de uso: 7 días en 15, 15 días en un mes, un mes completo … El bono presenta tantas casillas como días se hayan comprado y el usuario simplemente las rellena con el día en que va a usar el tren dentro de las fechas de inicio y fin de éste. Durante ese día, puede coger todos los trenes que quiera en segunda. Como rara vez se viaja todos los días salvo que se quieran ver los sitios como si de diapositivas se tratase, cualquier combinación donde se viaje la mitad de los días suele ser suficiente. Estos bonos siempre son más baratos que los billetes por separado a poco que se coja el tren más de tres veces. Billetes en mano, sólo quedaba reservar por adelantado una noche en el albergue de juventud de Londres para el día de llegada. Ya improvisaríamos después. Ahora, hacer estas reservas es un juego de niños gracias a Internet, pero en aquella época hubo que tirar de fax, IBN, divisas y una buena dosis de suerte.

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Albergue de Holland House

Poco antes de salir, sin embargo, ya teníamos sitio en la Holland House, un albergue en la frontera entre las zonas uno y dos de la ciudad. Construido sobre un antiguo hospital en medio de un parque, el sitio no hubiese estado nada mal de no ser porque constituyó nuestro primer contacto con un dormitory room (dorm). El dorm es la fórmula más barata para dormir en albergues. En esa época, en Londres, una cama y el desayuno a la británica (2) venían a salir por unos 18 euros. Claro, que en aquel entonces al comprar libras no había clausulas en el banco del tipo “firma por tu alma inmortal”. Como contraprestación al precio, hay que señalar que se comparte la habitación con entre 6 y 12 personas según el sitio. En muchos dorms no dan sábanas y, o se llevan en el equipaje, o toca alquilarlas pagando como un campeón. Los sacos de dormir están prohibidos, lo que no es mala idea teniendo en cuenta que hay quien, rascándolos, podría clonar a partir de ellos un tiranosaurus rex. Por lo demás, por si alguien aún no domina la técnica de dormir con un ojo abierto, suele asignarse a los huespedes una taquilla para que encierren sus cosas por la noche. Si uno ha sido tan precavido como para echar un candado, es decir. En muchos albergues existe la posibilidad de, si se hace con suficiente tiempo, reservar un family room. Estas habitaciones están pensadas para tres o cuatro personas únicamente y, si bien salen algo más caras, presentan ventajas obvias. Para el día de regreso, nosotras conseguimos una habitación de este tipo. No es que a esas alturas a Mercedes le sirviera de consuelo, claro.

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El Intercity, tu nuevo mejor amigo

Dado que aún no sabíamos qué recorrido ibamos a hacer, decidimos dejar en suspenso el resto de las reservas para hacerlas una o dos noches antes desde donde quiera que estuviesemos-que esperabamos contra toda esperanza que al menos fuese el Reino Unido-. Ya sólo quedaba planificar el recorrido. Al contrario de lo que su apellido sugería, el conocimiento de McLaren del país se limitaba a un pueblecito de Inglaterra donde solía pasar los veranos practicando su inglés. Así, con una planificación digna del mismísimo Willy Fog, un mapa, una regla y una buena dosis de optimismo -eso sí, ni una infinitésima parte de la que demostraron mis compañeras colocándose en mis manos -una servidora se puso manos a la obra. Mi conocimiento de Inglaterra se limitaba a haber cubierto en tren el recorrido Londres-Rugby-Bath para visitar a mi amiga Sarah cuando estaba haciendo Económicas en esta última ciudad. Si en el mapa Rugby y Londres, a aproximadamente hora y media, estaban a dos centímetros, obviamente Edimburgo, a unos 10 centímetros, debía estar a unas 7 u 8 horas. Demasiado tiempo para hacerlo del tirón. Mejor parar en un punto intermedio, pongamos York, a 7 centímetros. Y, de camino, por qué no echar un vistazo al bosque de Sherwood, a cuatro centímetros. Aún no era ingeniero, y ya había redefinido la escala de distancias. Con esta precisión digna de Iberia, bastó introducir unos cuantos sitios interesantes más a la lista: Inverness, por aquello del lago, las Hébridas, por el Rayo Verde de Verne, y Ben Nevis para cerrar el círculo y regresar a Londres. McLaren hizo su aportación particular: Loch Lomond, una popular zona de veraneo. Sin problemas. Sumo tres, me llevo una, multiplico por cuatro y listo: itinerario arreglado milimétricamente. Chúpate esa, Eratóstenes (3).

Faltaba para salir un último detalle: ¿qué dinero echar para pasar quince días en Inglaterra? En aquel entonces, los hijos teníamos derecho a techo, comida y ropa, pero no a VISA platino VIP como exigen ahora nuestros hermanos pequeños. La falta de plástico nos obligaba, entre otras cosas, a cambiar a priori el dinero que estimásemos oportuno y rezar porque nuestra estimación no fuese muy desencaminada. Entre unas cosas y otras, en aquel viaje nos volvimos muy religiosas. Visto que Mercedes, tras haber vivido unos años en Southampton y Londres, parecía la única del grupo con más experiencia que Paco Martinez Soria en estas lides, para bien o, como se demostró algo más adelante, para mal, seguimos sus indicaciones.

-Yo pienso echar sólo 60000 pelas- afirmo con esa rotundidad que la caracteriza cuando está apostillando un hecho que desconoce totalmente – Paso de gastarme ni un duro más.

A McLaren y a mí nos faltó llorar de la emoción de tener a alguien que realmente sabe qué hacer en cada momento. Dicho y hecho. 60000 pelas serían lo único que nos iba a separar de dormir en la calle y comer sopas de sobre: la cosmopolita del grupo había hablado. Lástima que al final resultase ser más bien la Cosmopolitan la que habló, como se comprobaría más tarde ya llegadas a Cambrigde.

Unos días más tarde, allí estabamos las tres en lo alto de un avión rumbo Gatwick. El aeropuerto está a un buen tirón de Londres y, en general, suele resultar más barato sacar el billete de tren hasta Victoria Station en España, carnet joven en mano. En un alarde de iniciativa, Mercedes se había marcado el pegote de sacar su billete y el mío a priori. Lástima, claro, que llevásemos un bono de tren que nos hubiera permitido no gastarnos ni un duro, pero el detalle es lo que importa. Mercedes mantuvo hasta el final y contra toda evidencia que, de no haberlo hecho así, no habríamos tenido bonos suficientes para todo el viaje. Incluso lo mantuvo después de que a la vuelta le regaláramos los tiquets a mi tía para que ella y su marido -en el tren también conocido como “Mercedes”- visitaran Edimburgo unos fines de semana más tarde.

Fue una vez llegadas a Gatwick que tuve mi primer contacto con mi más fiel compañero de viaje: El Equipaje. Cualquiera que haya viajado en un plan de este tipo, sabe perfectamente que la ley de la conservación de la masa es mentira cochina: una bolsa siempre pesa más después de haberla llevado todo el día. Nunca sabré si Mercedes esperaba encontrar al hombre de su vida y echó su ajuar completo o si, realmente, pensó por un momento que iríamos de recepciones y puestas de largo pero lo que seguro que no contempló es que difícilmente podría ella arrastrar los dos maletones que había preparado. O, mejor pensado, si debió contemplarlo. Yo no, claro, si no, habría echado las maletas por el tren de aterrizaje en cuanto se hubiese descuidado un poco. El caso es que allí empezó mi historia de amor con El Equipaje, que ya me acompañaría durante todo el viaje. Mi bolsa esmirriada con lo justo (4), por su parte, pasó a hacerle compañía a Mercedes que, naturalmente, no le hizo ningún asco. Algo más de una hora después, ya estábamos en Londres. Mercedes, McLaren, yo y El Equipaje.

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Victoria Station, bastante antes de tener andenes y cuarto


(2) El desayuno británico incluye leche, cafe, yogur y cereales, pero también huevos, salchichas, bacon, jamón y otras cosas igual de nutritivas y apetecibles a las 8 de la mañana a ojos del español medio. Todo buenísimo para el colesterol: si antes no tenías, ahora eres una persona más completa

(3) Eratóstenes, tras leer que un palo en la presa de Asuán no proyectaba sombra cierto día del año, tirando de senos y cosenos, calculó el diámetro de la tierra con un error diminuto. Evidentemente, de haber contado con métodos tan sofisticados como los de una servidora, probablemente habría ubicado Canada en la estepa rusa y Nueva Zelanda no nos quedaría tan a trasmano de Málaga

(4) A la hora de hacer el equipaje para cosas de este tipo es recomendable seguir una organización tipo cebolla y echar tanto más de una capa cuanto más cerca esté de la piel. Contando lo puesto, un abrigo, dos jerseys, dos pantalones, tres o cuatro camisas y camisetas y suficientes mudas como para sobrevivir una semana suele ser una combinación ganadora.


New York City en Acuarelas

Unas acuarelillas que hice despues de visitar New York City en el 2003

Brooklyn Bridge from the boatBrooklyn Bridge from the Circular Cruise boat
Times Square at night

Times Square at night

Chrysler building

Chrysler building

A quick NYC air view

A quick NYC air view


Reino Unido (I): Cuidado con lo que deseas …

Imaginad una tarde de septiembre en la playa. Tumbados en la arena, con los ojos cerrados, escuchando las olas romper en la orilla y aprovechando los últimos rayos de sol. Relajados y en silencio al lado de uno de esos amigos que son como de la familia y con los que no hay necesidad de hablar (1). En total tranquilidad.

Fue entonces cuando hice la pregunta. Porque sólo hay un número de olas que uno puede contar, sólo un número de formas que las nubes pueden adoptar antes de que tanta tranquilidad resulte mortalmente aburrida, y, en mi caso, ese número es sorprendentemente bajo.

-¿Por qué no nos vamos de Interrail?

En honor a la verdad, fue sólo algo que pregunté porque tenía que intentarlo. Este tipo de preguntas son como las negociaciones con rehenes: uno le pide a sus padres que lo dejen volver a las 3 para que, con suerte, pueda llegar a las 12. Lo peor que puede pasar es que te digan que si a la primera y tengas que aguantar en pie por dignidad cuando todos tus amigos se han ido a la cama dos horas antes. Efectivamente, nunca creí que Mercedes aceptaría. Bien es cierto que era el momento adecuado. Estabamos terminando la carrera y pronto las vacaciones dejarían de durar tres meses y nos alcanzaría la despiadada garra de la responsabilidad. O, al menos, esa era la teoría: en estos casos siempre estamos los que corremos más rápido. En resumen, la idea no parecía descabellada del todo, salvo porque, a esas alturas, vivía en el convencimiento de que el concepto de incomodidad de mi amiga no alcanzaba mucho más allá de no poder escoger tapa en un bar. No por primera vez, Mercedes me sorprendió.

-¿Cuándo?

-Pues… ahora.

Podría parecer una respuesta precipitada, pero la conversación me había superado en tan sólo seis letras. Y ella siguió imperturbable, con esa seguridad en la voz que es garantía de que, una vez más, te escuchan como el que oye llover.

-¿A dónde?

Cuando una puerta se entreabre, hay que meter el pie antes de que se cierre de nuevo, a pesar de que lo más normal en estos casos es acabar con una fractura de metacarpo. Acabábamos de entrar en el resbaladizo terreno donde se suponía que ya tenía una respuesta y, lejos de mí decepcionar a mi público, solté lo primero que se me pasó por la cabeza.

– E … ¿Escocia?

¿Por qué no? No hacía tanto que habían estrenado Braveheart y siempre he querido ver al monstruo del lago Ness. Aparte de eso, todo mi conocimiento de la zona estaba vagamente relacionado con gaitas y faldas a cuadros.

– Bueno… me parece bien.

A esa altura seguía pensando que la conversación no sobreviviría al tinto de verano del mediodía siguiente pero, una vez más, me equivocaba de pleno. Fue con el tinto que Mercedes aprovechó para comunicarme que nos acompañaría una amiga suya, Cristina McLaren, a la que acababa de llamar por teléfono. Yo no tenía ni idea de quien era, aunque el nombre prometía, visto el destino escogido. Si bien en principio no me hizo excesiva gracia compartir unas semanas de mi vida con una completa desconocida, su presencia fue lo único que posibilitó que tanto Mercedes como yo volviesemos vivas, relativamente intactas y, lo más milagroso de todo, juntas. Y además, sólo tardamos medio año en volver a dirigirnos la palabra.


(1) De hecho, y como todo el mundo sabe, hablar en circunstancias análogas equivale a tener que ordenar tu habitación, bajar la basura o ir a por pan, así que es mejor callarse, pasar desapercibido y dar gracias por no ser hijo único


Welcome … to somewhere

Hi, travellers!

I’ve been here and there in the last decade or so and, at some point, started to gather info, pictures and experience from the places I’ve been in. I thought it might be of use to someone, so I’m opening this travelling blog to share all this. I’ll really try to keep a steady updating pace, as long as I’m here to do it.

Just for starters, here is the Google Map of the places I’ve been in. I need to map a few more, but all in due time. See ya around!

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